René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

En la ruta de Rubén Darío

Por René Avilés Fabila
Sociedad Europea de Cultura, México

EN 1900 Rubén Darío fija por un tiempo su residencia en París y se vincula estrechamente con los artistas e intelectuales franceses. Es ya un prestigiado poeta, un renovador en el que confluyen las presencias bien asimiladas del parnasianismo de Baudelaire, el simbolismo de Banville y el pintoresquismo de Gautier. Dentro de todas estas notables influencias francesas, persiste el romanticismo de Víctor Hugo. Esto significa que estamos en presencia de un poeta vinculado a Europa, concretamente a la luminosa Francia de principios de siglo pasado. El afrancesamiento es algo natural. De París surgen las grandes vanguardias estéticas. Es el eje del mundo cultural. Para ese momento en las principales ciudades del orbe, la arquitectura, la pintura y las letras resienten la saludable cercanía con lo francés. Pronto la Gran Guerra terminará con ese reinado, pero Europa, con Francia en el centro, seguirá influyendo a través de corrientes como el dadaísmo y el surrealismo. Muchas de las grandes revoluciones estéticas vendrán de Europa, escritores como Joyce, Kafka y Proust proponen nuevas formas y tratamientos literarios; Rolland y Malraux muestran un arte comprometido de gran envergadura, distante del realismo socialista que practicaron los soviéticos; Simone de Beauvoir se erige como símbolo de un feminismo agudo e inteligente; Sartre y Camus se arriesgan a entrar en los complejos reinos de la filosofía y del activismo político. De nuestro lado, un inmenso narrador como Alejo Carpentier, heredero de la cultura universal, mezcla con inteligencia los grandes mitos políticos y culturales europeos y los americanos; Alfonso Reyes hurga y encuentra en Grecia los más hermosos materiales para darnos una obra formidable. Y más adelante, el poeta Rubén Bonifaz Nuño renovará la métrica tradicional al tiempo que traduce de modo ejemplar a Cátulo y a Homero.

En aquella época el idioma dominante es el francés y no hay escritor que no busque seguir la ruta de Darío: Europa desde Francia. Es el eterno viaje de Chopin y Liszt, de Ernest Hemingway y Gertrude Stein, de Óscar Wilde y James Joyce. Sin embargo, en la misma medida en que decrece la influencia europea a partir de 1945, particularmente la francesa, aumenta la de Estados Unidos. Roto el aislamiento a causa de la guerra de 1914-1918, con un poderío ya imaginable, la cultura norteamericana va desplazando a una Europa que se bate en retirada, que busca, en todo caso, fortalecerse económicamente, pero que deja de lado su inmensa y bella tradición de vincularse a los pueblos de América Latina. La misma España, una vez rechazada por dominadora y despótica, amada y detestada, no ha sabido recuperar su peso dentro de pueblos que se hicieron bajo su duro amparo. Hoy, a nadie le cabe la menor duda, México, Chile o Argentina están más íntimamente ligados a Estados Unidos que a una Europa absorta en sus propios problemas y asimismo deslumbrada por el poderío norteamericano.

En 1964 o 1965 aparece en México una generación significativa (los nacidos alrededor de 1940), que algunos denominan como de la Onda. La encabezan Gustavo Sáinz, Parménides García Saldaña y José Agustín. En principio es posible caracterizarla como una generación urbana, a diferencia de la generación anterior, la de Juan García Ponce y Juan Vicente Melo, sus preocupaciones y sus amores literarios ya no están principalmente en la Europa de Musil, de Thomas Mann, de Heimito von Doderer, están en una pujante cultura norteamericana. José Agustín, desde sus primeras entrevistas, acepta tener influencia de escritores norteamericanos, entre ellos Nabokov, Salinger, Joseph Heller, Henry James y Scott Fitzgerald. A su vez Gustavo Sáinz tiene claros aires de John Updike. Parménides García Saldaña escribe en espanglish sus dos mejores libros, que llevan claras alusiones a la música popular norteamericana: El rey criollo y Pasto verde. Él y José Agustín son expertos en rock and roll, un ritmo que se impone de manera arrolladora. De toda esa generación, sólo Jorge Arturo Ojeda y yo permanecemos fieles a la vieja idea de viajar a Europa en busca de un apoyo más firme para nuestro trabajo. Aun así, al menos en mi caso, hay mayores vinculaciones con lo norteamericano que con lo europeo. No podría haber escrito una novela, Tantadel en este caso, sin la lectura de Scott Fitzgerald. Todos los escritores mexicanos tienen hoy sin excepciones, Fuentes o Paz incluidos, más relaciones con instituciones culturales y educativas de Estados Unidos que de Francia o España. Nuestros viajes a universidades estadunidenses son frecuentes y la primera ambición de cada poeta o narrador nacional es la de ser traducido al inglés. Allí está, y no en París, la Meca. El éxito internacional. Una prueba más evidente es la necesidad que tiene un cantante popular de grabar en inglés para alcanzar un triunfo mayor y rotundo. Un solo caso podría ilustrar esta situación. El cantante mexicano Luis Miguel, como señal de éxito, grabó un dueto con Frank Sinatra, obviamente en inglés.

