EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO

José Joaquín Blanco


Acaba de anunciar la Compañía General Fabril Editora, S.A., de Buenos Aires, que a finales de año aparecerá en su colección “Narrativa de Latinoamérica” la novela El gran solitario de Palacio de René Avilés Fabila. Para quienes hemos seguido de cerca la producción de este excelente escritor mexicano, el hecho de que su expresión trascienda los límites nacionales significa, por una parte, un avance importante en su carrera y, por la otra, un intento de acelerar la comunicación entre los hispanoamericanos, unidos por el mismo lenguaje y por problemas muy semejantes.

Antes de esta publicación, René Avilés Fabila ya era bien conocido en Sudamérica por sus colaboraciones en revistas internacionales, por el impacto que su primer libro de cuentos, Hacia el fin del mundo (1969), había tenido. Aún antes, a propósito de su primera novela, Los juegos -con la que ingresó al mundillo literario vestido de dinamitero; no sólo puso en tela de juicio los mitos políticos y culturales que imperan en el país, sino que usó contra ellos la ironía, la burla, la sarcástica reducción de las acciones al absurdo- la revista Mundo Nuevo publicó un ensayo sobre el parricidio literario, del que Los Juegos era el mejor exponenteAntes de esta publicación, René Avilés Fabila ya era bien conocido en Sudamérica por sus colaboraciones en revistas internacionales, por el impacto que su primer libro de cuentos, Hacia el fin del mundo (1969), había tenido. Aún antes, a propósito de su primera novela, Los juegos -con la que ingresó al mundillo literario vestido de dinamitero; no sólo puso en tela de juicio los mitos políticos y culturales que imperan en el país, sino que usó contra ellos la ironía, la burla, la sarcástica reducción de las acciones al absurdo- la revista Mundo Nuevo publicó un ensayo sobre el parricidio literario, del que Los Juegos era el mejor exponente.

Ahora ha vuelto al género que lo enemistó con los grandes jerarcas de nuestra literatura y con esos lectores que -tragones de libros al fin y al cabo- difícilmente toleran que un escritor no siga los lineamentos o las rupturas establecidos por los cánones de seguridad en la lectura. El gran solitario de Palacio sigue, en algún aspecto: el que se refiere a la parodia, la tónica de Los juegos pero en su conjunto es una obra diferente, con diversa estructura y otros hallazgos. Se refiere al enfrentamiento de estudiantes y Estado en 1968, pero no solamente eso: busca raíces y motivos, indaga el mecanismo del comportamiento de las personas que tienen el poder, o lo buscan, o lo envidian o lo niegan.

Se trata, pues de una novela política, en la medida en que también lo son La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán y Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa; pero si la novela de Guzmán se caracteriza por una narración bastante apegada a la historia y la de Vargas Llosa por el relato de la vida privada (“…la novela es la historia privada de las naciones, dice Balzac) de los personajes inmiscuidos en el poder, la de René Avilés Fabila presenta otras perspectivas: hablan en ella estudiantes, soldados y políticos que como participantes u observadores (en el sentido de lo que para Eldrige Cleaver es un “observador”) tuvieron que ver en el movimiento estudiantil. Había una multitud reunida en el Zócalo para desagraviar la profanada insignia nacional según la “sugerencia” que un tablero eléctrico le haga: “Aplausos”. “Más aplausos”, “Porras”, “Sacar banderitas y agitarlas fuertemente. Ovación de quince minutos”, “Aplausos constantes y vigorosos”, esta última exhortación por una falla en el mecanismo del tablero, se prolonga indefinidamente.

Pero la figura que resalta por la ironía ocupa el lugar prominente de la novela, es “un Caudillo longevo que lleva cincuenta años gobernando”, El Gran Solitario de Palacio, centro de odios y adulaciones, blanco único de injurias y adoración, que cada seis años se renueva, cambia algunas banderas y soporta en sus espaldas todo el peso de la dirección del país, que él mismo ha impuesto.

También -y éste es el aspecto donde Avilés Fabila se muestra tan dueño de la narración poética como de la ironía- hay escenas que todos recordamos de violencia, de desesperación, de impotencia. Porque no olvidarlas, tomarlas como una “pesadilla” de la que ya hemos despertado sería ignorar que fueron producto de una realidad que exige satisfacción a sus más apremiantes problemas. En estas escenas se muestra la violencia de su pluma, su habilidad para manejar la prosa de tal modo que de ella emerja el dolor, sin que ese mismo dolor se la trague con descripciones superfluas.

Decía que en La sombra del Caudillo lo que mueve al lector es la identificación de los personajes con individuos importantes en nuestra historia: Obregón, Calles, De la Huerta, y que en Conversación de la catedral el tema político no es sino un pretexto para hablar de vidas personales. En la novela de René Avilés Fabila sucede lo contrario: los individuos no importan tanto como el papel que desempeñan, que les impone el momento y la circunstancia en los que se desenvuelven. No es una condena, ni llanto de una plañidera, sino una exposición analítica de la máquina que condujo a esos hechos. En la advertencia inicial se tiene cuidado en dejar claramente expuesto que se trata de “un país imaginario, con cincuenta millones de habitantes”. Y los hechos, para conservar su verdadera esencia, se congregan en el relato sin que preocupe mucho al autor la sucesión cronológica exacta de su historia que, en manos de otro novelista menos hábil habría significado esfuerzos inútiles y páginas sobrantes. Así, el tiroteo que ocurrió en Lecumberri la noche del último día del año (1968), en el tiempo de la novela aparece anticipado.

La única objeción que podría hacer, personal y discutible, es sobre el “anexo único o varios años después del movimiento estudiantil” que, a mi juicio, resta eficacia al relato y al magnifico epílogo, cosa que no consigue equilibrar el ingenio, inferior al que en otra parte del libro se reúne bajo el titulo “Apólogos, proverbios y refranes…”

De esta manera El gran solitario de Palacio contra la serie que, con mayores y menores méritos literarios, han empezado a formar Días de guardar, de Monsiváis, La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska; Los días y los años de Luis González de Alba, etc. es de lamentarse que en pleno tiempo de los discursos sobre la libertad de prensa, las editoriales sean renuentes a publicar un libro como éste, que asume con valor el derecho de disentir, y así -como le tocó hacerlo en su tiempo a M.L. Guzmán- haya tenido que publicarse en el extranjero. Aunque esto confirma la sabiduría de “no hay bien que por mal no venga” pues cuando salga de las prensas de la editorial argentina tendrá mejor distribución que si alguna editorial mexicana lo hubiera publicado.

* Publicado en Revista de América página 38. 26 junio de 1971

 

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