GIARDINELLI:
Como en el caso de muchos escritores, tú eres más conocido por tus novelas,
pero también has escrito muchísimos cuentos. ¿Cómo es tu relación con este
género?
AVILÉS FABILA: Muy intensa. Porque fundamentalmente, me considero
un cuentista. Empecé escribiendo cuentos, pero sucedió que me vi forzado a
modificar el rumbo por peticiones de editores que querían novelas. Pero cada
vez que me libero de esas presiones editoriales, lo que me deja realmente
satisfecho es escribir un cuento. Creo que he escrito cerca de 400 cuentos,
si entendemos que muchos son breves y brevísimos: de diez líneas o media
página, y muchos menos los que llegan a las 25 cuartillas.
O sea que
has tenido como 400 satisfacciones.
No tanto (se ríe). Lo que me satisface es sentir que en el género
he abordado prácticamente todas las posibilidades, y no sólo por indagar sus
extensiones. También porque frecuenté el cuento fantástico, el realista, el
experimental; incluso probé un par de cuentos relacionados con el folklore
mexicano, que es algo que ni me gusta, ni me preocupa, ni me importa. Quiero
decir que me he metido a fondo durante casi 30
años con el cuento. Eso creo que da una idea de amor al género.
¿Y de qué te viene ese amor? ¿De lecturas
infantiles, de la adolescencia, de incentivación familiar? ¿Cómo fue tu
inicio literario?
Pues no lo sé, nunca me habían hecho esta pregunta. Recuerdo que
empecé leyendo novelas, historias largas. Pero quizá sucedió que en mis
inicios el auge del cuento mexicano era notable: Francisco Rojas González,
Edmundo Valadés, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes y Rosario
Castellanos se iniciaban con cuentos. De manera que en mi adolescencia, en
mi juventud, el cuento era un género muy socorrido en México y prácticamente
determinaba el éxito de un autor.
Y tú participaste de aquel famoso taller que dirigió Arreola, de la revista
Mester.
Cuando yo empecé a escribir me acerqué a escritores deslumbrantes,
que me gustaban más como cuentistas que como novelistas, siendo grandes en
ambos géneros, como José Revueltas, por ejemplo. E incluso en ese inicio me
marcaron mucho otros descubrimientos: Borges, Kafka, que son autores casi
fundamentales para mí. Y luego vino el encuentro con Juan José Arreola,
básicamente un escritor de brevedades. Aunque de ese taller también salieron
novelas, como La tumba, de José Agustín.
No te pido una definición ni una
preceptiva del cuento, pero me gustaría que dijeras qué es el cuento para
ti, íntimamente.
No sabría definirlo, pero... diría que para mí el cuento es
simplemente atrapar algo
que me gusta. Cazar una anécdota, o una parte de la anécdota; reproducir un
diálogo; reconstruir una mini situación. Y cuanto más reducida sea la
historia aprehendida, más me satisface. Los primeros cuentos que escribí
eran de muchas páginas y con el tiempo he podido quitar, quitar y quitar
palabras hasta llegar a una especie de síntesis, a un constante resumen en
el que me interesa especialmente una prosa muy ceñida donde evito incluso
todo tipo de metáforas. Ahí están mis dos últimos libros, que tú conoces:
Los oficios perdidos y Cuentos y descuentos. De lo que se trata,
para mí, es contar una historia lo más rápidamente posible, yendo hacia su
desenlace que debe ser sorpresivo. De otra forma, como en la definición
francesa, se trata de un pedazo de vida, el más intenso...
¿Esto no entrañaría el riesgo de dar una
falsa imagen de facilismo, de poca elaboración?
Bueno, uno sabe que en el trabajo de la escritura ello no es así.
Porque hay que trabajar constantemente la historia. Aunque el texto sean
seis o siete líneas, tienes que llegar a cierto nivel de perfección y sobre
todo procurar que el lector no te adivine; no te descubra.
¿Cómo se llega a eso? ¿Oficio,
experiencia?
