El tema de la dictadura en la narrativa del mundo hispánico: (Siglo XX)

Giuseppe Bellini

Introducción

El tema de la dictadura ha tenido amplia resonancia en la narrativa del mundo hispánico, especialmente en la novela de la América de expresión castellana, por motivos fácilmente comprensibles: la sucesión incansable en los dos últimos siglos de formas unipersonales de gobierno1. Debido a este recurrente aspecto, Hispanoamérica ha constituido más de una vez el escenario también de novelas españolas que tratan de la dictadura.

Una evidente preocupación de orden moral domina el tema
2. Por lo que atañe a la América hispana la historia de esta preocupación ahonda sus raíces en el pasado y domina el presente, es visible en el Inca Garcilaso como en Neruda y Asturias y otros escritores, pasando por personajes como Nariño, Mutis, Santa Cruz y Espejo, Olmedo, Lizardi, Martí y los innumerables ciudadanos que, sin llegar a una obra escrita que haya entrado en las historias, políticas o literarias, constituyeron el fermento sobre el cual se realizó la Independencia.

El siglo XIX, en los albores de las nacionalidades hispanoamericanas, representó un momento de particular importancia en la vida y en la expresión literaria de los países americanos, para la expresión de una problemática que envolvía su propio destino, siempre en vilo entre la libertad y la esclavitud. El sueño de Simón Bolívar de una América libre y unida, la Gran Colombia, fracasó pronto y las naciones que surgieron de su disgregación fueron inmediatamente agitadas por ambiciones de poder, inaugurando el gobierno de los llamados hombres fuertes.

La libertad era un bien demasiado grande para que no se la insidiara: resuenan todavía las invectivas de Juan Montalvo contra los tiranos ecuatorianos Gabriel García Moreno e Ignacio Veintemilla; sigue aún hoy dominando el imaginario la figura del Doctor Francia, dictador del Paraguay. Pero la figura cumbre de la dictadura hispanoamericana y que domina el siglo XIX es la de Rosas, personaje que insidia la recién conquistada independencia argentina. Contra él se levanta el grupo de los Proscritos. En El matadero (1838)
3 Esteban Echeverría fija para siempre una hora trágica de su nación, formulando una durísima protesta contra el tirano y sus partidarios; en Amalia (1851-1855)4 José Mármol amplía el alcance de las fechorías de Rosas y en Facundo (1845)5 Domingo Faustino Sarmiento denuncia el conflicto insanable entre el poder despótico y la democracia, entre la barbarie y la civilización, dando en su obra un texto de valor permanente.
Con Sarmiento el personaje del dictador empieza a adquirir consistencia; ya es protagonista de carne y hueso y en la trayectoria que lleva al siglo XX su concreción es significativa. El escritor ya no ofrece al público sólo la descripción de un ambiente de violencia y corrupción, sino que introduce la bárbara presencia de quien es origen de todo atropello y de toda corrupción. Sin ocultar la gran fascinación que el hombre bárbaro ejerce, aun sobre sus mismas víctimas, Sarmiento denuncia y condena en su biografía del general Facundo Quiroga los estragos del poder. Su libro, hasta en este sentido, estaba destinado a ejercitar un influjo notable sobre toda la narrativa hispanoamericana de protesta política.

En los comienzos del siglo XX el tema de la dictadura se difunde; algunas novelas de distintas áreas geográficas tratan el argumento del poder despótico, presentan figuras emblemáticas de dictadores. En 1904 Joseph Conrad publica su novela Nostromo y en 1926 Francis de Miomandre Le dictateur. En el mismo año 1926 Ramón María del Valle-Inclán edita en España su esperpéntica novela Tirano Banderas.

Cada uno de estos novelistas, ajenos al mundo hispanoamericano, asume como telón de fondo de su obra al mundo de la América hispana. Se trata de una aproximación al problema desde una posición externa; falta una experiencia directa, como al contrario ocurre, ya en 1915, con La sangre
6, del dominicano Tulio Manuel Cestero, en 1932 con El Señor Presidente del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, en 1935 con Canal Zone del ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta, en 1949 con El Reino de este mundo del cubano Alejo Carpentier.

