Presentación del libro El gran solitario de Palacio” del autor René Avilés Fabila.*

Rafael Junquera

EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO, es una novela sobre los acontecimientos de 1968, así como su entorno político y social. Para muchos lectores quizá sea el único documento que les permita tener una idea de lo acontecido. Ello es explicable porque las referencias sobre esos hechos son escasas, El periodismo mexicano, salvo contadas excepciones, careció de objetividad y profesionalismo y no estuvo a la altura de las exigencias de ese momento.Tres razones me hicieron aceptar la presentación de este libro: la primera, corresponder a René Avilés Fabila por la gentileza que tuviera de presentar mi novela Don Julián echa su gato a retozar de editorial Nueva Imagen, hace algunos años; la segunda por el tema que aborda en torno a los sucesos de 1968, de los que no me siento ajeno y que marcaran mi vida para siempre, y el tercer motivo porque tuvimos un amigo en común tan convencido del triunfo del socialismo que se marchó a la Unión Soviética para estudiar administración en campos de producción colectiva, doctorándose en esa materia. Me refiero a Rafael Aguilar González, quien murió sin ver cumplir su sueño.

EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO, es una novela sobre los acontecimientos de 1968, así como su entorno político y social. Para muchos lectores quizá sea el único documento que les permita tener una idea de lo acontecido. Ello es explicable porque las referencias sobre esos hechos son escasas, El periodismo mexicano, salvo contadas excepciones, careció de objetividad y profesionalismo y no estuvo a la altura de las exigencias de ese momento.

Así que la literatura, también escasa por cierto, es la única opción que las nuevas generaciones tienen para conocer esos hechos que tanto han marcado la historia reciente de México. Salvo los estudios de Ramón Ramírez, El Movimiento Estudiantil de México, Parte de Guerra; Tlatelolco 1968, de Carlos Monsivais y Julio Scherer y El 68, de Paco Ignacio Taibo II, los libros que hablan sobre los acontecimientos de esos días son muy pocos. Así lo reconoce Gonzalo Martré, uno de los pocos analistas que quiso ofrecer un compendio general que recogiera con amplitud toda la creación literaria sobre esa etapa. En su libro El Movimiento Popular Estudiantil de 1968 en la novela mexicana a 50 años de la tragedia, sólo destaca a Las Muertes de Aurora de Gerardo de la Torre; Los octubres del Otoño de Martha Robles; La Plaza de Luis Spota, novela para congratularse con el gobierno, y que más le valiera no haber escrito nunca; Los días y los años de Luis González de alba; El 2 de Octubre no se Olvida de Antonio Velazco Piña, Amuleto del chileno Roberto Bolaño y La Noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, como las obras más conocidas en relación a ese momento histórico.

Mención aparte merece, EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO de René Avilés Fabila, obra que hoy comentamos y a la que se le considera, a la distancia, como uno de los más serios esfuerzos por dar fe de ese movimiento.

René Avilés Fabila nos dice en alguno de sus escritos: “Yo concebí el libro como un amplio mural. No se trataba de hacer una crónica novelada del 68 ni un testimonio, mi intención era repasar los cincuenta o sesenta años y ver que había terminado en una parodia. Y algo más: equiparar a todo los gobiernos “revolucionarios” con los tiranos latinoamericanos. Crear a un dictador eterno al que cada seis años lo transformaban dándole nueva apariencia y un programa distinto.” Su idea de hacer de todos los gobernantes, uno solo, unificados por el atropello, autoritarismo y servilismo, le dio en su momento una gran aceptación. Un solo hombre y distintas mutaciones sexenales. El revolucionario, El caballeroso, El civilista, El austero, El viajero que nos promueve por el mundo, El guardián que nos protege, Todos infalibles y patriotas; Inmensos, epónimos, fuertes como Hércules, de altos vuelos como el cóndor andino, Conquistadores como Carlomagno o Gengis kan, inquebrantables como Aníbal o como Juárez. Esta etapa del centralismo mandón y adulador, pensamos que se había ido para siempre. Señores debo decirles con profunda pena, como en el cuento de Monterroso que hemos despertado de un sueño guajiro y el señor presidente está ahí, frente a nosotros sin moverse, sin haberse ido, tan grande, tan sabio e infalible como ha sido siempre, y por si fuera poco ahora hasta copetón y gaviotón.

