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RENÉ AVILÉS FABILA Escritor |
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OPINIONES
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Excélsior, "El Búho" 10 de noviembre, 1996 |
Muchos de los materiales que René Avilés Fabila nos presenta en su libro Recordanzas me son familiares. No sólo compartimos los mismos, agitados y tormentosos tiempos, ya que pertenecemos a la misma generación, sino que además nos conocemos prácticamente desde la adolescencia, cuando Luis Gaytán, mi compañero de escuela y vecino de René, nos puso en contacto en 1960. Él y yo congeniamos en el acto. Los dos éramos muy jóvenes y con ambiciones monumentales, que en esa época se manifestaban en el deseo de evadir los horrores de la clase media idiota y de expresamos a través del arte. A los dos nos gustaban las artes en general: la literatura, la música clásica, la pintura, el cine y el aguerrido rocanrol. Eso nos ubicaba en un cierto nivel de “intelectuales”, pero los dos lo compensábamos con nuestro aprecio de la digámosle vida común: ir a fiestas, beber como cosacos, ligar chavas y demás deberes propios de la primera juventud. Al poco tiempo, y sin ser conscientes de ello, nos ofrecimos mutuamente lo que teníamos: nuestras familias, nuestros cuates, nuestros espacios más queridos: a mí me correspondió invitar a René al enclenque taller literario que nos entusiasmaba a Gerardo de la Torre, a mi pintor hermano Augusto y a mí. Se trataba del Círculo Literario Mariano Azuela, que primero era el juguete de gente más grande que nosotros, pero que al poco tiempo lo convertimos en un centro de chavos. Este taller, con todo y sus limitaciones, fue una plataforma decisiva para el futuro literario de los dos. Por su parte, René me convenció de que renunciara a mi deseo de entrar en la prepa Cinco, cuyo “Teatro en Coapa” era un tremendo imán para mí; en vez de eso, me inscribí en la prepa Siete, donde René, que pertenecía a la generación fundadora, ya llevaba avanzado un trabajo de líder político. En 1961 conquistamos sin demasiados esfuerzos la sociedad de alumnos. René fue electo presidente y a mí me correspondió encargarme de la acción cultural. Por supuesto, el manejo de la grilla le correspondió a él, pero yo aprendí rápido y pronto formamos un espléndido uno-dos que funcionó muy bien, y así nos divertimos como enanos y pusimos en muchos aprietos al director de la escuela, que era un perfecto pendejo. Los dos éramos de izquierda, fans de la revolución cubana y críticos del gobierno priísta. Ese año yo me lancé como alfabetizador a Cuba pero regresé a tiempo para participar en las actividades político-culturales de fin de año de la prepa, que culminaron con el padrinazgo de Cuauhtémoc Cárdenas y con una fiesta sensacional que yo narré con detalle en mi autobiografía El rock de la cárcel. Grillas aparte, nuestra amistad se ahondó tremendamente, y no fue de extrañar que los dos conociéramos y nos ligáramos a nuestras chavas de toda la vida en el viejo edificio colonial de la prepa Siete. Por tanto, René fue testigo de mi matrimonio, en 1963, con Margarita Bermúdez y poco después yo fui testigo de su boda con la gran Rosario Casco. Por cierto, no deja de ser significativo que hasta la fecha nuestros matrimonios hayan sobrevivido más de treinta años. Por si esto fuera poco, la literatura resultó un vínculo poderoso entre los dos. Juntos controlamos los Cafés Literarios de la Juventud y creamos Búsqueda, una publicación literaria en la que también participaron Elsa Cross y Alejandro Aura. Después, todos juntos, fuimos a dar al taller literario de Juan José Arreola, cuya revista Mester consolidó nuestro carácter de grupo generacional, que incluye además de Elsa y Alejandro, Gerardo de la Torre, Federico Campbell, Rafael Rodríguez Castañeda, Eduardo Rodríguez Solís, Jorge Arturo Ojeda y Víctor Villela. El taller de Arreola fue decisivo para nuestra formación literaria, fue el trampolín para llegar al Centro Mexicano de Escritores y, finalmente, para la publicación de nuestros primeros libros. A mí me tocó estar muy cerca de la edición de Los juegos, la acelerada novela de René que aterrorizó a Emmanuel Carballo, Rafael Giménez Siles y Joaquín Díez-Canedo, quien por cierto le dijo a René: “Mejor quema ese libro”. Ayudé intensamente en la preventa del libro, en la edición y en la promoción, con el texto de las solapas y un artículo que me costó la salida de la plana cultural de El Día. Nunca dejamos de emborracharnos y de echar un relajo sensacional con grandes amigos: otra vez Gerardo de la Torre, Bernardo Giner de los Ríos y el “Eruano Uto”, Edmundo de los Ríos. Juntos fuimos acusados de ser “terroristas culturales”, cuando no dudamos en apoyar nuestros puntos de vista con madrizas a dos que tres ojetes. Y también volvimos a quedar juntos cuando nos asestaron el reductivismo de la “literatura de la onda” Después René y Rosario se lanzaron a las Europas y después yo fui testigo de la evolución de los intereses literarios que finalmente predominaron en René: la pérdida de interés por los contenidos políticos, que un tiempo le atrajeron mucho, y, en cambio, la consolidación de la escritura de fábulas y cuentos fantásticos y de los ternas relacionados con el amor. Sumamente fértil, René ha publicado numerosos libros, y yo siempre lo he seguido de cerca con un profundo interés y con alegría ante sus éxitos. A lo largo de más de treinta años, con más altas que bajas, hemos lo grado preservar la amistad, así es que ya se imaginarán el interés que me despertó saber que ahora René se había lanzado a recapitular experiencias en Recordanzas. Este libro reúne una gran parte de las columnas “Dramatis personae”, que René publica en su suplemento cultural, y en él René aparece como es y como siempre ha sido: un escritor incisivo, provocativo, controvertido, lleno de simpatía y sentido del humor. Técnicamente no se trata de una autobiografía, ni de un libro de memorias, porque no está concebido de esa manera, pero cumple con la función de acercarnos a un autor muy dinámico y, naturalmente, no descarta la posibilidad de que más adelante René emprenda la escritura de una autobiografía con todas las de la ley. En lo que eso sucede, por mi parte ahora celebro la publicación de estas Recordanzas.
