Dicen los que saben de estas cuestiones –me refiero al famoso complejo de Edipo que entraña una relación muy personal entre la madre y el hijo– que para estudiarlo se tiene que recurrir a la psicología, a la psiquiatría, a la sociología, o más llana y claramente su origen se limita a una determinada forma de amar. Y aquí en la palabra amar podemos pensar en varias alternativas: ser correspondidos, rechazados, ninguneados, olvidados, ignorados y hasta odiados. En este tipo de relaciones debe considerarse normal cualquiera manifestación, silenciosa o escandalosa, que con sus significados y actitudes mantenga viva –o muerta– la cercanía, la confrontación, el entendimiento, las discrepancias, las complicidades, que a lo largo de toda una vida se van desarrollando entre una madre y su hijo o hija, o entre el hijo o hija y una madre.
Dada la naturaleza de este vínculo familiar –quizá el más sagrado según las sagradas escrituras– que se puede manifestar a temprana edad de los hijos, siempre y cuando tengan cierto razonamiento y memoria, la verdad es que conforme avanza la vida, es decir los años, el trato, los cambios psíquicos y hasta hormonales sufridos pesarosa o placenteramente por ambas partes, se irá afianzando la unión de estos personajes, para bien o para mal, y aquellos primeros relucientes o negros resplandores irán tomando su sitio como algo que se posesiona de su hábitat para no ser expulsado nunca.
Son declinaciones, que no siempre son hacia abajo, que se apoderan de los sentidos y que le proporciona a todo ser humano su cuadro de vida. Entre los seres que padecemos o gozamos, nunca se sabe, de este dizque complejo –igual y puede ser una determinada forma de amar– los latinoamericanos figuran de manera predominante y entre ellos los mexicanos ocupamos un honrosísimo primer lugar. René Avilés Fabila, aunque sus enemigos no lo crean –tiene muchos–, es uno de ellos.
Aunque la mayoría de los compañeros de generación de René aquí hablo de su generación literaria, sus amigos personales, parientes, conocidos y, sobre todo, sus enemigos, ignoran que dentro de esa personalidad hombrunamente machista de la cual hace alarde a la menor provocación, de triunfador y moreno castigador, de hombre de letras y maestro universitario, de cuentista y novelista, de funcionario cultural y de polemista, de editorialista político; de sus motes amorosos de “águila negra” y de “capitán lujuria” –que según rumores femeninos ahora lo han convertido en zopilote mojado y en soldado raso, respectivamente; de escorpión venenoso y yoísta irredento, de chilangón sangrón y seductor en retirada –por decirlo de una manera amable–, se esconde, aunque ustedes no lo crean, un alma buena que, para colmo de males, es declarada clínica y cínicamente edípica. Cualquier parecido con los machos mexicanos no es mera coincidencia sino una grande realidad.
El libro de mi madre que René Avilés Fabila acaba de publicar con el grupo editorial de Miguel Ángel Porrúa, escrito un poco después de la muerte de su progenitora, nos muestra, a sus lectores atentos, un René casi desconocido, a pesar de que ya lleva publicado dos tomos de sus RECORDANZAS, libros de alguna o de muchas maneras autobiográficos. Desconocido sí, porque en estas páginas nos revela parte de su vida que no habíamos tenido oportunidad de conocer y que, además de sus méritos literarios, también le sirve para “confesarse”, él que no es católico ni cree en nada que no sea el comunismo, la literatura y las mujeres, aunque ignoro el orden de estos tres factores que sí pueden alterar el producto, que viene siendo él.
Desde el punto de vista conservador en el que podemos encerrar la palabra edípico, o mejor dicho desde la perspectiva nacional a que estamos acostumbrados a deletrear este concepto, El libro de mi madre, de René Avilés Fabila, es un libro fuera de serie porque el tributo que rinde a doña Clemencia Fabila no es fácil de asimilar o digerir por un lector común y corriente, ya que el planteamiento de la obra es de un inusual y descarnado aliento que a simple vista, o a una primera leída, puede parecer de pronto contrario a la celebración, que es su aliento primero y último.
