René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

La formación literaria

René Avilés Fabila

Leer cuentos, novelas, libros de historia o de arte, qué importa, lo fundamental es leer, formarse con los libros. No nace uno con ellos, es obvio, pero cuenta que desde la niñez los padres, la familia, los pongan al alcance de uno. De todo pude leer durante una infancia en la que no existía la televisión y la radio despertaba la imaginación a través de programas infantiles y de misterio.

Cuentos, novelas y fábulas. Eso me rodeó. Mi padre era escritor y maestro de historia. Mi madre maestra y distinguida lectora. En casa había, en consecuencia, biblioteca. Unos libros me los dio mi mamá, otros mi papá, unos más los fui gradualmente adquiriendo. ¿Importa el género? No. Lo que vale es el amor por la palabra impresa y saber distinguir las buenas de las malas y aquí sólo me refiero a la calidad estética. No tengo la menor duda de que toda esta larga relación con los libros me hizo optar por la literatura, es decir, convertirme en escritor, en narrador de cuentos y novelas.

Si para un diccionario común el cuento es simplemente el arte de contar y concede dos sinónimos: narración y fábula, para críticos y creadores se trata de algo más complejo y en consecuencia más profundo. Según el español Julio Casares, en otra idea sencilla, "las acepciones de la palabra cuento son: relación de un suceso falso, fábula que se cuenta a los muchachos para divertirlos". Miguel de Cervantes distinguía dos clases de cuentos: los que deleitan y los que deleitan y enseñan, es decir, la fábula y el apólogo, mientras que, para Julio Cortázar, teórico del cuento y a su vez también espléndido cuentista, la característica de Edgar Allan Poe, maestro del cuento moderno, era englobar los tres sentidos de su creación: el suceso a relatar es lo que importa, el suceso es falso y el relato tiene una finalidad hedónica.

En los orígenes del arte, es muy probable que el cuento haya sido una de las primeras formas de expresión literaria. Creo que estamos hablando del género primigenio: aún antes de la invención del alfabeto y en consecuencia la escritura. No es difícil imaginar a un grupo de hombres y mujeres en torno a un vivac, al anochecer, luego de una cacería o de la recolección de frutos, escuchar el relato de una hazaña o de una historia que trata de explicar un fenómeno natural. Nadie contaba una historia larga y fatigante y la continuaba noche tras noche: el relato nació breve. El cuento aparece oral y esta tradición popular pasa de un lugar a otro en un mundo sin fronteras y sin propiedad privada. El gran hombre de letras Menéndez Pidal califica al cuento como género literario emigrante por excelencia. Los mismos temas -el amor, la virtud, la maldad, el odio... -aparecen en las más antiguas civilizaciones asiáticas del hoy llamado Medio Oriente, en Europa y más adelante en América. Va, pues, de Oriente a Occidente y viceversa.

Durante los primeros siglos de nuestra era, el cuento -oral o escrito- tenía fines religiosos o morales, servía para exaltar las grandes tareas místicas o bélicas, en suma, estaba impregnado de una épica que ha marcado a toda la literatura aún a aquélla que se resiste. Luego de la Edad Media, los aspectos didácticos pierden fuerza y valor y aparecen los elementos de orden estético y el interés estilístico, a la par que adquiere la personalidad del autor. "El cuento moderno -dice el citado Menéndez Pidal- es un arte absolutamente personal. Es un género literario lo mismo que otro cualquiera. Cada cuento pertenece exclusivamente a su autor, como le pertenece la novela, el drama o el soneto que haya escrito. Estas producciones individuales reniegan del pasado; no quieren tener más antecedentes que su único inventor, quieren que en él comience su historia y en él acabe: 'mi ingenio las engendró y las parió mi pluma"', concluye citando a Cervantes.

No es posible, desde luego, considerar al cuento como género menor o, en todo caso, como hermano pequeño de la novela. En rigurosa cronología, el cuento nació primero, sólo que es hasta el siglo XIX cuando adquiere la mayoría de edad, en tanto que la novela moderna parte, según los especialistas, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en 1605. "Se ha dicho -señala Julio Cortázar- que el periodo entre 1829 y 1832 ve surgir el cuento como género autónomo. En Francia aparecen Merimée y Balzac y en EU Hawthorne y Poe." Con plena justicia, habrá que citar a este último, el que, traducido al francés por Baudelaire, le da al cuento, en la misma época en que Marx estudia el capitalismo y las formas de ponerle fin a tan injusto sistema, sus principales características, las que van a marcar a todos sus descendientes hasta hoy. Lo diré de otra forma, con las palabras de Juan Valera, quien explicaba en 1907, en el prólogo a sus Cuentos completos, lo siguiente: "Habiendo sido todo el cuento al empezar las literaturas y empezando el ingenio por componer cuentos, bien puede afirmarse que el cuento fue el último género literario que vino a inscribirse. Hubo libros religiosos, códigos, poesías líricas, epopeyas, anales y crónicas, y hasta obras de filosofía y de ciencias experimentales, antes de que aparecieran libros de cuentos." Lo curioso o extraño de su existencia es que, según han señalado varios autores, es justo su brevedad la que le permitió ser oral por largo tiempo, ir de boca en boca sin necesidad de escribirlo, lo que retrasó su desarrollo. No obstante, no olvidemos los relatos memorables que la inventiva de los árabes nos dio en Las mil y una noches o que Chaucer (Cuentos de Canterbury) y Boccaccio (El Decamerón) escribieron sus historias de irónico erotismo mucho antes de los años citados por Cortázar y lo hicieron con características de literatura moderna.

