MARZO, 2003

Editorial

 
     

 

LA CULTURA GUBERNAMENTAL EN EXTINCIÓN

Por años México fue dueño de una luminosa tradición: la del Estado promotr de arte y cultura. Hoy eso se extingue ante nuestros ojos. Dos hombres más o menos mesiánicos y visiblemente iletrados, Fox y López Obrador, detentan un poder que afecta a millones de capitalinos: en sus manos se pierde esa tradición.

 

 
     

López Obrador estimula a los asambleístas a no suscribir un alto presupuesto para actividades culturales y de este modo la recién creada Secretaría de Cultura de la Ciudad de México nace mutilada. Sin recursos para hacer un trabajo significativo, tendrá que aprender a sobrevivir con cifras ridículas que sirven para el gasto ordinario. ¿Para qué crear una secretaría y poner allí a un distinguido intelectual, si no existe voluntad política para apoyarlo?

Estos son secretos de la política obtusa y mediocre que ahora impera en el país. Hay un desprecio por las manifestaciones culturales que sorprende, salvo aquéllas de cultura popular que hacen suponer la atracción de muchos votantes de escasos recursos. En contraste, la danza, el teatro, la buena música, carecen de apoyo real, particularmente en los ámbitos experimentales, novedosos. Este criterio es de reciente cuño y se debe a la plebeyización de la política. Hombres y mujeres de todos los signos han hecho toda una profesión de la ignorancia y la incultura. Por donde quiera aparece tal desdén y entonces se recurre a las peores manifestaciones del populismo cultural, ése que ha puesto de moda el espectáculo televisivo. Poner a un grupo de música norteña en el Zócalo es tarea de Televisa o TV Azteca (por medio de su repugnante Academia). Lo curioso es que estos numeritos que hoy enorgullecen al PRD, fueron inventados por su primo hermano, el PRI, para satisfacer las necesidades rudimentarias de diversión de los capitalinos. Nadie está contra una "tocada" de rock en español ni contra la presencia de grupos comerciales del peor estilo, tienen su función y un gran éxito, pero eso no ayuda al desarrollo educativo del pueblo, ni mucho menos lo aleja del poderío televisivo. A lo sumo, eso imaginan las autoridades capitalinas, atrae votos.

Si se quiere en efecto mejorar la educación de la capital, no será llevando elefantes y leones al Zócalo, sino apoyando a los grupos culturales del país, haciendo una silenciosa revolución cultural, poniendo al alcance de todos los libros de calidad. De lo contrario, seguiremos dentro de la lógica romana de pan y circo, aunque nos quede siempre una pregunta ¿dónde está el pan?

El Búho

 

 
     
       

 

   

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