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Nuevo bestiario de
René Avilés Fabila
La invención de
animales extraordinarios parece consustancial al ser humano, y puede que
responda a motivos religiosos, a miedos ancestrales, a pretensiones de
inmortalidad o, simplemente, a la imaginación desatada o a meros arrebatos
estéticos. Son famosos los bestiarios de Leonardo da Vinci, de Borges y de
muchos escritores y pintores.
En nuestro medio, sobresalió en ese terreno Juan José Arreola, y de sus
discípulos el más fiel a la tarea ha sido René Avilés Fabila, quien no cesa
de imaginar bestias fabulosas; ofreció un muestrario en Los animales
prodigiosos, y vuelve a la carga con El bosque de los prodigios. Como puede
verse por los títulos, para el autor estos seres no son simplemente
monstruos, aberraciones o delirios, sino prodigios, y puede remitirse el
término a la naturaleza, a la imaginación o a ambas.
Si las culturas griega, china, y casi de todas partes y épocas se han
solazado en la creación de bestias fabulosas, Avilés Fabila sostiene que en
las prehispánicas (mexica, maya, inca, etcétera), no se anduvieron por las
ramas y cooperaron a ese bestiario de fantasía, por ejemplo la serpiente
emplumada, el nahual y tantos otros seres mitológicos. Partiendo de esa
idea, el escritor inventa su propia galería, y atribuye sus "hallazgos" a
las crónicas, códices y otros documentos de carácter histórico y luego a
pesquisas recientes y aun personales. Sigue así las reglas impuestas por los
fabuladores modernos: imbricar realidad y fantasía, para que el lector
sienta que se le habla con la verdad y quede convencido de la existencia de
aquellos entes.
René remite al célebre zoológico del emperador Moctezuma, y señala que en él
había monstruos aterradores. Luego, lleva sus rastreos a otras regiones de
México, Centro y Sudamérica y rescata una cantidad pasmosa de ejemplares que
son mitad verdad y mitad invención. Sobresalen el coyote emplumado, la
serpiente vampiro, las aguas carnívoras, el árbol asesino, la serpiente de
plumaje verde y garras de león y hocico de hiena, el pez de agua, el pez
alado, la tortuga de fuego, el perro de yerba, el conejo-coyote, el loro
inteligente, el águila bicéfala, la serpiente circular, el pez-perro, el
monstruo subterráneo, el hombre alacrán.
De toda esa galería asombrosa me entusiasma el pez de agua, que es invisible
y que por esa cualidad ha podido sobrevivir: vivió y vive entre nosotros.
Como en este caso, es celebrable la imaginación del autor, porque gracias a
ella sus argumentos a favor de la existencia de las bestias se convierte en
certeza, y se da aquí el acoplamiento maravilloso de realidad y fantasía,
sin el cual todo se iría a pique. Las de René no son exactamente fábulas,
sino extraños cuentos que hacen creer que proceden de constataciones
verosímiles, y eso redobla su encanto, porque los lectores no tenemos más
remedio que admitirlos, como lo hacen quienes leen la literatura maravillosa
o de hadas y aun la terrorífica: su disposición, sus ganas de creer,
completan el círculo necesario de esta especie literaria.
Y toda la imaginación de René está espléndidamente apoyada por la buena
prosa y la adecuada concatenación de los argumentos, y por eso casi no hay
pieza que no resulte "creíble" pese a su naturaleza fantástica: sí, el autor
nos convence de que esos prodigios existieron o existen. Fantasía y sobradas
dotes narrativas hacen de este uno de los libros más hermosos de su autor:
un producto de exportación.
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Siempre!,
México
4 de noviembre, 2007
Ignacio Trejo |