El
domingo 10 de enero de 1999, luego de poco más de 13 años de existencia
y de 696 números, el suplemento cultural de Excélsior, El
Búho, cerró definitivamente sus páginas. Poco antes yo había
renunciado a esa casa editorial debido a la censura que prohibió una de
mis entregas semanales.
En esos días un escritor, Gabriel Careaga, me dijo durante un encuentro
casual: ¿Pagaron tu silencio? Por qué no conocimos tu renuncia? Me
pareció una tontería, ¿dónde publicarla? ¿Acaso en Excélsior?
Hubo alrededor un silencio cómplice. A Froylán López Narvávez le
comuniqué telefónicamente el suceso y sólo me dijo 'nos vemos para
platicar'. Andrés de Luna escribió un artículo al respecto, y Víctor
Roura se negó a publicarlo. Sólo aparecieron notas cubriendo la noticia
de la desaparición, que le propio Búho había plasmado en su
editorial de despedida hecho, supongo, por Jairo Calixto Albarrán, quien
por cierto, de todos aquéllos que conmigo se formaron y trabajaron a lo
largo de mucho tiempo, prefirió conservar el puesto sin importar que lo
rebajaran, junto con Arturo Rodríguez, diseñador (más adelante corrido),
e Iván Ríos Gascón (quien hasta ahora firma con seudónimo). Humberto
Musacchio y Paco Ignacio Taibo I dijeron algo, más como información que
como protesta.
En honor a la verdad, sólo en radio tuve oportunidad de explicar lo
sucedido, de denunciarlo. Con Paco Huerta, mi entrañable amigo, y Javier
Solórzano; este último, dudando de la veracidad de mis explicaciones,
pidió que alguien de Excélsior diera su versión y la confrontara
con la mía. Por supuesto, nadie acudió. Vale la pena señalar que recibí
docenas de copias de cartas que lectores enviaron a Excélsior
protestando por la desaparición de El Búho, que jamás vieron la
luz, entre ellas una con varias firmas, encabezada por Victoria de
Herrera de la Fuente, y otra más de la presidenta del Centro de Estudios
Femeninos, Yolanda Guillén, así como telegramas, correos electrónicos,
telefonemas.
¿Qué sucedió? Que fueron los lectores quienes protestaron por mi
inusitada desaparición, no los colegas ni los medios. Considero que el
problema no era yo y la antipatía personal que pueda despertar, el caso
es que se violentó lo que tanto se afirma en México: defender la
posibilidad de escribir libremente, criticar con justicia y razón al
poder.
Los hechos fueron exactamente así. El sábado 5 de diciembre abrí,
como habitualmente lo hacía, el diario Excélsior. Mi asombro no
tuvo límite: mi artículo sobre la errática actuación política de Ernesto
Zedillo no estaba. En 14 años de trabajo en esa casa jamás tuve un
problema de censura, aunque sí varios regaños por mis posturas
"izquierdistas". Alguna vez, hace ya mucho tiempo, mi amigo Jorge Ruiz
Dueñas me dijo que sabía de buena fuente que yo era molesto en
Excélsior, mis artículos criticando a Carlos Salinas de Gortari
irritaban. Ignoro la seriedad de sus fuentes, pero el caso es (y es
posible comprobarlo en la hemeroteca) que semana tras semana critiqué a
ese personaje funesto y no hubo represalias, salvo la marginación y el
ninguneo que por regla general he padecido. En 1991 gané el Premio
Nacional de Periodismo que concede el gobierno de la República al mejor
suplemento cultural, con un jurado encabezado por Rafael Solana y
Edmundo Valadés. También conquisté dos de los reconocimientos que da el
Club de Periodistas, como director de suplemento cultural y como
articulista de fondo, ambos por mi trabajo en Excélsior.
En vista de la desaparición de mi artículo, lo único que se me
ocurrió, pues yo no tenía mayor relación con Regino Díaz Redondo, fue
telefonearle a Lisandro Otero, a cargo de la sección editorial, un
cubano recién nacionalizado mexicano que había dejado la isla al
acabársele las posibilidades de crecer políticamente. Su fama le venía
no sólo por la discreta defección de Cuba, sino por sus arranques
estalinistas, de comunista ortodoxo. En La Habana he escuchado historias
tremendas sobre su actuación como burócrata, y Pablo Neruda en sus
memorias, Confieso que he vivido, deja constancia de ello. Le
pregunté qué ocurrió y como explicación me regañó por izquierdista.