Que yo recuerde, en un mundo sin televisión, los primeros textos de literatura que mi familia puso en mis manos eran fantásticos. Se trataba de cuentos infantiles, de historias donde las brujas y las hadas combatían entre sí. Perrault, Andersen, los hermanos Grim, Blanca Nieves, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, Pulgarcito y Pinocho, princesas encantadas y reyes justos, los valientes caballeros de la Tabla Redonda, piratas de Salgari y aventuras de Verne, Hércules y Ulises, eran mi pan diario. La mayoría de estas historias, llenas de imaginación y fantasía, me fueron leídas por dos tías, Esther y Noemí. Mi madre ocasionalmente, cuando sus tareas como maestra de primaria se lo permitían, hacía otro tanto. Al comenzar a leer, mi mamá puso en mis manos varios libros importantes en mi formación, entre otros: La lliada y La Odisea de Hornero, El libro de oro de los niños y las fábulas de La Fontaine, los dos últimos en bellas ediciones ilustradas de Jackson. Por los primeros, supe de la mitología griega y eso me marcó profundamente. De otra parte, leí, bajo la influencia de mis abuelos maternos, la Biblia, pero, como eran creyentes liberales, la leí como texto literario fantástico, no como obra sagrada y muchos de sus capítulos me incomodaron, no me dejaron satisfecho. Me propuse algún día rehacerla y enmendar muchos aspectos. Para mí, por ejemplo, David era filisteo, Judas un héroe, Caín tenía que ser castigado con severidad: diariamente asesinaría a Abel, Noé un descuidado y olvidadizo a causa de la bebida y el arca un desastre. De este modo, en mi mente fue naciendo lo que hoy se llama Fantasías en carrusel. Al principio llevó otros nombres: Hacia el fin del mundo, La desaparición de Hollywood, Borges y yo, Zoología fantástica, Los animales prodigiosos, etcétera. Al fin, tuve oportunidad de reunirlos en un solo libro: Fantasías en carrusel alrededor de 1979. Más adelante el Fondo de Cultura Económica hizo una nueva edición, poco más voluminosa y ahora, desde hace poco menos de dos años, Nueva Imagen ha comenzado a editar mis Obras completas que, desde luego, incluyen los cuentos de amor por un lado y los fantásticos por el otro. El primero lleva el título de Todo el amor y el segundo de nuevo Fantasías en carrusel. Mi sorpresa fue enorme cuando me notificaron de la editorial que Fantasías saldría en dos tomos debido a su extensión: alrededor de cuatrocientos textos, donde la imaginación reina y ordeno los temas y los autores que mayor fascinación han ejercido sobre mi persona y mi trabajo literario.

En casa los libros, los nombres y los mismos autores mexicanos eran familiares; no era, pues, un mundo de autores europeos y norteamericanos. Entre los primeros mexicanos que conocí y más adelante leí, estaban José Revueltas, Juan de la Cabada, Germán List Arzubide, Rafael Solana, Jaime Torres Bodet, entre otros. Mi madre tenía un peculiar afecto por Luis Spota, en consecuencia, lo leí entero. En plena adolescencia estalló el éxito de Carlos Fuentes, conservo una copia de la primera edición de La región más transparente dedicada. Fui hasta la vieja librería de El Caballito donde Fuentes firmaba sus ejemplares y le solicité la firma. Luego, más adelante, comenzó la amistad con los escritores de mi generación, de lo que he hecho puntual recuento en mis libros de memorias. Ello amplió mi mundo literario y fue el arranque de una carrera de escritor que se ha mantenido sin silencios.

