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RENÉ AVILÉS FABILA Escritor |
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OPINIONES
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Excélsior,
"El Búho" 424 24 de octubre, 1993 |
DURANTE VARIAS semanas el peligroso libro de René Avilés Fabila Réquiem por un suicida me tuvo obsesionada. Soy obsesiva y quizá la gripe terca que me llena de piedras la cabeza, desde hace más de tres semanas, y me ahuyenta el sueño, contribuyó a que pasara las noches en blanco pensando y repensando en el personaje que nos presenta René en su libro. He escrito varias notas sobre él, pero ninguna me satisface. ¿Quién es ese personaje que busca toda suerte de razones para suicidarse? Es el hombre moderno por excelencia. El hombre que hasta ahora no ha aparecido en ninguna otra novela. El hombre que no ha sido estudiado analizado y disecado hasta ahora en el libro de Avilés Fabila. El hombre peligroso al que ningún sentimiento, ni principio, ni siquiera algún prejuicio detiene en su difícil, ávido camino hacia la muerte buscada por él mismo. Si la Iglesia gozara todavía de poder educativo, este libro sería indudablemente prohibido por ella. Para el personaje de René no existe ningún motivo válido, ninguna razón moral física o espiritual que lo empuje a seguir viviendo. Él es el único dueño de su vida, de su destino y de su muerte. Nadie le impide dibujar su destino con esa decisión árida y terrible. Nadie, si no él mismo. Él, que no goza del poder de la contemplación y que queda abandonado en un terreno inmisericorde para los demás y para sí mismo. No se reconoce como un hombre vulnerable, digno del amor de los demás y apto para amar a los demás. Sus pasiones fulminantes por las diversas mujeres que se cruzan en su vida son tan pasajeras como una llamarada en medio de la lluvia y convertidas rápidamente en cenizas, Este moderno Julián Sorel no permite que nada lo ate al mundo, ni la política, ni la religión, ni la belleza, ni el sufrimiento propio, ni el de los demás. Es el hombre típicamente moderno, que vive entre catástrofes, sin que éstas lo rocen siquiera, es casi el hombre objeto; materia pura; luego destructible. Si contemplamos al mundo que lo rodea, lo envuelve y lo asfixia sin que él se dé cuenta, logramos vislumbrar el origen de su decisión para matarse y su peligrosa invitación para que sigamos sus pasos que suenan al paso solemne de los cortejos funerarios. Este inédito Julián Sorel no es sólo partidario del suicidio sino también de la eutanasia, paso feroz que se repite en Europa a pesar de estar prohibido por la ley. Hace algunos años un suicidio provocaba horror. Ahora en Francia, el país más equilibrado de la tierra, los adolescentes se suicidan en masa, ante la incredulidad de sus mayores. El libro de Avilés Fabila si se publicara en francés haría estragos peligrosos. Es el libro de un hombre joven, dotado de una muy clara inteligencia, que presiente con horror los estragos irreparables de la vejez, con una pluma que corre con asombrosa facilidad para llevarnos al terrible final de la destrucción total del hombre, que se mata porque vive en un mundo vacío, donde las flores han perdido su fragancia, los seres humanos sus cualidades creativas y contemplativas, donde Dios y la sola idea de Dios se ha esfumado en una marea de palabras y de humo donde el dinero carece de importancia y la miseria yace en rincones oscuros e invisibles para él, sólo ocupado en destruirse. Gran talento el de René Avilés Fabila, gran talento que no debemos escuchar. Es el canto de las sirenas modernas que no habitan ninguna isla y cuyo canto sólo nos lleva a la desesperación. Después de leer y releer este libro terrible, el misterio del suicidio sigue en pie. ¿Quién empuja a las ballenas a suicidarse en masa? ¿Quién a los elefantes? Para esto no hay respuesta. La historia está llena de suicidas ilustres. Séneca, víctima de Nerón, Drieu La Rochelle, cuyas razones para matarse van más allá de la política y que se mata para evitar el roce de las manos asquerosas de los asesinos políticos. El suicidio de Ángel Ganivet, que prefiere matarse a ser alcanzado por su perseguidora amante que lo sigue hasta