Para Leopoldo Zea, con admiración
El mismo día en que el Tratado de Libre Comercio (TLC en castellano, NAFTA en inglés) entraba en vigor (1° de enero de 1994), en Chiapas aparecía una insurrección indígena en forma de guerrilla. Una paradoja notable: cuando el México de Carlos Salinas de Gortari parecía adentrarse finalmente en el Primer Mundo, cuando la modernidad capitalista parecía abrirle las puertas, un movimiento armado le recuerda su atraso político y económico. No sólo ello, se trata de una revuelta, y tal vez sea lo que haya prevalecido como aportación o revaloración, que exige que el país no olvide su parte indígena. Es algo dramático porque culturalmente los nativos americanos habían sido olvidados. El salinismo al mismo tiempo que adelgazaba la burocracia dentro de su proyecto neoliberal permitía que en materia cultural aumentara. Grandes presupuestos fueron destinados para la creación de un enorme centro cultural y becas y premios para los creadores. Instalaciones soberbias, incluso palaciegas, con tal de recapturar a los artistas e intelectuales que en 1988 se habían manifestado contra el PRI y Salinas. Con habilidad, el régimen incorpora un tanto obligado por las circunstancias, programas para las diversas culturas indígenas, proyectos de rescate de su literatura, su música, sus artesanías, sus valores.
La aparición del EZLN en un continente donde la guerrilla tradicional había fracasado estrepitosamente, México incluido, pone de moda la discusión de un tema relegado, dejado atrás por los excesos del nacionalismo político, literario, musical y pictórico posrevolucionario. Comienza una fatigante polémica sobre la cultura y la identidad nacionales, el indigenismo y la penetración estadunidense. Esto más bien en el campo de las ciencias sociales. El arte mira a distancia prudente el fenómeno. Puede entenderlo, pero no es sujeto para sus creaciones. El tema indigenista ha quedado en la literatura, la música y la pintura de los años posteriores a la Revolución. El arte mexicano que recibirá al nuevo milenio tendrá otros sentidos y tratamientos más universales, José Luis Cuevas y Sebastián en las artes plásticas, Juan José Arreola y Fernando del Paso en la literatura.
México siempre ha intentado débiles defensas de sus valores. Durante el siglo XIX se vio invadido por el mundo francés (lo que acepta no tanto por moda sino como una forma de alejarse del dominio español que había terminado brutalmente hacía poco, en 1821) y ya en el XX, la influencia de Estados Unidos ha sido impresionante. Comenzó con cierta lentitud, pero los medios de comunicación masivos, particularmente la televisión, aceleraron el proceso de penetración. De nada ha servido el orgullo de tener en territorio nacional culturas tan antiguas y magníficas como la maya y la azteca. El barro y los tejidos populares carecen de fuerza ante productos de plástico. Tampoco ha servido el pesado y falso nacionalismo que desde el gobierno ha sido estimulado, y menos aún ha sido de utilidad la retórica oficial que nos recuerda las invasiones y agresiones norteamericanas, los casos concretos de pérdidas territoriales de extensiones colosales como Texas y Nuevo México, o las intervenciones más recientes de 1914 y 1917. No parece existir la concordancia entre el discurso y la realidad.
La penetración norteamericana, a diferencia de la francesa, se ha caracterizado por su escaso nivel. A las masas no llegan las novelas de Hemingway, Capote o Mailer (por citar a algunos de los más famosos y recientes), ni la música de Copland o Gershwin., lo que entra a raudales es la cultura popular, las historietas cómicas, las series televisivas de mal gusto y la peor cinematografía de Hollywood. La lengua castellana es avasallada y una multitud de términos aparecen porque los principales deportes no son propios sino tomados del mundo anglosajón. La enorme capacidad tecnológica de EU trae consigo no sólo dependencia material, también cultural a través de nuevas palabras. La presencia de las computadoras (para nosotros adaptación del inglés computer, para los españoles del francés ordinateur) han completado la dominación sobre un país que oficialmente es nacionalista, que con debilidad ama lo propio, y que con facilidad cae en la implacable dominación norteamericana. Aunque claro, esto es un fenómeno universal que tiene una base tecnológica común y un proyecto económico-político (impuesto en muchos casos) semejante. Opuesta es la cultura que mantiene fuertes dosis de elementos nacionales.