El ejemplo anterior es fácilmente explicable. Estados Unidos reúne dos grandes elementos que le permitirán dominar al mundo e iniciar un proceso globalizador bajo su hegemonía política, económica, militar y por supuesto cultural. De un lado una espléndida alta cultura, del otro una llamativa y fácilmente vendible cultura popular que desde el principio ha tenido una respuesta favorable internacional. Hace poco, durante un congreso de literatura en Santiago de Chile, me llamó la atención que hubiera en tal sentido un lenguaje común aun entre antiguos militantes de izquierda: el de la música popular anglosajona; los nombres de Elvis Presley, Bob Dylan, Tracy Chapman, los Beatles, los Rolling Stones e intérpretes de jazz eran, digamos, una cita frecuente y casi propia, ya lejos de músicas y temas tradicionalmente latinoamericanos.

Hace más de diez años, en 1984, en San Antonio, Texas, instituciones de educación y cultura convocaron a un puñado de escritores a una serie de discusiones sobre las relaciones México Estados Unidos en materia literaria; entre los ponentes estábamos Margo Glantz, John Brushwood, Juan Bruce-Novoa, Luis Leal, Carlos Monsiváis y yo. Hubo coincidencia en un punto: hoy la literatura mexicana tiene una clara influencia de escritores norteamericanos, como en el pasado la tuvieron los narradores y poetas de Francia, Inglaterra, Italia o España. De Poe a Truman Capote, de Whitman a Miller, pasando por Faulkner, Hemingway, Pound y Mailer. Para precisar la idea, presenté la ponencia "Influencia norteamericana en la más reciente novela mexicana". En este texto probé largamente, apoyándome en entrevistas, la estrecha relación entre los escritores mexicanos más jóvenes y los más grandes novelistas estadunidenses. Pero hay algo más, asimismo aparece una amplia relación entre la literatura mexicana y la cultura popular. No se trataba, expliqué, de un caso de colonialismo cultural. Es algo más complejo que significa un rechazo al asfixiante nacionalismo que predominaba en la década de los cincuenta. Resultaba menos agobiante leer a Kerouac, Ginsberg o Ferlinghetti, del mismo modo en que nos resultaba más enriquecedora la música primero de las grandes bandas como las de Glen Miller y Benny Goodman o Artie Shaw y casi enseguida la de Elvis Presley, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis o Budy Holly. Por último, filmes de la talla de Rebelde sin causa y El salvaje impresionan más profundamente que las películas del Indio Fernández.1 Significa también que el intelectual mexicano tiene capacidad para abrevar en otras latitudes sin por ello someterse a perder su identidad. Tampoco su capacidad crítica se dispersa. Los escritores aceptan la importancia de una larga lista de artistas norteamericanos, pero ello no les impide estar en contra del boicot y el bloqueo que Estados Unidos le ha impuesto a Cuba, del mismo modo que nadie aplaudió la intervención de Vietnam.

Pero la influencia de la literatura norteamericana es persistente merced a su altísima calidad y sus capacidades innovadoras. Autores como Ricardo Garibay y Vicente Leñero, ambos de más de sesenta años, han escrito libros memorables gracias a la influencia del llamado Nuevo Periodismo (un fenómeno profundamente norteamericano, cuyas raíces están en John Reed y Ernest Hemingway) de Tom Wolfe, Norman Mailer, Rex Reed y Terry Southern y la literatura de non fiction de Truman Capote. Entre otros podrían ser citados Los periodistas del segundo y Las glorias del gran Púas del primero.

Esto no es bueno ni malo, es un hecho, una realidad fácilmente comprobable. El escritor, el artista, suele apropiarse de todos aquellos elementos que le sean útiles. En arte, no hay mucho nuevo: la propiedad privada es discutible, existe un eterno reciclaje y un fructífero intercambio que de pronto produce innovaciones que una generación aprovecha por su aceptación en el gusto estético de una época. Pero hay algo importante: el éxito de la cultura estadunidense es explicable por sus altos valores, pesa aún en Europa, mientras que estos países tradicionalmente productores de soberbia cultura han ido olvidando sus relaciones con América Latina. Hace cincuenta años la presencia del Instituto Francés de América Latina y la Librería Francesa eran fundamentales en nuestra identidad y formación, hoy apenas concurren unas cuantas personas para encontrarse con esbozos de políticas indolentes que no atraen a grandes núcleos; peor están España e Italia. Sus embajadas funcionan tal vez para acercamientos diplomáticos, económicos y políticos, casi nunca para aproximar una cultura a la otra. Desde hace años, todos mis alumnos (universitarios que redactan su tesis en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco) sin excepción procuran hablar inglés, ninguno pretende hablar francés o italiano. En esta vinculación también tendríamos que mencionar a los medios de comunicación electrónicos, inalterablemente ligados a los de Estados Unidos y por lo tanto ajenos a los europeos. El modo de vida de un joven mexicano es similar al norteamericano, sus valores inclusive llegan a coincidir merced a la televisión y a la cinematografía. En los años en que mi generación se formaba, algunas salas, muy pocas, exhibían filmes franceses e italianos. Hoy esta posibilidad se antoja más remota. Me encantaría conocer un solo adolescente preocupado por ver una película francesa, italiana o rusa; lo común es verlos abarrotar los cines para ver un filme de Sylvester Stallone, una aventura más de Clint Eastwood, un western, mientras que el público más intelectual izado aguarda algo de Woody Allen.

