El cristalazo - Ecos de la absolución *

Rafael Cardona

Con motivo de lo escrito en esta columna sobre el fallo favorable a los intereses actuales e históricos de Luis Echeverría (quizás a estas alturas lo único importante para él), varias personas me han llamado. Una de ellas es Juan Velásquez, su defensor, cuyas escuetas palabras no he de repetir, pero sí agradecer públicamente.Con motivo de lo escrito en esta columna sobre el fallo favorable a los intereses actuales e históricos de Luis Echeverría (quizás a estas alturas lo único importante para él), varias personas me han llamado. Una de ellas es Juan Velásquez, su defensor, cuyas escuetas palabras no he de repetir, pero sí agradecer públicamente.

La tesis de mi columna de hace unos días fue muy simple: a Echeverría se le “empaquetaron” las acusaciones. Se mezcló lo ocurrido en 1968 (cuando era un subordinado con escapatoria por aquello de la obediencia) con los sucesos del jueves de Corpus cuando no tenía otro jefe sino su capricho.

Pero por encima de todo, en las cien mil fojas de su expediente, se le quiso hacer responsable de una monstruosidad mayor de la cometida. El truco del genocidio sirvió para mostrarlo como alguien semejante a Eichmann en el tribunal de Nuremberg, pero sin elementos probatorios suficientes. Castigar lo inexistente para perdonar lo existente. Si fue por incapacidad o por complicidad, lo mismo da.

Por eso me ha llamado la atención el artículo publicado ayer por Marcelino Perelló (Exonline), quien tuvo un destacado papel en el movimiento estudiantil del 68, y por otro camino (haber sido parte activa) llega a la misma conclusión:

“La acusación escogió tal crimen (el genocidio) porque es el único cuya persecución, a estas alturas, no había prescrito. Una machincuepa de leguleyo. Pero una machincuepa muy poco convincente.

“El término ‘genocidio’ fue acuñado apenas en 1944 por el abogado judío de Polonia Raphael Lemkin. Lo construyó a partir de la raíz griega genos, nación; y la latina cidio, matar. Así pues su intención fue la de definir ‘el exterminio de un pueblo’.

“Fue el propio Lemkin quien, ya emigrado a Estados Unidos, encabezó una campaña internacional para que el genocidio fuera un delito tipificado y perseguido por la ley. Tengo serias dudas acerca de la pertinencia de tal iniciativa. Si el concepto de genocidio puede ser generalizado, se encuentra muy por encima del plano legal. No existe castigo alguno que pueda punir tal barbaridad”.

Pero en este asunto hay algunas cosas sobre las cuales debemos reflexionar. Quizá la principal de ellas sea la actitud social en torno de Echeverría. Si a Díaz Ordaz, gracias a una frase de René Avilés Fabila, se le conoció (y por extensión a sus sucesores) como el “solitario del palacio”, LEA es desde hace mucho el “gran solitario del país”. Y si se quiere dramatizar más la frase, el “Gran Solitario de la Historia”.

Cuando un grupo de legisladores deseosos de constituir una “Comisión de la Verdad” accedió a entrevistarse con Echeverría en su casa hace varios años, el ex presidente montó su defensa sobre la base documental de las confesiones presidenciales ante el Congreso, en el célebre V informe de Díaz Ordaz, en el cual se colocó en plano opuesto pero con la misma sinceridad de Dreyfus. Si éste dijo: “yo acuso”, aquel dijo: “yo me acuso”.

Y como yo me condeno, yo me perdono.

Soy mi fiscal, mi defensor y mi confesor. “Ego te absolvo”, dijo convertido en el Papa de su propia iglesia, de la cual era ministro y único feligrés.

Un poco de eso mismo le sucede a Echeverría. Su defensa, como la de todos los canallas de la historia, es el bien de la patria, con la cual él es por derecho propio el único interlocutor habido y por haber; el único intérprete de su lenguaje secreto y oscuro.

Poco favor le hacen a la justicia, por otra parte, quienes se conforman con aquellas líneas del informe de Díaz Ordaz. Cuando asume toda la responsabilidad por los hechos pero ignora la condición delictuosa de esos mismos hechos de los cuales se dice autor y dueño hasta de los derechos intelectuales no hace sino brincar sobre el aparato judicial del país y acallarlo desde la tribuna parlamentaria. El decreto de inculpación barre cualquier otra acusación. No sirve como agravante, sino como disolvente.

“Ha sido una actitud valerosa la del difunto ex presidente”, dijo una y mil veces el coro de sus beneficiarios. Y eso es una mentira. Cuando alguien se reconoce responsable también debe estar dispuesto a declararse culpable y ser sometido a juicio.

La ley no existe para ser hecha de lado cuando se invocan en abstracto responsabilidades mayores sin aceptar ninguna consecuencia. En la declaratoria personal no hay barras ni celdas. Siempre la perfección de cualquiera enfrentado a sus motivaciones.

Por eso vale regresar a la lectura de Perelló

“Todos aquellos que proclaman, a voz en cuello y con indignación fatua, la injusticia e irregularidad de la sentencia —el ‘Comité del 68’ y adláteres (sic), de uno y otro nivel— deberán hacer públicas algunas pruebas, con validez jurídica, de la culpabilidad de Echeverría. De lo contrario no tendremos más remedio que considerarlos como demagogos, ‘political correct’, oportunistas y comparsas de una sucia maniobra electorera del gobierno de los neocristeros (la fiscalía). Serán ellos los responsables de este triste momento de la historia de México. Sobre ellos recaerá la condena de la absolución”.

VÁMONOS AL CINE

Si Felipe Calderón (Obama dixit) es Elliot Ness, ¿podrían Marta Sahagún y Vicente Fox ser Bonnie & Clyde? Méritos no les faltan...

racarsa@hotmail.com

* Publicado en La Crónica de Hoy el 1° de abril de 2009.

 

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