Con toda certeza la publicación de mis Obras completas permitirá que algunos lectores se percaten de la tenacidad con la que he escrito cuentos. Nací cuentista, me formé escribiendo y leyendo cuentos. Cualquier cosa que leo, veo o escucho, se transforma en cuento. Un relato de Kafka, un cuadro de Picasso, una sinfonía de Beethoven. Recuerdo una anécdota graciosa: una alumna mía, al dedicarme su primer libro, dijo que lo firmaba para un cuentista que daba clases de novela. Entre los editores, mis amigos y el gusto literario de mi época me obligaron a escribir una primera novela, Los juegos, cuya historia, compleja y fascinante, me permitió conocer al mundo intelectual mexicano tan endeble como perverso, tan grotesco como reducido. Luego las escribí porque aparecieron historias largas, así de sencillo. Porque la matanza de Tlatelolco exigía mucho más que el puñado de páginas que tolera el cuento o porque los celos y el desamor desbordaban los límites del relato breve. Así fui publicando El gran solitario de Palacio, Tantadel, La canción de Odette y Réquiem por un suicida. Acabo de concluir una larga novela de más de trescientas páginas. Pero al menos una, La canción de Odette, fue edificada con capítulos que en realidad son cuentos: tienen un principio, un desarrollo y un final con frecuencia sorpresivo. La realidad y la fantasía se mezclan, un capítulo es digamos realista y el siguiente fantástico. Al final, ambos elementos están fundidos. Soy, pues, un cuentista que se ha visto obligado a escribir novelas.

Me llama la atención que mis cuentos tengan escasa movilidad. Son las novelas las que pasan de una edición a otra, las que están traducidas a idiomas tan remotos como el coreano y el ruso, mientras que mis cuentos se defienden desesperadamente buscando lectores agudos en medio de una clara ausencia de crítica literaria. El gran solitario de Palacio, por ejemplo, lleva, si he de aceptar los datos de una tesis de la Facultad de Ciencias Políticas, más de cien mil ejemplares vendidos, suma de unas veinte ediciones, dos argentinas e incluida una que la Asamblea Legislativa del DF hizo para recordar la matanza de Tlatelolco. Tantadel rebasa con facilidad los sesenta mil, pues solamente la edición de Lecturas Mexicanas fue de cuarenta mil ejemplares, en el Fondo de Cultura Económica, su lugar de nacimiento en 1975, han aparecido tres ediciones y actualmente en Nueva Imagen, dentro de las Obras completas, se han agotado dos de más de tres mil ejemplares cada una. En cambio, Fantasías en carrusel se vende a cuenta gotas y no recuerdo haberme topado con alguna crítica razonable o con una tesis donde no señalen las obvias relaciones con Homero, La Biblia, Kafka, Borges, Swift, Poe y Arreola, para decirme qué demonios hice con tantos materiales breves como he escrito, con una muy amplia variedad de temas y tratamientos. A lo sumo, hallé, en muchos lustros, una larga crítica del escritor Juan Vicente Melo donde contrarrestaba dos cosas: el silencio en torno a mi trabajo y las estupideces de "críticos" como Huberto Batís que trataban de ironizarme. También leí una nota de Julieta Campos, más adelante incluida en un libro, Oficio de leer, donde veía con curiosidad y dosis de simpatía a Hacia el fin del mundo, entonces recién aparecido. Mención aparte merece Margo Glantz, quien miró mis cuentos y los de mi generación e hizo un par de antologías "críticas" exitosas (Narrativa joven de México y Onda y escritura en México: jóvenes de 20 a 33) que publicara Arnaldo Orfila en Siglo XXI. En ambas nos llamaba onderos y por onda entendía, para decirlo en pocas palabras, irrespeto por los valores tradicionales, "antisolemnidad obtenida mediante formas coloquiales de lenguaje, una burla reiterada a costa de sí mismos, el acercamiento a los temas sexuales con gran naturalidad, pero dentro de una actitud puramente epidérmica", una puntuación distinta, una fuerte presencia del rock and roll, irreverencia y hasta descuidos y mucho "desmoñe", un término inventado por José Agustín. En rigor, y pese a que esos libros contribuyeron a su fama de crítica literaria, a Margo le merecíamos cierto desdén, éramos un descubrimiento insensato. Por ello, más decidida en la segunda antología, hacía una clara distinción entre "onda y escritura", los que escribíamos mal y aquellos que lo hacían con enorme refinamiento y que pertenecían a la generación anterior. Ninguno de nosotros aceptó la clasificación. José Agustín y yo la combatimos en distintos foros: en México, Estados Unidos y Alemania, que recuerde. La onda literaria era muy relativa: uno de mis camaradas escribía sobre obreros petroleros, otro más, cuentos de cierta delicadeza y alguien redactaba textos sobre el amor y los celos. Casi todos habíamos sido alumnos de Juan José Arreola y becarios del Centro Mexicano de Escritores, lo que nos hizo trabajar con Juan Rulfo y Francisco Monterde. Ignoro cómo haya visto Parménides García Saldaña las ideas de Glantz; él sí se sentía parte de un movimiento social que podría ser llamado la onda. Fue nuestro primer muerto, entonces no supe más que superficialmente de sus reacciones al respecto. Un poco más adelante, otras voces más severas, secundando a Margo, dijeron que habíamos "plebeyizado" la literatura. ¿Y yo por qué resultaba ondero o por qué mis cuentos de Hacía el fin del mundo habían contribuido a vulgarizar las letras mexicanas con palabras fuertes y un exceso de lenguaje coloquial? Hasta hoy, lo ignoro. En Estados Unidos, para redondear el extraño panorama, han publicado libros y redactado tesis sobre Tantadel y El gran solitario de Palacio; jamás sobre mis relatos fantásticos.