Ustedes se preguntarán por qué este libro de René es fuera de serie. Porque el texto transgrede la educación y la moral media mexicana donde, para referirse a la madre, considerado el ser más puro y adorado de la creación, sólo se deben de tomar en cuenta sus virtudes, callar, enceguecer u ocultar sus defectos y loar sin reticencia todos los actos de su vida, aunque algunos de ellos hayan afectado la buena marcha de los deseos y los razonamientos de los hijos y la verdad se cubra con una mascarada para no alterar el mito consagrado de la inequívoca vocación de mártir que acompaña a la madre, no sólo por haberle dado la vida sino por cargarlo nueve meses durante su crecimiento, acto científico y divino que, también hay que decirlo, ella es capaz de trascender y perpetuarse en él.
En la mayoría de los textos que conocemos referente a la madre sólo se vislumbra o se celebra el amor unívoco de ella hacia el hijo, el agradecimiento eterno –cómo no si la vida es lo más preciado de la vida–, la alabanza, y se silencia o se borra la otra cara de la moneda, sin la cual no puede existir el sentimiento o la pasión natos que le confiere a esta relación de madre e hijo, es decir edípica, su verdadera dimensión. No debemos olvidar que por la misma cercanía y el recrudecido entendimiento personal se caldean los ánimos, se desequilibran razonamientos, se sacrifican posiciones, se relegan amores y circunstancias, se abre un camino que perpetra la relación en el desprendimiento mutuo de asonancias y consonancias en el diario vivir amparadas en una convivencia de vidas propias y ajenas al mismo tiempo.
Eso es lo que René Avilés Fabila evita en su narración; este gesto orgulloso y valiente, honesto, quizá como el de aquél que decide quitarse sin más preámbulos la vida, es lo que hace a este libro totalmente diferente.
Pero no se crea que por estar bajo la luz de la verdad el sentido celebratorio de este libro palidece; al contrario, a mí me da la impresión que para una personalidad como la de doña Clemencia Fabila –tuve el privilegio de conocerla– éste es el tratamiento literario adecuado aunque nos cimbremos ante el empleo de unas palabras “crudas”, “fuertes”, dichas, es decir escritas con precisión y con la fidelidad del lago en la garganta del volcán como escribiera Carlos Pellicer, otro ilustre edípico de las letras –aliado de Jaime Torres Bodet, Andrés Henestrosa, Juan Gelman, Máximo Gorki, Romain Gary, entre otros.
La sencillez y la naturalidad con que René Avilés Fabila roza, para algunos, el borde del espanto a la hora de desangrarse gota a gota tratando de reconstruir el verdadero retrato de su madre lo más fielmente posible, el que él vio y vivió durante los largos años de su vida –la vida de él no la de ella–, puede tomarse ríspida en la configuración de los valores éticos y morales de cada lector, aunque debería de quedar bien claro que el autor, consciente de su desnudez total ante el dolor sin nombre de la irremediable, cabrona y eterna ausencia de la madre recurre al deslumbramiento de la verdad, de su verdad, para dibujar con trazos y vacíos encerrados su verdadero rostro. Aquí me atrevería a afirmar que doña Clemencia sonreiría al contemplarse en su propio rostro dibujado por su hijo.
A pesar de que el tema, por su origen mismo, es delicado de tratar en la literatura porque se puede correr el riesgo –precipitarse en él– de dejarse llevar por sentimentalismos fáciles, ligeros e inútiles aunque no estoy totalmente en contra de ellos bien escritos y mejor pronunciados, René lo evita a través de la cerrada armazón y el equilibrado entendimiento de la verdad, ya lo dije, al anteponer los sentidos al corazón, como es natural que ocurra en este tipo de manifestaciones amorosas si es que se quiere que trasciendan, que a veces se convierten en ridículas, y al poblarlo de lucideces que aclaren el entendimiento ya que por su descastada tradición ontológica no existe otro complejo con mayor grado de complejidad que éste que en términos científicos casi se acerca a un inacabado pleonasmo.
