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RENÉ AVILÉS FABILA Escritor |
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oBRAS ARTÍCULOS MATERIAL DE LO INMEDIATO
(1995)
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No hay personajes más trágicos que Marx y Sade. Ambos fueron pensadores que se adelantaron mucho a su época. El primero construyó, después de años y años de incesante y arduo trabajo, una de las más bellas utopías. A pesar de que estaba seguro de que el socialismo científico era una realidad casi inmediata, su modelo no ha llegado a ser construido en ningún país. |
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Lo que existe, el llamado socialismo real, no es sino una
distante caricatura de lo que Marx imaginó. Ni la libertad y la democracia auténtica han
llegado ni el ser humano se comportó según sus deslumbrantes vaticinios basados en la
bola de cristal de la historia. Tampoco el Estado desapareció, se hizo más poderoso y
rígido, un verdadero leviatán que ha devorado a generaciones enteras en distintos
países. Marx ha sido, por ello, tergiversado, calumniado, visto como una suerte de
anticristo. Y es difícil precisar quién le ha hecho mayor daño: sus admiradores o sus
detractores. Sin embargo, nadie tan profundamente humanista como él. Puso su talento, su
genio y su vida en la concepción socioeconómica más lúcida y brillante que haya
surgido. Su propósito, en efecto, no era explicar el mundo, era todavía más ambicioso:
cambiarlo. El socialismo utópico, el hermoso proyecto de Moro, de Campanella, de Bacon,
de Owen o, antes, de Platón, que hoy leemos como si fueran novelas de anticipación, lo
transformó en ciencia. Con su muerte, y con la de su gran amigo Engels, el marxismo toma
otro camino. Lenin, en su desesperación por mejorar a Rusia, lo remodela, lo ajusta a una
realidad bien distinta de lo que su autor había concebido. Y lo quimérico para los
países occidentales de alto desarrollo económico y espiritual, empieza a ser aplicado en
naciones atrasadas, a veces tanto como China, Vietnam y Cuba. Allí principia el
desvirtuamiento que poco a poco, según pasaba el tiempo, fue haciéndose más y más diferente. El socialismo actual, a los ojos del marxismo clásico, es ya una evidente
aberración.
Marx fue básicamente un
teórico, como lo fue Maquiavelo, el fervoroso patriota y agudo observador del poder,
incapaz de llevar a la práctica sus ideas. Hizo esfuerzos angustiosos con el proletariado
de aquella época y no vio cuajado su trabajo de biblioteca. Algo parecido le ocurre a
Sade: crea una teoría audaz sobre la libertad y la felicidad del ser humano con base en
la crueldad sexual, pero cada que se dirige al terreno de acción, fracasa con estrépito.
Su idea era de alguna manera superar los tabúes que la sociedad y la religión le habían
impuesto al hombre; para conseguirlo, escribió maravillosas obras que la censura de todos
los tiempos ha perseguido implacablemente, Justine y Juliete son dos buenos
ejemplos de su arte. Como Marx /y Maquiavelo), Sade fracasó en todas sus intentonas de
praxis. Acusado de libertinaje y escándalo, visto con recelo aun por los revolucionarios
de 1789, pasó la mayor parte de su vida adulta en prisión, Miolans, La Bastilla,
Vincennes, Saint Pélage y Charenton fueron sus principales cárceles y el sitio en donde
escribió la mayoría de sus libros. Su nombre sigue siendo capaz de sobresaltarnos, sus
novelas aún tienen la capacidad de subvertir los valores tradicionales y su apellido se
convirtió en sinónimo de perversión.
Sade trató de mostrarle al
hombre el camino de la libertad sexual, para ello nunca se detuvo en los obstáculos: la
familia, la sociedad, la religión principalmente, el convencionalismo, todo lo combatió
usando como armas el irrespeto, el placer y el ateísmo. Su erotismo es legítimo y
normal, sabía que aun las personas más pusilánimes y mojigatas son capaces, en un
momento dado, de desear con brutalidad y violencia, que en sueños aparece la necesidad de
acometer el amor haciendo daño o quizás recibiéndolo, y aquí entraría otro ilustre de
la perversión sexual, Masoch, quien consiguió legarnos el término tan socorrido de
masoquismo. Mucho antes que Freud, Sade nos puso ante un espejo y la imagen que vimos
reflejada nos disgustó: era demasiado real. Algo parecido le ocurrió a la humanidad
cuando supo de la teoría evolucionista de Darwin: a ningún pretencioso ser humano le
hizo gracia saberse descendiente del mono. Tanto Marx como Sade siguen produciendo malestar. Los utilizan para mostrar lo negativo. Me pregunto, ¿llegará el día en que la sociedad los acepte y pueda verlos como a dos grandes pensadores que sacrificaron su vida con el objeto de buscar mejores estadios para la humanidad? ¿O seguirán siendo dos seres malignos que desearon destruir lo edificado por casi dos mil años de cristianismo y valores occidentales? En todo caso, su mayor responsabilidad fue la de haber soñado con un hombre libre de ataduras y feliz por carecer de prejuicios estúpidos.
René Avilés Fabila
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Albert Schweitzer o el respeto por la vida El diccionario de los homenajes La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura
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