|
|
Por
René Avilés Fabila
Número 17
En
cualquier definición de Estado (usemos por ahora la del marxista
italiano Ernesto Mascitelli), "es la institución jurídico-política
surgida para el control de los antagonismos de clase, que se
presenta como instrumento de poder de la clase dominante de la que
es expresión". (1) Ello significa que el Estado es una institución
represiva, que posee medios para suprimir, imponer o dirigir a la
sociedad en su conjunto. Por ello, en la visión de muchos utópicos,
marxistas, anarquistas y socialistas el Estado debe ser suprimido.
En la sociedad capitalista, hoy plenamente triunfadora, merced al
derrumbe del llamado socialismo real o realmente existente, el
Estado tiende cada vez más a afirmarse como una entidad destacada y
superpuesta a la sociedad. Resulta, como consecuencia, un organismo
distante y extraño a la sociedad. Por tal razón, en el socialismo de
Marx, el Estado debería desaparecer y en su sitio quedar una
maquinaria administrativa. No obstante, por modificaciones de los
sucesores de Marx (Lenin, Trotsky y Luxemburgo, entre ellos), no
sólo no tendió a desaparecer, sino que se consolidó de una forma
asombrosa dando origen a un monstruoso Leviatán, a algo repugnante
que mereció la metáfora de Georges Orwell llamada 1984.
De
cualquier forma, si las relaciones entre Estado y sociedad son
complejas, más lo son aquellas que regulan al Estado y a la sociedad
con los medios de comunicación. En nuestro caso, el de México, la
prensa nace en 1821 deformada, sujeta la poder, al Estado. De allí
que los medios (en esa época sólo escritos) miren sólo hacia un
lado, el Estado, y no hacia la sociedad. Es decir, no cumple, al
menos hasta hoy, su papel de justo centro entre Estado y sociedad
para explicarle a uno y a otra los procesos sociales, los mecanismos
políticos y económicos y los efectos dentro de la población. Una
suerte de arbitro que explica a cada extremo lo que ocurre. Veo,
pues, al periodista, al comunicador, como una especie de intelectual
que juega un papel destacado para analizar críticamente los
resultados de la gestión estatal y las necesidades y respuestas de
la población.
Hay
una pregunta qué hacer: ¿los periódicos mexicanos tienen grandes
tirajes o apenas son leídos? De la que inmediatamente se deriva
otra: ¿por qué razón los mexicanos desconfían de la prensa nacional?
En principio, el periodismo mexicano sigue padeciendo un alto
desprestigio y en consecuencia le falta credibilidad. Ello mantiene
alejado al lector. En segundo lugar, es obvio, hoy en día, que la
mayor parte de la información de un mexicano proviene de los medios
electrónicos, principalmente de la televisión, pero es evidente que
la TV carece de posibilidades, al menos en México, para realmente
mantenernos informados. Está claro, la noticia la proporcionan casi
instantáneamente, pero es un producto que viene solitario, que no es
acompañado por una explicación, por los obligados comentarios que la
precisen y orienten. Todo proceso informativo contiene fuertes
elementos políticos, tal como lo indicaba Manuel Buendía cuando
decía que "El periodismo es esencialmente información. Por tanto, el
periodismo es un instrumento de la comunicación social, y, en
consecuencia, el periodismo es parte de la política. Todo periodismo
pertenece a la política. Es la política en acción. Es siempre el
periodismo un acto político. Todo, incluso la nota roja que
expresa, que da a conocer, que avisa o advierte sobre síntomas de
degeneración social como puede ser la violencia, el crimen, la
impunidad. Y son también hechos políticos hasta esas páginas
llamadas de ‘sociales’, porque en ellas se expresan las
desigualdades y los procesos de corrupción o desequilibrio, que
eventualmente tienen traducciones en conflictos, que llegan a
sacudir profundamente la precaria estabilidad." (2) En tal sentido,
hasta hoy los medios electrónicos no son capaces de superar a los
medios escritos. En estos últimos encontramos la noticia y los
comentarios pertinentes, el mejor análisis posible, de este modo el
lector se encuentra con una amplia gama de posibilidades que lo
oriente o que lo confundan, según la ideología de cada diario, los
intereses por los que trabaja abiertamente o no. Un ejemplo, el
jueves 19 de agosto de 1999, Ernesto Zedillo visitó Tabasco. La
televisión informó de ello, tanto los canales privados como el 11.