El libro de mi madre de René Avilés Fabila, comienza su vida en la muerte del personaje central. El narrador toma el último aliento de vida de doña Clemencia Fabila para escribir el primer aliento de este libro.
Después de la larga espera –aunque la agonía haya sido breve–, aquí el tiempo no transcurre sino que se erosiona en los espacios deteniendo también la vida de los demás. La memoria viaja hacia sus orígenes, en todos los sentidos, pasa revista a cada uno de los momentos claves que conforme asaltan las visiones del narrador hijo, del hijo-narrador, van tomando forma para desdibujar con las recordanzas las imágenes rescatadas con la vida frente a la muerte, las mismas que irán tomando su lugar con una destacada vehemencia, y casi podría decir violencia amorosa, al sorprender al lector saltándose las trancas de la meditación familiar de antaño, como ya es costumbre en la hipócrita sociedad mexicana de nuestro tiempo.
A ratos, siguiendo la puntual escritura de René que habla con la verdad, el lector puede sentir, puede pensar que narrando las vicisitudes de la madre y por ende las del hijo, se rompe la tradicional veneración y el debido respeto que se supone se le debe a la madre que nos dio la vida porque aquí han eliminado los alcances de un respeto mutuo que permita el uso de la misma vara; yo, que también soy un escorpión edípico, siento y pienso todo lo contrario ya que Avilés Fabila, a través de su mirada desprovista de falsa compasión más no de sentida ternura, de su mirada descarnadamente crítica pero terriblemente amorosa, desentraña no una vida, la de su madre, sino dos, también la de él, y nos la presenta de carne y hueso –como debe ser–, con sus defectos y virtudes –como debe ser– con sus triunfos y fracasos –como debe ser–, con la verdadera esencia, por muy lastimosa que sea, que la hace trascender de su origen y entorno primitivo. Por supuesto René sabe que adivinando el alma de su madre ilumina la suya poniéndola al alcance de las miradas inquisitivas o perversas de los demás. Es uña por uña y diente por diente. ¿Cómo no creer en esa relación, en ese amor que a pesar de los pesares, desde el punto de vista de nuestro autor, lo convirtió en lo que es, en un hombre hecho y derecho, en un maestro, en un amante complicado y complaciente, en un escritor, en un hombre? ¿No podríamos pensar, o mejor dicho especular, que si el trato entre madre e hijo hubiese sido de otra naturaleza más compleja, lo cual quiere decir más cercana y a lo mejor quizá más dulce y menos desamorosa, el destino de René Avilés Fabila hubiese sido otro, menos afortunado que el que vive y del que se siente muy orgulloso? En este libro no está en entredicho, aunque para alguna mirada ligera lo parezca, la fortaleza de la madre, la cercanía de la madre que pudo ser más estrecha, el afán de la madre por hacerlo crecer más pronto –aunque él preferiría una más cerrada dependencia amorosa– y soltarle las riendas a temprana edad para que labrara y encarara desde niño, como lo hizo, su propio camino.
El libro de mi madre es un libro terriblemente sincero pero no por ello menos trascendente y original.
Además de las inesperadas confesiones personales acerca de su formación –o su deformación, como se quiera ver–, de René Avilés Fabila que la mayoría de sus amigos actuales desconocíamos; además de contar sin cargo de conciencia alguno, como debe ser, la afición o si se quiere la adicción del personaje principal hacia el tequila como un intenso paliativo quizá para sobrellevar con mayor dignidad la soledad y la vida, ésta es una historia narrada no como un mea culpa, no como un ajuste de cuentas entre madre e hijo, no como un vengativo y carnal reproche de sangre, no como una desamorosa pasión que se truncó en el camino, sino como una sigilosa y musical declaración de amor –pienso en música de Beethoveen– con la que René, con la que el autor, ha nacido de nuevo de esta mujer. Clemencia Fabila lo parió dos veces.