Rusia, en donde él había sido nombrado embajador. Los suicidas de los jóvenes alemanes provocados por Werther y su amor desdeñado. El de Larra, suicidios trágicos que nos oprimen el corazón y nos dejan en un mundo ingrato, engañoso. El suicidio del héroe de Avilés Fabila carece de cualidades, es un suicidio desolado que nada justifica, que no lleva a ninguna parte, que produce escalofríos por su terrible desapego de todo lo humano y lo divino. Es el suicida moderno, que nunca había sido visto, ni tratado, es el más peligroso, pues nos señala el mundo hueco en el que vivimos todos. Es la tentación de seguirlo, ya que nos convierte en seres absolutamente solos y sin ningún amarre a todo aquello que todavía hace algunos años nos ataba al mundo y a nuestros semejantes. Libro que debe ser prohibido a los adolescentes. |
Una novela que debería ser prohibida Elena Garro
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Excélsior,
"El Búho", 22 de agosto, 1993 |
No encuentro en ningún diccionario la palabra corocha, nombre que se da en el español de mi tierra con la significación de una de las muchas especies del búho. Para mí, búho, lechuza, corneja, buharro, buarillo, buaro, mochuelo designan a la misma ave. Símbolo de Minerva, de la sabiduría, razón porque vuela y canta al anochecer, al fin de la jornada, cuando se ha aprendido y se ha dado la última lección; ave de mal agüero, que no anuncia la muerte, sino su presencia: el hombre atacado de un mal mortal, está muerto desde que el mal le aparece: el búho, la lechuza, el tecolote qué vive de carroña con su finísimo olfato lo advierte y rodea la casa en espera del momento para descender sobre el cuerpo muerto. En la lengua zapoteca los hay de varias clases; uno que advierte la muerte, se llama damaxihui; el tecolote o búho anuncia la presencia de la muerte dama-corneja y xihui-corrupto: el que anuncia la carroña. Si la grulla crotara o crotora el cuervo grazna, la lechuza qué hace? Para algunos ulula, canta, y en Sahagún esto rarísimo: charrea. Tú, René, cuando escribes, hablas, cantas, ¿qué haces? Yo digo que sumando todos los verbos, los reduces a uno, a la certeza de que la muerte existe. Tú eres el cisne que no muere cuando canta, y que más que dar la muerte, das la vida. En todo esto he venido pensando ahora que leo tu precioso libro Réquiem por un suicida.
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Andrés Henestrosa
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El Día, "El Gallo ilustrado", Suplemento cultural, 8 de agosto, 1993 |
Estimado René:
¿Quién no ha pensado en suicidarse? Toda vez que sabemos que la vida suele ser más terrible que la muerte. Presenciamos, a diario, que toda clase de contradicciones asaltan nuestra vida y afirman un hecho incontrovertible: estamos inmersos en el más azaroso y doliente de los absurdos: la existencia humana. Por ello el buen Camus sostuvo que “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. - El personaje de tu novela medita, en un momento de lucidez, “He razonado la posibilidad del suicidio. No es producto de un mal momento sino de una vida entera sin encontrar lo que he buscado. En esa terrible, afanosa búsqueda descubrí un mundo francamente atroz. Por ello, en efecto, es una firme decisión”. Humor negro que invade tu obra y que ocultas con una máscara de inteligente ironía, la cual haces brotar de los labios de Gustavo; sátira reveladora de una profunda conciencia. Discernimiento que atañe al reconocimiento de lo absurdo. Pensar es socavarse a sí mismo y tu protagonista lo hace: “Mi viaje está a punto de concluir, ya surqué los mares que me correspondieron y la travesía no fue tan larga”. Citas a Malraux, quien llegó a un descubrimiento, alucinante por lo certero: “Es posible que construir la propia muerte me parezca más importante que construir la propia vida”. Lo cual constituye una invitación para que todos nosotros repensemos el momento final. Tenían razón los antiguos griegos cuando señalaron que cada hombre vive su muerte y muere como ha vivido. Tú vives bien René amigo. Como médico que soy, sé que la melancolía se acompaña de ideas suicidas y que este riesgo es 80 veces mayor que en la población general. Sin