Si se pretende analizar el movimiento del 68 sólo en función de la rebeldía, el incumplimiento de un pliego petitorio y la reacción desmedida y violenta del gobierno, no se llega muy lejos. Sería difícil entender lo que pasó. No es tan simple, ni lineal como algunos suponen, no fue ocasionado por el enfrentamiento entre dos escuelas y la represión que le siguiera. Es mucho más que todo eso, mucho más que el mismo pliego petitorio cuyo contenido parece insustancial a la distancia. Destitución de los jefes policiacos de la ciudad de México por haber iniciado la represión, Desaparición de los cuerpos de granaderos, Derogación del artículo 145 del código penal a donde se tipificaba el delito de disolución social, El cese de la represión a estudiantes y centros de educación, Libertad a presos políticos y libertad a estudiantes detenidos e indemnización a las víctimas de las distintas agresiones.

Expliquemos brevemente el entorno en que se dieron esos acontecimientos. Sólo así podremos apreciar y valorar la pretensión del autor de dejar constancia novelada de uno de los momentos más dolorosos de la nación y ello nos hará valorar el esfuerzo de René Avilés Fabila. No está por demás exponerlo. Parece mentira que después de casi cincuenta años se sepa muy poco de esos sucesos tan cruciales en la vida de México.

En la víspera de los acontecimientos que sacudieron a este país, México presumía ante el mundo su éxito económico y su estabilidad interna. En efecto, entre 1940 y 1968, en México se construyó la base industrial que le permitió la consolidación de una gran clase media, se disminuyeron importaciones mediante una política proteccionista de la industria nacional (todo lo opuesto a lo que ahora se hace), se mantuvo uno de los niveles de inflación más bajo del mundo, menos de un 3 por ciento, y el campo, con todos sus problemas, vivía una gran productividad, pero el mayor orgullo de la clase dominante era el crecimiento que el país tenía de un seis por ciento anual, además, claro, de una gran estabilidad política. Lo que no era poco comparado con el resto de los países de américa, que Vivían sumidos en golpes de estado, revueltas políticas y dictaduras militares.
Lo que no se decía es que esa estabilidad no se debía a la plenitud de una democracia, sino precisamente a la suplantación de ésta por el autoritarismo. La clave de nuestro sistema se sustentaba en un partido político dominante, un férreo control de las instancias electorales y un sistema corporativo, y de cuerpos policiales brutalmente eficaces. Y por si algo faltara, un pleno dominio sobre los medios de comunicación. Dentro de este sistema que pretendía venderse al mundo como ejemplar, había grandes inconformidades. Entre enero y julio hubo fuertes represiones que trataron de inhibir todas las protestas sociales. Se reprimió una concentración popular que exigía la libertad de los estudiantes de la universidad Nicolaita de Michoacán que permanecían presos desde que la misma fuera tomada por el ejército. En febrero, un zafarrancho entre preparatorianos, provocado por porros, arrojó varios heridos y un muerto, y con las marchas del 26 de julio, se generalizó la violencia. En marzo, Demetrio Vallejo y Valentín Campa que permanecían en prisión después de que se aplastara al movimiento ferrocarrilero, se declararon en huelga de hambre con el apoyo de grandes núcleos sociales y estudiantiles. Las cárceles estaban atiborradas de luchadores sociales y de líderes obreros como resultado de la represión sistemática a los movimientos por incumplimientos contractuales, como fue el caso de mineros, telegrafistas, electricistas, médicos, y maestros. El gobierno, por su parte, justificaba su dureza contra las demandas laborales, como una forma de propiciar las inversiones extranjeras y no ausentar a la industria que ya se había establecido en el país y que permitía nuestro llamado milagro mexicano. Esta situación permeaba a las escuelas de educación superior y existía una estrecha interrelación entre ellas y el explosivo ámbito social. Situación que inquietaba y ponía nerviosos a los centros de poder que daban los últimos toques a los preparativos para la celebración de los Juegos Olímpicos que habrían de celebrarse ese año en nuestro país. Poco se ha considerado pero la sucesión presidencial que ya estaba en puerta, sería otro factor determinante. A escasos dos años del relevo presidencial había alguien a quien de forma particular le interesaba enrarecer una atmósfera social que le permitiera mayores posibilidades para acceder al poder. Se hablaba de Alfonso Corona del Rosal jefe del departamento del D.F., de Emilio Martínez Manatou secretario de la Presidencia y de Luis Echeverría Álvarez, secretario de gobernación. A uno de ellos, en particular, le interesaban ciertas condiciones de inestabilidad y violencia que le hicieran propicia su llegada a la Presidencia de la República.