Varios son los mexicanos notables que han señalado nuestra perdurable herencia centroeuropea, han hablado de latinidad o de hispanidad. Incluso han pretendido lo antinatural, volver a esos orígenes, a esas relaciones que con la conquista y la colonia fueron violentos y que con el advenimiento de la independencia fue algo normal (y aquí hablo de la fuerte presencia francesa). Pero la historia nos dio una amplia frontera con el país más poderoso del planeta, un país por completo distinto a México, cultural, religiosa, política e históricamente, que pudo desarrollarse ampliamente, el que por ahora ha vencido a todos sus enemigos, reina y juega el papel de policía internacional. Desechada la antigua terminología por la desaparición del llamado socialismo real, la nueva elimina imperialismo y acepta el elegante término de globalización para indicarnos que debemos seguir el exitoso modelo norteamericano no sólo en lo político y económico sino también en lo cultural. Inevitable para México buscar nuevas formas de relación con Estados Unidos. Sin duda somos el país más ofendido por EU, y aunque la penetración estadunidense se aprecia por toda Europa (donde aparecen siempre triunfales nuevos Mc Donalds y casas Disney), es México la víctima favorita por una razón: es el blanco principal del famoso y nunca muerto Destino Manifiesto, el que le ha permitido a esa nación expandirse de modo impresionante y aún dominar al mundo.
De este modo, el problema es más complejo: por una parte, la revuelta chiapaneca y sus múltiples seguidores exigen una mayor presencia de las culturas indígenas, de la otra, la subcultura norteamericana cae con violencia sobre la nación mexicana. Sin embargo, cabe señalar que la guerra del EZLN ha quedado reducida, por las circunstancias, a combates de papel y aún de internet y que sus demandas iniciales, su intentona de representar los intereses nacionales se han limitado a zonas del sur y del sureste donde hay grandes núcleos indios. Para alguien del norte de México, poco o nada le dicen las proclamas, cartas y poemas de Marcos, escritos, por cierto, en castellano. Y aquí me gustaría narrar una pequeña anécdota: en las selvas chiapanecas, muerto de sed, encontré a un lacandón que vendía refrescos, pedí uno con sencillez, marcando las letras: Un Siete up, por favor. El vendedor pareció desconcertado. Le señalé la bebida de origen estadunidense. Ah, quieres un Seven op. Esto sería una buena broma si no se tratara de un caso patético, de penetración extrema, algo que además nos recuerda que las mismas culturas indígenas están permeadas por la cultura dominante, la mestiza mexicana y, en consecuencia, por la norteamericana. Los dolorosos restos del Imperio Azteca, que aún hablan un náhuatl salpicado de palabras castellanas, inundan las calles de la ciudad de México vendiendo productos con frecuencia estadunidenses que van desde chicles Adams y chocolates Milky Way hasta aparatos para hacer ejercicio que entran de contrabando al país y muñecos como Mickey Mouse y Bugs Bunny. La televisión, representante ideal de una cultura del espectáculo, de todos los medios de comunicación masivos, ha sido el verdugo de una identidad más o menos desarrollada; sí, el caballo de Troya. Las defensas fronterizas, puestas con más intenciones demagógicas que de auténtica eficacia, para salvaguardar la cultura nacional, son inútiles. Las ondas las saltan y le proporcionan al mexicano una nueva y falsa identidad a través de modas y valores distintos. De esta manera, un niño mexicano por ahora sabe más de Estados Unidos que de sus raíces e historia. La frase que insiste en que ahora el país produce generaciones de estadunidenses nacidos en México es exacta. La vestimenta es irremediablemente ramplona: jóvenes morenos y de facciones indígenas a la usanza norteamericana. El modo de vida de esa poderosa nación se ha impuesto. El porcentaje de programas y series de origen estadunidense o realizados bajo tales criterios, es alarmante. Del mismo modo, estaciones radiofónicas se esmeran en darnos los nuevos éxitos comerciales de la música popular anglosajona como Michael Jackson y Madonna.
