¿Cómo es posible
que especies -o espacios- en apariencia tan disímiles y aun contradictorias
convivan con tal armonía y fortuna en la narrativa de este autor? Que esto
ocurre se comprueba en la selección de textos que el lector tiene en sus
manos.
Antes que nada,
parece pertinente hacer algunas precisiones en torno a la segunda de ellas,
la fantasía. Aunque con absoluta razón especialistas como Tzvetan Todorov
apuntan la existencia de una especie literaria denominada fantástica,
para referirme a la cultivada por Avilés Fabila diré que no se trata
exactamente de aquélla, sino de la nutrida en la imaginación en la fantasía
desbordada, aunque en muchos momentos tenga nexos evidentes con la
considerada por Todorov et al.
Éste distingue
entre los relatos de horror, los maravillosos y los fantásticos. En los
primeros se admite sin reservas la presencia de sucesos y seres
sobrenaturales per se como muertos redivivos, fantasmas y entes
demoniacos que atemorizan y se apoderan de los seres humanos comunes y
corrientes, los maestros del género son autores como Edgar Allan Poe, H. P.
Lovecraft y August Derleth, entre otros. Los segundos -los maravillosos o de
hadas, están poblados por personajes y hechos asimismo inexistentes, como
muñecos de madera o soldados de plomo que cobran vida, príncipes convertidos
en bichos que son rescatados del encantamiento por el beso de una princesa,
o calabazas que se convierten en fastuosos carruajes gracias al pase mágico
de un hada portentosa. De esta especie son paradigma los hermanos Grimm,
Hans Christian Andersen y Perrault. En ambos casos, pese a la improbabilidad
de su existencia, los lectores nos dejamos llevar por los acontecimientos si
es que queremos disfrutar las propuestas del escritor, es decir, seguimos
las reglas del juego. Entre los dos -textos de horror y cuentos maravillosos-
se mueven los terceros, los fantásticos, en los cuales un suceso extraño
irrumpe en la normalidad y suscita el pasmo de los protagonistas y en
consecuencia de los lectores: aquel fenómeno no puede ser explicado mediante
el razonamiento ni por ideas demoniacas ni por la presencia de la magia: si
eso pasa, deja de ser fantástico para inscribirse en los parámetros del
horror, de lo maravilloso o, simplemente, de lo normal. La cualidad innata
de la literatura fantástica es la provocación de la duda, de la
incertidumbre, al menos durante el tiempo de la lectura; Julio Cortázar es
uno de los mayores cultivadores de tal modalidad.
Al hacer el
bosquejo anterior he dejado al margen la fábula porque a pesar de que sus
protagonistas son animales parlanchines o con cualidades humanoides, los
propósitos de tales historias contienen indefectiblemente prédicas morales,
intenciones didácticas. Y si bien de alguna manera esas intenciones pueden
hallarse implícitas en las especies primeramente mencionadas, sus
intenciones son otras: el entretenimiento mediante la expresión artística.
Y quiérase o no,
todas esas subespecies son tales porque derivan de una especie central, la
Literatura. Así como hay literatura de horror o de hadas, la hay también de
contenido amoroso, histórico, policial, de aventuras, psicológico,
testimonial, humorístico, etcétera, etcétera.
Hago estas
consideraciones porque, con todo lo obvias que pueden parecer, son
indispensables para acercarnos a los relatos de René Avilés Fabila reunidos
en este volumen. En la sección titulada Fantasías se congregan piezas
que responden sin ninguna duda a la materia prima del arte literario, la
fantasía pura, por llamarle de alguna manera, sin aspirar a inscribirse en
el rubro del que habla Todorov, sino simple y llanamente a referir
acontecimientos capaces de llevar a quien lee por senderos sorprendentes sin
supeditarse a una fórmula específica: son fantásticas porque proceden de
la fantasía. (Paradójicamente, por lo menos tres textos que el multicitado
Todorov celebraría como ejemplos soberbios de literatura fantástica aparecen
en este libro bajo otro rubro, el amoroso, como se verá en su momento).
A lo largo de su
vasta producción, René ha atisbado en infinidad
de direcciones temáticas: lo mismo narra historias de vampiros que aventuras
de ciencia ficción, fábulas a la mejor manera de La Fontaine que un
bestiario personal y extraordinario; enredos entre fanáticos religiosos que
truculentos líos amorosos. Esto es, su voracidad argumental no tiene
límites. Pero creo que es hora de volver a las Fantasías de René recogidas aquí.