"Chico, tus artículos son cada vez más críticos y violentos. Tus
diferencias con Ernesto Zedillo suben de tono. Esto no puede ser, estás
atentando contra los intereses del periódico". Le repuse que las
condiciones en México así lo toleraban, que vivíamos una nueva etapa de
libertad de expresión y que yo seguiría criticando los equívocos del
Presidente. Para finalizar aquella incómoda situación, le dije que le
evitaría mi radicalismo renunciando a Excélsior. El tipo apenas
se inmutó, suponía que yo blofeaba. Quedamos de vernos al día siguiente
en Guadalajara, en la Feria Internacional del Libro, a la que ambos
íbamos por razones distintas. Jamás pensé verlo, pero el caso es que nos
encontramos en el aeropuerto de esa ciudad. El iba con Abel Posée, quien
se refirió en términos elogiosos a El Búho. Antes de despedirnos,
me dijo: "No renuncies, el periódico significa una cuota de poder
político".
A mi regreso, con mucha tristeza presenté mi renuncia irrevocable a
ese diario: mis artículos editoriales y El Búho me habían dado
amigos y lectores, eran una divertida, grata, reunión semanal de
camaradas que en apariencia teníamos afinidades, decencia, dignidad y
posturas progresistas. El mismo día, José Andrés Barrenechea me
telefoneó y me pidió que no renunciara. Nos entrevistamos y tuvimos una
larga plática. Pensé que para salvar a El Búho, mi creación,
podría solicitar, como última petición, que mi mejor amigo y mi
subdirector, Jairo, Calixto Albarrán, se quedara como director, y en una
nueva carta de confirmación de mi renuncia así lo pedí.
Mientras esto ocurría, Lisandro Otero conseguía la nacionalidad
mexicana gracias a su cercanía con Jaime y Francisco Labastida, y yo
viajaba a Egipto (dos semanas, y luego otras dos a Cuba como jurado del
premio internacional Casa de las Américas), de tal forma que no estuve
derca de los acontecimientos que siguieron. Parecía, a la luz de este
nuevo dato, que Lisandro no protegía a Ernesto Zedillo por simpatía
personal, sino que cuidaba no estropear su búsqueda de nueva
nacionalidad, para obtener aquí lo que no pudo en Cuba. Vale la pena
añadir que su espíritu, su naturaleza, es de censor. He sabido que hace
unas semanas no admitió un desnudo como ilustración de Arena; "es
ofensivo", vociferó, y de nada sirvieron las explicaciones de que se
trataba de un trabajo bien conocido del fallecido Julio Ruelas. En Cuba
fue censor al servicio del estalinismo en la época de presencia
soviética; en México lo es al servico del PRI y del peor oficialismo.
En principio, la inmensa mayoría de quienes trabajaban en El Búho,
con José Luis Cuevas, Sebastián, Raúl Anguiano, Luis Herrera de la
Fuente, Jorge Velasco, Griselda Alvarez, Marco Aurelio Carballo,
Patricia Zama, Héctor Anaya, Antonio Castañeda, Roberto Vallarino, David
Gutiérrez Fuentes, Ricardo Pacheco Colín, Elsa Cano, María Eugenia
Merino, Cristina Stadelman, Javier Guerrero, Salvador Pinoncelly a la
cabeza, renunciaron conmigo en un desusado acto de solidaridad y
decencia. Esto, evidentemente no pudo preverlo Lisandro Otero por su
desconocimiento del medio nacional; el daño ya estaba hecho, y por más
gestiones que hizo ante amigos como el citado Jorge Ruiz Dueñas, o
Claudia Gómez Haro, mi decisión estaba tomada. Como la renuncia no
prosperaba, mandé una tercera carta. Regino Díaz Redondo me telefoneó y
no tomé la llamada. ¿Para qué? La bajeza se había dado. En todo caso
mostraba la adhesión de ambos directivos al PRI y al Presidente en
turno. Y aunque Lisandro Otero había estimulado al director de
Excélsior, Regino era quien había tomado la decisión de censurarme;
en consecuencia, él fue el responsable directo de mi renuncia. Al día
siguiente, Regino y Lisandro anunciaron ante mi secretaria, Martha
Lozano, Jairo Calixto Albarrán y algunos más, la desaparición de El
Búho; olía demasiado a proyecto personal de René Avilés Fabila, y
tan era así que Rosario, mi esposa, le puso el nombre. De entre 150
posibilidades, eligieron Arena para titular uno nuevo. Un
suplemento que casualmente dirigiría el mismísimo Lisandro Otero, quien
al asumir el cargo ganaba el "altura periodística"; aparte de esto, es
el responsable de dos secciones más: la editorial, y la llamada
Tiempo y mundo. Una buena cuota de poder, según su propia
terminología, y sus acciones sumisas al poder en México, su nuevo país.
