René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Memorias de un comunista Por encima de la sonrisa*

Manuel Lerín

Al leer la portada del libro de René Avilés Fabila, Memorias de un comunista, desde el subtítulo en letras impresas sobre un fondo naranja, no se puede evitar una sonrisa. ¿Documentos en el basurero de una zona tan sofisticada por su tipo, de arquitectura mercantil, restaurantes, instituciones de transacción y descuento monetarios? El escritor logra su propósito: aun antes de abrir el volumen ya se dispuso a la hilaridad.

El paso por un partido político no es sencillo: llegar a un puesto de dirección es más intrincado, mantenerse en primera línea sin perder el predominio ideológico y que éste satisfaga a la mayoría es tarea descomunal. En todo grupo político las diferencias resaltan al analizar los problemas sociales y las estrategias a seguir; es aquí donde lo ideológico encuentra vertientes que escurren hacia diferentes enfoques. Por ello, el libro no debe motivar escándalo: el autor discrepó y difiere del modo de planear una táctica, de la manera de plantear un criterio, de la forma de decidir un quehacer, porque la idea puede ser un común denominador; como aplicada es lo incierto; ya no es asunto de teoría sino de acción, de procedimiento.

Hay humor cuando el escritor señala que son los boyscouts quienes encuentran a unos guerrilleros extraviados, o al concluir una campaña política por el escaño presidencial los obreros que se incorporan al acto son de utilería, supuestos actores contratados. La burla también es empleada al relatar la entrega de unas hojas mugrosas donde se debían recabar firmas de adhesión y al manifestar que las discusiones se efectuaban a puerta cerrada como correspondía a un partido clandestino "(o semisinsentido o semisindestino)".

En ocasiones ridiculiza los actos de personas y los hechos de instituciones; así, al protestar contra la invasión a Cuba y por la paliza que los granaderos habían propinado, los maestros les indican que la mejor manera de protestar es estudiar y dejar la agresión para cuando sean grandes. La sátira se presenta al puntualizar que los comunistas franceses no quieren tomar el poder por resultar incómodo y latoso.

La desilusión que a menudo nos vuelve desconfiados, dudosos de la bondad de un principio, inestables en el propósito concebido, es materia en la obra; el encuentro con el general Lázaro Cárdenas, "el trozo de historia mexicana", desdibuja el perfil del realizador de la expropiación petrolera al anunciar los periódicos el aplazamiento de su viaje a Cuba; lo mismo cuando Avilés recuerda a maestros y compañeros gritando contra el imperialismo y el Estado y después transformarse en "altos dignatarios oficiales", y todavía más, al preguntarle dónde están los jóvenes del año 1968 -época crucial no sólo en México sino en el mundo- la respuesta es "En cargos oficiales, todos de corbata... defendiendo los valores y principios que hace casi dos décadas pretendieron eliminar".

El humor que determina la risa, la comicidad causante de la carcajada, la hilaridad producto de la ironía sutil tiene la virtud de hacer reflexionar, al fin y al cabo dan lugar a una moraleja o conclusión aleccionadora. Una caricatura, en ocasiones, es más elocuente que el discurso y del desahogo de una risa violenta y estruendosa sacamos conclusiones. Me atrevería a decir que el humor es un método pedagógico.

Memorias de un comunista es un libro que trata de decir lo que podría ser y lo que no debe ser una institución política. Una prosa objetiva y pronta nos lleva por rumbos variados: principios políticos. En la juventud, preocupaciones preparatorianas, atisbos en otros países, la elaboración de la creación literaria. "Mi papel es el de señalar defectos, vicios y corrupciones del poder". Tal confesión es importante por fijar tarea política tan olvidada y maltrecha en todas partes, pues la adulación, el ocultamiento de la realidad nos vuelven cómplices de errores la mayoría de las veces irreversibles.

Un aire de nostalgia, se desliza por las páginas y no es en demérito; el proverbio dice que lo que bien se aprende nunca se olvida. A medida que se adelanta en la lectura, el gracejo se convierte en conmoción, la palabra configura la burla, mas lo patético roza las expresiones conceptuales.

El libro meritorio que obliga a reflexiones por encima de la sonrisa, su último capitulo, breve, es profundo cuando en medio de la soledad y las decepciones, Avilés asienta que, "sin embargo, pese al desolado panorama, no todo está perdido: nos queda aún la gran utopía de Marx".

* Publicado en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Domingo 17 de noviembre de 1991.