Los decenios iniciales del siglo XX se presentan ricos en narradores que tratan el tema del poder despótico, sea el que promana de jefes revolucionarios, como ocurre en la narrativa de los mexicanos Mariano Azuela en Los de abajo (1916)7, Martín Luis Guzmán en El águila y la serpiente (1928) y La sombra del caudillo (1929)
8, sea el que instauran golpes militares, dictaduras impuestas o concertadas, como denuncian en el tiempo varios autores desde el venezolano Rómulo Gallegos hasta el peruano Mario Vargas Llosa, el colombiano Gabriel García Márquez, el mexicano Homero Aridjis, en sus apocalípticas novelas del fin del mundon9, el argentino Abel Posse, quien, en Los perros del paraíso (1987), ve realizarse ya en la rebelión de Roldán contra Colón el primer golpe militar en América, una América que desde entonces «quedaba en manos de milicos y corregidores como el palacio de la infancia tomado por lacayos que hubiesen sabido robarse las escopetas»; y el Almirante «Mumuró, invencible: -Purtroppo c'era il Paradiso...!»10.

La dictadura no siempre es el tema que domina en la novela; a veces constituye sólo el telón de fondo sobre el cual se suceden los acontecimientos. Sin embargo ya en Canal Zone, denunciando la situación panameña de comienzos del siglo, cuando los intereses de los Estados Unidos en el Canal influyen poderosamente sobre la formación de los gobiernos nacionales
11, Aguilera Malta presenta concretamente a un tipo de dictador artero y hábil en su conducta, engañador de su pueblo, hipócrita hasta en el aspecto exterior, pero con un ascendente enorme sobre la gente:

De pronto hubo un gran silencio. En el balcón había aparecido el Presidente. Lo acompañaban varias personas. Tenía el ademán grave, solemne. Al asomarse, la multitud se entusiasmó. Y dio un aplauso largo, caluroso [...].12

Otros narradores hispanoamericanos insisten sobre el servilismo que rodea al poderoso y la taimada naturaleza del déspota o su grotesca esencia. En Los perros hambrientos (1939) Ciro Alegría denuncia la retórica del oportunismo, que hace de todo presidente peruano un «salvador de la república», y enjuicia duramente el sistema político de su país echando la culpa de ello al pueblo mismo:

A la corta lista de genios que ofrece la humanidad, había que agregar la muy larga de los presidentes peruanos. A todos los ha calificado así, por servilismo o compulsión, un pueblo presto a denigrarlos al día siguiente de su caída. Unos se lo dejaron decir sonriendo ladina y sardónicamente, pero alentando la adulación y los compromisos que crea, como Leguía, y otros se lo creyeron haciendo por esto ridículos o dramáticos papeles.13

Tampoco hay que olvidar la contribución ética del venezolano Rómulo Gallegos en su novela El forastero (1942), centrada sobre el problema de la colaboración con el déspota, que se resuelve con el rechazo total, así fuera para obtener ventajas en favor del pueblo. El «hombre isla» tiene un deber para con su gente: el de representar la esperanza en el triunfo de la libertad, impidiéndole resignarse a la sumisión. En la novela el escritor venezolano presenta la gran comedia latinoamericana de los jefes aparentemente demócratas, que gobiernan por interpuesta persona, «dándose así el soberano gusto de imponerles a sus paisanos una autoridad de ningún modo lícito constituida en su persona»14.

En el ámbito hispánico la narrativa sobre el tema de la dictadura no se presenta particularmente consistente. La larga dictadura franquista ha llegado a ser tema del narrador solamente después de la muerte del general y en obras de no excesivo nivel, si excluimos la pseudo Autobiografía del general Franco (1993), de Manuel Vázquez Montalbán, que se lee como una obra de ficción, y, años más tarde, acudiendo a un título de Pío Baroja, la novela O César o nada (1998), centrada en la familia de los Borgia y el Valentino. Sin embargo, al tema de la dictadura en Hispanoamérica Vázquez Montalbán había dado en 1990 un texto notable en Galíndez.