Esta situación, el alejamiento de América Latina de Europa, tan fácilmente comprobable con sólo recorrer las calles de las principales ciudades de nuestro continente, tendría que encontrar culpables en ambos sitios. Recuerdo esto como una preocupación mía en los años en que estudié en París. He creído firmemente en la universalidad de la cultura y por lo tanto supongo que un mexicano educado debe saber tanto de Francia o de Austria como de Estados Unidos. Hay que marchar hacia una sólida cultura internacional, que no es lo mismo a lo que hoy conocemos como globalización; es algo mucho más complejo que no deja de lado las culturas nacionales, simplemente las enriquece y acrecienta. Hace un año, en Segovia, había un entusiasmo desbordado entre algunos compañeros de la Sociedad Europea de Cultura en imaginar que la, digámosle, globalización cultural ya se consolidaba en Europa y nadie pareció notar que un eurodiputado, en su intervención, solicitaba que no se hablara de una cultura europea sino de culturas europeas. Tenía razón, sobrevivirán por largo tiempo las identidades nacionales, los valores propios, las marcas religiosas e idiomáticas, en suma, las culturas nacionales. Aun así, el esfuerzo por hacer que toda la literatura y todas las artes en general sean propiedad de la humanidad no debe cejar. Insistiría en algo que no pareció encontrar mucho eco, en mí pasada intervención en España: ya hay avances; para un argentino y para un mexicano Mozart y Wagner son suyos, Sócrates, Homero, Cervantes y Shakespeare también les pertenecen a los latinoamericanos. Y, al contrario, un europeo está en posibilidades de apropiarse del arte de Rivera, Siqueiros y Orozco, de la prosa formidable de Martín Luis Guzmán, Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y desde luego de Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges, de los poemas luminosos de Pablo Neruda y Octavio Paz. Sin embargo, lo esencial de mi trabajo es insistir de nueva cuenta, y sin demérito de nuestra importante relación con Estados Unidos, en que es esencial retomar los elementos que han hecho grande, muy grande, a Europa. Es, pues, indispensable revitalizar las relaciones culturales con esos países y ésta, considero, deberá ser una tarea de la SEC. Nosotros, los latinoamericanos, por nuestra parte, debemos volver a la ruta de Darío, pensar en la idea de latinidad que ha tenido... América Latina. No hay otra salida para la salud cultural, y en consecuencia política, del mundo.

Hoy en día Europa vive preocupada por su integración, México por sus relaciones tan cercanas y terribles con Estados Unidos. Todos debemos hacer un esfuerzo para recuperar partes fundamentales de nuestra pasada amistad y recíproca admiración por el viejo continente, pues no debemos olvidar que grandes artistas y científicos europeos se fascinaron con México: Humboldt, la marquesa Calderón de la Barca, Eisenstein, Malcolm Lowry, Max Frisch, André Breton, D. H. Lawrence, León Felipe, Bruno Traven, Luis Buñuel, Graham Greene. Es aún buen tiempo para rehacer los lazos que a todos nos enriquecerán. La ruta de Rubén Darío, ciudadano del mundo, Nicaragua, Chile, Argentina, Francia, España, Colombia, Estados Unidos, abre un gran espacio para las letras castellanas en el mundo. Para hacer una revolución literaria ‑como precisa J. Sapiña en el célebre diccionario de escritores de Bompiani- el esprit, la gracia francesa para enfrentar "al sentido materialista y dominador del mundo anglosajón y, especialmente, norteamericano".

Si queremos una cultura más intensa, variada y rica, que marche hacia una plena universalización, América Latina deberá mirar hacia Europa con los ojos agudos de Rubén Darío y Europa, para revitalizarse, estrechar sus lazos con Latinoamérica. Todo ello, a la manera del genial poeta nicaragüense, manteniendo intacta la admiración por Edgar Allan Poe y al mismo tiempo una actitud crítica hacia políticas hegemónicas. Es mucho lo que todos obtendremos.

1 El texto íntegro de esta ponencia puede ser consultado en el segundo tomo de Los novelistas como críticos de Norma Klahn y Wilfrido H. Corral, México, FCE, 1991.

Sobretiro. Cuadernos Americanos. Nueva Época, No. 69, P.p. 84-89. Mayo-Junio Volumen 3. UNAM.