Los elementos externos que incidieron en el pensamiento de la época, fueron diversos y ello explica, en cierta forma, las conductas de ciertos sectores sociales. El maniqueísmo ideológico era lo dominante. No había más que el mundo libre o el totalitarismo. Economía estatal o libre empresa. Frente a frente, potencialmente explosivas, estas dos concepciones de la organización social marcaron a la llamada guerra fría. De acuerdo a su ubicación, los países estaban alineados en uno u otro bando. En el caso de México, la sujeción al imperio, lo obligaba a reprimir a todo aquél que protestara y en el colmo de la paranoia se juzgaba como comunistas a toda organización que levantara la voz, o que planteara cualquier demanda de mejoría salarial. El capitalismo, por su parte, trataba de presentarse al mundo como la opción más humana y justa. Los salarios y prestaciones en esa época eran altos si los comparamos con los actuales. Era una estrategia para aislar a obreros y empleados de la tentación comunista. Este modelo presumía el nivel de bienestar que los asalariados podían alcanzar.

Otros factores de inquietud social que estaban presentes, eran La Revolución Cubana; la intervención americana en Vietnam, el creciente desacuerdo contra esa guerra por parte de amplios sectores en el mundo, incluyendo a los EE.UU; la lucha por los derechos civiles y la muerte de Martin Luther King; la paralización de Paris por el movimiento de mayo de obreros y estudiantes; y las luchas por la independencia en muchos países de África, que se sacudían del yugo colonialista, en especial la lucha en el Congo acaudillada por Patricio Lumumba. Por otra parte también impactaban en la juventud las luchas generacionales y el sentido de la existencia que se daba en el viejo mundo. La guerra que terminara en la década de los cuarenta había exigido enormes sacrificios para la población europea. Esos sacrificios, en muchos casos, tenían que ver con la cancelación de libertades y el racionamiento. La generación de la posguerra había reconstruido su mundo con sacrificio y disciplina. Las nuevas generaciones decidieron ya no pagar ese precio tan alto. Querían vivir a plenitud sin ataduras a un pasado tortuoso y de falsos valores, ni estar sujetos a un futuro incierto. Querían un protagonismo en razón de su juventud, no querían seguir teniendo al adulto como modelo infalible a quien se tenía que imitar a ultranza. Buscaban la identidad que siempre les habían negado. Por eso, en estos años, brota la cultura, la moda, la literatura, la música de la juventud, amén de su propia filosofía. Vivir hoy, a plenitud este día, era la consigna en una gran parte de ellos. Los cambios contraculturales estaban presentes con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación y la naciente fiebre por las drogas psicodélicas, la revolución sexual, el feminismo moderno y el arte que proponía una reivindicación del individuo frente al estado.

La lectura de la novela de René Avilés me inquieta. Me regresa en el tiempo. Me mueve por dentro, trae a mi mente y a mis emociones todo cuanto he señalado. Lo que relata en forma directa, como crónica, o de manera sesgada, refleja, da cuenta de un hecho monstruoso que se dio en México, y que nos estigmatizó ante el mundo, vil y oprobioso como la matanza de la Plaza de Tiananmen en 1989, o el genocidio de Ruanda de 19 que dieran a esos países una imagen detestable. Lo que ocurrió en Tlatelolco ese trágico atardecer, a pesar de su magnitud y de su enorme vileza, quiso ser ocultado, junto con los cientos de muertos que cayeron abatidos por las balas. Así hubiera sido con la complicidad de los medios nacionales, y la prohibición que hicieran de la prensa extranjera, que era numerosa con motivo de la olimpiada, para no presentarse a ese lugar, pero no contaban con la sagacidad de una periodista como Oriana Fallaci, quien estuvo en el lugar y fue testigo de aquellos sucesos que conmovieron al mundo y que ella diera a conocer. En efecto, la crónica de esta gran mujer, herida por el impacto de balas que recibiera en esos acontecimientos, circuló entre los más importantes periódicos del viejo mundo. Previamente, en impreso de mimeógrafo hizo circular en México su versión, sabiendo que el silencio forzado nos impediría saber la verdad. Oriana Fallaci, entonces dijo al mundo lo que nadie se atrevió a decir en México. Esta singular mujer tenía 39 años y era reconocida como heroína de la resistencia italiana contra la invasión nazi cuando sólo contaba con 14 años de edad. Por cierto, debo decirles que esta mujer ejemplar murió en 2006 en Roma, víctima de cáncer, a los 77 años de edad, Oriana Fallaci, en el testimonio oral y Mario Menéndez, en el testimonio gráfico, son las dos grandes fuentes que dan vida permanente a esos hechos.