Mi propósito en este estudio es el de considerar, partiendo de un orden cronológico, además de las novelas más relevantes de autores hispanoamericanos que tratan directamente del dictador y su sistema, las de autores españoles que han asumido como escenario Hispanoamérica, pocas en realidad, pero significativas: con Tirano Banderas y Galíndez, dos textos de Francisco Ayala, Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962). También existen otras novelas sobre el tema, debidas a autores españoles, como Lo que es del César (1981), de Juan Pedro Aparicio, donde el todavía reciente pasado hispánico es objeto de denuncia, y Leyenda del César visionario (1991), de Francisco Umbral, sobre el general Franco y su dictadura
15. Sin embargo, el tema me parece más original y artísticamente tratado en las novelas citadas de Valle-Inclán, Francisco Ayala y Vázquez Montalbán.

De Tirano Banderas a El Señor Presidente, la dictadura entre mito y grotesco

En los orígenes de la famosa novela del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente, está la lección de Ramón María del Valle-Inclán, la lectura atenta y provechosa de su novela sobre el fenómeno de la dictadura, Tirano Banderas, que el escritor español publica en 1926. Asturias vivía entonces una época de formación en París y, según confiesa, en la capital francesa había tenido ocasión de conocer a varios de los autores consagrados del momento, entre ellos a Valle-Inclán
16. Son ciertamente los del París «des années folles», de los que trata Marc Cheymol17, años de gran importancia desde el punto de vista artístico para el futuro escritor, que ya había empezado su aprendizaje en la narrativa y la poesía y que había llegado a la capital francesa con un cuento, «Los mendigos políticos», que luego desarrollaría en una novela, El Señor Presidente precisamente.

No cabe duda de que cuando se publicó Tirano Banderas el libro fue lectura intensa y significativa para el joven narrador que ya se había metido en la escritura de su primera novela, además de en las narraciones que reuniría en las Leyendas de Guatemala, libro que publicó en Madrid en 1930, mientras El Señor Presidente tuvo una gestación más larga y vio la luz, a pesar de haberlo terminado en 1932, solamente en 1946.

Valle-Inclán se proponía en su novela representar a un singular mundo americano, esa «república comprensiva de Hispanoamérica» de la que habla Seymour Mentón
18; el escritor español ofrece en su novela un cuadro de gran interés artístico, pero inclinado hacia lo exótico, en la representación de un drama que califica significativamente «de tierra caliente»19. Lo que corresponde a la idea folclórica que Europa tenía de América, sobre todo de la América Central y del Caribe, que ya desde el descubrimiento antillano había, voluntaria o involuntariamente, difundido Cristóbal Colón, cuando en su Diario describía y celebraba la belleza de un paisaje de «árboles muy verdes, y aguas muchas y frutas de diversas maneras»20, de islas fertilísimas donde «todo el año siembran panizo y cogen, y así todas otras cosas», cubiertas de árboles «muy diferentes de los nuestros», muchos de los cuales

tenían los ramos de muchas maneras y todo en un pie. Y un ramito es de una manera y otro de otra; y tan disforme, que es la mayor maravilla del mundo cuanta es la diversidad de la una manera a la otra».21


Por otra parte, la todavía reciente independencia hispanoamericana y la serie de movimientos revolucionarios y de golpes que caracterizó hasta bien entrado el siglo XX a los países del área indicada, sobre todo la centroamericana, debían de haber difundido en España una notable impresión negativa de inestabilidad y desorden, que claramente Valle-Inclán refleja en su novela.

Para dar un tono americano a su libro el escritor acude, como es bien sabido, a una mezcla lingüística de numerosas peculiaridades presentes en el habla de los distintos países de América. En sus intenciones ello hubiera debido representar cabalmente la realidad expresiva de Hispanoamérica, representación positivamente alcanzada según Emma Susana Speratti Pinero
22. Al contrario, me parece que esta mezcla arbitraria acaba por aumentar el sentido artificioso del expediente. Tirano Banderas es ciertamente en sí una gran novela, representa un momento de extraordinario relieve en la narrativa de Valle-Inclán, ya famoso por sus Sonatas, pero adolece de una evidente superficialidad en la interpretación del drama y de la condición americana. Su idea de la dictadura es «esperpéntica», representa una especie de espectáculo deformado, en el que intervienen numerosas curiosidades. El autor, en efecto, se demora en observaciones interesantes acerca del carácter de los «gachupines», que formaban el gremio comercial, los colaboradores del tirano, el cuerpo diplomático, especialmente el embajador de España, presentado negativamente como homosexual. El lector sigue con interés la narración, pero inmediatamente percibe que a Tirano Banderas le falta algo que tienen El Señor Presidente y las demás novelas hispanoamericanas que denuncian la dictadura: una experiencia directa de dolor.

