Qué grato, de verdad, qué grato me resulta dedicar unas palabras a René Avilés Fabila. Fue lo primero que me vino a la mente cuando me enteré de este homenaje, y alcé la mano en primera fila, diciendo: “yo quiero, yo quiero participar”, al tiempo en que recibía la invitación. Especialmente grato que ocurra aquí, en esta tierra morelense que es ahora mi hogar. Porque no sólo las personas, también las tierras, los árboles, la nervadura de las hojas, los aguaceros del verano, rinden su tributo, acompañándonos.
No sé qué número de homenaje sea éste, de los varios que ha venido recibiendo a lo largo del presente año en el que cumple setenta. ¡Quién lo dijera!: el niño bonito de la literatura no ha dejado de ser bonito, ni de tener el rostro de niño, y ha llegado impecablemente a los setenta, bien cumplidos, espléndidamente bien cumplidos, en medio de reediciones de sus libros y homenajes que le extienden los amigos, los colegas, los lectores, los discípulos y las instituciones culturales que representan a la sociedad mexicana. Qué grato es que esto ocurra en un país de tradición caníbal, especialmente en el gremio cultural, y muy particularmente en el literario, en el que los bandos se devoran unos a otros, sea con lepra verbal, o con silencios lapidarios. Por eso me parece un maravilloso ejemplo, para todos nosotros, este testimonio de solidaridad, de generosidad, de empatía, de afinidad -de filia y no de fobia-, que se le rinde a un escritor, de viva voz y frente a frente. Esto quiere decir que sí somos capaces de reconocer, de agradecer públicamente, el esfuerzo y el trabajo de una persona que le ha hecho bien al país. No necesitamos esperar la muerte para abrir los ojos y encender el corazón. Estamos optando por el abrazo caluroso de las palabras que se escuchan aquí y ahora, no por el epitafio en la piedra helada.
Un homenaje, a mi modo de ver, es una reunión entre afines para reflexionar en torno a la figura en cuestión y abrir nuevas rendijas para contemplarla, valorarla, y claro está, descubrirla ante las nuevas generaciones. Por eso quienes participamos en él, no podemos soslayarnos: tenemos que hablar de nosotros mismos, en relación al homenajeado. Es decir, debemos ofrecer el resultado de nuestra interacción con el personaje, “el sabor” que nos deja su amistad, su obra, su trabajo.
Su currículum y su bibliografía están al alcance de la mano en diccionarios de escritores, bibliotecas y en su propia página web. No es el caso, por mi parte, repetirlos aquí. Seguramente otros colegas abundarán en esto con mejor conocimiento que el mío. Creo que lo que yo podría aportar sería describir quién ha sido este escritor para una generación como la mía, qué ha significado tenerlo como hermano mayor y qué resonancias nos mueve ahora que se encuentra en la cumbre de la plenitud de la vida. Voy a dedicar algunas reflexiones al respecto.
Se ha dicho que los contemporáneos son aquellos que comparten un lapso que se encuentra entre los ochenta y noventa años de vida. En términos actualizados, casi un siglo, que es la expectativa más optimista de longevidad a la fecha. Las generaciones en el orden social, se miden de abuelos, a padres, a hijos a nietos. Pero las generaciones en el ámbito profesional y artístico, en este caso, el literario, se cuentan a partir de los quince años de diferencia.
Según estos parámetros, René Avilés Fabila pertenece a una generación literaria inmediatamente anterior a la mía, pues a grosso modo nos separan los quince años mencionados. Por eso, digo, es nuestro hermano mayor. Desde el punto de vista de la tradición literaria del siglo XX, su generación recoge la apertura al cosmopolitismo que sus antecesores, como Fuentes, introdujeron, por un lado; y, por el otro, la denuncia social que Revueltas y otros autores sacaron valientemente del underground; también, especialmente en René, esa minucia para el ojo literario y ese sabor fantástico que Arreola y Borges dejaron como legado en las letras mexicanas.
En cuanto a su propia generación de escritores, a la cual Margo Glantz bautizara como de “la onda”, (aunque todos ellos se han negado a ser parte de un movimiento y menos aún de un manifiesto, e incluso reniegan del mote, a pesar de que ya forma parte de la nomenclatura cuasi oficial en las antologías y diccionarios literarios), podemos advertir que en sus inicios aparecieron algunos rasgos definitorios: la frescura en el lenguaje, la experimentación en las voces narrativas, la formas híbridas en los géneros, la juventud y sus audacias como protagonistas de las tramas y las entretelas.