embargo tu personaje no es depresivo y eso lo vuelve más interesante por lo contradictorio: “Nadie ha disfrutado tanto de la vida como yo, ahora ambiciono ser feliz con la muerte para morir bien, antes hubo necesidad de vivir bien”. Lo cual me recuerda el suicidio de Gayo Petronio, el arbiter elegantie, cuando en Cumas se cortó las venas. Bajo estas circunstancias matarse voluntariamente significa haber reconocido el absurdo de la vida. No es pues melancolía sino advertencia lo que lleva, en estos casos, a tomar esa determinación que por ello se convierte en racional. Puedo darme cuenta de otra vertiente —los niveles de interpretación son múltiples, galería de espejos que reproducen imágenes sin fin—: la integración de pares opuestos. En algún momento dices “cohabitaré con la muerte y haré de Eros y Tánatos una sola y bella imagen”. ¿Qué hubiera dicho de esto mi querido y admirado Freud? Es verdad que los mexicanos concebimos el morir de manera diferente a como lo hacen los extranjeros: aquí los muertos viven y nosotros transitamos como murientes en el cosmos infinito. Vivir-morir para nosotros es un proceso dialéctico que, bien mirado, tiene mucho que ver con Graciela, Celeste, Montserrat y tantos otros nombres femeninos. Las mujeres son la mujer que uno vive anhelando, de ahí la intensa búsqueda. También intuyo a quienes corresponden estos nombres en la vida real y, por lo mismo, atrapo una parte de tu carácter. Respondes a la muerte con el amor; erotomanía dije, cuando comimos con José María Fernández Unsaín y Gerardo de la Torre se declaró —para mi sorpresa— antialcohólico. ¿Puede dejarse de beber y al mismo tiempo vivir, por más que se mencione que la combinación depresión y alcoholismo son la vía recta al morir? Atrás de lo individual se encuentra lo social, dejó dicho Rosa. Luxemburgo, y éste es otro plano de tu narración; recuerdas a Vladimir Mayakovski, poeta y revolucionario, autor de “Una nube en calzones” y “La flauta vertebrada”, quien revela en estos dos poemas sus conflictos amorosos y su descontento con el mundo que le tocó vivir. El escritor de Mi descubrimiento de América y Yo amo, se suicidó en Moscú en 1930, para mostrar su desacuerdo con el estalinismo. Esta es otra razón para el asesinato de sí mismo: observar el colapso de ideologías en las que se ha creído con firmeza, equivale a morir. “Es deprimente escuchar que todo por lo que se ha trabajado y luchado durante más de cincuenta años, estaba equivocado”, confesó adolorido el coronel ruso Fiodorovich Akhromeyev al presenciar la derrota del comunismo soviético. Si la muerte de un ser querido nos perturba y llena de dolor, ¿cómo es posible soportar la muerte del universo de creencias? El espacio de las ilusiones incendiado y convertido en cenizas. Tal vez por eso se suicidan los poetas. Tal vez el mundo, como lo señaló Henry Miller sea una equivocación cósmica. Lo anterior explica, al menos en parte, el suicidio del autor de Confesiones de una máscara y justifica su grito adolorido “Vemos al Japón emborrachándose de prosperidad y hundiéndose en un vació del espíritu”. Por ello, el último grito de Yukio Mishima, en 1970 fue, Tenno heikai Banzai “Larga vida al emperador”. No se trata, como algún psiquiatra despistado pudiera pensar, de una tendencia necrófila o de un narcisismo-maligno; trasciende estas clasificaciones reduccionistas. Marguerite Yourcenar relata en Mishima o la visión del vacío, que el escritor de más de cien excelentes obras literarias dejó una nota la mañana de su muerte: “La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre”. El creador de El bosque floreciente, Colores prohibidos, Patriotismo, El mar de la fertilidad, se percató que su mundo había cambiado y que asistía a uno nuevo, enfermo, donde lo morboso no estaba en los hospitales sino fuera de ellos. René Avilés Fabila, tú das cuenta de ello en Memorias de un comunista: ahí relatas la forma en que descreíste del socialismo real. Sobrado motivo para pensar en el suicidio filosófico. “Todo el mundo tiene derecho a matarse. Es parte de su libertad” manifestó Milán Kundera. “La muerte ha ido siempre conmigo, probablemente nací con ella. No debo, pues, resistírmele, en especial