De como Fabila se ríe de René justo cuando Avilés lamenta la fragmentación del mundo y de las cosas que le habitan *

Jairo Calixto Albarrán

No arañaba todavía la pubertad cuando mi madre solicitaba las opiniones que las lecturas impuestas por ella, me merecían. Con no pocas reservas trataba de expresar, ante esa mirada inquisidora que sabía hacer, lo mucho o poco que aquellos libros consiguieron despertar en mi cabe¬cita loca de esos lejanos años. No arañaba todavía la pubertad cuando mi madre solicitaba las opiniones que las lecturas impuestas por ella, me merecían. Con no pocas reservas trataba de expresar, ante esa mirada inquisidora que sabía hacer, lo mucho o poco que aquellos libros consiguieron despertar en mi cabe¬cita loca de esos lejanos años. Si bien Kafka me pareció poco serio por su manía de convertir hombres en escarabajos -algo que sólo encontré en los cuentos infantiles y en las caricaturas de los cómicos o la televisión- Edmundo Desnoes se me hacía terriblemente indeciso pues no estaba ni con dios ni con el diablo, y, a su vez, García Márquez ejercía tal fascinación sobre mí que me importaba poco no entenderle nada, aunque lo mismo podría decir de Vargas Llosa y Benedetti tan de moda en los 70's. Cuando fui inquirido acerca de René Avilés Fabila mi respuesta fue sintética, clara y contundente: Ese cuate, mamá, escribe bien chistoso, me hace reír. Y era cierto, carcajadas brotaban indiscriminadamente de mi boca hasta convertirse en eso, cada vez que alguno de sus textos caía en mis manos. Por supuesto que las partes tristes o demasiado descriptivas, de análisis o de denuncia me las saltaba olímpicamente para no echar a perder una imagen agradable que tanto trabajo me había costado encontrar entre tantos escritores aburridos o ininteligibles.

Creo que a pesar del tiempo, de la madurez, de los nuevos conocimientos, Avilés Fabila sigue pareciéndome chistoso, aunque ahora diga "sarcástico", "insolente", "irreverente" o "cáustico". El sentido es el mismo, se trata de la facilidad para encender sonrisas entre párrafo y párrafo, entre una página y otra; sin importar que el personaje se esté debatiendo entre el ser o no ser o el ir o venir, que la tierra misma se cimbre a causa de las interminables batallas que los hombres libran entre sí para conseguir el privilegio de la destrucción, que el amor se torne un acto de imaginación pues los amantes no lo pueden ni ver ni tocar si acaso lo sienten. Esto no quiere decir que sea la única cualidad de sus cuentos y novelas, es más bien el pretexto para poder descubrir las obsesiones, los contrasentidos, la belleza y la monstruosidad que con lujo de impunidad pueblan las emociones, las reflexiones, las decisiones, las acciones del ser humano.

A partir de la observación minuciosa de la proximidad, René Avilés se descubre a sí mismo y es capaz de conocer y recrear los mecanismos del movimiento social, político o cultural. Como él mismo lo dice en el prólogo de Fantasías en Carrusel todo cuanto le rodea es, en potencia, el tema de un nuevo escrito; por lo que únicamente es necesario armarse de paciencia y estar abierto ante los estímulos de los objetos y acontecimientos. Sin embargo, no es cabalmente posible hablar o escribir sobre todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que podría ocurrir, a pesar de que de una manera o de otra todas las cosas y las personas son hilvanadas por un hilillo conductor que se encarga de relacionar unas con otras. De ahí la necesidad ineludible de establecer los espacios, las porciones de realidad por donde la literatura viajará junto con su creador. En este sentido, RAF, ha sido riguroso a medias, es decir que sin el menor empacho, camina con su don de escritor, por la geografía del amor, de la denuncia, de la fantasía, del humor, de la intelectualidad, de la amistad, de la solemnidad, del hombre, de la mujer, de la burguesía, de la clase media, de la represión... etcétera. Al igual que testigos, están sus libros; una extensa bibliografía de más de diez, imprescindibles ya, en cualquier biblioteca, personal o pública, que se precien de serlo. ¿Imprescindibles? ¿Por qué? ¿Acaso es el descubridor del hilo negro, el autor de una panacea literaria, el culpable posible de nuestra felicidad en este valle de lágrimas? No, no exactamente. En realidad nada de lo que hasta ahora ha escrito pretende siquiera tales empresas descabelladas. Él es más modesto, solamente se ha dado a la tarea de explayar su vocación de escritor -en el buen sentido de la palabra- creando y recreando personajes y ambientaciones que describen y representan a la sociedad que le tocó vivir, gústele o no. Si no se le ha leído, se dificulta la comprensión de la cotidianidad citadina mexicana en el seno de la familia, la propiedad privada y el estado (perdón por el plagio señor Engels pero así es), pasando rigurosamente por las escuelas o universidades, por las grandes oficinas de gobierno retacadas de burócratas, introduciéndose en la intimidad del lecho donde dos seres que dicen amarse restriegan sus cuerpos febrilmente, escalando las razones y sinrazones de la separación de los amantes en el momento mismo en que parecían estar en el punto culminante de su relación.