En su libro Valle-Inclán ve el drama desde afuera, no lo siente íntimamente; el panorama de la dictadura es demasiado esquemático; el clima de violencia tiene en ocasiones algo folletinesco, como en el «gran final», cuando el tirano, a punto de ser vencido, mata a su hija idiota y luego cae acribillado por los rebeldes:

Sacó del pecho un puñal, tomó a la hija de los cabellos para asegurarla, y cerró los ojos. Un memorial de los rebeldes dice que la cosió con quince puñaladas.23

Y luego «salió a la ventana, blandiendo el puñal, y cayó acribillado»24. La cabeza del tirano queda expuesta al público, el cuerpo descuartizado y enviados los restos a las más lejanas provincias como escarmiento:

Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas, en la Plaza de Armas. El mismo auto mandaba hacer cuartos el tronco y repartirlos de frontera a frontera, de mar a mar. Zamalpoa y Nueva Cartagena, Puerto Colorado y Santa Rosa del Titipay, fueron las ciudades agraciadas.25

Final de trágica grandiosidad, inspirado transparentemente en la crónica que relata el fin de Lope de Aguirre, cuando acosado por las tropas reales, abandonado por sus soldados, viéndose perdido, «dio de puñaladas a una sola hija que tenía, que mostraba quererla más que a sí», antes de que uno de sus «marañones» le matara a arcabuzasos26. La suerte que le toca a Tirano Banderas es prácticamente la misma: al «gran rebelde» le fue cortada la cabeza y, llevada al Tocuyo, fue puesta en el rollo «en una jaula de hierro», mientras la mano derecha fue llevada a la ciudad de Mérida, la izquierda a Valencia27. Como si fuera poco comenta el cronista:

Y, cierto, me parece que fuera mejor echalle a los perros que lo comieran todo, para que su mala fama peresciera, y más presto se perdiera de la memoria de los hombres, como hombre tan perverso, que deseaba fama adquirida con infamia.28


Lo que llama la atención en Tirano Banderas es que en sus opositores falta un ideal verdadero y la lucha contra él es más bien determinada por intereses personales. El régimen aparece representado eficazmente en la novela en toda su brutalidad y su símbolo es la cárcel. La figura del dictador, medio brujo, medio bandido, domina con su ejercicio cruel del poder. El mismo Asturias explicará el ascendente misterioso que el dictador ejerce sobre sus súbditos en países de hondas raíces míticas29. No se comprende, sin embargo, si en el tirano es mayor la sed del poder en sí o si le domina en su ejercicio el gusto malvado de destruir a su prójimo.

Valle-Inclán logra hacer de la figura lóbrega de Banderas una pesadilla que todo lo domina, acudiendo a una repetición obsesiva de imágenes, que presentan al personaje casi siempre «agaritado» detrás del marco de una ventana del convento-fortaleza en que vive. El hombre está siempre avizorando el mundo circundante, como si más que el temor a ser sorprendido por sus enemigos le inquietara un ámbito natural que se escapa a su voluntad de dominio.