Con mayor fortuna han corrido mis cuentos amorosos. Comenzaron a aparecer en 1970, cuando Vicente Leñero publicó uno en la revista Claudia, que dirigía, y Joaquín Mortiz editó un volumen de historias amorosas, La lluvia no mata a las flores en la serie Nueva Narrativa Hispánica y muchos han sido incluidos en antologías nacionales y extranjeras eróticas y amorosas. Cito dos al azar: Corazón de palabras de Gustavo Sáinz y El cuento erótico en México del panameño Enrique Jaramillo Levi. Nada realmente significativo. Con frecuencia están hechas para que una persona o una editorial ganen dinero o para que alguien tenga un título más en su bibliografía. Sospechosamente incluyen amigos y lugares comunes de nuestras letras, salvo los extraños casos de críticos que por profesionalismo y con agudeza llevan a cabo su tarea, tal como la obra monumental de Jaime Erasto Cortés, Clásicos de la literatura mexicana.

Presiento estar a punto de asumir un tono quejumbroso. Trataré de evitarlo con los siguientes datos. Con frecuencia, los cuentos de Fantasías en carrusel aparecen como ejemplos para enseñar el castellano en otros países de diferente lengua o, en el español, para escribir y corregir historias. En este último caso señalo el libro Corregir relatos. La herramienta del escritor de la afamada filóloga Silvia Adela Kohan, una de las fundadoras del Grafein Talleres de Escritura y codirectora de la revista Escribir y publicar. Ella maneja una serie de cuentos breves y fragmentos de autores tan diferentes como García Márquez, Chéjov, Bradbury, Cortázar, Borges, Onetti, Hemingway, Henry James, Nabokov, Fitzgerald y Sepúlveda. En un capítulo de su notable libro Corregir relatos..., la autora utiliza un cuento de Fantasías en carrusel, "El más riguroso de los novelistas" para probar la coherencia del relato, su unidad y la ausencia de ripios y excesos verbales.

Y para acabar de alimentar mi optimismo y vanidad, mencionaré algunas antologías donde incluyen cuentos fantásticos míos como El libro de la imaginación de Edmundo Valadés, La palabra en juego del investigador Lauro Zavala, Jaula de palabras del citado Gustavo Sáinz, Cuentos mexicanos de Poli Délano y una más del muy prestigiado traductor y crítico literario Ángel Flores quien trabajara detalladamente sobre Kafka y tradujera al inglés a Gómez de la Serna y Neruda y al español a Eliot y Conrad: Narrativa hispanoamericana, 1816-1981, obra ambiciosa en seis volúmenes, cuya sección dedicada a México contó, según recuerdo, con las opiniones de José Emilio Pacheco. Finalmente, el viejo editor argentino Rodolfo Alonso, alrededor de 1966-68, hizo varias antologías de cuentos fantásticos, en todas, fueron tres, incluyó breves historias mías.

Pero vayamos por partes, la primera edición de Fantasías, entonces un libro esbelto, 10 publicó la editorial del Partido Comunista Mexicano, Ediciones de Cultura Popular, la segunda el Fondo de Cultura Económica y se hizo para festejar mis treinta años como escritor, y la tercera, que es casi definitiva, Nueva Imagen. La idea de ponerlos en un solo volumen dividido temáticamente, no es mía, fue del escritor argentino Juan Carlos Ghiano. Una idea que me regaló en un boliche argentino hace ya mucho tiempo.