Ahora sólo me queda responder en las calles, a través del correo
electrónico y de las llamadas telefónicas por qué salí, qué ocurrió. Mi
nombre ha sido suprimido de esa casa. Hace unos días participé en la
presentación del libro de un médico amigo del director, y en la nota del
día siguiente, en primera sección, con varias fotografías, yo no
aparecía. Bueno, pensé, si Stalin desapareció a Trotsky, Fidel Castro a
Carlos Franqui y Regino Díaz Redondo a Julio Scherer, que dirigió
brillantemente el diario por ocho años, por qué no desaparecerme a mí. A
lo largo de 14 años no me hice amigo de Regino, ni siquiera nos veíamos,
él utilizaba el teléfono
para regañarme por los textos que publicaba, y yo la vía escrita para
solicitar algo. No me hice rico, ganaba unos 500 pesos semanales en
tanto director de El Búho, y casi al final, por petición mía, viendo que
mi secretaria ganaba más que yo, pedí un aumento y me dieron algo más.
Me limité, pues, a hacer mi trabajo y a establecer, como lo pregono en
mis clases y conferencias, una relación con los lectores y no con el
poder ni con los colegas y otros distinguidos escritores e
intelectuales.
A pesar de mi filiación de hombre de izquierda (fui largo tiempo
militante del Partido Comunista Mexicano, nadie lo ignora, y me mantengo
inalterablemente como crítico del poder), permití la pluralidad y la
diversidad. Mi pecado, para muchos tontos y maniqueos, fue trabajar en
Excélsior. Eso fue grave para algunos a pesar de que yo jamás
estuve con Julio Scherer, pues vivía en Francia cuando se dio el famoso
golpe de Excélsior. En Excélsior tuve, a través de
Nikito Nipongo, la oportunidad de escribir y lo hice, lo hice
limpiamente, sin compromisos ni corruptelas. Eso ni siquiera necesito
probarlo, es evidente. Por ello tengo la firme idea de que ese diario
vendía más ejemplares en domingo, cuando salía El Búho.
Hasta hoy no conozco a persona alguna que elogie la sección Arena,
salvo sus propios directivos, quienes han hecho esfuerzos notables e
inútiles por atraerse a todos aquéllos que trabajaron conmigo. Se
quedaron algunos porque laboraban en esa casa, o los citados porque así
les convenía, pero hasta hoy carecen de escritores y artistas plásticos
de peso, básicamente escribe gente de ese diario. Es un suplemento
tramposo, que anuncia colaboración de Faulkner y se trata de un artículo
sobre él, de algún desconocido o proveniente de la agencia noticiosa.
Por último, en tal empresa, Lisandro Otero se gasta una fortuna tratando
de borrar mi nombre y el trabajo de El Búho; todos los domingos
se hace anunciar en primera plana, con nulos resultados. Lo único que
consigue es acabar con el patrimonio de los cooperativistas. Respecto
del lugar que por 14 años utilicé en las páginas editoriales de
Excélsior, vale la pena señalar que fue ocupado por Manuel López
Gallo, un antiguo amigo mío al que mucho, quizá demasiado, apoyé en su
lucha contra los grandes equívocos de Enrique Krauze. Así son las cosas
en México.
Hace unas semanas, durante la habitual comida de Regino Díaz Redondo
con los articulistas de página editorial ahora encabezados por el nuevo
mexicano Lisandro Otero, concluyeron algo inaudito, que el diario a su
cargo lo usó en las ocho columnas: "Libertad de expresión, nuestro
problema..." ¿Alguno de los presentes recordaría que un par de meses
antes me habían censurado brutalmente, ofendido a la libertad de
expresión, y ello había mi salida de Excélsior? Lo dudo, según
las fotografías a todos se les veía muy contentos con la libertad de
expresión que gozan en esa casa.
Salí de Excélsior por propio pie, siguiendo a Martha Chapa y a
Raúl Cremoux (también censurado por Lisandro Otero). Me quedan la
inmensa satisfacción de haber fundado y dirigido un suplemento que hizo
lectores y amigos que lamentan su desaparición, y el dolor de perder a
quienes imaginé camaradas eternos.