Sin duda muchos de sus textos son el resultado de experiencias propias que tienen por fuerza la calidad de obsesiones que, se repiten una y otra vez, con todos los matices posibles, a lo largo de sus páginas. No podemos saber (acaso intuir) si sus intenciones son autobiográficas o no, pero como todo buen hombre nacido en la era del psicoanálisis ha tenido que sucumbir a la tentación de sacar a pasear sus monstruos su Dr. Jekyll y su Mr. Hide, su bella y su bestia.

De cualquier manera no deja de ser enriquecedor y terriblemente claro en cuanto a la representación del mundo se refiere. ¿Quién de nosotros no ha sido apabullado por la frustración de lo que pudo haber sido y no fue? como le sucede a Jorge en “La lluvia no mata las flores”. A poco no hemos sido víctimas de un amor obsesivo, ridículo, estrambótico, sinuoso, maravilloso, destructivo, sádico, indefinible, tortuoso como el de “Tantadel” o “La canción de Odette”. Tal vez muchos lectores se identifiquen con Luis o con Graciela que se resignan a la pérdida de amor por causas de fuerza mayor (la transformación del ser querido en un ser compadecido y el espíritu que trasciende la muerte para escribir y vivir un amor para finalmente retornar a ella, la muerte, respectivamente. Seguro estoy de que al leer El gran solitario de Palacio uno se sorprende llorando al mismo tiempo que riendo al encontrar las atroces posibilidades que la búsqueda, sustentación y reproducción del poder pueden acarrear.

René es testigo y actor en el proceso de fragmentación de la sociedad que nos contiene. Así como Avilés desciende a, las capas más sensibles de las pasiones y las acciones, para escribir sobre ellas, llorando, quizás con tristeza y cierta rebeldía, aunque las palabras que se vuelven páginas al, pasar por su pluma estén consagradas a la carcajada. Porque Fabila duerme entre sueños de edenes y paraísos perdidos; de tiempos mejores donde la felicidad sea posible y valga la pena vivirla. René también se dedica a la literatura y a todo lo que tiene que ver con ella, pues es bondadosa con él: le da de comer, le da placer, le mantiene, es la amante perfecta. Avilés construye una escalera hacia el infinito, solo Dios sabe cuando termine. Fabila sigue durmiendo; pero con ojo abierto, el izquierdo o el (derecho, asegún, para no cansarse.

Desde que hace más de diez años, leí Tantadel y El gran solitario de Palacio, siempre he creído que René Avilés Fabila es uno de los narradores más originales, más cáusticos y, si utilizamos el término a la manera de Italo Calvino, más ligeros dentro de nuestro mundo literario. Su dedicación al periodismo -una dedicación que le valió el Premio Nacional en 1991-, los certeros ataques que ha dirigido contra las capillas culturales del país y -hay que decirlo: su propia arrogancia, han provocado que sus contribuciones a la literatura se pasen por alto o, incluso, se pierdan de vista. Creo, por lo tanto, que la reedición que acaban de hacer las editoriales Aldus y Molinos de Viento de sus cuentos resulta una buena oportunidad para revalorar a este notable escritor.

Bajo el nombre de Todo el amor, la nueva compilación reúne trabajos publicados desde 1970 hasta 1995 y gira alrededor de las más curiosas manifestaciones de la locura, la lujuria, el romanticismo tardío y las formas más inimaginables de la pasión amorosa. Así, en “Mirabel", un orate asesina a su esposa creyendo que es una bruja; en "Afrodisíacos", un exótico té de Tanzania no produce más efectos que los de querer orinar; en "Cita telefónica"; un tipo fatuo consigue lo que merece, y en "Canción de cuna", la maternidad y el erotismo se confunden en una mezcla de tragedia y ridiculez.

Algunos de los cuentos de René Avilés son largos y otros tan cortos como una sola frase. Algunos son intrincados rompecabezas y otros, como “Acabar con la soledad", auténticos ejercicios de pirotecnia narrativa. También varían las es¬tructuras y los estilos, como si el autor quisiera demostrarnos su fácil dominio de unas y otros. En lo que todos los cuentos parecen coincidir, no obstante, es en sus finales inesperados, en la compleja simplicidad con la que están concebidos -la ligereza de Calvino- y en la soledad, en la tristeza y, a veces, en la amargura que ocultan detrás del ingenio o la ironía.

Los personajes de Avilés se encuentran, casi siempre, extra¬viados en los edificios multifamiliares, en las oficinas públicas, en los bares de solteros o en la casa de los adúlteros que pueblan la ciudad de México. Todos están insatisfechos consigo mismos y con sus parejas, ya sean éstas ocasionales o permanentes. Muchos de ellos viven del recuerdo y lamentan en lo más profundo de su ser haber dejado escapar a una persona, una oportunidad o, quizás, la misma juventud. Todos están perdidos en su frivolidad o en sus descomunales egos y no hallan la salida, a menos que la busquen explorando la política, el arte o la acción social, sobrepasando, en suma, esa frivolidad, esos egos. Aunque no debió proponérselo, Avilés revela en cada línea sus convicciones éticas, sus compromisos y, así, parapetado tras la fábula retrata con singular agudeza lo que le ocurre a aquellos que son capaces de renunciar, de entregarse, y lo que le sucede a los otros, a los que nunca han experimentado ya no digamos todo el amor sino ni siquiera los espejismos del cariño.

* Aparecido en el periódico AVANCE. Tabasco en la cultura. Sección B 4/I/87.

 

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René Avilés  - Web Oficial