Característica del tirano, que pasará al Presidente de Asturias, es el aspecto sombrío, fúnebre. Valle-Inclán lo presenta como un garabato cruel, cadavérico, muerte que va sembrando muertos:

Inmóvil y taciturno, agaritado de perfil en una remota ventana, atento al relevo de guardias en la campa barcina del convento, parece una calavera con antiparras negras y corbatín de clérigo.30


A partir del libro primero, que inaugura un «Icono del tirano», la figura de Santos Banderas, un ser «con mueca de calavera», aparece concretamente, y desde el momento inicial domina con su presencia toda la novela. La ventana sigue siendo el marco preferido; desde su bien defendida residencia mueve a su arbitrio todo el gran teatro del mundo. Crueldad y falta de escrúpulos se unen en el personaje a una innata habilidad de jugador, con la que se impone a través del chantaje y la corrupción sobre un séquito servil y anónimo:

Tirano Banderas, con paso de rata fisgona, seguido por los compadritos, abandonó el juego de la rana. Al cruzar por el claustro, un grupo de uniforme, que choteaba en el fondo, guardó repentino silencio. Al pasar, la momia escrutó el grupo [...]31


Figura de mal agüero, Valle-Inclán acerca siempre al déspota a la imagen de un pajarraco: «Tirano Banderas, sumido en el hueco de la ventana, tenía siempre el prestigio de un pájaro nocharniego [...]»32; «Tirano Banderas, agaritado en la ventana, inmóvil y distante, acrecentaba su prestigio de pájaro sagrado»33. Frente a él, un mundo de basura humana estudiado en profundidad por el novelista, una humanidad servil y corrupta, cuyas carencias morales son las que le permiten a Banderas el ejercicio del poder absoluto.

Valle-Inclán construye la figura del déspota acudiendo a detalles no siempre negativos, para subrayar con mayor eficacia las negatividades. Al fin y al cabo, por más aparatosa que sea la escena final de la novela, no carece de valor el personaje, muy al contrario de lo que ocurre siempre en el final de los tiranos, y acaba por sugestionar favorablemente al lector. Frente a la falta absoluta de ideales de sus adversarios, Tirano Banderas es el único que, a pesar de su actuación malvada, se afirma como un hombre verdadero.

Distinto es el procedimiento y el resultado de Miguel Ángel Asturias en El Señor Presidente, novela terminada, como dije, en 1932 pero que por razones diversas y de oportunidad, que expuse en su tiempo34, sólo se dio a la imprenta en México en 1946. El libro adquiere inmediatamente categoría ejemplar en América Latina, dando al tema de la dictadura resonancia inédita, aunque se refería concretamente al gobierno del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, contra el cual Rafael Arévalo Martínez, en el mismo año 1946, publicaba ¡Ecce Pericles!, denuncia documentada de sus fechorías.

Anteriormente el mismo Arévalo Martínez había escrito un cuento largo sobre el tema del «hombre fuerte», Las fieras del Trópico, que incluyó en su libro El hombre que parecía un caballo (1915). Creo cierto que Asturias leyó este cuento, de gran perfección artística dentro del estilo modernista. Serían pronto los años en que en Europa el culto por la fuerza iba a tener sus expresiones en movimientos totalitarios, anunciados y apoyados por ciertas corrientes de vanguardia como el futurismo. El culto por la belleza física era una componente importante del modernismo, que iba a manifestarse también en el culto por el hombre fuerte, elegante y ágil, un personaje que se imponía por su masculinidad vigorosa y al mismo tiempo gentil, así como por la rapidez de sus decisiones, fruto de una inteligencia despierta. Afirma del individuo el personaje narrante: «Es uno de los hombres más bellos que he conocido en mi vida»35; le impresiona su agilidad cuando salta a uno de los carros del tren, antes de que se pare en la estación, y despierta en el personaje extraordinario entusiasmo:

Yo veía al hermoso ejemplar de la especie humana que deleitaba mis ojos en esa hora, bello como un arcángel, vestido todo de tela blanca, en armonía con el terrible calor de —28→ aquel territorio tropical; con sombrero y zapatos blancos, con ojos claros, de tez blanca, de pelo casi rubio, todo él claro y blanco. Vestía con tan suprema elegancia su modesta ropa de habitante de la zona tórrida, igual a la que a su alrededor llevaban comerciantes y hacendados, que se le hubiera creído un monarca. Sobre su diestra, grande, blanca, cuidada como mano de cardenal o mujer, brillaba un solitario de enorme precio. Se conocía que aquel hombre bello y claro era el señor de la comarca, por derecho propio, con la realeza no usurpada que a orillas del Ganges tienen los tigres del Bengala. En el caliente trópico como aquél tenían que ser los señores.36


No cabe duda, de este personaje algo queda en la novela de Asturias, y es en la figura de Cara de Ángel, porque en nada se parece el Señor Presidente al magnífico ejemplar humano: cuanto el de Rafael Arévalo Martínez es luminoso y cinegético, tanto es gris el dictador protagonista de la novela asturiana. El trasvase de elementos se verifica en la figura del favorito, y se resume en el inquietante leit-motiv: «era bello y malo como Satán».