En ninguno de ellos se dijo que grupos numerosos coreaban lemas de
campaña de Roberto Madrazo. Al revés, insistieron, con algún morbo,
en que aquello era una suerte de regaño por tareas que, según el
presidente de la República, quedaron inconclusas en esa región. Los
diarios, a cambio, dieron la información completa. En lógica
consecuencia, y como afirma, Abelardo Villegas en una ponencia, el
periodismo escrito sí hace opinión pública al informar con más
veracidad y espíritu crítico de los sucesos que ocurren en
territorio nacional. (3)
En
México los periódicos apenas llegan a tener grandes tirajes. El
director de El Universal, Juan Francisco Ealy Ortiz, ha
declarado que edita 165 mil ejemplares diarios y que en consecuencia
es el de mayor circulación en México; no habla de las posibles
devoluciones. Pero supongamos que se trata de un hecho y que en
efecto esa es la cifra exacta. Quiere decir que los otros diarios
venden menos ejemplares, muchos menos. ¿Qué ocurre? Para analizar
este problema tenemos dos posibilidades: a, que los mexicanos no
leen, lo que es una lamentable realidad, apenas medio libro por año;
b, que los diarios sean incapaces de atraer grandes cantidades de
lectores. Si el gran tiro, el mayor de todos, es el antes citado,
qué esperamos de los demás en un país de casi cien millones de
habitantes, sesenta de ellos con credencial para votar, a los que
suponemos capaces de leer y escribir.
Recuerdo que en los días en que fundamos el Unomásuno,
alrededor de 1974, su director, Manuel Becerra Acosta, ante el temor
de algún compañero de que la empresa no tuviera éxito, declaró que
en México había siempre lectores y que era necesario buscarlos,
conquistarlos. La verdad es que ese diario pronto los tuvo y fue
destacado hasta que un cúmulo de problemas internos lo llevaron a
disminuir considerablemente el tiro. Veamos otro caso: el éxito de
Reforma, primera empresa periodística que desde provincia
conquista la capital del país y que debe tener un elevado tiraje.
Que los directores y propietarios de diarios y semanarios, no
encuentran el camino del triunfo, es otra cosa distinta, que algunos
diarios decaigan, como es el caso de Excélsior, por no
comprender la evolución social o porque sus compromisos políticos lo
anclaron en el pasado, es otra cosa. Pero habrá que aceptar que
algunos medios actualmente recurren al amarillismo, a la nota roja y
en general a materiales de enorme ligereza, para conquistar
lectores. Hay, entonces, un grave problema: el deterioro de los
medios, la frivolización de la información. Con frecuencia (también
debido a la inseguridad) la nota roja aparece en primera plana o la
fotografía de Raúl Salinas abrazando a su secretaria y amante corona
la primera plana de un importante periódico. El mayor espacio, antes
que el dedicado a los grandes problemas nacionales, las empresas
periodísticas suelen dárselo a los deportes, a sociales (que en
algunos diarios ha crecido enormidades) y a espectáculos. La cultura
merece menos respeto, no produce tantas ganancias o más bien
ninguna, a lo sumo algo de prestigio, según los lectores a los que
esté dirigido el medio. No todos tienen, por ejemplo, un suplemento
cultural y todos apenas dedican unas cuantas páginas a la
información de tipo cultural.
De
entre los diarios que la ciudad capital cuenta, podemos destacar los
tabloides, la gente comienza a preferirlos por razones de comodidad,
pero en general, lo que ahora buscan los lectores, derivado de una
nueva situación nacional, es la crítica. Los diarios que no la dan,
que no aceptan las reglas recién llegadas, poco a poco son
abandonados. Allí están los tirajes de algunos de ellos,
Novedades, El Heraldo, Excélsior y el Unomásuno,
por ejemplo. Incapaces de asumir actitudes críticas porque a lo
largo de su existencia han adquirido compromisos con el poder, con
el sistema, fingen no explicarse qué sucede. Sólo una cosa: el
lector no tolera más que un diario esté visiblemente supeditado al
Estado, en particular a la presidencia de la República. Hay que
entender que buscan pluralidad y una conducta crítica. Y esto nos
llevaría al problema principal: ¿por qué los periódicos y revistas
serios carecen de grandes núcleos de lectores? La respuesta es
simple: desde sus orígenes, la supeditación al Estado de las
publicaciones periódicas es visible, por una razón u otra. Entonces
resulta que el posible lector, al conocerla, se resiste a establecer
diálogo con un medio controlado. A su vez, los medios se han
acostumbrado a dialogar con el poder, con el Estado, no con la
sociedad, como debiera ser. De allí el rechazo o al menos la
suspicacia, la duda de la honestidad de los intereses del medio. En
efecto, cada diario, cada canal televisivo, cada estación
radiofónica, tiene compromisos en mayor o menor medida o relaciones
de amistad. El lector lo sabe a ciencia cierta o lo intuye. De
pronto se le puede presentar un diario que anuncie su pluralidad,
pero ¿dónde está? Ese periódico lo que hace es probarnos su
capacidad para contratar a diversos intelectuales y periodistas,
académicos y escritores reconocidos, de diversas tendencias
ideológicas. Pero un buen analista de medios sabe que así no se
busca la ideología del diario, ésta se sabe por las características
de la información, de sus reporteros y hasta de sus columnistas, no
por los trabajos críticos o no de los articulistas de fondo.