Mis cuentos no nacen a partir de la presencia bienhechora de Juan José Arreola como algunos suponen. Una vez, alrededor de 1967, en casa del escritor Manuel Mejía Valera, Augusto Monterroso tenía un cuento mío en sus manos. Me dijo en un tono ajeno a él, de reproche a un pecador irredimible, que allí estaba Arreola. Era un cuento breve titulado "Fábula del pato inconforme", escrita antes de cumplir veinte años. Es decir, en una época en la que había leído bien a los fabulistas clásicos y todavía no descubría a Juan José y mucho menos al propio Tito. Es verdad, mucho antes de leerlo y conocerlo, yo escribía fábulas, cuentos donde los personajes eran animales con características humanas. Los hacía en prosa y les suprimía la moraleja para dejar en manos del lector la enseñanza. Tales fueron exactamente los trabajos que pude mostrarle a Arreola cuando aceptó ser maestro de mi generación y con los que gané la beca del Centro Mexicano de Escritores. Como él, yo sentía devoción por Kafka y Borges. Los publicó el Fondo de Cultura Económica en 1969 bajo el nombre de Hacia el fin del mundo en Letras Mexicanas junto a un libro del mejor poeta mexicano, Rubén Bonifaz Nuño, de quien me hice amigo el día en que ambos fueron entregados a la prensa y el dictamen lo dio el doctor Francisco Monterde. Fue asimismo un magnífico pasaporte para conocer Buenos Aires y allí encontrarme dos veces con el escritor Jorge Luis Borges. Este tipo de relatos, difíciles de definir pese a la popularidad que han alcanzado en los últimos años, posiblemente por la tenacidad de personajes como Edmundo Valadés, ha sido siempre mi pasión. He escrito novelas amorosas porque alguna necesidad momentánea me ha impulsado, pero mi vocación, insisto, era y es la de cuentista fantástico.

Fiel a mis orígenes, he escrito series enteras sobre trasplantes e injertos, historias de animales reales y surgidos de la zoología de la imaginación, usé personajes mitológicos, fantasmas y asesinos notables y fui llenándome de oficios perdidos, ancianas que merced a un nuevo corazón de mujer joven se enamoraban de jovencitos, de esfinges y grifos, de hadas y dragones, de minotauros que, como yo, detestaban las corridas de toros, finalmente, rehíce la Biblia, tal como quería en la niñez. No abandoné por completo el catolicismo de mis primeros años, pero lo hice literatura incorporándole filósofos materialistas y agnósticos, como lo soy yo mismo.

Tampoco mis novelas son plenamente realistas, lo que prueba mi capacidad para fantasear, para inventar realidades ajenas a la real. Nunca he disfrutado más la literatura que cuando me pongo frente a libros de Ray Bradbury, Bram Stocker, Edgar Allan Poe, Lovecraft, Lewis Carroll, Defoe, Maupassant, Verne, Rider Haggard, Conan Doyle, Stocker, Wilde, Swift, Apollinaire, Gautier, Borges o Wells. Como es posible ver, las modas poco o nada me conmueven. Nunca estoy pendiente de la novedad. Recuerdo a un maestro mío en la Facultad de Ciencias Políticas responder a una pregunta necia de un alumno por saber si ya había leído Gazapo, recién aparecida: No, apenas voy en Tolstoi.

Hay una definición de cuento que me gusta y es francesa: un trozo de vida, un fragmento, una rebanada de vida muy intensa. Es detenerse en un punto del rostro de una mujer que llora, como en "Talpa" de Rulfo, en un gesto de dolor del gaucho que agoniza en la literatura de Borges, mientras que, en la novela, la novela-río, en especial, cabe toda la vida, como pedían H. G. Wells y Virginia Wolf. Los cuentos son miniaturas chinas, valses de Chopin, música de cámara, la novela son las óperas de Wagner, los frescos de Diego Rivera de Palacio Nacional. Si uno debe leer con atención opiniones y definiciones de grandes novelistas, hay en ellos nostalgia por el cuento, por el género perdido o no cultivado, porque el prestigio de la novela abruma y aterroriza. Mi generación es de novelistas, de jóvenes que aspiraron a ser fundamentalmente novelistas como José Agustín y Gustavo Sáinz. Pese a su éxito abrumador, yo fui tenaz en la creación de cuentos y dejé la novela en un segundo plano.

Alguna vez leí que un escritor mexicano señaló que escribía para vivir en otra realidad porque no le gustaba lo que veía a su alrededor. En principio, rechacé tal idea porque toda mi vida he sido un hombre de izquierda estrechamente vinculado al pensamiento de Marx y Engels y a cierta descendencia que surge luego de la Revolución de Octubre (pienso en Lenin y Trostky), deformada desde luego, y suponía que el literato debe comprometerse con la realidad circundante. No obstante, en el fondo, notaba que hacía lo mismo, creaba mi propio mundo, ajeno al exterior. Para defenderme de críticas hostiles y justificar mi pasión por los universos fantásticos, escribí un largo ensayo sobre la literatura de imaginación, donde concluía que era un arte tan comprometido o más con el hombre, pero que sus simbolismos y elementos lo hacían más complejo, más distante de las masas, las que, habrá que decirlo con sinceridad, me importan poco en términos estéticos. Desconfío plenamente de la cultura popular de zócalo y la sola idea de permanecer ante un espectáculo masivo me preocupa.