Y sí, el camino es el oficio. Después de un cuarto de siglo de
escribir cuentos, llegas a una relativa facilidad, si bien uno comprende que
escribir nunca es fácil. Un cuento te lo puede sugerir cualquier cosa: una
película, una conversación, un cuadro, una novela que leíste. Pero esta idea
tengo que trabajarla, reflexionarla durante días, luego escribirla,
rescribirla e incluso dejarla reposar para volver a ella, en fin, de manera
que esas seis o siete líneas llevan un trabajo mucho mayor del que a primera
vista alguien pudiera imaginar. En cambio, fíjate, hay gente a la cual no le
cuesta trabajo escribir una novela, y yo soy de esas personas. Me cuesta muy
poco trabajo, y las cuatro o cinco que he escrito, la verdad es que las
escribí de un tirón. El gran solitario de palacio, que tiene unas 300
páginas, la redacté en ocho meses, no más. Y súmale otro tanto en corregir.
Pero mis libros de cuentos me llevan muchísimo más tiempo y esfuerzo. Al
menos, yo los escribo con una idea central preconcebida como libro; para mí,
la cosa no es escribir cuentos por escribirlos, sino que los imagino como
cuentos para un libro particular.
Es curioso que tú dices 400 cuentos, y
conozco autores que en México han escrito 200 y 300. Confieso que esas
cifras me abruman. Y me hacen pensar en autores ya clásicos del cuento
mexicano, como Rulfo, como Efrén Hernández, como Julio Torri o el mismo
Arreola que parecen más escuetos. Autores de obra breve, si bien grandiosa.
¿A qué crees que se debe ese cambio? ¿Qué hipótesis tienes para explicar que
ahora hayan autores de centenares de cuentos en México y creo que en general
en Centroamérica?
Bueno, esto podría explicarse de muchas maneras. Una, que es la que
no me gustaría tanto, sería que estos escritores que tú mencionas, y a los
que admiro muchísimo, tenían mucho más, oirás rigor, que los de la actual
generación... Otra explicación podría ser que los escritores de hoy en día
tienen más posibilidades para dedicarse a la literatura, sin diversificarse
con la política, la docencia, el periodismo y otros trabajos paralelos, como
el ensayo o la novela, como fue el caso de Revueltas que hizo muchas cosas,
entre otras militar políticamente. En los casos de Rulfo o de Arreola, creo
que son muy especiales: escritores abrumados por el peso de su gran éxito
inicial, que luego me parece que no se atrevieron a continuar escribiendo
por temor a no superar lo ya hecho. Cada uno tiene una explicación. En
cuanto a los escritores actuales pues en mi opinión tienen mejores
condiciones de trabajo, que permiten que uno sea un escritor de tiempo
completo. También hay que anotar que ha aumentado el número de
publicaciones, de suplementos, de revistas, de editoriales, y hay una mayor
demanda. México ha crecido muchísimo y se ha expandido el número de
lectores, además de que las relaciones con otros países son intensas,
entonces uno puede estar produciendo constantemente y los cuentos aparecen
publicados con cierta rapidez.
¿Esto puede provocar una crisis en el cuento
mexicano, considerado respecto de su propio linaje, su tradición de pocos
grandes cuentos y cuentistas?
México, efectivamente, ha sido un país de gran tradición
cuentística. Tenemos mejores cuentistas que novelistas. Sin embargo, yo creo
que la crisis es otra: tengo la impresión de que México no está teniendo los
autores de gran talla que tuvo en el pasado. Tiene más, muchos más
escritores, pero nos falta la presencia de un
Alfonso Reyes, de un José Vasconcelos, de un Arreola, un Rulfo, un Martín
Luis Guzmán. Quizá por ahí esté nuestra crisis.
Bueno, sí, pero tienen a Octavio
Paz, a Carlos Fuentes, a Fernando del Paso y Elena Poniatowska y
están vivos. Arreola también.
Sí, pero México es
un país de casi cien millones de habitantes, con un número de escritores de
talla internacional muy reducido. Mira, yo no creo que aquí
vivamos una gran crisis literaria o cultural. Al menos, no como en otros
países, en Argentina, por ejemplo. Más bien, creo que en México se está
desarrollando una nueva concepción literaria, porque los grandes escritores
mexicanos que hemos mencionado, casi todos ellos, son escritores que
agotaron temas: el campesino, la Revolución mexicana... Ahora hay una
búsqueda de nuevos temas en el fenómeno urbano que no acaba de consolidarse.