Llegamos de esta manera a lo medular: los periódicos y en general
los medios de comunicación se dirigen al poder. Un intelectual de la
talla de Carlos Fuentes (o de Paz en su momento) escribe
dirigiéndose a un público especial, a sus pares, no a la sociedad en
su conjunto. Recuerdo que hace unos tres años, en la UAM-X, un
alumno mío felicitó a Froylán López Narváez porque Proceso
era una revista para el pueblo. Froylán no sólo hizo una mueca de
malestar, aclaró que la revista de Julio Scherer estaba dirigida no
al grueso pueblo sino a los líderes de opinión. En el caso de una
revista esto es posible y deseable, no así en el caso de otros
medios. Un diario, por ejemplo, tiene o busca un amplísimo público
lector y para ello requiere tener una idea precisa del mercado. Ver
de qué manera puede vender su ideología o ponerla al servicio de una
causa o de una personalidad. Esto es posible verlo con las
acusaciones que reciben los diarios: unos son señalados como
gobiernistas, lo que en nuestro medio resulta lógico, otros, y ello
ya no es tan natural, de pertenecer al grupo todopoderoso y
enigmático que se conoce como salinismo. Como sea, hasta hoy los
diarios siguen empeñados en no establecer un diálogo con la
sociedad, se siente obligado por el peso de una pésima tradición, a
conversar en voz alta con el poder y ello nos llevaría a extremos
peligrosos: el diarista, el comunicador serio, tiene la obligación
de apoyar su trabajo con una ideología, pero debe, además, tener
claro que su papel es el de un intermediario entre la sociedad y el
Estado. A una y a otro debe explicarle errores y aciertos. El
problema es que se ha colocado junto al Estado, con él conversa
porque sabe que los reconocimientos, los premios, los obsequios y
hasta la información fluye por ese lado. Y va más lejos cuando
decide, que es tanto su poder, tan intensa su relación con el poder
y los poderosos, que bien puede ser uno de ellos y se lanza, como en
el caso de Miguel Ángel Granados Chapa a hacer política, a buscar no
modestamente una curul, sino una gubernatura. Esto, al menos a mí, me parece absolutamente reprobable. El periodista es un intelectual
cuyo compromiso está principalmente en servir a los lectores, a la
sociedad. No a los partidos políticos y menos sentirse tan
indispensable que sólo desde el poder puede ayudar a la nación.
De
entre todos los medios --a pesar del sombrío panorama,
particularmente si nos comparamos con Estados Unidos o con Francia y
España--, los escritos conservan la vanguardia y la mejor manera de
conocer los distintos problemas de la realidad nacional e
internacional, cuyos tirajes deberían ser más o menos altos debido a
la reducción del analfabetismo y la fuerte migración hacia las
ciudades. Si no lo son, la culpa está no en los lectores potenciales
sino en la falta de inteligencia de los editores. Que como en España
o Francia, un medio se ponga del lado de una ideología o de un
partido político no es algo grave, lo realmente grave es que se
enemiste con la moral social o que utilice la moral individual, la
que pertenece al ámbito de lo personal, para su beneficio. Hay ante
todo una ética periodística y esa se cumple con informar apegado a
la verdad. Lo otro, la famosa objetividad, es algo muy discutible.
Una información precisa puede tener y tiene, la visión del
comunicador, su ideología, la forma en que ve el mundo. Un suceso relacionado con el Papa puede tener, de este modo, dos o tres modos
de ser entregado al lector, al escucha o al espectador.