ahora que tengo mucho más de lo que alguna vez pude soñar” dice al final de la novela el protagonista de Réquiem por un suicidio. Es el señalamiento del hombre devastado que reconoce la imposibilidad de saber, la única realidad es la nada. René Avilés, tú crees como Sócrates lo hiciera, que la otra vida tal vez sea mejor que ésta y quizás por eso citas un pasaje del Fedón, donde el griego refiere esta idea que ha matizado el platonismo y nuestra concepción del más allá. Ahí también, al final de ese Diálogo, el filósofo maestro, cuando está a punto de morir, ordena: “Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda”. Estas fueron sus últimas palabras. Sócrates le ofrenda un sacrificio al dios de la medicina por haberlo curado de la vida; la verdadera enemiga como expresó, en alguna parte de su obra Virginia Woolf. Estoy seguro que tú también René, en algún momento, has llegado a considerar que la vida es el adversario y que esto de vivir sólo adquiere sentido cuando le ponemos punto final. “Nadie se mata si no es para existir. Ahora sé que estoy a punto de encontrarme y de ser al fin mi propia imagen, la que me formé desde pequeño. Ser yo. Existiré”. Yo, por lo pronto, sólo acepto una verdad absoluta y en base a ella conformo mi vida; aquélla que mencionó Agustín una tarde soleada cuando caminábamos en Hipona: la de que lo único cierto en la vida del hombre es la muerte. Por ello no quiero anticipar vísperas. Mientras tanto, ahora que estamos vivos, te envió un fuerte, fraternal abrazo y te felicito por tu libro que toca el corazón del problema humano: ¿existir, para qué? Afectuosamente
Federico
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El Financiero, Suplemento cultural, Comala 26, 15 de agosto, 1993
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Cuánto de la vida objetivada de un escritor, según la expresión de Luis Recasens Siches, hay en las páginas de sus obras es, todavía, una pregunta múltiple como la propia realidad. Existe en la narrativa occidental una movilidad perpetua —de la percepción escéptica a la imaginación seductora— tan compleja como cotidiana, a la que no se puede reprochar su voraz tendencia a hacer de la fatalidad, como del ocio, retratos viciados por la presencia ineludible de lo que somos y nos rodea. No puedo, sin embargo, abordar las obras de Álvaro Mutis y de René Avilés Fabila sin descubrir voces y paisajes que me resultan familiares. Me atrevo a afirmar que, en ocasiones, es como atender a un diálogo “pirandélico”; en otros casos, veo fluir con asombrosa fidelidad el pensamiento de estos autores, no como confesiones íntimas sino a la manera de aquellos retratos renacentistas en los cuales el artista, incluyéndose en la escena, hacía evidente su testimonio, más que del tiempo, de la vida misma. Empero, Gustavo Treviño, el novelista suicida y personaje central de Avilés Fabila, afirma sin titubeos: “El problema (...) reside en suponer que un escritor crea personajes a su imagen y semejanza”. Sin embargo, me pregunto: ¿es suficiente constatar el goce que de la existencia hace Avilés Fabila, para calificar a su personaje como antípoda? ¿Acaso Réquiem por un suicida, como el propio autor, no destila ironía, magnifica y recrea críticamente pasajes de nosotros mismos como espectadores o involuntarios agentes? Sospecho que somos legión quienes podemos, en algunos pasajes de la novela, sentirnos envueltos en el comentario puntual e incisivo de René, como algo tan propio. Pero en esta novela Avilés ha dejado constancia de una cultura pulida y esmerada que, simultáneamente, es narración y ensayo sobre un tema controvertido, abordado a lo largo de los caminos literarios con la recurrencia misma de los pensamientos eróticos. Y al leer no sólo nos asalta la imagen del amigo en una sucesión alucinante de gritos y gorjeos etílicos, desollando la nada respetable existencia de nuestros coetáneos irredentos; también con pasmosa frecuencia, fragmentos de mujeres superpuestas, más ciertamente reconocibles, asoman entre las páginas sus torneadas piernas y sus pasajes azarosos. Por otra parte, agotadas ya las fronteras ideológicas y derrumbados los muros, si para muchos resulta hoy cómodo hablar con