En libro valiente, estremecedor y aleccionador -El Porvenir se Escribe Libertad- Eduardo Shevardnadze escribe: “Era, ciertamente, ingenuo pensar que las generaciones formadas por decenios de un socialismo de cuartel podían reajustar fácilmente y rápidamente su psicología, pero yo quería creer que eso era posible porque era vitalmente indispensable y me repetía con insistencia, como a mis prójimos, que vendrían los tiempos en los que aprenderíamos a decir la verdad y a decirla en el momento oportuno.”
Shevardnadze, cuya dimisión al cargo de ministro de Asuntos Exteriores de la URSS causó estupor, da en este libro sus razones, las que engendraron, como símbolo, las tragedias de Chernobil y Tbilis, donde se utilizaron armas químicas para reprimir a manifestantes. Este hombre que perteneció a la “Nomenklatura” contra el servilismo que caracteriza a los “comunistas” que viven del poder para su beneficio, dice verdades que incomodan.
Con este mismo desgarramiento (apartarse de las garras de un partido que engendra monstruos), René Avilés Fabila ha escrito sus Memorias de un comunista. Documento sincero, terrible, reflexivo, que, con sentido de lo directo y lo fresco, legible y sin las cargas ideológicas justificatorias, otorga la visión personal de un hombre que perteneció al PCM, partido cuyos herederos hoy forman el PRD.
La revisión de su pasado, que Avilés Fabila hace con honestidad y mucha gracia, va y viene del ayer a la actualidad con continuas referencias a hechos concretos.
En estas Memorias…, la anécdota es esencial -no podría ser de otro modo tratándose de un escritor cuya obra literaria abarca ficciones, al amor, al desamor y al suicidio y su labor ensayística revela un agudo y profundo conocimiento literario y político.
Acostumbrados como ya estamos a que en los libros de memorias (escritos por mexicanos) se utilice el texto como manifiesto y justificación de errores y corruptelas, estas “evocaciones no requeridas” van a provocar ira y desconcierto entre lo que queda de la grey del comunismo azteca, porque Avilés Fabila ni se justifica ni se lamenta. Así le ocurrieron las cosas y así las entrega al lector para el más preciso entendimiento y comprensión del modo de actuar y ser de los miembros del PCM.
Leí estas Memorias… en una tarde. El texto me sedujo. Los comunistas mexicanos son patéticos. Han vivido del cuento muy bien adobado y adormecedor de las luchas de clases, de la vulgata marxista-leninista, de la represión hacia sus militantes y a la familia de ellos -madre, esposa, hijos.
De la divulgación de las tesis de Marx sobre Fuerbach que de las once se suprimió una, aquí, por no convenir a los intrépidos intereses de los comunistas aztecas que sólo leen y estudian (y divulgan) lo que sus estrecheces de pensamiento asimilan o lo que juzgan peligroso conozcan sus compañeros de célula y los estudiantes en tris de ingresar a un partido que sólo conoce obreros y campesinos en las fotos.
Más actos de censura consigna Avilés Fabila y que le atañen en lo personal. De traiciones, delaciones, reprimendas. El retrato de una “familia” nada sagrada, aplicándose a practicar la dictadura de una élite sobre el futuro.
Estas Memorias… son tan oportunas como el libro de Shcvardnadze y como en su momento lo fueron las autobiografía de Koestler, Semprúm, Revueltas. No habiendo tenido puesto en la directiva del PCM, Avilés Fabila narra la existencia política y cotidiana de uno de tantos militantes. En especial de un escritor, de un intelectual al que, de cuando en vez, en dicho partido, se enviaba a “proletarizarse”, a darse baños de obrero y campesino. A despojarse de su autoestima para “rebajarse” a la altura de aquellos desconocidos en cuyo nombre ha dicho hablar el PCM.
Los viajes ilustran y de ellos los que facilitaba el pertenecer al PCM, también deja registro RAF. Son viajes para la decepción de cualquier ser humano que esté luchando por la creación de un hombre nuevo.
Lo mismo en Cuba que en la URSS. Y ello porque, a contrapelo de lineamientos, de transportes de misticismo ideológico infundido en los “cuarteles del socialismo”, del asombro que produce el contemplar legiones de cortadores de caña que voluntariamente acuden a la zafra contra su propia voluntad, el militante hace vida cotidiana enfrentándose a las realidades de la prostitución, del registro de los actos y la conciencia, de la gran mentira sostenida por todos a sabiendas que están mintiendo, pero ello es “conveniente para los elevados designios del hombre nuevo”.
Estas Memorias…, pues, son testimonio del paternalismo stalinista, et al, que considera a cada militante un niño de teta al que debe conducirse, bien administrado el biberón, hacia el cumplimiento de una acción política autoritaria que no busca, como Dios reivindicar al explotado, sino mantener en el poder a una logia prepotente, ineficaz, oportunista y vagamente honesta y congruente.
Mas, Avilés Fabila, concluye su repaso siendo justo con él y con su vida: “Tal vez me equivoqué en cuanto a ciertas precisiones ideológicas y carecí de la capacidad para un tipo de análisis más severo o quizá debí tomar el consejo humorístico que mi madre me daba y que puse al principio de estas páginas: hacerme rico. De lo que estoy cierto es de que pronto acepté a Marx y no veo ninguna razón para dejarlo. Con la caída del socialismo real no cayó Marx. Sólo los necios así lo imaginan. Nunca estuvo en China ni estuvo en Rumania ni está en Cuba. Por desgracia nada se pareció a lo que el filósofo y humanista denominó socialismo científico. Todo ha sido una caricatura de su pensamiento. Yo, aunque tuve dudas, toleré a regañadientes esa mala copia, pésima copia original. Para mí no hay razón de arrepentirse. Simplemente ha cambiado el curso de las cosas y hay que aceptar la nueva realidad y tratar de mejorarla aunque sea equivocándose. Lo único que no es confiable es la pasividad.”
Eso, no arrepentirse de nada. Seguir.
* Publicado en Sin Gafete. 5 de julio de 1991 No. 9 año 1.