Desde el contexto social, es una generación que vivió el 68 en plena juventud, y por ende, las utopías y los desencantos que provocó, pasando por la brutalidad inédita de la masacre de Tlatelolco, repercutieron en cada uno, de manera distinta, pero a casi todos los llevaron a combinar las letras con la acción en diversas formas de militancia. Escribían, participaban en grupos políticos. Fue una generación que transitó de las carreras universitarias de Derecho, reducto de sus predecesores, a las de Sociología, Economía y Ciencias Políticas, ante las cuales se sentían más afines y a las que consideraban una vía para la acción social. Fueron los primeros en decidirse de frente por la literatura como forma de sustento y pelear por ello contra una sociedad que, si bien, reconoce la valía de las obras literarias como bienes nacionales, todavía, en gran medida, sigue viendo al escritor como un muerto de hambre que debe trabajar solo por amor al arte. Nos empujaron a dedicarnos sin ambages a la literatura ya no sólo como oficio, sino como profesión, así fue que mi generación llenó las aulas de las carreras de letras, que, por primera vez, dejaron la patética fama de ser la antesala del matrimonio para señoritas.
Es una generación que se formó en los primeros talleres de creación literaria, introduciéndolos por la puerta grande en la educación de un escritor. Abanderados por Arreola, y otros grandes maestros, crearon revistas, grupos literarios, suplementos en los diarios principales y diversas publicaciones.
Entre todos ellos, quiero destacar a René no sólo porque es hoy nuestro homenajeado, sino porque realmente ofrece una singularidad notoria. Siempre ha estado escribiendo, publicando, evolucionando, proponiendo, creando, reinventándose. No hay un sólo René Avilés Fabila, no hay un sólo modo de mirarlo. Su trayectoria profesional y su bibliografía constituyen un caleidoscopio de múltiples caras y colores cambiantes, siempre sorprendentes, novedosos, irrepetibles.
A mi generación le ha enseñado que el camino es interminable y que la tenacidad es la luz que guía; y la disciplina y el rigor, los instrumentos. Todo es posible en René, lo mismo dirigir uno de los más importantes suplementos culturales del país y convertirlo en revista de primera línea, que bordar un cuento con seres fantásticos, que conducir un programa de radio, que presentar el nuevo libro de una colega, que escribir un artículo editorial sobre política, que impartir una cátedra universitaria, que luchar por la existencia de un museo del escritor que dignifique al gremio. El amor a las palabras, incesante, convertido en pericia, en gracia, en la sabiduría de un hombre que llega a los setenta, con la vida entera por delante.
Nos ha mostrado que es posible decir lo que se piensa en todo momento y en cualquier ocasión. “René no tiene pelos en la lengua”, es una frase con la que se anuncia su presencia. Ataca de frente y ayuda sin reparos. Con él no hay confusiones, ambigüedades, rescoldos. Sabe para qué está hecho el lenguaje, y lo usa limpiamente. De su actitud, aprendemos cómo mantenernos en movimiento, cómo hacer olas para no anquilosarnos, cómo cambiar y ser congruentes con nuestro propio espíritu, cómo salvarnos de las diplomacias acomodaticias y los conformismos y los silencios prudentes y los estancamientos.
Nos señala, como hermano mayor, el camino de la madurez sin la temible decrepitud de espíritu, que es la más nociva. Nos regala el espectáculo de sus setenta años, envidiables, anhelables. Ojalá que así lleguemos a vernos, y así seamos vistos. Para lograrlo: trabajar, escribir, seguir creando, creyendo en la creación, en todo lo que tiene que ver con las palabras, con el sentido de las palabras en el mundo, las palabras que construyen y dan significado a nuestro mundo.
Hemos abrevado en las novelas de René, en sus cuentos, en sus múltiples relatos, en sus análisis literarios, en sus textos autobiográficos, en sus artículos periodísticos. Ahí descubrimos melancólicas historias de amor, dramas entre parejas perdidas, confesiones de juventud, reflexiones sobre el papel de la literatura en la sociedad, intrigas políticas, dimensiones de otros mundos, denuncias, opiniones, propuestas; en suma: un fresco palpitante de la realidad que nos ha tocado compartir, pintado con ojos inteligentes y con una cuidadosa y amorosa labor de palabras.
Hemos aprendido, de él, qué es el trabajo de un escritor. Y eso es el verdadero éxito, hacer lo que uno ama, seguir haciéndolo, morir haciéndolo.
¡HASTA LOS CIENTO VEINTE, RENÉ!, COMO DICEN MIS PAISANOS,
Y LUEGO PEDIMOS MÁS.
¡ENHORABUENA!
* Texto para el Homenaje a René Avillés Fabila, 23 de julio del 2010. Sociedad de Escritores de Morelos, Auditorio de la Facultad de Medicina de la UAEM.