Ahora los tiempos han cambiado con la desaparición del llamado socialismo real, que no el de Marx. Los críticos que antes insistían en una literatura comprometida o han muerto o se dedican a redactar sus memorias para justificar sus imbecilidades. Yo sigo escribiendo cuentos irreales y no dejo de recordar que cuando le di mi primer libro Hacia el fin del mundo a José Revueltas y a Ermilo Abreu Gómez, ambos, como si se hubieran puesto de acuerdo, me recriminaron mi tendencia a la evasión. Más adelante, algunos de esos cuentos fantásticos aparecieron en una antología de autores comunistas publicada en México y en Cuba, llamada Trece rojo. En ambos países señalaron que era raro, extraño, ver a un comunista escribiendo cuentos de evasión, es decir, de asuntos fantásticos, como dice la definición de Borges, donde entra un elemento irreal. Yo me preguntaba: ¿es posible que mi literatura sea evasiva? No tanto, me respondía, yo he usado las sirenas y las gorgonas para criticar al capitalismo, he convocado a los fantasmas, los hombres lobo y los hombres invisibles para destruir a la derecha internacional. Hoy, quienes hablan de esta faceta mía, dicen que a diferencia por ejemplo de Arreola, mi trabajo tiene una fuerte crítica social y que eso los enriquece. No cabe duda de que el gusto literario, conforme al espíritu de cada época, sufre transformaciones curiosas, tal como lo señalaba Schücking.

Efectivamente, si yo sólo hubiera escrito cuentos fantásticos, es posible que la gente apenas me conociera. Son mis novelas y cuentos amorosos los que más notoriedad me han dado. Pero de entre el mucho desconcierto que los textos fantásticos han provocado, las docenas de comentarios acres y la incomprensión suscitada, a algunos les han gustado. Mi mamá fue la primera en leerlos, le agradaron y me estimuló a seguir con ese trabajo. Por tal razón, casi siempre han llevado su nombre en la página inicial, el suyo y el de Rosario, porque en 1960, en la preparatoria, le di algunos a leer y también se sintió atraída por esa faceta, un tanto extraña en un muchacho que ya militaba en la Juventud Comunista, detestaba al gobierno, bebía en exceso y le irritaba la sociedad circundante, como ahora. Más todavía, para ella son la parte de mi trabajo más rescatable. Me recuerda que Arreola, que conoció muchos de ellos y le gustaron al grado de publicarlos en Mester, su última gran revista, cuando leyó Tantadel, se irritó y me dijo: René, ésa no es literatura, regrese a los cuentos fantásticos. No volveré a leer a un joven, concluyó realmente violento. Me recuerda, asimismo, que el crítico y narrador Antonio Acevedo Escobedo, quien, por cierto, llevara a cabo el legendario ciclo llamado "Los narradores ante el público", donde yo estuve incluido con menos de treinta años, alguna vez escribió en El Universal: Llama la atención que René Avilés Fabila, tan sañudo en sus comentarios políticos, tan irreverente en sus juicios, pueda escribir cuentos y relatos tan delicados.

Tal vez exagere un tanto en este balance. No he podido ser equilibrado, he sido, como dijo Julieta Campos, un escritor de odios y amores extremos. Pero después de todo, la vida vinculada a la literatura fantástica no ha sido tan amarga. La serie llamada "Los oficios perdidos", fue íntegramente revisada y publicada por el poeta Rubén Bonifaz Nuño en la UNAM, José Luis Cuevas ilustró algunos de ellos y más adelante, cuando las criaturas fantásticas encontraron acomodo en un solo libro, Los animales prodigiosos, Rubén les puso las palabras preliminares y obtuvo el Premio Colima a la mejor obra publicada de ese año. Esta edición, con hermosos dibujos de Cuevas y nuevos animales prodigiosos, circula en España en una colección de bestiarios y algunos cuentos cortos de Fantasías abren mi página web. Debo añadir que La desaparición de Hollywood ganó uno de los importantes premios de la Casa de las Américas, cuando en Cuba bullía el espíritu rebelde y juvenil, y la utopía aún estaba viva.