Ahora bien, sobre los diarios mexicanos recae el vergonzoso
señalamiento de su perversa relación con el Estado, una relación que
ha sometido a los diarios desde la aparición de la prensa del México
independiente y que apenas hoy comienza a desaparecer. A partir del
arranque, el Estado mexicano subordinó a la prensa y sólo en unos
cuantos momentos, muy breves, por cierto, le concedió libertad de
expresión. Uno de ellos podría ser los años de la invasión francesa.
Si bien, el Imperio la suprimía, el gobierno de Benito Juárez la
defendía y resaltaba: era su gran soporte y apoyo. Otro momento son
los meses de Francisco I. Madero como presidente de México. Permitió
la libertad de expresión y ello le costó ironías, violentos ataques,
campañas de desprestigio y por último su caída. Y algo semejante le
ocurrió al general Cárdenas, quien al final de su gobierno era
criticado y hasta caricaturizado por una prensa inalterablemente
conservadora.
Pero lo tremendo del caso es que los propios periodistas son sus
mejores críticos. No hace mucho, el 29 de julio de 1999, el
columnista de El Universal, Ricardo Alemán Alemán decía lo
siguiente: "Hace casi 13 años, en junio de 1986, Silva Herzog fue
señalado casi de ‘traidor a la patria’ y la prensa de entonces, al
servicio del gobierno --que entonces estaba en manos de los grupos
salinistas-- publicó desplegados en los que Silva Herzog era acusado
de ‘deslealtad’ y de ‘traición a las instituciones.’"(4) Vale la
pena hacer notar la idea persistente de que la prensa está al
"servicio del gobierno" y esto es algo que la gente suele repetir.
No cree demasiado en los medios informativos o de plano desconfía.
Recuerdo una anécdota personal: un día tomé un taxi y al hacerlo
olvidé quitarme el gafete del diario Excélsior, donde
laboraba. El taxista no resistió y me preguntó, después de algunos
titubeos, por qué razón los periodistas éramos tan corruptos. Mi
primera reacción fue la de indignarme, pero recordé en cascada la
larga historia de corrupción y de supeditación al gobierno en turno,
yo mismo la exponía en mis clases de la UNAM y la UAM-X. Todo ello
significa que el diarismo, que los periodistas y los medios, en
México no gozan del mejor de los prestigios; con frecuencia se les
asocia con la corrupción y la falsificación de las informaciones y
el engaño para serle de utilidad al sistema, el que debe permanecer
inalterado o al menos cambiar poco a poco, con extrema lentitud,
como lo muestra la historia reciente del país. De forma contundente,
la gente lectora supone a la prensa, en su casi totalidad, ligada al
poder, dependiente del Estado.
Al
respecto, el ahora director de Proceso, Rafael Rodríguez
Castañeda, en un libro interesante y de alguna manera maniqueo,
Prensa vendida, advierte en el prólogo: "En los últimos decenios
prensa y gobierno en México han vivido enredados en una trama de
relaciones equívocas. Resulta poco menos que imposible precisar
dónde se originan los vicios que desde los años cuarenta entorpecen,
enrarecen y distorsionan la información periodística en el país: ¿en
la mano que pide, en la mano que soborna, en la mano que recibe, en
la mano que golpea?.
"En
la insana relación prensa-gobierno se mezclan los intereses
económicos, políticos y aún facciosos –locales, regionales o
nacionales--, que utilizan a los medios impresos como instrumentos
de influencia o presión. Y también, por supuesto, los intereses muy
particulares de periodistas, políticos y funcionarios. De sexenio a
sexenio, de presidente a presidente, la situación prevalece: un
gobierno que ejerce el autoritarismo prácticamente sin limitaciones;
una prensa en su mayoría domesticada; y un público que desconfía por
igual de la prensa y del gobierno.
"Desde el funcionario de más bajo nivel hasta el presidente de la
República, las instancias gubernamentales han asumido la tarea de
cortejar, corromper y aún reprimir en la búsqueda de una prensa
sumisa e incondicional. En contraparte, muchos periódicos y
periodistas --desde los reporteros de nota roja hasta directores y
gerentes-- han hecho suyo el hábito de cortejar y dejarse cortejar,
adular, corromperse, chantajear, someterse, ponerse al servicio del
gobierno en su conjunto o del funcionario en lo personal, con las
excepciones de quienes están dispuestos a enfrentar los riesgos de
romper las reglas del juego."(5)
Lo
que a continuación viene en el libro de Rafael Rodríguez Castañeda,
es la historia del Día de la Libertad de prensa, un día seleccionado
(el 7 de junio) para glorificar no a los medios de comunicación sino
al presidente en turno, una costumbre vergonzosa que se ha mantenido
hasta nuestros días. De Miguel Alemán a Ernesto Zedillo, sin ninguna
excepción, los periodistas, dirigidos u orientados por Gobernación,
dan las gracias, como si fuera un acto religioso, por que nos
conceden libertad de expresión, algo que no se da, se conquista,
como hasta hoy ha ocurrido.
