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RENÉ AVILÉS FABILA Escritor |
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Sobre preguntas ontológicas y otras intrascendencias |
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Hugo Enrique Sáez |
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Año 4, número 38, Febrero de 2003 |
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Literatura política |
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Los
filósofos somos un poco tontos, incluso me animaría
a decir que bastante inútiles. Tontos porque vivimos haciendo
preguntas que para la mayoría de la gente no tienen el más
mínimo de los sentidos. Inútiles porque a veces ni
siquiera encontramos la respuesta, y si por casualidad damos con
ella, nunca falta el listo que se encarga de refutarnos y postrarnos
en la angustia de nuevo. En definitiva, nadie saca provecho (ni
siquiera yo) de este rumiar de ideas que no conduce a ninguna parte.
Me parece que es un mal congénito que muchos padres deberían
de prevenir al detectar los primeros síntomas que se manifiesten
en sus tiernos cachorros. En mi caso esta no detectada viruela del
preguntar cualquier cosa se hizo presente desde muy pequeño,
y en mi casa no lo advirtieron, prefirieron imaginarse que se trataba
de esa pasajera edad del infante en que todos los objetos de la
realidad son motivo de un cuestionamiento algo bobo. ¿A quién
le interesa que un escuincle se resista a peinarse, por ejemplo?
¿Por qué tengo que peinarme?, solía reclamar
yo cuando era un tierno vástago de mi mamá. Y con
el "ya se le va a pasar" de mi papá se resolvía
el caso, que no era perseguido ni siquiera de oficio. Consultaban
los libros de psicología infantil y ahí se enteraban
de que a determinada edad todos tenemos curiosidad por dominar el
entorno y nos pasamos lanzando preguntas sobre cualquier asunto
de intrascendencia cotidiana. Ahora me doy cuenta de que, como decía
Freud, yo padezco una fijación sin retorno en la fase anal
del desarrollo hacia la ansiada adultez. En aquella temprana época
se empieza a estructurar el lenguaje y el principal placer del sujeto
consiste en flexionar la lengua ante cualquier provocación.
A diferencia de la mayoría de los mortales, que nunca dudan
sobre la solidez del planeta, yo todavía me la paso indagando
¿qué es esto? Un sándwich de jamón,
idiota, me grita alguien exasperado por la extravagancia de la absurda
duda.
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