soltura crítica y hasta con dosis de extravagancias a nivel de fervor de las iniquidades de la izquierda, me consta, sin embargo, que aun antes de estos finales antiépicos, René apuntaba el humor involuntario de esas izquierdas pero también el de las derechas, la inconsistencia humana solapada por la máxima de Terencio, la nostalgia de los sesenta —the dream is over—, el kitsch revolucionario, y la perpetua tertulia del neoliberalismo. Una generación de hospicianos deambula con rumbo conocido entre los personajes de Avilés Fabila. Así, Treviño aglutina en nuestro derredor arquetipos del pasado reciente y estimula la imaginación con relatos que, en sí mismos, constituyen tramas complejas e inconfesables. Cuando ya no sabemos si los personajes dictan a su autor la efervescencia de sus actos y la lucidez de sus juicios, es que deja de importarnos si la vida copia al arte o viceversa, porque para los creadores el arte es la vida misma, y entonces vuelve a mi memoria y me solazo en repetirlo, la certera expresión de Fernando del Paso en Palinuro en México donde advirtió que ciertos personajes literarios se asemejan a lo de la vida real porque algunos personajes de la vida real se comportan como personajes de novela. Pero más allá de estas disquisiciones me importa subrayar entre las virtudes de tratamiento literario incorporadas por fortuna por Avilés Fabila, la recuperación de la otredad y el mundo edénico de nuestros mejores días como elemento de una novela de personajes sometidos a la intensidad propia de los caracteres bien definidos. Y si la vida y la muerte se balancean sin dramatismos estériles, las mujeres paradigmáticas de esa época (o quizá deba decir de esta época) cobran una posición particular y enriquecen con sus entregas e inseguridades al personaje central, cuya corporeidad a veces emana de ellas y no de sus circunstancias. Como René Avilés Fabila no parece tener inclinaciones serias sobre su eventual suicidio, la novela, además del abanico de posibles exámenes, me vuelve —a mí, por lo menos— a otros puntos en cuestión. No es el caso de preguntarnos por los jirones de nosotros y de una sociedad desmedrada, insertos en el reflujo de la narración de elementos, de humores y pensamientos de Avilés-creador transmitidos a Treviño personaje; si bien no es el caso, al menos en forma evidente, de acudir al proceso joyceano biográfico. ¿Qué es, pues, realmente lo que nos transmite este autor, sólido y alejado de la gratuidad? ¿Qué demonios desata en nosotros, lectores de este novelista dispuesto a dar testimonio literario de un suicida escritor que habla mucho de su decisión y —contra los cánones de la sicología— sí ejecuta su suerte de manera fría, precisa, casi excéntrica? ¿Cómo puede su autor proponer una condición humana en la que el Thanatos se impone arrogantemente sobre la capacidad creadora del personaje y sobre sus amantes y adeptos? ¿En qué rincón del pensamiento de Avilés se guarda la clave de un ser que deliberadamente hace morir entre sus manos? ¿Qué signo de estos siniestros momentos palpita con cínico nihilismo en la auto aniquilación de quien sabe dejar preparada en Monserrat a una viuda egipcia, así sea sólo por un día? Para fortuna de sus amigos, Avilés Fabila no nos ofrece su muerte y sí su vida, su talento y la promesa de crear más a imagen y semejanza de nuestros propios monstruos interiores, por ello se me ocurre pensar que sólo la soberbia magnífica apunta con decoro un conato de respuesta. Treviño decide culminar su existencia y obra con presumibles notas periodísticas al nivel de su propio sueño: perdurar. En este ser singular no hay fracaso ni enfermedad, ni ruina, ni rechazos ni fanatismo, ni gime por el tiempo perdido; acaso sólo coincide con algunos autores citados por él, en cierto brumoso escepticismo. Quizá pues, lo que Avilés Fabila nos plantea a la postre es el teorema de un hombre irreconciliable con el olvido que asegura su recuerdo en la previsible remembranza de quien, con fama y vanidad, decide, como máximo ejercicio de su nada humilde soberanía personal, hacerlo de manera tan silenciosa y novelesca que resuene algún día como las trompetas de Jericó. |
Los motivos del suicida