Hoy
en día es imposible negar que existe la libertad de expresión, al
menos que es posible ejercerla no sin ciertos riesgos y
dificultades. Sin embargo conviene hacer notar que en los medios
electrónicos la situación cambia: allí la situación es más compleja,
sin que exista una oficina de censura (nunca hemos tenido necesidad
de ella), la televisión es hermética, ella sola mantiene viva la
tácita censura que el sistema presidencial mexicano impuso: no se
puede criticar a la religión católica, al presidente y su familia ni
al Ejército. Y así ocurre, puntualmente, debido a la magnitud de su
presencia en el país, en cambio, la prensa, por sus naturales
limitaciones, tiene una mayor amplitud que revistas como Proceso,
Siempre! y La Crisis utilizan sin pedir autorización
expresa. Sin embargo, por una razón o por otra, la censura pende
sobre los periodistas. Excélsior existe la censura a causa de
su adicción al gobierno y en La Jornada existe por otras razones,
tal como lo han probado una serie de renuncias como la distante de
Luis González de Alba y las más recientes de Héctor Aguilar Camín y
Pablo Gómez, censuras hechas para "proteger a sus colaboradores más
destacados o bien al partido de las preferencias de sus directivos,
el PRD. Entonces, ¿dónde está exactamente el derecho a la
información? Son los periodistas, ligados a la sociedad, al servicio
de ella, los que tienen que conseguirla. Ningún editor o dueño de
diario o revista la concederá sin luchar.
El
problema sigue siendo que la carrera del político y del funcionario
se desarrollan en función de los medios. Tener buena prensa es la
obsesión de cada uno de ellos y la de sus colaboradores en materia
de comunicación social. El Estado maneja o manipula la información.
De tal modo que el problema persiste y seguirá persistiendo en la
medida en que no se establezcan nuevas reglas que regulen la
relación Estado, sociedad y medios de comunicación. Una nueva
relación de respeto, donde nadie presione a nadie y cada quien pueda
expresar sus posturas con claridad y respeto. Esto es necesario
porque la función de la prensa, y en general de los medios de
comunicación, es la de servir de inteligente intermediario entre el
poder y la sociedad. De lo contrario, la mala relación sobrevivirá y
los resultados serán lamentables.
Renato Leduc, en su trabajo "La corrupción en la prensa", insistió
en un punto: "El gobierno ejerce incontrastable y decisiva presión
sobre los periódicos (habrá que incluir al resto de los medios) por
medio de las llamadas oficinas de prensa o de relaciones públicas
instaladas en todas las dependencias: desde la presidencia de la
República hasta la jefatura de Policía. Los sistemas de presión son
refinados y suaves, pero mucho más eficaces que la violencia, que
sólo se emplea en casos extremos... (6) Aunque la cita proviene de
un trabajo antiguo, 1969, resulta aun vigente. La misión de una
oficina hoy de comunicación social es la de preservar y exaltar la
imagen de quien es titular. Es cierto, en muchas las cosas están
sufriendo modificaciones, pero en la gran mayoría se sigue
ejerciendo presión sobre los medios, sólo que ahora lo hacen de modo
casi secreto, vergonzante.
La
llegada de Cárdenas al poder en el DF, y posiblemente en otros
sitios, pareciera que ha transformado la situación al respecto.
Incluso se ha llegado a pensar que el PRD necesita capaces
funcionarios de prensa, excelentes directores de comunicación
social, sobre todo para contrarrestar lo que ellos consideran
campañas en su contra. Y tienen razón, pero no de la forma
tradicional, sino promoviendo resultados y tareas. Dándole a los
medios el respeto que merecen, y no tratando de subordinarlos o de
agredirlos. Tampoco se valen las excusas. Para el PRD en el poder en
el DF, cualquier crítica es parte de una campaña en su contra.