No sólo Estados Unidos es un crisol de nacionalidades y culturas, también lo son los países de América latina, desde Argentina, edificada con características semejantes a las de EU (mediante el exterminio de nativos y la colonización europea, con escaso mestizaje), hasta México donde lo español prevaleció hasta 1821 y subsiste mezclado con lo indígena y con oleadas de otras culturas especialmente la francesa y ahora la norteamericana. Lo que ocurre es que ninguna nación del nuevo mundo, salvo EU, ha tratado de imponer su modo de vida, nadie ha intentado convertir a los demás en colonia cultural. En tal sentido, José Vasconcelos en su obra La raza cósmica, pareciera profético: hay una tendencia a la mezcla de razas y consecuentemente a una fusión cultural. Es decir, una universalización de las ideas principales, de gran valor. Pero éste es mi proceso que se da de modo natural. Sólo en los años de anticomunismo ramplón, aún con la amenaza de la expansión comunista, se hablaba de "ideas exóticas".
El problema, por desgracia, es que la conquista de EU está tan avanzada que sus mitos son casi los nuestros. Y esos mitos, no son Hemingway, Henry Miller o John Steinbeck, son Elvis Presley y los personajes de Walt Disney. En materia política, los esfuerzos más reaccionarios como los del presidente Carlos Salinas de Gortari, quien luego de un fraude electoral fuera durante seis años héroe nacional, por establecer un sistema político parecido al anglosajón, bipartidista, ha fracasado. En México, como en Italia, Francia y España, existe la poderosa tendencia hacia el multipartidismo. Lo que ocurre es que ahora la formación de un gobernante mexicano se produce en buena medida en Estados Unidos, en Harvard o Yale y allí, es claro, no hay ni historia mexicana ni la exaltación de otros sistemas que no sean los propios. Por ello justamente Salinas, egresado de Harvard, es iniciador del modelo que Estados Unidos buscaba para México y Ernesto Zedillo, formado en Yale, es el continuador preciso de las reformas del primero. Reformas que parten de una visión ultra apologética del mercado y sus fuerzas y que favorece el consumismo suntuario, mientras grandes masas se empobrecen más.
Muerto el socialismo real, eliminada la bipolaridad, con una Rusia agónica, Estados Unidos se erige como el país victorioso. Sus aliados son cada vez más sólidos y ay de la nación que intente distanciarse mucho de su sistema y área de influencia: es bloqueada como lo ha sido Cuba, invadida como Granada o castigada como lo fue la belicosa Irak. En vano EU ha esgrimido la tristemente famosa Doctrina Monroe, más como parte de una política de beneficios propios que de un proyecto defensivo de América en su conjunto. No hace mucho, durante la guerra entre Argentina y la distante Gran Bretaña por las islas Malvinas, sin mucha discreción, el gobierno norteamericano se puso del lado de los ingleses; sus satélites dieron informes acerca de la posición de los barcos y tropas argentinas haciendo más fácil la derrota de la nación suramericana. Hoy nada inhibe a Estados Unidos, su poderío económico y potencial militar lo hacen suponer que su sistema y valores son los adecuados para que el resto del planeta siga ese rumbo. Esta es de muchas maneras la globalización, un camino para limar las diferencias y matices políticos y sociales, económicos y culturales, e imponer el capitalismo como única vía. Los resultados son patéticos. Tanto en México como en Argentina, el proceso conservador, reaccionario, del planeta trae resultados funestos para las mayorías. La globalización en México, por ejemplo, ha dejado millones de pobres, aún dentro de cifras oficiales, y a un puñado de supermillonarios que entran cómodamente en las revistas Forbes y Fortune y que ofenden a una población temerosa y ya carente de políticas sociales, de protección estatal, que ha quedado expuesta brutalmente a la voracidad de banqueros y empresarios, los grandes beneficiarios del capitalismo que el Fondo Monetario Internacional impone aquí y allá.
