René Avilés, profesor distinto
Hugo Enrique Sáez A.

No faltará quien con sentido de la agudeza estará dispuesto a corregir el título: “no, profesor distinto no, ¡distinguido!” Claro, así dice el documento oficial en que la Universidad Autónoma Metropolitana nombra a René Avilés Fabila con esa categoría. Pero René es un profesor distinto, está vivo, a diario asesta cachetadas a la solemnidad y se resiste a que lo embalsamen con la categoría de momia sagrada, a la que ya aspiran incluso antiguos y conspicuos militantes de la izquierda. Y en eso radica el enorme valor de este escritor que no necesita loas de plumas esclavas. Su trayectoria es muy conocida y su obra está a disposición del público. En este espacio me parece más adecuado reflexionar sobre lo que significa su extensa trayectoria frente a la educación, la investigación y la cultura, tres funciones esenciales de la universidad. ¿Se ha puesto alguien a considerar cuál es el rumbo cierto de la universidad, más allá de esa división burocrática de las tareas? ¿Estará en condiciones de responder un estudiante o un profesor la pregunta por los fines que persigue la universidad en nuestros días? Quizá se obtendrían raquíticas respuestas por su falta de sustancia en términos del pensamiento y de la creación. Vivimos una época de oportunistas y audaces encaramados en puestos de dirección política y social gracias a criterios cuantitativos abstractos fáciles de aprovechar mediante la simulación.

De nuevo, otra corrección. En nombre de la sagrada equidad de género algún lector habrá notado que no escribí “un o una estudiante”, y me aleccionaría para que utilizara el recurso de la espantosa grafía “amig@s”. La corrección se detiene en los detalles vacíos y sirve para lavar las “buenas conciencias”, o sea, para simular que no somos machistas o racistas o discriminadores, aunque tanto varones de pelo en pecho como mujeres de pechos operados nos comportemos como trogloditas hacia nuestro prójimo en cualquier incidente de tránsito. René es un salvaje encantador que usa la palabra sin ambages y sin falsas compasiones. Está infectado por el virus del humor, que lo aplica con corrosivo placer tanto a sus enemigos como a sus amigos y, principalmente, a sí mismo. En la academia se reprime el humor por irreverente, y se lo sustituye en las horas de ocio por clichés de una espantosa estupidez.

La cuantificación de los distintos procesos se ha impuesto en las universidades como “lo académicamente correcto” por lo menos desde las tristes épocas de Miguel de Lamadrid, y del entonces todopoderoso secretario de Estado Salinas de Gortari, período en que la economía contable colonizó a la educación y las instituciones se redujeron a índices de rendimiento abstracto. Se empezó a hablar de “puntitis” como la enfermedad universitaria por excelencia. El proceso continuó hasta nuestros días con episodios muy lamentables, como la fundación del CENEVAL, al que se adjudicó el eufemístico título de “organismo sin fines de lucro”. Ahora bien, los académicos que en su momento criticaron la política neoliberal impuesta en las instituciones de educación superior terminaron, en su mayoría, adaptándose al modelo, que permite infinidad de triquiñuelas para acumular puntos sin justificación y sin un impacto en la mejora de la educación y de la investigación. El boom de los títulos de posgrado arrasó con la calidad de los procesos.

En esa carrera desenfrenada por obtener mayores puntos, en general se privilegió la productividad por encima del pensar. La lógica abstracta encierra la mente en los límites de la legitimidad de sus reglas. En ese terreno, lo que queda fuera de los principios racionales no existe. En cambio, el pensar auténtico exige develar lo oculto a la mente. La cuestión de fondo respecto de la educación y de la investigación se refiere a la relación que se establezca entre la ciencia y la cultura. En el libro X de La República Platón lo había resuelto a favor de la palabra científica, es decir, del concepto que expresa la esencia (idea) de las cosas, al tiempo que promovía la expulsión de los poetas de la ciudad porque representan el instrumento de expresión de un dios que los posee como el imán posee las laminillas de hierro (diálogo Ión), y sus creaciones deforman lo real. Esta tesis ha dominado durante siglos para reservar el papel verdadero exclusivamente a la ciencia y considerar la creación artística como un simple adorno. La palabra literaria refleja la instantaneidad cambiante de las cosas y su juego se mueve entre la revelación y el ocultamiento. La poesía hace emerger la cosa en un espacio y tiempo determinados. ¡Cuántas verdades encierra El solitario de palacio, verdades que podrían alimentar una tesis de doctorado! La palabra muestra aspectos insondables para la mentalidad común y así funda un mundo en un contexto determinado.

Hay un episodio de Cien años de soledad que ilustra bastante lo que nos ha sucedido en estos años de empobrecimiento de las universidades. El coronel Aureliano Buendía recibe a un emisario de la capital que viene a comunicarle la línea de los liberales en materia política y le aconseja que no critique a la iglesia porque algunos obispos ya los apoyan, y que además no hable de reforma agraria porque hay terratenientes que se han incorporado al movimiento. La respuesta de Buendía se hizo más o menos en estos términos: “Eso quiere decir que entonces sólo estamos luchando por el poder”. En la academia, ¿sólo estaremos luchando por engrosar el curriculum vitae?

Por fortuna, también nos sorprenden inesperados acontecimientos. Y en esa línea, cabe celebrar que por designios del caprichoso destino se haya otorgado una distinción al espíritu dionisíaco en la persona de René Avilés Fabila.

 

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René Avilés  - Web Oficial