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| 1993 |
René Avilés Fabila (México, D.F., 1940) es un autor fecundo y a la vez dueño de una amplísima variedad de posibilidades expresivas. Cultiva el cuento, la novela y el ensayo, y en su vertiente narrativa se maneja con las mismas soltura y eficacia en los asuntos amorosos, fantásticos, humorísticos y políticos. Libros suyos como El gran solitario de Palacio, Hacia el fin del mundo, Tantadel o La canción de Odette se diferencian entre sí por los temas, pero mantienen la coherencia en cuanto a calidad, que se fundamenta en la utilización de una prosa viva, ágil, que sabe capturar el interés de quien lee Así, la novela citada al principio, de corte abiertamente político, nada tiene que ver con lo tratado en La canción… y sin embargo ambas obras son hermanadas por el estilo sabroso (válgase el término) de Avilés Fabila. El libro más reciente de este autor es Réquiem por un suicida, y, otra vez, se advierte un asunto completamente distinto de los que ha tratado con anterioridad, y evidencia progresos notabilísimos en el orden técnico, lo que me hace pensar que se trata de su mejor trabajo narrativo. Cuando se empieza a leer Réquiem... da la impresión, por momentos, de estar ante un libro de ensayo; luego, se cae en la tentación de pensar que en realidad es un documento autobiográfico; y finalmente se acepta que es una novela, una excelente novela, que se vale de aquellas y otras modalidades para conseguir su estructura y sus proposiciones. El suicidio es un asunto que ha inquietado sobremanera a los artistas, sobre todo a los escritores; pero no por eso puede decirse que sea un tema agotado, ni siquiera desgastado. Por sus implicaciones en tantos renglones (filosóficos, existenciales, psicológicos, sociales, etcétera), el suicidio mantiene su vigencia como espléndido material literario, y a sabiendas de eso Avilés Fabila hurgó aquí y allá para localizar múltiples referencias, disquisiciones... Todo eso dio como resultado un amasijo impresionante de información al respecto, que el autor utilizó para, con sus propias apreciaciones, darle salida en la novela. Aunque en la disposición técnica de la obra intervienen varios personajes y narradores, es evidente que Gustavo Treviño es quien lleva la batuta, quien se erige en núcleo de la atención. Y aquí vale la pena referirse un poco a la técnica empleada por Avilés Fabila. El personaje-narrador es un escritor que vive obsesionado por la idea del suicidio y escribe una novela al respecto, que deberá concluir antes de que ocurra su programado ajuste de cuentas con su propia vida. Opera así lo que se conoce como metaficción, que es la escritura dentro de la escritura. El recurso ni es nuevo ni es poco empleado; sin embargo, Avilés Fabila lo lleva más allá, le arranca nuevas posibilidades por cuanto consigue hacer metaficción dentro de la metaficción. Y eso es posible gracias a la participación de otros narradores, uno de los cuales se asume a veces velada y otras claramente como el propio Avilés Fabila. Quien conoce datos biográficos del autor no duda que en Réquiem por un suicida hay elementos que pudieran llevar a pensar que el protagonista central (Treviño) es en realidad y solamente el alter ego de Avilés Fabila, mas ese mismo conocimiento hace ver que no es exacta la suposición o en todo caso que el parecido en algunos casos es un recurso literario buscado expresamente por el escritor para dar vida y fuerza y poder de impacto a su trabajo. De ese modo, Gustavo Treviño es y no es René; y René es y no es Gustavo Treviño. Y en ese enmascaramiento, en esa superposición de personalidades (y de planos, y de discursos) estriba mucha de la riqueza que de lado técnico posee Réquiem por un suicida. De las disquisiciones en torno al suicidio (muchas: no en balde es el tema, eje) prefiero que sea el lector quien calibre e interprete, porque siendo un tema tan vasto y complejo es seguro que cada quien estará de acuerdo con unas y en abierta oposición a otras. Lo que puedo advertir es que, sea cual fuese nuestra posición, estaremos metidos de lleno en la red que el autor ha tendido. |
Ignacio Trejo Fuentes
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