La presencia de Estados Unidos en materia cultural no es una realidad, lo es en materia de subcultura o de cultura popular. Una estrella de Hollywood no sólo brilla en su país, lo hace en el resto del planeta. Los medios de comunicación de los demás países le prestan más atención que a las figuras locales. Para triunfar en el campo cinematográfico o musical, hay que hablar inglés, cantar a dueto con Frank Sinatra. Lo demás son triunfos aldeanos, sin trascendencia. En materia literaria, el escritor hispanoamericano ya no sigue la ruta de Rubén Darío y busca a París como el centro cultural, ahora mira hacia Estados Unidos, como la novelista Laura Esquivel, cuyo libro y filme Como agua para chocolate, han sido un éxito excepcional en ese país, permitiéndole una supuesta consagración. Es evidente que la cultura popular de Estados Unidos goza de tal prestigio mundial que ha sido la mejor arma en la destrucción del socialismo real. De mi libro autobiográfico, Recordanzas, donde hago un breve recuento sobre mis años de militancia política en el desaparecido Partido Comunista Mexicano, tomo un dato al respecto: "El periodista estadunidense James Reston, al despedirse de sus actividades (cuando cumplió ochenta años), dijo que el periodismo tenía mucho que ver con los grandes cambios operados en países de Europa del Este. Así es. Pero también con la subcultura de Estados Unidos, a saber, la Coca y la Pepsi, las grandes marcas de hamburguesas, los pantalones Levi's, las tiras cómicas, el rock, la cinematografía de Hollywood, la revista Playboy, la goma de mascar y cualquier cantidad de porquerías. Marx tenía razón: vivimos en la prehistoria." No podré olvidar jamás que tanto en Moscú y en Leningrado como en La Habana y Praga los jóvenes me pedían sin pudor esos productos. No importaban los discos de Shostakovich ni los libros de Shólojov y Carpentier, Para millones, tal vez, esos eran los símbolos de la libertad y del consumismo y de un modo de vida, ciertamente, envidiable para muchos.
Si hoy la globalización es una realidad absurda, una broma pesada del siglo XX, la sola idea de aglutinarse bajo la hegemonía cultural de Estados Unidos resulta una aberración histórica. La tendencia hacia la universalización de la cultura es innegable; Mozart y Beethoven son también mexicanos y uruguayos, Poe y Baudelaire han sido apropiados por españoles y argentinos. Por otra parte, la cultura debe desarrollarse sin dejar de lado las pequeñas manifestaciones locales, las pequeñas muestras de culturas populares legítimas. Entiendo el derecho de catalanes y zapotecos a hablar sus propias lenguas y resaltar sus valores. Lo único que me parece un atentado es el creciente poderío norteamericano en las demás culturas. Claro está, tal proceso no se ha llevado a cabo sin el apoyo de los gobiernos. En México, donde el Estado, siguiendo una vieja tradición diferente de las anglosajonas, contribuye a desarrollar a la cultura y la educación, simultáneamente admite que, a través de la televisión y la cinematografía norteamericanas, la cultura en la que invierte millones y millones de dólares sea opacada, subyugada. Esta contradicción es ya normal. Las principales avenidas de las ciudades mexicanas están invadidas por letreros en inglés y transitadas por jóvenes que llevan playeras y chamarras con leyendas en el mismo idioma. La economía y la tecnología hacen presa no sólo de un país de poca fortaleza como el mío, también en España y Francia avasallan. Tampoco se escapa Asia. Japón es un caso patético.