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Las danzas del recuerdo
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Excélsior, "El Búho" 17 de noviembre, 1996
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Estoy en la esquina de Río Amur y Parque Vía, en la colonia Cuauhtémoc, de la Ciudad de México; la banqueta se agranda, es sumamente ancha; es más ancha y un poco informe cuanto más recordarla; más bien quiero materializarla, quiero volver a estar; chance y pueda sentir lo que sentía. Y la mano de mi mamá... No sé, tal vez era la mano de mi papá paseándome por esa esquina. Imposible preguntarle a René Avilés Fabila porque nos conocimos bastante más tarde y aunque tenga un registro documental tan estricto, no hay posibilidad de que lo sepa. Yo creo que cinco años he de haber tenido porque ése fue el año en que mi mamá engordó de mi hermana menor, o más o menos. Sé que si tengo oportunidad de comenzar a cavar en esos espacios en los que no hay pavimento sino todavía tierra apisonada (muchos años después van a hacer jardineras y tras mucha basura acumulada también por años acabarán por echarles encima cemento y se acabó), podré hacer un profundo túnel, una habitación subterránea, un refugio al que nadie más tendrá acceso. ¿Nadie? Bueno: nadie a quien yo no quiera llevar. Y claro que yo escojo porque el pasadizo es mío. Por más esfuerzo que hago no me acuerdo de nada a propósito de la niña a quien me imaginaba que escondería en ese búnquer. Tenía que ser una niña, tenia que ser una niña preciosa y además mía, cómo no. Ya teniéndola allí qué podía impedir que fuera mía. Aunque no puedo concretar la idea de lo que seria ser mía así que vuelvo sobre la creación del subterráneo y sé que tengo las fuerzas necesarias para emprender la labor sólo falta que se den las condiciones de privacidad necesarias para comenzar. O sea, que a todos nos pasan cosas semejantes en los sueños y en los ensueños y no nos percatamos de ello hasta que montonales de años después, leyendo una página de algún libro, aparece la experiencia común y destape una cerrada válvula de la memoria por la que comienza a salir un vapor acumulado que al liberarse hace bien al alma. Ah, qué grato es saber que esa locura o babosada que abolimos en el cuerpo de los recuerdos con que hemos ido edificando pacientemente lo que llamamos nuestra personalidad es una tierra compartida en los ensueños de otros. Qué placentero es leer en otros, cosas de la intimidad de uno, qué emulsificante. También así lo revela René en sus memorias cada vez que habla de libros y de autores, y cuánto habla de eso, como un aplicado profesionista que recorre con paciencia, resignación y gusto todas las etapas de su ministerio. Cosa por cosa aparece con puntualidad ritual. Claro que el túnel que René Avilés Fabila sueña en La canción de Odette tiene otras funciones: aquí sólo es para que los niños escapen de otros niños que los pudieran llegar a malorear, no para esconder doncellas de cuatro añitos o cinco con las que uno, después, pueda ponerse a fabricar otros ensueños, pero leyendo sus Recordanzas y releyendo sus cuentos y sus novelas, hallo que sólo esa vez no usó el sueño de la caverna oscura en el centro de la tierra para algún erótico propósito. Porque siempre o casi siempre, porque también es muy aplicado para todo lo demás, sueña y construye para albergarse en otro cuerpo, aunque todo lo demás que se imagine cumpla la ingrata función de separarlo de tan cómodo y tibio objetivo. O la muerte, o la incomprensión, los defectos de clase, la imprecisión de las ideas, las carencias mundanas que provienen de una mala educación, la lucha de los sexos, la maldad ajena, los remedos de refinamiento y otras minucias semejantes, lo único que logran es alejamos de la anhelada unión permanente con el cuerpo tan, deseado. Para estar unido a Tantadel, por ejemplo, tiene que imaginar la ruptura con ella, la lastimosa separación con todos sus pormenores; tiene que saber por qué no puede cumplirse el sueño infatigable del deseo. Pero de que quiere, quiere. Tanto es así que se vale de un recurso narrativo tan astuto como es el de volver a comenzar la novela como su final imprevisto, sólo que ahora ya no somos nosotros, sus posibles lectores, los destinatarios de la historia, sino sus propios personajes que comienzan a vivir las revelaciones que su autor está a punto de hacerles. Seguramente en esa otra