La ausencia, en la novela de Asturias de datos que faciliten la identificación concreta de personajes y de lugares, la falta de indicaciones temporales, transforma El Señor Presidente en un libro de denuncia contra toda dictadura. La lección esperpéntica de Valle-Inclán está perfectamente asimilada, igual que la del surrealismo, pero la novela del escritor guatemalteco cobra ventaja sobre la del autor español por originalidad de materiales lingüísticos y por ser producto de una pasión directamente sentida, de una experiencia vivida en sus años juveniles, en tiempos de la lucha contra el dictador Estrada Cabrera.

Entre mito y realidad la figura del déspota domina las páginas de El Señor Presidente, pero sustancialmente la novela es distinta de la de Valle-Inclán, a pesar de que se repiten ciertos detalles, que sin embargo asumen significados nuevos. Es el caso de la familiaridad de los altos funcionarios y militares de la dictadura con el prostíbulo: en Tirano Banderas la casa del placer es únicamente un detalle pintoresco, algo que complica la trama con elementos híbridos y un erotismo superficial, mientras que en la novela de Asturias es un elemento relevante, puesto que califica y destruye la aparente dignidad de la dictadura; en Tirano Banderas se tiene la impresión de que la supuesta nación sobre la que manda el dictador no es más que un cortijo, mientras en El Señor Presidente se individua de inmediato que existe todo un país sometido al arbitrio del tirano.

En el mundo sobre el que reina Tirano Banderas no existe valor humano ni moral realmente positivo, personajes que mantengan una verdadera dignidad, a no ser la figura solitaria del indio que ayuda en su fuga al «coronelito» de la Gándara. Nadie se salva moralmente. Por el contrario en la novela de Asturias, en medio del terror, el atropello y la violencia sobreviven los valores humanos, representados en la serie infinita de los que sufren, criaturas humildes en general, todo un pueblo que, a pesar del infierno en el que vive, no ha perdido su dignidad. Lo simbolizan los presos que, al comienzo y al final de la novela, pasan en procesión incesante, cargados de cadenas, camino de la cárcel, la atormentada «niña» Fedina, las mujeres mismas del burdel de doñaChon, más humanas en su miseria que cualquier exponente de la dictadura, el estudiante que encerrado en la cárcel proclama el valor de la acción frente a la resignación de la oración.

Sobre este infierno humano, en el que actúan los seres más repugnantes, entre ellos, por bello que sea, el favorito del Presidente, Cara de Ángel, domina un personaje del cual Asturias no da ni siquiera el nombre y al que nunca describe físicamente, enigmático, frío y cruel, que incute no solamente temor sino también cierto respeto hasta en sus enemigos. El mismo Asturias refería siempre que cuando fue con otros opositores a exigir la renuncia al vencido dictador Estrada Cabrera, todavía el hombre ejercía una fuerte sugestión sobre todos ellos. Pervivencia, como explicó años más tarde, de la sugestión del mito en países de fuertes raíces indígenas, del

hombre-mito, el ser-superior (porque es eso, aunque no queramos), el que llena las funciones de jefe tribal en las sociedades primitivas, ungido por poderes sacros, invisible como Dios, pues entre menos corporal aparezca, más mitológico se le considerará. La fascinación que ejerce en todos, aún en sus enemigos, el halo de ser sobrenatural que lo rodea, todo concurre a la actualización de lo fabuloso, fuera de un tiempo cronológico.37

Eran los tiempos anteriores a las aparatosas manifestaciones inauguradas por dictadores europeos como Mussolini, hombre siempre público, y que en América Central, en Guatemala, debía imitar más tarde el general Jorge Ubico, recorriendo en motocicleta el país y administrando personalmente, a la manera de los reyes medievales, una justicia arbitraria, como bien ha representado Dante Liano en su novela El misterio de San Andrés38.