Durante el Primer Congreso de la Lengua Castellana, efectuado en Zacatecas, México, una de las posturas más coherentes, sin considerar las humoradas del premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez sobre la desaparición de la ortografía, fue la de permitir que el español se enriquezca con la presencia de nuevos vocablos, nuevos términos que provengan fundamentalmente del inglés, lengua de las ciencias exactas y la tecnología. Creo que esto es correcto, la pureza del idioma español (una lengua que hace años aceptó palabras árabes y ahora las acepta provenientes de muchos países hispanohablantes de características distintas) es algo ya imposible de sostener, y lo mismo le ocurre al francés que ha tolerado incluso palabras inglesas de uso popular como ok y week end, lo cual, francamente, es una tontería. Pero el idioma como la cultura en general es algo que sufre modificaciones, transformaciones, está en constante movimiento. En ocasiones se parte de lo local para ir a lo universal, en otras es al revés. No existen culturas nacionales en estado de pureza, existen culturas nacionales impregnadas de otras culturas. La universalización es, pues, una realidad. México está edificado también sobre cimientos religiosos, jurídicos, políticos, etcétera, provenientes de otras naciones. La división de poderes no es un invento azteca, viene de otras constituciones políticas, para nosotros, principalmente de la norteamericana. Ahora bien, lo que no es posible admitir es que la cultura y sus hondos significados, sus raíces más profundas, sean violentadas por un sólo país. La globalización que estamos presenciando, bajo la hegemonía del modelo capitalista desarrollado de Estados Unidos es, en definitiva, una imposición absurda y antinatural. Y los resultados pueden ser observados. No creo en la subsistencia de los idiomas nativos de México y en general de América, a la larga desaparecerán por más que hoy, apoyados por hispanohablantes, defiendan su derecho a existir, pero tampoco puedo aceptar que las señas de identidad de los mexicanos y en general de los latinoamericanos sean subordinadas a directrices establecidas por Washington y el Fondo Monetario Internacional. Las tendencias políticas, sociales, culturales y hasta económicas de naciones como México son en buena medida opuestas. Se le ha despojado al país, por ejemplo, de sus políticas sociales, para que sólo se dé el triunfo apabullante de la economía de mercado y en consecuencia de un grupo de empresarios, banqueros e industriales insensibles a las necesidades de grandes sectores de la población. Lo que se ha hecho con la globalización es modificar el rumbo de docenas de naciones. Tal proceso no solamente cambia las rutas económicas de cada país pobre, asimismo altera lo cultural con nuevos patrones de vida y necesidades, por completo ajenos a las realidades de esas mismas naciones. En este sentido la mejor metáfora histórica es la mexicana con la que inicié este trabajo: de un lado un pequeño sector impulsando reformas exigidas por Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional, del otro, grandes manifestaciones sociales de protesta, partidos políticos que se oponen con tenacidad a la globalización, dos movimientos guerrilleros (el EZLN y el EPR) que representan el rechazo al capitalismo en su versión anglosajona. El sur y el norte en permanente contradicción. Pero un sur mayoritario que defiende su derecho a no incorporarse al mundo norteamericano por más atractivo que sea, y un norte minoritario que abusando de su fuerza material promueve proyectos que atentan contra la naturaleza de culturas conformadas bajo los impulsos del mundo latino. Finalmente, el modo en que el Estado define y promueve o no a la educación y la cultura es también sustancial: en países como Francia, España y México el Estado contribuye fuertemente a estimular la cultura. En el mundo anglosajón es imposible imaginar un ministerio o consejo de cultura. Y aquí vale la pena no confundir; en México, lo considero aún desde la perspectiva del opositor y del crítico, el Estado no interviene, no define pautas para la creación como se hizo en el bloque soviético, aberración que condujo al realismo socialista, se