Estamos en una transición, porque la literatura urbana es reciente para
nosotros, y por eso mismo deja mucho que desear todavía y se producen tantos
abusos en escritores de provincia que no conocen una gran ciudad ni sus
problemas pero te hablan de ella como si hubieran nacido en
Nueva York, París o
Buenos Aires. Todo esto es lógico, porque el crecimiento de las ciudades en
México es un fenómeno muy reciente.
Es cierto: la Ciudad de México, como materia
contable, narrable, como sujeto narrativo, no tiene más de 25
ó 30 años. México ha sido siempre un país que internacionalmente
aparecía como país de cuento rural, a la inversa de lo que sucede con
Argentina, donde el cuento que se conoce internacionalmente es el cuento
urbano, porteño.
Claro. Y tú te das cuenta de que en 25 ó
30 años no se logra asimilar estéticamente ningún fenómeno artístico, ¿no?
¿Y esta novedad sociológica no produce una
crisis en la literatura mexicana?
No sé si crisis, no creo que tanto, pero sí produce algún
descontrol. Vamos de un extremo a otro, sin encontrar el equilibrio. Fíjate
que cuando en mi generación teníamos 20 años, se leía casi exclusivamente
literatura mexicana; era una especie de manía algo chauvinista, y realmente
eran muy pocos los que tenían una formación más cosmopolita, más universal.
Incluso, la generación que se acercó a los europeos y norteamericanos, que
se conoce como "Los Contemporáneos" (Carlos Pellicer, Salvador Novo,
Gilberto Owen, Xavier Villaurrutia...) fue acusada de extranjerizante y pagó
un alto precio por ese pecado. Años después, vino una inclinación muy fuerte
hacia la literatura norteamericana, casi excesiva, de modo que no podía uno
ser escritor si no había leído a Styron, a Hemingway, a Mailer, y bueno, uno
estaba pendiente del nuevo libro de Truman Capote y si no lo habías leído te
odiaban y eras una bestia... Y ahora veo que se busca mucho a los autores
latinoamericanos y se han dejado de lado a los europeos.
Si uno piensa en la literatura de los años
50 ó 60, puede encontrar cuatro o cinco cuentos
inolvidables, de cualquiera de los autores que mencionamos. "La muerte tiene
permiso" de Valadés, "Macario" de Traven o "Es que somos muy pobres" de
Rulfo, "La migala", de Arreola, por ejemplo. Piensa, por favor, en los
lectores argentinos: ¿podrían mencionarse cuatro o cinco cuentos mexicanos
inolvidables de los años 70 u 80? Hago la pregunta porque a mí me es difícil
encontrarlos y porque creo que hay una cierta reiteración temática en el
cuento mexicano de estos años.
Me imagino que debe haberlos, Mempo, pero para que nosotros sepamos
que cuatro o cinco cuentos son clásicos de estos años, tendrá que pasar
todavía algún tiempo. Cuando veo las antologías de cuentos de estas últimas
décadas, siempre veo que se incluyen los mismos autores, pero nunca los
mismos cuentos. Igual sucede con las antologías que hacen los extranjeros:
repiten autores pero jamás los cuentos. Por ello, creo que para un lector
argentino podría dar escritores pero no necesariamente tal o cual cuento.
Mencionaría a José Agustín, a Gerardo de la Torre, a Jorge Arturo Ojeda, a
Roberto Páramo, todos de mi misma generación. Pero no sé si el mejor cuento
de José Agustín sea "cuál es la onda" o sea otro. Quizá coincido contigo y
tal vez no hay esos cuentos clásicos identificables. No te voy a dar nombres
para no molestar a mis amigos y camaradas -ya tengo demasiados pleitos- pero
la verdad es que a muchos les he perdido el gusto. Creo que sólo me quedo
con Rulfo y con Arreola. Con ellos no hay pierde y están consagrados para
siempre, universalmente.
En la tradición cuentística mexicana y
probablemente en la de toda Hispanoamérica la mujer no ha tenido un papel de
relevancia, salvo algunas excepciones. En el cuento mexicano de hasta hace
20 años, quizá sólo se podría mencionar a Rosario Castellanos y a Elena
Garro, quienes no han tenido una gran proyección internacional. ¿Qué pasa
ahora? ¿Ha cambiado esto?