Ahora bien, la verdad es que hacer literatura fantástica me ha sido muy fácil. En el prólogo del primer volumen de mi autobiografía, Recordanzas, advierto que he tenido problemas para distinguir la realidad de la fantasía. Pienso que no he madurado en el sentido tradicional. De tal suerte que cada cosa que leo, miro o escucho me sugiere una infinita cantidad de cuestiones imaginativas, cuentos y más cuentos. "La dama de los gatos", por ejemplo, 1o escribí porque en París, al llegar todas las noches de La Sorbonne a mi casa, veía a una extraña y enigmática señora darle de comer a los gatos en un terreno baldío. Una noche pensé que era al revés, que los gatos la alimentaban a ella y así quedó un pequeño cuento de horror. O para confirmarme que el amor es más poderoso que la muerte, según afirman Poe y Apollinaire, imaginé a una solitaria y hermosa mujer, enamorada de un fantasma. En otro momento mezclé a Marx y Lenin con Wilde y los puse en la extinta Unión Soviética, donde sólo hallaron la incomprensión de la burocracia comunista. Y en otro más, el Infierno de Dante se convirtió en un alegre cabaré. Finalmente, en una multitud de relatos míos aparece una preocupación fundamental: ¿cómo será el Cielo? Mucho me temo que un sitio por demás aburrido, donde uno podrá estar con monseñor Rivera y la madre Teresa de Calcuta, pero no con Engels, el Che Guevara, Dostoyevski y Hemingway, no con Baudelaire y De Quincey o con el blasfemo Bukowski y el pasional Henry Miller, tampoco con D. H. Lawrence que consideraba al matrimonio como una perversión y a la esposa una prostituta irredenta. ¿Qué libros y qué música podremos hallar en el Cielo, cuáles son los autores favoritos de Dios, ha leído a Proust y a Joyce? ¿Hay racismo o de plano san Martín de Porres y Juan Diego caminan libremente por el Paraíso? ¿Cómo se llevan a cabo los trámites burocráticos para pasar del Purgatorio al Cielo? ¿De qué demonios voy a platicar con los ignorantes y los tediosos, como Vicente Fox y Marta Sahagún, si en esta vida sólo los escuchamos decir estupideces?

Otro problema que he tenido es que en México no existe la crítica literaria, si existiera, por ejemplo, Elena Garro hubiera conquistado el Premio Nacional, María Luisa Mendoza sería ya sumamente traducida y rica a causa de sus ventas y Óscar de la Borbolla arrasaría con una multitud de galardones literarios concedidos por expertos en literatura y no por resentidos intelectuales o sociales convertidos en "críticos literarios". Las páginas de los medios de comunicación son tiránicas, están en las peores manos y se guían por los lugares comunes. Entonces, al no ser nunca mencionado y menos comentado, analizado, estudiado, mis libros se reproducen como pueden, gracias a las amigas, al morbo de mis alumnos o al descuido de los celosos guardianes de la pureza literaria que nos gobierna desde páginas culturales e instituciones oficiales que nunca se han acercado a la literatura.

He querido escribir cuentos de ciencia-ficción, para niños y de horror y apenas lo he conseguido. En cambio, he podido redactar cientos de pequeñas historias donde hago variantes sobre mis lecturas. Insistiría hoy, una vez más: sólo he hecho literatura de la literatura, como señalé en el prólogo a la edición de la Universidad Veracruzana de Lejos del Edén, la Tierra. Si tengo algún mérito es el de ser lector de un tipo de escritura que sólo encuentra admiradores en las minorías.

El amor lo conocí desde muy pequeño debido a la presencia bienhechora de la literatura. Novelas como El amante de Lady Chatterley, muchas de Henry Miller, algunos cuentos de Anaís Nin, Fany Hill, El Decamerón, de Boccaccio, Shakespeare, Chaucer con algunos de sus Cuentos de Canterbury y otros más de la Biblia y de Las mil y una noches, Dafnis y Cloe... en fin, una larga lista que despertó en mi la inquietud de conocer más a fondo a las mujeres y a todos los sentimientos y pasiones que llevan consigo: amor, desamor, ternura, celos... Pero no bastaron para que yo pudiera escribir un inicial relato amoroso. Necesité más lecturas y estímulos, entre muchos otros, debo rescatar Candy y Lolita. Otro ejemplo bien podría ser Tantadel, libro escrito luego de leer El túnel de Sábato e Historia de un amor turbio de Horacio Quiroga.

Por otra parte, me llama la atención que mis cuentos fantásticos se hayan convertido en realidad. Hace muchos años, en 1961, escribí la historia que dio nombre a mi primer libro de cuentos breves, "Hacia el fin del mundo", donde se lleva a cabo una guerra nuclear entre dos grandes potencias, todo comenzaba a partir de un partido de futbol en Centroamérica. Al poco tiempo ocurrió lo que ahora se conoce como la guerra del futbol entre Honduras y El Salvador. Quedé como el Jules Verne del subdesarrollo. Y luego escribí otra llamada "Milagros televisados": el Papa aprovecha la tecnología y hace milagros a través de los aparatos televisores. Hoy ya hemos visto cuestiones parecidas. Y la mayor sorpresa ocurrió cuando la revista política La Crisis que dirigía el periodista Carlos Ramírez, utilizó uno de los relatos de Fantasías en carrusel como editorial ante la inminencia del segundo informe de gobierno de Vicente Fox. Se trata de un político que pide le escriban una obra sobre su ideología, es obvio, el intelectual a cargo le entrega unas páginas en blanco, tal es su pensamiento: nada. Cuando 10 escribí, habíamos tenido malos presidentes, presidentes conservadores y facciosos, pero jamás supuse que tendríamos un presidente analfabeto funcional, por completo ignorante.