limita, conforme a una luminosa tradición, a estimular, a crear la infraestructura necesaria, los escenarios adecuados, para que los creadores puedan desarrollar sus capacidades. No imagino, pues, la cancelación de este tipo de políticas educativas y culturales que en su momento llevaron a grandes pintores a utilizar los muros de edificios públicos para sus obras colosales. Como tampoco puedo aceptar la tendencia exigida por EU y el FMI de obligar a nuestras universidades públicas a glorificar un sistema que ha funcionado en países anglosajones, pero no en México. Hay una herencia humanística importante de respeto que coexiste con las ciencias exactas. La educación pública mexicana deberá ser mejorada pero dentro de parámetros nacionales, no siguiendo un modelo globalizador que resta posibilidades de educar a personas de escasos recursos y la convierte en una serie de fábricas de egresados "eficientes" alejados de la realidad social. Nadie que conozca México podrá negar que la UNAM es una inmensa productora de alta cultura, de sus institutos de investigaciones salen trabajos de gran calidad, en consecuencia, hay que aceptar que no es posible alterar sustancialmente a las universidades públicas, como desean en Washington y en el FMI. La globalización, pues, como recientemente ha dicho con ironía el sociólogo argentino Ezequiel Ander Egg, consultor de UNICEF en un debate sobre el tema ocurrido en Buenos Aires: "Es un proceso asimétrico: unos globalizan y otros somos globalizados. El proceso de globalización pudo hacerse de otra manera, pero tal como hoy se expresa es un concepto inventado por el neoliberalismo. Esta concepción tiene tres grandes principios: producir con eficacia y eficiencia, consumir con ostentación y el que sea solidario, es un gilipollas. A la vez, vivimos un proceso de estandarización y homogeneización cultural, que conduce a la pérdida de la identidad cultural."
La magnitud del problema es tal que recientemente, en la ciudad de Querétaro se efectuó el II Encuentro Internacional de Promotores de Cultura Popular de América Latina y el Caribe, y allí, el escritor mexicano José lturriaga, ante representantes de la UNESCO y diversos países, dijo que este tipo de encuentros sirve para combatir la globalización cultural que borra los principios de los pueblos, y casi de inmediato advirtió que se dará una lucha contra los esquemas de dominación cultural y la pérdida de expresiones culturales tradicionales que incluyen las lenguas autóctonas. Considero importante la defensa de los valores indígenas, más me lo parece la relacionada con las culturas que de una u otra forma abrigan esas voces que por sí mismas, aisladas, no podrían resistir el brutal asedio.
La globalización del mundo es un hecho impuesto, vencido el proyecto socialista que desde sus orígenes deformó radicalmente a Marx, el modelo capitalista norteamericano que nace guerreando (en 1847 bombardea Japón e invade a México, en 1914 le repite la dosis a México y en 1917 decide salir de su famoso y falso aislamiento para entrar en la Primera Guerra Mundial y, desplaza a las potencias europeas, para convertirse en superpotencia que lo mismo interviene en China que destruye en 1898 los últimos vestigios de presencia española en el Caribe, que en Corea, Vietnam y Medio Oriente), desea con vehemencia un mundo a su imagen y semejanza. Para su desgracia es una ambición descomunal, más allá de su poderío, porque lo que está en juego es el reino de los valores espirituales, de la cultura y las artes, de idiomas que como el español, el portugués, el italiano y el francés han construido hermosas literaturas y dado al mundo un arte pictórico de inmensa calidad. Estados Unidos podrá subyugar militar, tecnológica y económicamente al planeta, jamás lo conseguirá espiritualmente: parte de lo que nos pide seguir es basura. La historia es un aceptable muestrario de naciones e imperios que llegan a la cúspide y declinan o desaparecen con estrépito. Tal vez Estados Unidos no tenga una caída aparatosa, pero no será eternamente la potencia que avasalla y agrede al resto del mundo.
1Trabajo leído en Segovia, España, el 9 de mayo, con motivo de mi ingreso a la Société Européenne de Culture.