Avilés Fabila, en el capítulo 12 y subsiguientes de su libro, hace un relato, casi cinematográfico, del genocidio del 2 de octubre en la plaza de las tres culturas. Teje una crónica detallada, dramática donde plasma las acciones del batallón Olimpia al mando del Gral. Hernández Toledo y de las distintas corporaciones policiacas que provocaran a las fuerzas armadas para generar la agresión contra la masa estudiantil. Ese atardecer, aquel lugar se convirtió en un escenario de dolor y de violencia, donde cientos de jóvenes, encontraron la muerte. Era la respuesta brutal e inhumana que el gobierno daba a quienes creían que se podía aspirar a una sociedad más libre y democrática. Era el enorme precio que tenía que pagarse. En la página 128, como prueba de la gran participación ciudadana en el movimiento, señala Avilés Fabila, el caso del hombre que se presentó con sus dos pequeños hijos y un cartel que decía “Mi esposa no pudo venir: está enferma, pero aquí estoy yo con mis hijos”. Ese hombre, entonces desconocido se llama Daniel Ponce Montuy y era un pintor tabasqueño. Él me conto la forma milagrosa como pudo escapar de aquel infierno. Las bengalas, los helicópteros, el fuego cruzado, los gritos desgarradores, las expresiones de pánico, las ráfagas, el zumbar de las balas, el grito desesperado de los heridos, el último aliento de los muertos, de los cientos de muertos. Todo junto, como una nueva versión del Guernica de Picasso. Estremece, lacera, nos despierta la rabia e impotencia de entonces, nos hace regresar a una pesadilla que no se borra aun del recuerdo.

La prensa mexicana dio cuenta de esa masacre, minimizándola, o haciendo creer que había sido un enfrentamiento entre los soldados y los enemigos de México. El Universal decía en su página principal: Tlatelolco Campo de Batalla. Durante varias horas Terroristas y Soldados sostuvieron Rudo Combate. El Sol de México: Manos Extrañas se empeñan en Desprestigiar a México. El Objetivo Frustrar los XIX Juegos. Novedades: Balacera entre Francotiradores y el Ejército. La Prensa: Balacera del Ejército con Estudiantes. Excélsior: Recio Combate al dispersar el Ejército un Mitin de Huelguistas. El Nacional: El Ejército tuvo que Repeler a los Francotiradores. El Heraldo: Sangriento encuentro en Tlatelolco. Ningún encabezado reflejaba la realidad de los hechos. Cada una de estas publicaciones daba distintas cifras de heridos y en ninguno se rebasaba la treintena de muertos. Si bien esa masacre fue tergiversada por la gran prensa mexicana, no así por los grandes diarios del mundo donde salió destacada en las primeras planas. Los más notables intelectuales franceses hicieron pública su protesta por lo acontecido. Simone de Beauvoir, Jean Cassou, Claude Roy, Leo Matarasso, Jean-Luc Godard, Jean Paul Sartre, Andre Kastier, Françoise Sagan, etc. Hermanándose con el pueblo mexicano enviaron un enérgico telegrama al Presidente Díaz Ordaz, donde le decían en su parte final “... Pedimos solemnemente al Gobierno Mexicano que repruebe la sangrienta provocación policiaca y militar, que reasuma el diálogo como lo piden los estudiantes y que no destruya para siempre la imagen del país de Hidalgo, de Juárez y de la Revolución de la cual se dice heredero”. Clamor mundial inútil. La decisión de asesinar masivamente a estudiantes era una orden presidencial y esa orden para nuestro sistema era sagrada y más que el reproche merecía la admiración al Presidente y el aplauso. “Yo asumo la responsabilidad de esos hechos y si de algo me siento orgulloso es de haber salvado a la patria ese día” había dicho el Presidente. Y por si quedara duda, un año después, el 1ero. de septiembre, durante su quinto informe de gobierno había reafirmado: “Asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”. Había mil 172 personas ese día en la Cámara de Diputados. 1172 se pusieron de pie y lo aplaudieron largamente. Algunos lloraron, otros lo hicieron con un nudo en la garganta. Gustavo Díaz Ordaz, con voz trémula por la emoción no se cansaba de decirles: “gracias”, “gracias, señores diputados”. ¡Qué espectáculo! ¡Qué emoción! ¡Qué orgullo tener un país así!, debieron pensar muchos de ellos, ¡Qué orgullo tener un Presidente así!, debió ser el clamor de aquellos ejemplares mexicanos.