Bueno, no hay dudas de que está cambiando el papel de la mujer, y
que ésta empieza a incorporarse al mismo aparato productivo que el hombre:
va a las universidades, se desarrolla culturalmente, ha ampliado su mundo y
ha ganado terreno. Con facilidad las encontramos militando en política y en
otras actividades. Pero en literatura me parece que no han seleccionado al
cuento como género principal. O son novelistas o son periodistas. Y hay un
gran número de ellas que transitaron el cuanto sólo de manera ocasional.
¿Y por qué, entonces, ocho o nueve de cada
diez participantes a talleres -que en México hay tantos- son mujeres?
Ah, pues eso sí que no lo sé. Cuando yo empecé, la mayoría
éramos hombres. En el taller de Arreola éramos casi todos hombres... Vaya,
no tengo explicación para este cambio. Yo nunca he pensado mucho en función
de los sexos; a mí me gusta la literatura. Cuando una mujer muy feminista
viene y me dice que odia a Flaubert porque es hombres y escribió por una
mujer, bueno me muero de risa. Pero no sé, supongo que ahora estarán ávidas
de trabajar la literatura, o no tendrán qué hacer en otras tareas, no sé...
y tampoco me preocupa gran cosa. Como bien dice el crítico Ignacio Trejo, la
literatura es como los ángeles, carece de sexo. Lo cierto es que unos y
otras empiezan siempre como cuentistas, que es casi un paso obligado: uno
arranca escribiendo cuentitos, o poemitas, o articulitos. Pero siempre
teniendo en mente el ir a la gran obra. Y esa gran obra, con mayúsculas,
consagratoria, con luces de neón, es la novela. Parece ser que todavía la
gente sigue pensando que el género por excelencia es la novela. Y que si no
escribes una novela nunca te vas a consagrar. Hay críticos norteamericanos
que me escriben y me preguntan cuándo voy a escribir una nueva novela; y me
piden que ya no escriba cuentos, que eso no tiene trascendencia ni
relevancia, y de hecho me exigen que sea una
especie de Vargas Llosa o de Fernando del Paso, que tenga que escribir 1,500
páginas para consagrarme. Eso es lo que me preocupa más, y lo veo tanto en
hombres como en mujeres que se acercan a mostrarme sus primeros materiales,
en los talleres, en el diario: me presentan sus primeros cuentos cortos,
pero con la idea de aprender el oficio -empezando por lo que ellos
consideran lo más sencillo- para más adelante lanzarse a la novela. Y esto
es prácticamente un bofetón para mí, evidentemente es un insulto. Les
respondo citando a los autores que nunca han tenido que escribir una larga
novela para ser extraordinariamente importantes, como Poe, o como Borges. Y
aún Rulfo y Arreola, ¿no?
¿Y por qué te preocupa
tanto, si ese pensamiento es ciertamente una tontería de mucha gente tonta
que mira a la literatura con exotismo?
Porque miran al cuento con desdén, y creen que el cuento es el
hermano menor de la novela. Y cuando uno les explica que el cuento tiene
características propias y que es anterior a la novela, pues no sé si cambian
algo. Pero esto también es un problema de mercado, y ahí los editores tienen
su responsabilidad porque prefieren arriesgarse con una novela y pocas veces
con un libro de cuentos.
¿Hay espacio para los cuentistas en los
medios periodísticos mexicanos? ¿Tú das oportunidades en tu suplemento? ¿Y
en otros?
Yo publico cuentos constantemente. El grueso del material, como en
cualquier suplemento, es de tipo periodístico cultural, información sobre
actividades de pintores, músicos, gente de teatro, etcétera, como debe ser
un suplemento cultural. Pero siempre incluyo uno o dos cuentos y uno o dos
poemas, preferentemente de autores jóvenes, con la idea no sólo de promover
estos géneros sino de promover autores nuevos. Y les damos un lugar
destacado: no hay domingo en que no aparezca en la primera plana un cuento o
un poema, sea de Octavio Paz o de una muchacha desconocida de Guadalajara.
Recibimos muchísimo material, es impresionante lo que nos llega y procuramos
descubrir y fomentar.