Pero en este terreno, tengo una historia más curiosa. Juan Rulfo, en el Centro Mexicano de Escritores, me recriminó por uno de mis cuentos: "El proceso de las ratas", una historia que escribí a partir de un suceso ocurrido en el medioevo italiano. Rulfo, el hombre que hizo hablar a los muertos, me increpó: René, cómo es posible que juzguen a unas ratas. El regaño fue implacable. Dos días después, en una noticia periodística, apareció la siguiente información: En Iztapalapa arrestaron y juzgaron a un burro por invadir y destruir propiedad privada. Fue liberado por falta de pruebas. Le mostré la nota a Rulfo y éste sonrió de manera enigmática, como solía hacerlo.

Disfruto escribir y disfruto especialmente cuando aparece un robot suicida al que un psiquiatra torpe (la mayoría 1o son) le explica que padece el complejo de Edipo o un perico lector de los clásicos decide acabar con su carrera de lector profesional. Me encanta saber que un fotógrafo es capaz de retratar sueños y pesadillas y que, dentro de un cuadro de gran realismo, la vida transcurre y una naturaleza muerta se descompone y unos gatitos crecen, envejecen y por último fallecen o que un escultor utiliza a las gorgonas para hacer obras maestras al petrificar a las personas.

Aún en obras mías de apariencia realista como El gran solitario de Palacio, la vida real poco cuenta. Un libro me enriquece mucho más que cualquier historia personal de amor. Por ejemplo, hace muchos años, en 1962, luego de la lectura de un cuento de Kafka, "Una cruza", escribí una especie de variación sobre el tema. Poco después se la mostré a Juan José Arreola. La leyó con cierto placer y se desbordó: yo siempre he querido escribir una serie de variaciones sobre Kafka y no he podido. ¿Podría usted intentar la tarea? No es fácil. En efecto, no pude por más que intenté llevarla a cabo. Hace poco tiempo, en Bogotá, durante un encuentro por la paz de Colombia, di con una nueva y muy rigurosa traducción de La metamorfosis, la releí cuidadosamente y comenzaron a surgir no dos o tres sino veinte variaciones. Al concluirlas, le puse una pequeña advertencia contando la historia y le estampé una dedicatoria a mi maestro. Por alguna razón misteriosa, Arreola acababa de morir en Guadalajara, lo supe al regresar a México. Decidí no incorporarlas a mis cuentos fantásticos; su destino era uno de mis libros de memorias, Nuevas recordanzas, para que sirvieran de ejemplo de mi método de trabajar el cuento.

Otros cuentos nacen de la idea de un Dios supremo y todopoderoso, es siempre una idea literaria y filosófica muy atractiva, aún para aquellos que como yo desde muy pequeños hemos descreído y entrado a un mundo de terrible soledad, rodeado abrumadoramente por invocaciones, ruegos a la deidad y rezos. He pensado en si ese Dios sería capaz de enamorarse, según lo plantea Torcuato Tasso o si esa deidad suprema lee literatura, ve pintura y escucha música, como lo planteaba Juan Ramón Jiménez en un delicado poema.

En consecuencia, los dos volúmenes de Fantasías en carrusel, ya dentro del proyecto editorial de Nueva Imagen de Obras completas, son mi mundo, aunque para muchos lo sean los tomos de amor y desamor, de celos y explosiones eróticas. No puedo olvidar el esfuerzo hecho para escribir Tantadel con sus resultados, buena crítica y varias niñas registradas con este nombre inventado por mí, o relatos como "Miriam", llevado a la cinematografía, "Casa del silencio", una y otra vez incluido en antologías eróticas, y "La otra dimensión o la dama del cuadro", que María Elvira Bermúdez consideró públicamente una ''joya literaria". Es en aquellos donde están mis verdaderos amores y mis pasiones. Como debe ser, los nombres de mi madre y de Rosario aparecen en la primera página y los epígrafes de Quiroga, Bretón y Walter Muschg explican las intenciones del esfuerzo. Para mí ésta es la literatura: el reino de la imaginación, la magia, la sátira y la ironía. No han tenido el éxito que mis compañeros de generación alcanzaron al escribir libros donde las mentadas de madre y en general el lenguaje coloquial del peor estilo bajo seducen al lector fácil. Pero el caso es que allí están, llenos de infinidad de pequeños relatos o de novelas que soñé despierto.