Quienes no hayan leído el libro de René Avilés, les recomiendo que lo hagan. No le demos la espalda a ese momento de la historia que nos ha tocado vivir. Si soslayamos esta etapa tan significativa, sería muy lamentable, porque ello explicaría, en gran medida, los errores del presente. Deseo cerrar mi intervención con la opinión del crítico italiano Giussepe Bellini, quien señala que “El gran solitario de Palacio concentra, con certeza y vitalidad elocuente, una fuerte denuncia, un juego extraordinario de humor e ironía, una interesante propuesta de estilo y de estructura, por la vía de una ágil y efectiva novela testimonial que con maestría logra mezclar los mejores atributos de un escritor y periodista en plena madurez.” Yo por mi parte agregaría que la obra tiene mucho de crónica mordaz e incisiva, de sátira grotesca. Refleja, en cierta forma, el espectáculo bochornoso, ruin y tragicómico de la vida nacional, de nuestra historia reciente.

Ayer como ahora, la impunidad sigue imperando como un símbolo que nos es muy propio. México es el país de la impunidad. Hace ya muchas décadas que la amnesia parece dominarnos y nada nos perturba, como si también estuviéramos muriendo en vida. El crimen vinculado a la democracia y a las libertades, quizá tenga su arranque en la masacre de Huizilac, Morelos, a donde encontrara la muerte el General Serrano y sus más cercanos partidarios, por oponerse a la reelección de Álvaro Obregón. Crimen que hubiera quedado en el olvido, de no haber sido por Martin Luis Guzmán quien en su novela La Sombra del Caudillo dio cuenta de esos hechos. No menos conocidas son la masacre de Topilejo de 1930, donde se diera muerte a un centenar de vasconcelistas o el asesinato de más de mil almazanistas en los años cuarenta para acallar a quienes ponían en duda el triunfo electoral de Ávila Camacho, así como los incontables crímenes para acallar a los seguidores del General Enríquez Guzmán en la década de los cincuenta, quienes de igual modo, ponían en duda el resultado electoral. Nuestro olvido no sólo se remonta al pasado, sino a hechos recientes. El crimen de la guardería de Hermosillo, ocasionado por un incendio para borrar evidencias, el de los mineros sepultados en vida en Pasta de Conchos, La masacre de Aguas Blancas en Guerrero, en 1995, el Crimen de Acteal de 1997, en Chenalho, nos muestran al mundo como una nación de cínicos e inmorales, de asesinos despiadados que no se detienen ante nada cuando se trata de preservar los privilegios borrar huellas o cobrar venganzas. Seguimos con las mismas falacias, Los mismos patrones de adulación a quien gobierna. Estamos ante un grave proceso de desintegración nacional. Nuestro cuerpo, el cuerpo de la república carcomido por la corrupción y la gangrena de la inmoralidad, muere minuto a minuto ante nuestro propio aplauso. Estos días Arturo González de Aragón, señaló que las principales plagas que infectan a México, son: la mala educación, impunidad, inseguridad, partidos políticos, monopolios y el mal gobierno. No dejó títere con cabeza. Debe saber de qué habla. No es ningún guerrillero verbal. Durante muchos años fue el titular de la Auditoría Superior de la Federación.
Sé que este día, es un día de alegría por ser el día de la Libertad de Prensa. No quiero echarles a perder la fiesta. Celebren, siéntanse felices, pero no olviden, 2 de octubre no se olvida, no debe olvidarse.

*Se presentó en el Palacio legislativo de Xalapa, Veracruz, el sábado 7 de junio 2014.

 

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