Tú tienes una larga
experiencia tallerística -has dictado infinitos cursos en la UNAM y en el
Instituto Nacional de Bellas Artes- y conoces perfectamente, como pocos, la
vastísima actividad tallerística mexicana, que tiene una larga tradición,
mucho más larga y
popularizada que en mi país. Con toda
honestidad ¿realmente crees que sirve un taller?
Yo creo que sí. Un escritor se hace con el trabajo diario, con
escribir permanentemente y con mucha lectura. Pero un taller ayuda porque
enseña a discutir, a comentar, a conocer autores a develar ciertos trucos, a
mejorar el uso de recursos, a evitar este o aquel vicio, cacofonías,
repeticiones, etcétera; pequeñas cositas que van mostrándole al alumno cómo
es el camino hacia la literatura. Y esto contribuye psicológicamente a su
formación, los estimula. Claro que no creo que hayan recetas mágicas, ni que
la sola asistencia a un taller construya un escritor. Pero el taller da
algunas llaves; el prestigio o renombre del maestro da cierta confianza.
Esto puede dar al alumno la posibilidad de volar cada vez más y hacerse más
audaz. Claro: depende de quién sea el tallerista; hay algunos que son
verdaderos retrasados mentales, o buenos comerciantes. Yo creo que la
función del maestro es más que nada la de ser un estimulante, sin ser
excesivamente generoso. Por último, yo provengo de un taller, de modo que
negar su importancia sería absurdo, dada mi propia experiencia. Pero a la
vez, tengo en cuenta que Dostoievsky o Proust jamás fueron a un taller
literario, ¿no?
Pero, ¿tú te consideras realmente "producto"
de un taller? ¿Qué quieres decir, entonces, con eso de que "provienes"?
Mira: cuando llegué al taller de Arreola quien ya era un hombre
mágico, con un enorme prestigio, yo tenía casi terminado mi primer libro de
cuentos, que luego publicó el Fondo de Cultura Económica, se titula
Hacia el fin del mundo. Pero lo sometí a ese taller y los
comentarios de Arreola fueron muy precisos, me ayudaron mucho. Casi
enseguida tuve la beca del Centro mexicano de Escritores, con Juan Rulfo,
Francisco Monterde y el mismo Arreola,
y allí los comentarios y enseñanzas eran variadísimos. El doctor
Monterde, por ejemplo, estaba empeñado en enseñarnos el uso de las comas
para que tuviéramos una puntuación muy clásica, muy formal y te decía las
palabras que aprobaba la Real Academia y las que no, cosas que a mí me
tenían sin cuidado. Yo estaba empeñado en buscar otro tipo de sintaxis y de
cuentos, porque tú bien sabes que si los argentinos tienen una enorme
tradición fantástica, los mexicanos carecen de ella, y justamente eso era lo
que a mí me interesaba. Pero no todo era felicidad, de pronto Rulfo se ponía
demasiado realista y te hacía un comentario desdeñoso o Arreola se molestaba
y me decía que yo ya había encontrado mucha facilidad para escribir mis
cuentos y me zampaba una crítica feroz. De tal manera que tal vez no cabe
decir que sea "producto" de un taller; pero la duda, la discusión, el
malestar o el entusiasmo de uno de tus maestros, siempre te sirven de
acicate para llegar a tu casa y ponerte a corregir, a leer y buscar autores
que no conocías. Alguna vez Monterde me preguntó si yo conocía a Fulano y
Perengano, y me dio una lista de diez clásicos españoles del Siglo de Oro de
los que yo no tenía ni la menor idea. Me mandó a leerlos y en ellos descubrí
que eran maravillosos y que tenía que leerlos porque eran mi propio
alimento. De modo que sí creo que los talleres ayudan, aunque no son la
panacea ni transforman ni inventan escritores donde sólo hay simples
redactores. Yo he tenido talleres con sesenta participantes, y de ellos
salía un escritor por años, si salía.
¿Cuáles son los cinco cuentos inolvidables
de la literatura universal, para ti?
¿Así de golpe?... Pues, a ver:
El jardín de senderos que se bifurcan, de Borges;
Casa tomada de Cortázar;
El prodigioso miligramo, de Arreola; El gigante egoísta, de
Oscar Wilde, y seguramente incluiría a Jonathan Swift con la
Modesta proposición para que los niños irlandeses..., porque de ahí sale
todo el humorismo universal moderno.