En El Señor Presidente Asturias tiende sobre todo a presentar el poder deformante y desmoronador de la dictadura, la difusión de un clima en el que la personalidad humana se anula frente al temor. El mismo Cara de Ángel experimenta este resultado último de un sistema al que durante varios años ha apoyado y cuya sustancia se resume en el silogismo: «pienso con la cabeza del Señor Presidente, luego existo, pienso con la cabeza del Señor Presidente, luego existo»
39.

La sombra del hombre nefasto incumbe lóbregamente en la novela por varios capítulos sin que aparezca, y cuando lo hace, en el capítulo quinto de la primera parte, es una pobre cosa, casi sin caracteres humanos. Asturias no acude a largas descripciones y, con la intención de destruir al personaje, presenta al dictador a través de rasgos borrosos, haciendo de él un títere cruel y fúnebre:

El Presidente vestía como siempre de luto riguroso: negros los zapatos, negro el traje, negra la corbata, negro el sombrero que nunca se quitaba; en los bigotes canos, peinados sobre las comisura de los labios, disimulaba las encías sin clientes, tenía los carrillos pellejudos y los párpados como pellizcados.40

En su presentación del dictador Asturias adopta un procedimiento distinto al de Valle-Inclán: no construye a su personaje, sino que lo va demoliendo poco a poco destacando a través de escasos detalles cromáticos -negro y gris-, y anatómicos de la cara -encías desiertas, carrillos pellejudos y párpados ralos-, la negatividad de su figura. La crueldad del tirano no procede de la manifestación violenta de sus instintos, como en Tirano Banderas, sino de una fría indiferencia hacia su prójimo; su poder absoluto de vida y de muerte parece fundarse, más que sobre la fuerza material, sobre el desprecio, producto de un alma vulgar. Es en realidad un hombre débil, fácil al miedo, que sólo se mantiene en el poder gracias a su compromiso con el capital extranjero y a la pasividad de un pueblo anonadado por la violencia.

El proceso de destrucción del personaje, característico de Asturias
41, se aplica al Señor Presidente en una serie numerosa de detalles que subrayan la indignidad del hombre y lo absurdo de un poder que se explica en parte por la fascinación que ejerce sobre un pueblo todavía apegado al mito. En su representación del hombre nefasto el escritor afirma que se inspiró en Faulkner42, pero con creces sabemos cómo el poder atrae y fascina siempre hasta a los oprimidos.

La figura del Señor Presidente va afirmándose a través de una serie de elementos únicamente negativos; su crueldad deriva de un deseo de venganza por una infancia ilegítima de privaciones y humillaciones; vive en un palacio frío y de paredes desnudas; le rodea el servilismo y el terror; dudosa es su virilidad; tratos ha mantenido con el prostíbulo; come miserablemente, como un pobre cualquiera. La suya es una comedia vulgar y la descripción del personaje concluye en la novela con el triunfo de lo animal, cuando en el capítulo treinta y dos lo vemos emborracharse y vomitar sobre su ex favorito y en una palangana que en el fondo trae el escudo de la nación. Desprecio por el hombre y por el país. Perversión de los valores, si el subsecretario se apresura a felicitar a Cara de Ángel por el reconquistado favor.

En la escena se hunden varios planos del «edificio» dictatorial: el Señor Presidente queda reducido a pura animalidad y el ex favorito sale destruido en su dignidad de hombre, mientras el estado aparece entidad sin valor alguno para el dictador; el subsecretario representa la abyección de toda una clase política que vegeta sin dignidad bajo la dictadura. Personajes todos de un infierno espeluznante sobre el cual, como Lucifer, reina un ser lóbrego y sangriento, rodeado de un enjambre de sabandijas serviles que lo adulan y a las que él desprecia.

El valor de la novela de Asturias está en la caracterización profunda de los personajes en lo negativo, en la denuncia de una realidad sombría que se repite en toda dictadura. El dictador, su sistema, acaban condenados para siempre como germinación monstruosa de la siempre floreciente planta del mal.


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