novela, que ahora empieza, ambos personajes tendrán la oportunidad generosa de mirar sus defectos y corregirse para empezar, al término del tiempo imaginario, Otra novela en la que puedan transformarse en cualquier otra pareja de amantes o en cualquier otra fantasía. Tal vez lleguen a ser ese matrimonio felizmente mediocre del cuento La otra dimensión o la dama del cuadro, que conserva, a pesar de la pobreza de su relación, la joya imperecedera de la fe en el amor y gracias a una intuición remota —algo como la recuperación del sueño del túnel muchísimos años después— les da la clave para cumplir con un ritual que nadie les ha enseñado y que finalmente será el detonador de su dicha. Cumpliendo tal ritual que el personaje intuye se congratula con un más allá que le trae en premio la piedra roja en la cadena de oro blanco y opaco que le dará la verdadera imagen de pura belleza de su mujer, con lo que se cumplen él y ella, su pasado, su presente y una ficción de porvenir que por supuesto está clavada a ese eterno presente del descubrimiento literario. Un cuento precioso que recupera para la cotidianeidad de la más gris clase media la dignidad del amor. Entre estos asuntos y una responsable visión de hombre de ideas, acumula páginas y páginas en las que pareciera no querer dejar de presentar ningún examen: sus lecturas, sus viajes, sus amores, sus estudios, sus amistades, su mamá, sus tragos, su esposa única y verdadera, sus costumbres, sus relaciones públicas, Sus empleos. No dejo de sentir la constante aparición de un cierto candor que me conmueve. Entre candor y humor, pero un humor casto. Una especie de pureza que René ha tenido siempre, o por lo menos lo recuerdo así desde los bastante lejanillos tiempos del taller de Arreola y de nuestra revista Mester. René candoroso, René cumplidor, echado palante, salidor, dicharachero y vanidoso; risa pronta apenas alguien le dice alma mía y trompón preparado, por si acaso. Un extraño escritor es René Avilés Fabila que insiste e insiste en que lo es, como si hubiera dudas, como si su vocación fuera un poco fantasmal y paseara en andurriales de imaginación que otros no son capaces de mirar, pero produce obras literarias bellas, múltiples y suficientes en el espacio y en el tiempo para llenar por completo el espejo en que se mira. Y de sobra el requisito. Tiene un cuento extraordinario que se llama Miriam en el que una muchacha —que violentando las cosas podríamos identificar con el autor— comienza a ver el fantasma de un escritor que alguna vez vivió en su mismo apartamento (nótese el guiño de complicidad que el pergeñador de estas notas hace a sus posibles lectores al decir en su mismo apartamento tratando de ligarlo con la historia de los dos René Avilés de su conflicto filial); se obsesione con él al grado de encontrarlo (o materializarlo) en una fiesta y lo seduce hasta llevárselo a vivir con ella (es obvio ya por dónde quiero ir, ¿no?); el escritor tiene sólo una prioridad: terminar cierta obra literaria. Ella lo sufre, desconfía, se aterra, no quiere perderlo, no quiere estorbarle. Cuando él termina la obra, en efecto, desaparece; su razón de ser se ha cumplido y ella descubre que sólo por ella, por su amor, por su tenacidad, por su constancia, ha existido el escritor y ha terminado la obra porque en realidad el hombre murió ya y sólo ha vuelto de ultra tumba, gracias a la invocación y evocación de ella. La obra, por tanto, le pertenece; tiene que apurarse a publicarla para poder terminar cuanto antes con su propia vida y unirse en el más allá con su verdadero amor. Algo así encuentro todo el tiempo entre René y su vocación. Me parece que este cuento es una metáfora de la visión de él mismo ante la literatura. De manera similar a como evoca el sueño de niño frente a la posibilidad de una caverna doméstica, que irá cavando en la tierra suelta de la memoria para esconderse, para salvarse de asechanzas incómodas como las que pudiera configurarte una sociedad que no se conforma con escritores como él o un padre escritor que no le da nunca el imprimatur que un aprendiz espera para lanzarse por su cuenta, sea copio sea que él se imagine a sí mismo como escritor. Por fortuna para él y para nosotros, a pesar de su candor y de su constante necesidad de afirmarse, su vocación es algo plenamente cumplido y su obra es una fiesta. |
Un niño muy aplicado
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