René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Águila o sol*

Alberto Domingo

Ya he dicho alguna vez, varias veces, que en la mesita junto a la cabecera de mi cama tengo siempre varios libros: dos, tres, cuatro, cinco, que voy leyendo según la fatiga del día me lo permite o el humor del anochecer me lo dicta.

De Noticias del imperio, por ejemplo, no he pasado de la página 186 -me lo regalaron hace más de un año- ni pretendo ir más adelante. En cambio, por amable conducto (Marco Aurelio Carballo) me llegó la semana antepasada Memorias de un comunista, de René Avilés Fabila, y lo leí de un sólo trago, sin respiro.

Bien me acuerdo que Luis Guillermo Piazza -ambos colaborábamos entonces en el programa televisivo de Ricardo Rocha- me daba su receta de cuando él era receptor-catador de los libros que se proponían a la Editorial Novaro: “Si en las primeras quince páginas la lectura del libro no te atrapa, deja el libro...” Nada tiene, pues, de revelador el que yo repita aquí mi experiencia con Cien años de soledad: lo tuve desde los primeros días de su aparición en México y me lo bebí de un trago -manes de Nicolás Guillén- como una copa de ron...

Pues bien, con esto de Avilés Fabila -quien, por lo demás, no está a prueba de si es o no es buen escritor- así sucedió.

Fina prosa -diría don Rafael Solana y estoy completamente de acuerdo con él- la que es clara. No me propongas -diría yo a ciertos escritores que, presuntuosos, quieren siempre seguir los vericuetos de la Rayuela de Cortázar- solamente charadas. Dime, cuéntame lo que quieres, necesitas decirme y ya.

Lo que René cuenta, en estilo desenfadado y elocuente, es para mí verdad sin adornos babosos. Su crítica revisa las fallas, los desaciertos, las exageraciones, las insidias, de los malos ideologistas izquierdosos entre los cuales él anduvo, alguna vez, de buena fe.

Tiene su trabajo de escritor profesional (esto, quiere decir que no escribe, por hobby, los domingos y días de guardar, sino por necesidad vital, imperiosa) las calidades indispensables de la buena obra literaria: veracidad, fluidez, sabor, legitimidad de conceptos y, en fin, eso que se llama “ángel”, “elan”, gracia; en suma: oficio, dedicación, talento.

Ya hace años comenté aquí un libro de René que hizo llegar a mis manos. ¿Cuál sería: Odette, Tantadel, El solitario de Palacio?.. No me acuerdo bien; pero da igual. Recuerdo bien, eso sí, que yo, como lector, no como crítico literario que no soy, dije que el autor, jovencísimo entonces y hoy todavía con frescura envidiable, tenía, como la tiene, calidad excelente. Y hoy vuelvo a disfrutar con su tarea: sus observaciones, sus andanzas, lo mucho de historia mexicana reciente que nos proporciona. Me agrada, me divierte, me enseña.

Fluida lectura, grata lectura. Agudo escrito, lección buena.

* Publicado en la Revista Siempre! Julio 17 de 1991 Número 1986.