¿Por qué razón esos?
Bueno, la que di es una respuesta muy improvisada, pero supongo que
los elijo no por impresión de lector simplemente, sino por impresión de
lector-escritor; y es que en cada uno de estos textos descubrí algo muy
importante: cómo hacer literatura. Y aquí debería citar algunas fábulas de
La Fontaine. Me ayudaron a encontrar el camino que estaba buscando. Y no en
vano entre los mexicanos elijo a Arreola, que es el único escritor
fantástico de este país. En otro tipo de elección debería incluir "La muerte
tiene permiso", de Valadés, pero lo que pasa es que siendo un cuento excepcional pertenece a un contexto que a mí no me interesa, el campo
mexicano.
¿Qué es lo que hace, para ti, un buen
cuento?
Tener una buena historia, en primer lugar. Yo creo en las
anécdotas, en las tramas. Y luego, sobre una buena historia, pues hacer un
trabajo de prosa ejemplar.
¿Qué sería "una buena historia", y qué una
"prosa ejemplar"?
Una buena historia es encontrar algo fuera de lo común. Yo creo que
casi todos los escritores buscamos historias no comunes, sucesos o momentos
que sean distintos de lo común.
Cortázar decía, al contrario, que no se
trata de buscar lo extraordinario, sino de tratar a lo ordinario. Eso lo
compartía Borges. Pienso en "Bartleby" de Melville, por ejemplo.
Podría ser, pero no es mi caso. No es lo que yo busco. La mayoría
de los escritores, incluidos Borges y Cortázar han buscado historias
"extrañas", poco usuales. Yo he leído mucho acerca de cómo otros autores
hacen sus cuentos, pero ése es su método de hacer literatura. Para
mí, un consejo de Cortázar o de Hemingway lo tomaría si conviniera a mis
intereses. Yo sí busco lo sorprendente, lo extraordinario, lo fuera de lo
común.
¿Eso es por tu inclinación hacia el cuento
fantástico?
Sí, pero también cuando hago realismo busco algo fuera de lo común.
En El gran solitario de palacio, me ocupé de la matanza de Tlatelolco
en 1968, y bueno, Mempo, aunque sea difícil de creer, en México no se matan
tan frecuentemente 500 personas en una sola tarde. A mí no me gustan ni
personajes ni situaciones cotidianos, grises. Todavía me inscribo en esa
literatura épica en la que tienes que hacer un gran personaje, una gran
anécdota y una gran hazaña, aunque esta hazaña sea tan simple como apedrear
un policía en la calle.
¿Y qué sería una "prosa
ejemplar"?
Ah, no lo sé, realmente nunca he definido una prosa ejemplar.
Pero sí sé reconocer cuándo la hay y cuándo no. Supongo que tiene que ver
con la belleza, con la forma en que están
colocadas las palabras, la forma en que se hace una descripción...
Siendo editor, columnista
político, funcionario, docente universitario, maestro de talleres, ¿cómo
distribuyes el tiempo y qué tiempo le dedicas a la literatura?
Trabajo cuando se puede; mi vida
es muy caótica porque efectivamente ejerzo el periodismo, la docencia, soy
profesor de tiempo completo en la universidad, funcionario y además me gusta
beber, divertirme, tener amigos, ir al cine... pues, es muy difícil y muy
cansada mi vida. Es un sueño de cada escritor el poder dedicarse entera y
exclusivamente a la literatura, pero no todos tenemos la misma tenacidad. Y
bueno, yo creo que ya con quince o más libros publicados, que sirven de
alguna manera como base económica -la "acumulación originaria", como diría
el maestro Marx- entonces uno puede dedicarse a escribir para el resto de
sus días, a ver si sale la obra maestra. Y si no sale, pues ni remedio.
Desde muy joven yo viví obsesionado pensando que iba a escribir una obra
maestra. Ahora que me di cuenta que no la voy a hacer, ya no me preocupo
tanto. Pero, ¿y qué tal si sale, eh? Entonces, démosle la oportunidad a la
literatura dedicándonos a ella el mayor tiempo completo posible.