RENÉ AVILÉS FABILA

Escritor

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OPINIONES

 

           
       

Los animales prodigiosos

   
     
       

 

Prólogo

Rubén Bonifaz Nuño

   

 

 

 

¿Q GOLPE venido de qué fantasma de estrella vino a introducirse, desde qué distancia inmensurable, en los peldaños de esa ínfima y doble escalera de caracol, para mudar el orden llamado natural e insertar el pescado sobre los muslos de la mujer, la malicia en el cuello de la inocencia, la voracidad frente al cuerpo destinado al trabajo?

   ¿Qué azar, pariente cercano del destino, desfiguró la índole de la serpiente y el pájaro o la araña, enriqueciéndola con luces de apariencias no suyas?

   Poblado el mundo queda de seres inusuales, antiguos algunos, tanto que se presentan como un sólo rescoldo de memoria; nuevos otros, preparando apresurados su próxima extinción; otros como un presagio de existencia eterna. Y todos mezclados, igual que si pretendieran oponerse en conjunto al absurdo de la melancolía existencial planetaria, hacen hervir su presencia múltiple con una suerte de llamado al remordimiento, con un llamamiento a una conciencia más humilde y más justa.

   Este llamado a la justicia viene a dar sentido al libro que aquí publica René Avilés Fabila, bajo la festiva apariencia de la imaginación y la fantasía.

   En él, un núcleo de creaturas milagrosas va revelando los poderes de un impulso espiritual, encaminado a condenar, por medio de un caos aparente, la evidencia enfermiza del caos real e innegable: el mundo que habitamos, el esencial desorden que somos.

   Porque, oponiéndose al movimiento creador del absurdo imaginario, se establece el absurdo admitido como norma, el dictado insolente de la presunción del hombre; bien visto, el más extraño, el destructivo, el peor de los animales, el que sólo ve en el prodigio una causa de miserable autocomplascencia.

   En efecto, sirviendo de fondo a la presencia multiplicada de las mutaciones tenidas por él como innecesarias, aparece de continuo la miseria de lo humano, caracterizada por una superioridad imposible, autorizada por una soberbia ilusoria.

   Con la minuciosa crueldad, con el amplio desprecio que definen la raíz del auténtico humorismo, René Avilés Fabila, prácticamente en cada una de las páginas de este libro, va exponiendo, como de pasada, la naturaleza del animal que se considera a sí mismo dechado del mundo, que se siente poseedor legítimo de cuanto existe: su repugnancia hacia lo no rutinario, su curiosidad temerosa, su desconsiderada ambición, el menosprecio originado en la incompetencia, la mezquindad de la razón, la lujuria triste, la burla inconsistente, el ánimo explotador.

   Allí está el hombre, sintiéndose libre, merced a la cadena de lo que él estima sus virtudes, presenciando y tratando de aprovecharse en algún modo de la existencia del milagro, de los frutos de esos intentos cósmicos que, llegados de la muerte de las estrellas, han alterado lo que él tiene por orden, intentando en vano conducirlo a un estado de comprensión superior.

   Como a propósito de toda obra de auténtico humorismo, podría quizá pensarse que este libro de RAF muestra una actitud pesimista. Con todo esto, hay especialmente dos de las partes que lo componen en donde se mira levantarse alguna esperanza de justificación para lo humano: Las gorgonas y El banquete de Ulises. En ambas se advierte cómo el hombre, en su tendencia a sacar beneficio de lo existente, guarda en sí la facultad y el deseo de destruirse a sí mismo.

   En aquélla, en su ambición de gloria, algún individuo ejemplar concibe el ánimo de aniquilar una república para erigirse un monumento; en ésta, el héroe descubre la condición comestible de sus congéneres, y, aunque disimulándolo, utiliza en plenitud el descubrimiento.

   Así pues, acaso, no todo está perdido para nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

           
   

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