Entre la novela y el testimonio*

Humberto Musacchio

Los géneros tradicionales han sido insuficientes para encerrar la creación literaria; hoy se habla de cuento, novela, poesía, relato, testimonio y hasta “cronovela”, como diría María Luisa Mendoza. Sin embargo, en lugar de que el aumento de géneros y subgéneros nos sirviera para encuadrar con mayor precisión una obra, es obvio que hoy se presentan mayores dificultades para establecer sus límites.

Personajes conocidos por todos, son despojados de su maloliente solemnidad y situados donde corresponde. Las sacrosantas instituciones no se salvan de la corrosiva prosa de Avilés Fabila y de ese modo nos permite asistir al espectáculo maravilloso de un mundo desmitificado, cruel frecuentemente, pero que conserva siempre la vista puesta en una perspectiva más humana.El gran solitario de Palacio** de René Avilés Fabila, ofrece las dificultades que señalamos: mezcla de novela con pasajes de alta calidad en lo que se refiere a la técnica narrativa y al manejo del lenguaje, junto a testimonios sobre los hechos sangrientos de 1968.

Para no pecar de purismo o de excesiva liberalidad omitiremos la acostumbrada camisa de fuerza de esta obra y nos limitaremos a verla en sus partes más valiosas; pero antes, habremos de dar la “ficha” del autor.

René Avilés Fabila nació en 1940 y se nacionalizó escritor antes de cumplir veinte años. El bautizo literario lo recibió en el famoso taller de Juan José Arreola y ahí publicó sus primeras cosas en la revista Mester.

Antes de que apareciera su primera novela, Los juegos, entrega una biografía de Albert Schweitzer a la Secretaría de Educación, la cual le paga $1,000.00 al editarla. No faltarán quienes vean en esa versatilidad del escritor un signo de genio, la verdad es que nuestros literatos jóvenes tienen que valerse de cualquier cosa para subsistir y continuar así, escribiendo lo que verdaderamente les interesa.

Los juegos es una bomba que explota en medio del ambiente intelectual mexicano: todos los que han alcanzado algún renombre son satirizados sin clemencia en un libro divertidísimo que reprocha a nuestra inteligencia la vida entre cocteles interminables que son un concurso de alabanzas mutuas mientras un líder campesino es asesinado con toda su familia en una humilde choza y un dirigente sindical ferrocarrilero se pudre en la cárcel. La mayor indignación proviene de quienes se cuelgan la etiqueta de intelectuales “de izquierda”.

Los juegos hubo de salir en dos ediciones de autor y ahora será publicada por una firma argentina, lo que demuestra que a pesar de todas sus fallas de estructura y sus atentados gramaticales era -y es- un libro que vale.

Viene después el que probablemente sea su mejor libro Hacia el fin del mundo (FCE, 1969). Despliegue impresionante de imaginación, manejo preciso de la palabra y bello transcurrir de esos relatos de fuerte contenido. Un libro redondo por el nivel sostenido de calidad y lo singular de su temática.

Alegorías da título a un volumen de textos, la mayor de los cuales había publicado esta misma Revista entre los de trece escritores más, todos jóvenes y prometedores. Un libro de cuentos, La lluvia no mata las flores, redondeaba la tarea de varios años, pues en ese volumen había trozos de la obra, representativos de varias épocas, desde la arcaica era arreolista hasta lo escrito simultáneamente a los primeros borradores de El gran solitario de Palacio.

Pero hay que decir algo del libro que motiva esta nota y antes de otra cosa afirmamos que se ubica en el contexto social que condiciona al escritor. La realidad, arcilla para esculpir cualquier escultura, cobra bellas formas a pesar del clima desgarrador que condiciona las existencias de cada personaje y el ambiente en que se desarrollan las anécdotas.

Tlatelolco, la plenitud de agosto y septiembre de 1968, las infaltables torturas y la secuela represiva que cobra diferentes formas y tiende a destruir la moral de los activistas, todo esto enclavado en la tragicómica institucionalidad de un país que guarda enorme parecido con México.

El Gran Solitario es el caudillo triunfante que emerge de la Gran Revolución -todo es grande en un país así-. Se ha luchado por la democracia y contra un tirano que se perpetuó en el poder; así, los triunfadores se ven imposibilitados para recurrir al mismo expediente que los derrotados y ponen en práctica un sistema que cumple las formalidades de la democracia sin poner en peligro los sitios de mando que corresponden a los vencedores.

Cada seis años el caudillo se somete a una delicada operación de cirugía plástica, la cual, al tiempo que le permite cambiar de rostro, le deja también salvaguardar los principios de la gesta armada que le llevó al poder.

Si hubiéramos de colgarle una etiqueta, diríamos que se trata de una novela política, con todos los riesgos que tiene la adjetivación. Avilés Fabila se mete, y fuerte, con su realidad social, afrontando los enormes peligros que le presenta la inminencia del panfletismo; inminencia que no se aleja de ninguna obra política. La cuestión es no dejar que el panfleto se acerque demasiado. Eso lo consigue René y sale airoso de la prueba, a pesar de ciertas páginas donde estuvo a punto de sacrificar la objetividad literaria por la posición partidista.

Cuando parece a punto de caer en la propaganda echa mano de un recurso que sabe manejar magistralmente: el humor. Ese don tan especial del autor para manejar un humor fino a veces, explosivo en otras ocasiones, lo caracteriza desde siempre. Ese humor que le impone la obligación de satirizar en lugar de pontificar, es quizá una de las mejores cualidades para decir que sus libros valen a pesar de todos los defectos que en la actitud más melindrosa podamos hallar.

Personajes conocidos por todos, son despojados de su maloliente solemnidad y situados donde corresponde. Las sacrosantas instituciones no se salvan de la corrosiva prosa de Avilés Fabila y de ese modo nos permite asistir al espectáculo maravilloso de un mundo desmitificado, cruel frecuentemente, pero que conserva siempre la vista puesta en una perspectiva más humana.

Un crítico eminente decía hace poco que nuestra literatura no ha dado a últimas fechas obras con la suficiente altura estética, pero a cambio de ello, los escritores se han mostrado comprometidos con su realidad. Él se refería a lo publicado en 1971. René Avilés Fabila no arribó a ese compromiso después de 1968, sino desde su emersión como escritor, y lo mejor: ahí se conserva sin hacer concesiones ni en la posición política ni en la autenticidad literaria.

* Aparecido en Revista de la Universidad de México. Volumen XXVII, número 5. Enero de 1973.

** Avilés Fabila, René. El gran solitario de Palacio, Cía., General Fabril Editora. Buenos Aires, 1971. 222 pp.

 

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René Avilés  - Web Oficial