Aunque
emparentadas por el aliento prodigioso de la imaginación, estas piezas
tienen notables diferencias entre sí: algunas, las de menor extensión ("Borges
y yo", "Mr. Hyde", "La piedra filosofal"), son divertimentos cuya
finalidad no es otra que arrancar una sonrisa a los lectores; y se consigue
en la mayor efectividad. Y en relatos más extensos se apela a la erudición
para hablarnos de sorprendentes descubrimientos arqueológicos y sus
consecuencias ("El misterio de las pinturas rupestres"), de los días en que
Noé navegaba en su arca rodeado de toda la fauna posible, de epopeyas
taurinas vistas desde una óptica inusitada, de restaurantes que son en
realidad bibliotecas, de episodios de personajes mitológicos que escaparon
al registro de Homero ("El banquete de Ulises"), de nuevas religiones
surgidas de la modernidad tecnológica, de la reivindicación de personajes
sepultados en la ignominia por el catolicismo ("Judas Superstar") o del
encuentro con el Abominable Hombre de las Nieves... pero, pese a su
apariencia de seriedad subyace tras de esas piezas el sentido de lo lúdico,
del juego ilimitado que las hacen no monolíticas repeticiones de asuntos mil
veces manoseados, sino radiantes encuentros con lo novedoso gracias a la
manera personalísima con que el autor los aborda. En estos relatos, la
imaginación y la inteligencia se dan la mano para hacer que sin ninguna
reserva podamos considerar a RAF entre los cuentistas mejor dotados de
cuantos hay en este país, que por fortuna no son pocos.
Como se dijo, otro
de los temas que más atraen a René Avilés Fabila
es el amor (o el desamor y otras variantes). Le ha dedicado toneladas de
papel y ríos de tinta, bastaría acercarse a sus novelas Tantadel y
La canción de Odette para corroborarlo, mas es en sus relatos donde esa
vena se vuelve imprescindible: la sección de este volumen llamada
Amatorias es un botón de oro.
"La lluvia no mata
las flores"(que da título a uno de los primeros libros de René), para mí uno de los más entrañables
relatos, refiere una historia de soledad urbana, donde los jóvenes son los
protagonistas. Un cuento bien estructurado y posiblemente uno de los más
logrados. Están, además, otros que forman un abanico espléndido para dar
idea de los tratamientos que el autor da al asunto. Contado de la manera más
tradicional, "Emma" es una historia punzante, dolorosa: lo que al principio
tiene visos de una relación amorosa sui generis deviene prueba de que
el amor no es como lo pintan. En tanto, "Regreso a casa" es desolador aunque
por razones distintas: la chica que determina abrir las puertas a una
experiencia inédita resulta sacudida por los demonios de su imprevisión y
así lo que cualquiera podría imaginar una edulcorada relación sentimental se
vuelve una bofetada dolorosa.
En "La casa del
silencio" nos topamos con un triángulo amoroso que no por incipiente impide
que asomen los fantasmas de la fragilidad de los sentimientos de los
protagonistas. "King Kong", "La mujer del sol", "Un hada en mis sueños",
"Precio justo" y "Bailarina" son breves historias de amor (o como pueda
llamárseles en cada caso) que permiten ver cómo las manifestaciones de aquel
sentimiento son infinitas. Pero en esa variedad de causas y efectos del amor
estriba su grandeza; lo instantáneo, lo eterno, lo frágil y lo imprecisable
son algunas de ellas.
Calculadamente
menciono en conjunto cuatro de las historias contenidas en este segmento: "Miriam",
"La otra dimensión o la dama del cuadro", "Acabar con la soledad" y "La
amante nocturna". ¿La razón? Son historias amorosas, sí, pero tienen
perfiles de lo extraordinario, y pueden inscribirse en la parcela de la que
empecé hablando: la literatura fantástica según la perspectiva de Tzvetan
Todorov.
En "La otra
dimensión..." los protagonistas principales son un matrimonio y su
sirvienta, personas en apariencia ordinarias. De repente, descubren que en
el jardín hay una cadena que pende, inamovible, de la nada: los esfuerzos
que hacen por quitarla de "ahí", son inútiles, como sus intentos de explicar
el fenómeno. Comparten el hecho con otra pareja de amigos, y entre todos
hallan los motivos de esa presencia singular y perturbadora: la cadena
perteneció a una dama a quien han visto pintada en un cuadro, y que ha
conseguido "reencarnar" en una de las protagonistas.
"Miriam", por su
parte, refiere la relación de la chica que le da título con un hombre que
existe y no existe a la vez: ¿es un fantasma?, ¿una alucinación? En "Acabar
con la soledad" hay una historia de corte fantástico que celebraría el
mismísimo Cortázar. "La amante nocturna" podría considerarse un relato de
fantasmas, pero la certeza por parte del protagonista-narrador de que lo
referido ocurrió realmente nos instala frente a la duda y a la
incertidumbre, peculiaridades inalienables de la literatura fantástica. Amor
y fantasía trenzados en un nudo casi imposible de deshacer.
"Doña Inés del alma
mía" debe cocinarse aparte: el narrador es un escritor llamado René, sin
duda alter ego del autor, y uno no sabe -no tiene por qué saberlo- si
se trata de una pieza literaria auténticamente diseñada. En el libro
de René titulado Cuentos de hadas amorosas
esta fórmula -la ¿apariencia? del sesgo autobiográfico- es la constante.
Como sin querer, he
apuntado que René Avilés Fabila tiene entre sus
herramientas más efectivas el sentido del humor. Creo que es, junto con
Jorge Ibargüengoitia y Fernando del Paso uno de los maestros en la materia.
Y aún más: cuando el humor deviene sarcasmo, no hay persona o cosa o
situación que pueda escapar de él: no queda títere con cabeza.
