René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

"Memorias de un comunista" o el fin del sainete*

Francisco Javier Guerrero

El texto de René Avilés Fabila, Memorias de un comunista: manuscrito encontrado en un basurero de Perisur, es, pese a que algunos malhumorados crean lo contrario, un testimonio ardiente y sorprendente acerca de los avatares y vicisitudes de lo que fue el solemne y anticarismático comunismo mexicano. Reproductores de los vicios y frustraciones de una sociedad más que sus antagonistas, los comunistas mexicanos, adoradores de la derrota, sólo en algunos momentos lograron acercarse con solidez a las masas trabajadoras que decían representar (como en la campaña presidencial de Campa, tal como lo apunta René Avilés, RAF).

El libro de RAF no sólo es un cuadro de las costumbres comunistas; es también el relato de un encuentro, el de nuestra generación, con una organización que suponíamos era el instrumento idóneo de la liberación nacional y de la lucha por el socialismo. El texto de RAF narra experiencias sorprendentemente comunes entre quienes éramos jóvenes comunistas en los sesenta: nuestro afán masoquista por escuchar las peroratas de nuestros dirigentes (la mayor parte de ellos pavorosamente grises); nuestra obstinada dedicación a pintar con faltas de ortografía paredes y muros de la ciudad; la compulsiva lectura de los textos sagrados, como el del señor Nikitin; nuestro asombro cuando lográbamos ver a un obrero dentro del partido; nuestro afán de escondernos en el ghetto universitario.

Hay quienes recuerdan su paso por diversos partidos comunistas del mundo como si hubieran padecido alguna enfermedad; otros, con un dolor mayor que el que se resiente en todas las películas de Libertad Lamarque; otros, con un cierto cinismo justificador de sus posturas actuales, etc. RAF recuerda su estancia en el Partido Comunista Mexicano como su involucración en un sainete. Nada faltó en esa comedia de equivocaciones, a veces transformada en una cena de negros dirigidos por burócratas aburridos. Para los que ingresamos a la Juventud Comunista desde los 19 años era irritante comprobar cómo la mayoría de los integrantes del partido tenían militancias efímeras; resultaba heróico que alguien se sostuviera en el partido más de dos años; son mucho más duraderos los matrimonios de Elizabeth Taylor. Muchos se decepcionaban, otros se hartaban, no faltaban los que se enfermaban y uno que otro se suicidaba. En el PCM no existían los fusilamientos, aunque sí las degollinas morales que con tanta fruición narra RAF. Los que ejercíamos aunque fuera un poquito el pensamiento crítico fuimos caracterizados como agentes de la CIA, homosexuales, polizontes de Gobernación, reformistas, “ultras”, depravados sexuales y pederastas y —¡horror!— lo más grave de todo: troskistas, que era como el compendio de todos los demás vicios y degeneraciones. Y RAF recibe la sentencia condenatoria: en su primera expulsión del PCM, se le espera lo siguiente: “Te has dejado influir por el troskismo y el maoísmo” (Pág. 47).

Por 1963 un dirigente del partido, Alejo Méndez, nos leyó un proyecto de estatutos en el cual existía un artículo que prohibía la amistad con troskistas y otros elementos “antipartido” (el Partido Obrero-Campesino, la Liga Espartaco, Etc.) Por esa época tuve la malhadada ocurrencia de invitar a un camarada del POC a repartir volantes con nosotros, integrantes del PCM. ¡Nunca lo hubiera hecho! Al pobre tipo del POC se le corrió con insultos y a mí se me hizo un juicio sumario al día siguiente con dos fiscales: Héctor Tamayo, hoy inteligente economista que se sigue sosteniendo en la izquierda, y Ricardo Vinós, joven que, como dicen de los toros, se enloquecía con el color rojo y que posteriormente se olvidó del comunismo y se hizo hippie tal como lo recuerda RAF (Pág. 29).

Muchos de los que nos hicieron “juicios”, como señala RAF, son en la actualidad prósperos funcionarios públicos que andan por ahí pidiendo la privatización hasta de las nubes y del esmog o son prósperos negociantes con abultadas carteras. RAF y yo todavía somos de izquierda (no sé si haya que pedirle perdón por eso a Rolando Cordera o a Gustavo Gordillo). RAF apunta con precisión la capacidad del Estado mexicano para absorber a sus antiguos antagonistas, y lo hace con sátira filosa.

El libro de RAF es la expresión de una nostalgia, una convocatoria a recuperar viejos valores que nunca debieron haberse perdido. Y si RAF denosta a los traidores e ironiza acerca de la multitud de ridículos individuos, también señala su reconocimiento a quienes supieron ser nuestros maestros, como José Revueltas. O bien escribe sobre Enrique Semo: “En él inalterablemente he hallado honestidad, cultura, talento, una posición digna de admiración” (Pág. 75). Y aquí aprovecho para hacer un extrañamiento en su libro El nuevo pasado mexicano, el doctor Enrique Florescano al analizar las obras más representativas de la nueva historiografía sobre la Revolución mexicana, cita una sola vez a Semo y lo hace para menospreciar su trabajo. Me parece que la animadversión personal no es buena consejera del trabajo científico.

De las añoranzas y descripciones que hace RAF se infiere el desgaste de los antiguos sueños e ilusiones; de ello no se salvan ni los viejos amores. Así, RAF narra experiencias que también nosotros hemos sufrido, como cuando escribe: “Aproveché la espera para beber con viejos camaradas y buscar a antiguas novias ahora convertidas en prosaicas amas de casa, llenas de hijos, prematuramente avejentadas y con el mismo nivel cultural de la preparatoria o de los primeros años de la carrera” (Pág. 114). ¿Y qué decir de los antiguos novios de esas novias? Muchos conservan la dignidad de seguir luchando por un mundo mejor; otros, quizá los más, no son más que burócratas apoltronados, despojados de sus perspectivas juveniles, esperando que un secretario de Estado se fije en ellos.

En esta época de retroceso, de “vivir el minuto presente” dentro de un horizonte supuestamente hedonista, RAF reivindica aquello que, a fin de cuentas, nos llevó a la izquierda, y por ello reproduce un texto de su obra Fantasías en carrusel: “De Platón en adelante los grandes pensadores han tratado de organizar más inteligentemente a la humanidad y sus esfuerzos han terminado en loables intentonas poco serias, en estrepitosos fracasos o en bellos textos literarios. Sin embargo, pese al desolado panorama, no todo está perdido: nos queda aún la gran utopía de Marx” (Pág. 167).

El sainete ha llegado a su fin. Y aunque muchos no lo crean, ha llegado el momento de poner en escena las grandes obras.

* Publicado en Excélsior. 5 de enero de 1992.