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Francisco Zendejas

Hasta Argentina fue René Avilés Fabila a editar su última novela, que lleva el título de El gran solitario de Palacio. (Cia. Gral. Fabril Editora).

vilés es uno de los jóvenes escritores mexicanos de más ingenio. Sin el atildamiento de un Arreola o la sagacidad casi demoníaca de Salvador Elizondo, él es de tiro directo (en Colombia lo llamarían Tiro Fijo) y no se anda por las ramas, sino que agarra el tronco y le mete la sierra.Avilés es uno de los jóvenes escritores mexicanos de más ingenio. Sin el atildamiento de un Arreola o la sagacidad casi demoníaca de Salvador Elizondo, él es de tiro directo (en Colombia lo llamarían “Tiro Fijo”) y no se anda por las ramas, sino que agarra el tronco y le mete la sierra.

Su novela, aunque situada en un “lugar” define indiscretamente de qué sitio se trata, y alude a un tiempo muy preciso: 1968. La franqueza vence así al encubrimiento; y es de franqueza, algunas veces demasiado basta, de que está llena la novela. Pero lo que anima y enreda la trama, hasta hacerla aprovechable, es el ingenio con que Avilés ha creado su asunto. El tema es curioso de veras. Se trata de que, aunque cada sexenio hay cambio de hombre en el poder de esa república, lo cierto es que el presidente es siempre el mismo; uno solo, al que le hacen cirugía facial cada seis años, para darle rostro al cambio. Así, el director republicano lleva ya cincuenta años de mandar sobre su pueblo, y todo el secreto de su permanencia consiste en cambiar de tema en cada carrera electoral: una vez será el reparto de tierras, otra la irrigación, una más la industrialización, etcétera. Hay más personajes, por supuesto. Ellos son los jóvenes estudiantiles que actúan en plan rebelde, organizan manifestaciones, ya alharaquientas, ya silenciosas, que recorren las calles en tumulto, declaran la revolución permanente y caen, al fin, diezmados por las metralletas y las bazukas.

La soledad palaciega a que alude el título viene de una filosofía ya clásica sobre el disfrute del poder omnímodo: aquélla que supone que el dictador se encuentra siempre solo porque no confía en nadie, consciente de que él es capaz de los más bruscos cambios y las peores ingratitudes.

* Aparecido en el periódico Excélsior. México, DF, Lunes 7 de febrero de 1972.

 

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René Avilés  - Web Oficial