La muerte de las culturas prehispánicas *

Ramón I. Martínez

Hablar de la vida es hablar de la muerte. Y viceversa. René Avilés Fabila en su más reciente libro, El bosque de los prodigios (Patria, México, 2007), celebra la vida mostrándonos un poco de la muerte y destrucción que trajeron a este continente, dizque recién descubierto, los hombres blancos: los que llegan tarde a todo.Hablar de la vida es hablar de la muerte. Y viceversa. René Avilés Fabila en su más reciente libro, El bosque de los prodigios (Patria, México, 2007), celebra la vida mostrándonos un poco de la muerte y destrucción que trajeron a este continente, dizque recién descubierto, los hombres blancos: los que llegan tarde a todo.

Al enfrentarme a este volumen, fue inevitable recordar aquellas palabras atribuidas al claroscuro Vasconcelos:

“Matar a los que quedan vivos, resucitar a los muertos”, referido a los pueblos indígenas. Sentencia asquerosa, que pudiera ir signada por aquella guía de turistas prieta de cabellera güera clairol que advierte a la entrada de San Cristóbal, Chiapas: “no le compren nada a nuestros hermanos indígenas, porque luego no se los van a quitar de encima”. Vaya una tartufa, vaya una intolerancia. ¡¿Cómo no adquirir sus obras de arte?!

Por camino opuesto y benéfico, nos lleva René Avilés Fabila a comprender por la vía imaginativa a nuestras culturas indígenas (gloriosas y/o depauperadas), para entender que no son distintos, que somos iguales y de la misma estirpe. Nos advierte el autor en los preliminares: “En pocas religiones las deidades han sido tan imaginativas como en la maya, azteca o inca. En el cristianismo, las deidades han sido fabricadas -con toda facilidad- a imagen y semejanza de los humanos.

En cambio, entre mayas y aztecas, los dioses a menudo tenían apariencias extrañas o definitivamente conformados según los dictámenes de sus fantasías.” Así ha logrado, así sea parcialmente en versión corregida y sabrosamente aumentada, revivir ese prodigioso bestiario producto de culturas fantásticas como la maya, la inca y la azteca.

Seres prodigiosos (animales, plantas y afines aberraciones) cuya existencia se establece en una mitología compacta que RAF logra representar con un ágil estilo narrativo no exento de un sentido del humor irónico y con frecuencia exploratorio de cuestiones existenciales. En el mismo tono se mueven los dibujos de Guillermo Ceniceros al acompañar los relatos de este libro: incitantes, ambivalentes, provocativos. El poder de la imaginación nos llega en este mundo (cosmogonía) deliciosamente pagano. En un país como el nuestro donde al levantar una piedra te encuentras una iglesia pederasta, llegará el momento en que cualquier dogma desaparezca, nos libremos del yugo eclesiástico (incluyendo al poder político que debiera ser laico.) Cosmogonía donde prevalece la multiplicidad, el reino de las posibilidades sobre el de las imposiciones, Avilés Fabila es político incluso en sus cuentos fantásticos: nada es más político que la reivindicación del derecho a soñar, a ser libres. Parafraseando al profeta Jim Morrison, no sería extraño que el autor de los relatos que nos ocupan diga en alguna ocasión: “no es que esté loco, sólo que me apasiona la libertad”. A través de los bestiarios, nos reconocemos a nosotros mismos, a la manera del poema de Borges (“Edipo y el enigma”) donde se nos dice: Somos Edipo y de un eterno modo la larga y triple bestia somos, todo lo que seremos y lo que hemos sido. Nos aniquilaría ver la ingente forma de nuestro ser; piadosamente Dios nos depara sucesión y olvido. ¿Cuál es mi animal favorito de los mostrados en este bosque de los prodigios? Aquél que se ve reflejado en los prodigios del bosque: la bastarda plaga humana, monstruo polimorfo y proteico. Desde estas líneas agradezco a René Avilés Fabila, semejante al Dios de Borges, que nos depare sucesión, olvido.

* Publicado en la re vista Universo de El Búho. Num. 91 Noviembre 2007.

 

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