De reciente aparición, el libro de René Avilés Fabila, posee el mérito de la biografía personal -poco cultivado en nuestro medio-, pues en tanto conocemos a los actores podemos develar a fondo la historia contemporánea de México. La microhistoria permite comprender la historia y viceversa. Género al que se le ha tenido cierta reserva, ya que tenemos la cultura del ocultamiento que obliga al secreto; de ahí que seamos sigilosos, solemnes y chismosos. Literatura del silencio que significó una alienación de la razón, la sociedad, la naturaleza y la historia. Esta actitud, por fortuna, comienza, a fracturarse ante una modernidad que exige conocer la verdad de los hechos. Posición ante la vida que muchos fanáticos, de izquierda y derecha, rechazan pero que trae un aliento renovador a la política mexicana sometida, desde siempre, al autoritarismo, mano muerta de la tradición. Así las cosas, Avilés Fabila afirma, en su libro, la veracidad de lo sucedido: “Hoy la gente del mundo quiere menos Estado y más presencia de la sociedad civil... México, imagino, con lo que está presenciando será más reacio a cualquier ideología que le suene autoritaria...”. Aquí yace, entre otros motivos, la importancia del libro y de esta categoría literaria.
Memorias de un comunista, además es un libro de lectura amena; con un excelente sentido del humor del que carecían sus antiguos correligionarios: “todo tiene la izquierda, menos sentido del humor” (p.58), escribe páginas de lectura alegre. Principio de ironía, que permea toda la obra y por ello se inscribe dentro de la literatura posmoderna que define nuestro tiempo. “A mi vez, por muchos años vi a mi mamá con suspicacia, incluso llegué a hurgar su bolso en busca de algún papel que además de mi madre legítima la acreditara como miembro de una organización anticomunista. No era fácil, dudando de ella, aceptar mi domingo: me parecía estar recibiendo un puñado de dólares del imperialismo yanqui” (p.16). Ironía que es la respuesta a un mundo alienado que se percibe en fragmentos, deseo de ser sincero con esta incoherencia y transcenderla al mismo tiempo mediante la labor literaria; un ejemplo de ello es su relato acerca de “Borges el comunista” (pp. 95 a 99), que de tan elocuente y fantástico hubo de ser censurado. Ironía que manifiesta la postura del escritor frente al mundo y que es reveladora de la indecisión acerca del significado de la vida; de un deseo de vivir en la incertidumbre; de una voluntad por tolerar la opinión contraria e incluso, en algunos casos, por darle la bienvenida a un mundo en donde prevalece el azar y lo múltiple, con frecuencia el absurdo: “Un grupo ultraizquierdista reúne sangre para enviarla a Cuba y ante el estupor de los donantes colocan todos los tipos en un sólo recipiente” (p.25).
El subtítulo, “manuscrito encontrado en un basurero en Perisur”, es un acierto, ya que revela, en eficaz síntesis, el tránsito que hoy viven los países del Este europeo y la Unión Soviética: el duro camino del comunismo al consumismo. A nadie le hace mal un poco de capitalismo desarrollado, sobre todo después de una estancia en el socialismo real”. Circunstancia que los rusos están aprendiendo de la peor manera, en la actualidad, cuando todos apuestan a su majestad el dólar (p. l24). Ideales manuscritos, con el dolor del tiempo pasado, durante la juventud en una célula comunista y que la experiencia tira al basurero de la realidad. Enfrentamiento que supone una frustración insuperable al contemplar el fracaso de los ideales: “Este país no tiene futuro: la Revolución lo empeñó. ¿Qué hacer, carajo? Nos va a cargar la chingada. Vean, por ejemplo, al cardenismo: dígase lo que se diga, jamás fue revolucionario. ¿O puede serlo la demagogia?” (p. 53). Melancolía por un pasado vivido en el engaño, pero que se recuerda con nostalgia y que se resume en la despedida a Luba, la amante rusa, que le espeta, como tiro de escopeta en plena cara: “No me quieres ni con la mente ni con el sexo ni con el corazón” (p. l30). De la misma forma el autor le dice adiós a su pasado comunista, al mismo tiempo que despide el comunismo y socialismo de la historia humana: “En efecto, nos falta una década para que termine un milenio y comience otro. En menos de cien años el socialismo real llegó y desapareció dejando un sabor amargo entre quienes lo padecieron” (p. 163). En verdad, las utopías del XIX, experimentadas en el XX, mostraron sus insuficiencias.
Avilés Fabila se despide con nostalgia de su pasado, al mismo tiempo que advierte la mentira de la que fue objeto. “De este modo descubrí algo monstruoso que me hizo ver por qué los comunistas mexicanos están tan mal. De las once tesis de Marx sobre Feuerbach, sólo había diez, faltaba exactamente la número seis” (p.76). Esto, repetido en docenas de reimpresiones, debió tener un significado que se aclara a lo largo del libro y que representa una traición al pensamiento del filósofo alemán: se escamoteó el humanismo radical que caracterizó al autor de El capital. Feuerbach diluye la esencia humana, dice Marx, el fundador de un humanismo radical que concibe al hombre no sólo como ser biológico y social, sino también como psicológico e histórico. Ésta, que es la parte más rescatable de su filosofía, no fue tomada en cuenta, fue menospreciada por los gobiernos autoritarios que dejaron de lado el aspecto humano del hombre, vale decir lo espiritual, lo artístico, y por ello fracasaron en su intento de someter al hombre a condicionantes político-económicas exclusivamente. Seria advertencia para aquellos gobiernos que, aunque del lado opuesto de la economía, también menosprecian el alma del individuo y de la sociedad. De acuerdo con la experiencia histórica están condenados al fracaso.
Por ello, con base en su experiencia personal, el Águila Negra, al final del libro, rescata el mundo de la utopía. Anhelo permanente del hombre por una vida mejor, más noble y digna, en donde podamos vivir eligiendo en libertad. “De Platón en adelante los grandes pensadores han tratado de organizar más inteligentemente a la humanidad y sus esfuerzos han terminado en loables intentonas poco serias en estrepitosos fracasos o en bellos textos literarios. Sin embargo, pese al desolado panorama no todo está perdido nos queda aún la gran utopía de Marx”. Avilés, compañero de los pensadores de diversas utopías: Platón Moro, Campanella, Bacon, y otros, Avilés Fabila muestra en Memorias de un comunista, que a pesar de su escepticismo, cargado de fuertes dosis de ironía cree que se debe continuar la lucha por un mejor futuro de la humanidad a la que pertenecemos “Lo único que no es confiable es la pasividad”. Así pues, los invito a recuperar los manuscritos de todos los basureros del mundo para que mediante su lectura podamos primero comprender para después, como consecuencia, perdonar nuestro pasado tan lleno de contradicciones y en base a ello construir el futuro. ¡Felicidades René!
* Aparecido en el periódico Excélsior. 25 de agosto de 1991.