Son precisamente
las piezas del apartado De la política donde el humor, la ironía y el
sarcasmo resultan motor indetenible. Quien ha leído a René sabe que es un
periodista de los más críticos y contundentes de cuantos hay en México; como
dice el lugar común, "no tiene pelos en la lengua", y dice cuanto haya que
decir y en la forma en que haya que decirlo, es decir franca, abiertamente,
sin tibiezas ni pudores. Aunque podría parecer materia aparte, ese espíritu
crítico irrenunciable se trasmina en la literatura de este autor, aunque
por supuesto revestido por la estética literaria: deja de ser un discurso
calculado para aparecer en la prensa diaria ("Nada hay más viejo que el
periódico de ayer", señala el refrán) y se vuelve un ente específicamente
literario. Entre las novelas políticas más importantes de México se
cuenta El gran solitario de palacio, cuyo eje son los sucesos
político-estudiantiles ocurridos en 1968. Pero es de los cuentos políticos
de René de lo que corresponde hablar aquí y ahora.
A decir verdad, si
uno se pone a hablar de política y políticos, sobre todo al estilo mexicano,
terminaría llorando, apabullado por la vergüenza o convencido de que este
país es cuna natural del surrealismo y la incoherencia: si Franz Kafka,
Samuel Beckett o el mismo André Breton hubieran nacido en este país, serían
simples naturalistas. Esto lo sabe muy bien René,
y para no llorar y no morirse de vergüenza habla de la política y los
políticos de la manera que le parece más apropiada: por medio del sarcasmo
(que significa burla despiadada). ¿Se imagina el lector que por uno de esos
accidentes malhadados una sirvienta haga que la aspiradora insufle las
cenizas de un difunto, y que como se ha mezclado con la basura ordinaria la
viuda determine colocar en el nicho correspondiente la aspiradora misma en
vez de la urna? ¿A quién podría ocurrírsele?: a la viuda de un general
mexicano, desde el punto de vista temático, y a René
Avilés Fabila desde el literario. La anécdota anterior se refiere en
"Las cenizas del general":
¿Es posible que
haya fantasmas comunistas y fantasmas pequeñoburgueses? ¿Será
posible que un secretario de Estado dé toques (en sentido estricto: que
produzca descargas eléctricas) al grado de volver charamusca al mismísimo
presidente de la República?, ¿o que otro ministro despierte, kafkianamente,
siendo un vaquero dispuesto a aniquilar a los "sucios rojillos"? ¿Será
posible todo eso?
En la literatura de René Avilés Fabila todo eso y más, mucho más,
es posible.
De veras: uno se
muere de la risa cuando lee piezas como las incluidas en este apartado. Y al
mismo tiempo se angustia, o se conmueve, o se llena de rabia o de vergüenza.
Pero qué le vamos a hacer, así es la política, así son nuestros políticos.
Día a día, la realidad nos enseña que cosas como aquéllas ocurren en México
(véase, si no, todos los embrollos generados tras la muerte del político
José Francisco Ruiz Massieu: la calavera de uno de los presuntos asesinos
resultó ser la de otro; el fiscal encargado de las pesquisas fue
encarcelado; el hermano de la víctima fue hecho prisionero en otro país y
luego se suicidó). ¡Qué hacer!
René lo sabe muy bien: hay que reírse,
pitorrearse, hacer literatura como posibilidad de escape, como catarsis.
Obviamente, detrás
de ese pitorreo, de ese cúmulo de arrebatos lúdicos hay una extrema
seriedad, un aparato crítico verdaderamente serio y hasta dramático. ¿No es
ésa una de las funciones primordiales del arte, de a literatura: proponer
cosas mediante los opuestos (la gravedad de los hechos filtrados por la
ironía y el sarcasmo)?
Textos como "Los
piratas", "Fiat lux!", "La burbuja de aire", "Los hombres blancos";
etcétera, cumplen esa función: devastar lo devastador, demoler lo demoledor
por medio de ese remedio infalible que es la risa.
Como se dijo al
principio, en la obra literaria de René Avilés Fabila
existe un cúmulo impresionante de historias y personajes de tal magnitud que
tan sólo enumerarlos exigiría otro libro. Los temas en que este libro ha
sido parcelado -la fantasía, el amor, la política- son sólo algunos de ese
amplísimo abanico. Remitámonos a ese volumen delicioso (permítase el
calificativo) que es Los animales prodigiosos para saber que René puede codearse en firme con fabuladores de
la talla de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Juan José Arreola, y que las
fábulas tipo La Fontaine son asuntos pasados de moda. O vayamos a Réquiem
por un suicida para darnos una empapada de esta cosa tan seria que es la
vida.
El material que el
lector está a punto de disfrutar -de eso no hay duda- es apenas una muestra
de ese mundo alucinante que es la narrativa de René
Avilés Fabila. Y apuesto que al llegar a la última página del volumen
correremos en busca de la obra completa de quien, insisto, es uno de los
mayores escritores de este país plagado de artistas enormes.
Ignacio Trejo Fuentes