Estamos de acuerdo que sus directores de prensa o de comunicación
social no presionen a los medios ni traten de corromperlos al estilo
antiguo, lo que resulta absurdo es no realizar un trabajo para
promover, esa es su tarea, el trabajo de los funcionarios. Los
resultados son desastrosos, en lugar de eficaces comunicadores, los
perredistas, como priístas y panistas, terminan poniéndose en manos
de expertos en mercadotecnia, de agencias de publicidad. De tal
forma, la política ha sido sustituida por la más deplorable
publicidad de agencias que lo mismo promueven ropa íntima de mujeres
que candidatos presidenciales. Lo peor es que los resultados
apetecidos no siempre llegan como lo prueba la campaña de Roberto
Madrazo contra el aparato priísta.
Respecto al tema de la corrupción de los medios, el periodista Alan
Riding hace un terrible retrato en el libro Vecinos distantes:
"Estando todos los actores clave del país incluidos en la
corrupción, los medios de comunicación son parte de la regla. Aunque
puede aplicar presión de manera directa, de hecho, el gobierno
prefiere ejercer su control por medio de dinero. La mayoría de los
editores de periódicos son colaboradores dispuestos, más interesados
en obtener publicidad y favores del gobierno que en criticar su
actuación. La multitud de periódicos de propiedad particular de la
ciudad de México y los cientos más del interior obtienen del 60 al
80 por ciento de sus ingresos de la publicidad del gobierno o de
entregas oficiales publicadas a guisa de contenido editorial.
Algunos periódicos --como El Heraldo y Novedades-- son
propiedad de grupos empresariales de familias que emplean sus
publicaciones para respaldar sus actividades en otros campos de la
economía. Asimismo, la enorme empresa de televisión, televisa,
protege sus intereses comerciales apoyando al gobierno. La relación
es sutil y flexible. Los periódicos --aunque no los medios
transmitidos-- pueden reflejar un pluralismo político y hablar de
las fallas de la administración, siempre y cuando respalden al
sistema como tal."(7) Y poco más adelante, luego de establecer un
escenario general que era muy frecuente en el pasado inmediato,
entra en alguna precisión: "Con López Portillo, docenas de
editorialistas y articulistas recibieron autos y choferes de manos
del jefe de la policía de la ciudad de México. Muchos escritores
independientes, tanto políticos como intelectuales, tienen también
colaboraciones semanales en los periódicos del país, menos por los
honorarios lastimosamente pequeños que por establecer una posición
que les permita negociar."(8)
¿Qué nos resta? Rehacer la relación Estado, sociedad y medios de
comunicación. Entender cabalmente el derecho a la información y la
absoluta libertad de expresión. El Estado debe llegar a la sociedad
a través de los medios, pero sin utilizarlos ni corromperlos.
Tampoco los medios deben propiciar el soborno, la dádiva. Se
requiere una nueva moral social, una que deje de lado cualquier tipo
de contubernio con el poder. Finalmente, los medios deben dirigirse
hacia la sociedad y contribuir a que esté bien informada para que la
opinión pública, la voz de la nación organizada y civilizada,
moderna y actuante, oriente el rumbo. De lo contrario, seguiremos en
manos de unos cuantos. La tarea no es fácil. Las empresas de medios
de comunicación han hecho más complejas sus redes, lo que significa
que no sólo con el poder tradicional tienen vínculos poderosos,
también los han establecido con empresas y corporaciones
particulares. Hasta hoy el único compromiso que no existe es con la
sociedad, aquella en cuyo nombre todos, absolutamente todos hablan.
(1)
Mascitelli, Ernesto: Diccionario de términos marxistas. Ed.
Grijalbo, México, 1985. Pp. 140-141.
(2)
Buendía, Manuel: Ejercicio periodístico. Ed. Océano. México,
1985. Pp. 17-18.
(3) Villegas, Abelardo. "Ética y periodismo", ponencia leída en el
Diplomado Periodismo y procuración de justicia, realizado por la
PGR, la UAM-X y la Fraternidad de Reporteros, agosto de 1999.
(4)
Alemán Alemán, Ricardo. El Universal, primera sección, jueves
29 de julio de 1999.
(5)
Rodríguez Castañeda, Rafael: Prensa vendida. México, DF.
Editorial Grijalbo, 1993. Introducción.
(6)
Varios autores, La corrupción, México, 1969, Editorial
Nuestro Tiempo. Capítulo 3, de Renato Leduc.
(7)
Riding, Alan: Vecinos distantes. Un retrato de los mexicanos.
Jioanquín Mortiz/Planeta, México, 1984. P. 153
(8)
Op. Cit. P. 155.
René Avilés Fabila
* Fragmento de
la investigación La prensa en México, un largo monólogo. |