René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Un texto con muchos paréntesis, varias repeticiones y algunos recuerdos*

Joaquín Armando Chacón

Conocí a René Avilés Fabila allá por 1973 en la editorial Joaquín Mortiz, cuando estaba por la calle de Tabasco, en la colonia Roma, al ojo, sapiencia, generosidad, entusiasmo y cuidado de don Joaquín Díez-Canedo, ese hombre admirable y esa editorial tan entrañable a quien la literatura mexicana le debe tanto y tanto y nosotros -aprendices de escritores siempre- le deberemos tanto y más, siempre. Y digo: conocí a René Avilés Fabila ahí dos veces: primero en una fotografía en la contratapa de un pequeño librito de tonos azules si no mal recuerdo, de la Serie del Volador, que se llamaba La desaparición de Hollywood. Ahí estaba René: cachetón, jovencito, con el cabello bien peinado, ya desde entonces esa sonrisa apenas dibujando la ironía, enfundado en una chaqueta de cuero negro, con un suéter de cuello de tortuga, también negro, y atrás de él, en el fondo de la fotografía, la Torre Eiffel, por supuesto, claro que sí, no faltaba más. Esa fotografía no llevaba crédito, pero siempre me he supuesto que su autoría se la debe a Rosario.

Yo había ido a recoger los primeros ejemplares de mi inicial novela, Los largos días y ahí, aguardando como quien espera su propio nacimiento, magia increíble de ciertas vocaciones, miré la fotografía, ésa, de Avilés Fabila. Caray. De tanto en tanto y por aquí y por allá, había escuchado hablar de Avilés Fabila y ahora resultaba que éramos como cuates, como compañeros de esa sala, por no decir cama, de nacimiento en el mismo mes y año (agosto de 1973). Pero no, qué va, René ya había nacido antes varias veces; en el 67 se había publicado su primera novela, Los juegos, y la Secretaria de Educación Pública le publicó un ensayo titulado Albert Schweitzer o el respeto por la vida, y después, en el 69 el Fondo de Cultura Económica, editó unos cuentos que se llamaban Hacia el fin del mundo, mismo año que el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana edita Alegorías. Una segunda novela, El gran solitario de Palacio, se publicaba en Buenos Aires a dos años de aquel 2 Octubre que no se olvida, y luego Joaquín Díez-Canedo lo había cobijado dentro de la Nueva Narrativa Hispánica con el tomo de La Lluvia no mata las flores. Y éste tomito La desaparición de Hollywood circulaba desde un año antes por las hermosas calles de la Habana en una edición de Casa de las Américas. Así que mi cuate René ya era un viejo lobo en eso de esperar ansiosamente, con el corazón galopando de contento y pánico y pasos de hormigas -muchas- en la boca del estómago, por la edición de un libro. Ese nacer de nuevo para entrar de nuevo en el Limbo y volver a pergeñar algunas otras páginas mientras nos olvidamos de aquel hijo que soltamos a la benevolencia de los lectores y la jauría de los críticos (¡qué fea palabra!). Sí, un viejo lobo. Con razón en la contraportada se podía leer: "Con este libro, René Avilés Fabila (México, 1940) destaca entre los autores de una de las generaciones más prolíficas que ha dado la literatura mexicana".

Y entonces, mientras aguardaba por don Joaquín y mi primera novela, me puse a leer a René Avilés Fabila (y debo decir que adoptando una cierta seguridad de autor primerizo que no quiere dar esa impresión, sino muy "cancheramente": así me puse a leer). Había ahí un cuento corto, "Sobre lobos", que me pareció estupendo, uno de esos cuentos que se le quedan a uno creo que para siempre, y donde se le explicaba a un niño que "si esta bestia no existiera no tendríamos tanta magnífica literatura infantil..."

Desde entonces siempre he tenido en el recuerdo ese cuento al volver a leer a Avilés Fabila, pues ahí encuentro un lazo de unión entre lo que han llamado las dos vertientes de su cuentística. Por un lado lo fantástico o mágico o maravilloso, que tanto lo acerca a Poe y a Borges y a Bierce y a Cortázar (y recordemos que un autor es tan bueno como magníficas son sus influencias), de la gran mayoría de sus cuentos brevísimos y por el otro el verismo de muchos de sus cuentos amorosos, como ocurre en "El triángulo perfecto", donde Avilés Fabila nos va narrando el cuento como quien cuenta una historia como se le va ocurriendo, con todos los detalles, para hacernos entrar en esos momentos de esas vidas e irlos sintiendo reales, vivenciales. Fíjense, la gran mayoría de los cuentos de Avilés Fabila se nos transmite en primera persona, como si a él le hubiera ocurrido eso hace un minuto o apenas el día de ayer, y así entramos en esa intimidad, no como voyeuristas sino como acompañantes de alguien que nos está relatando lo que le ocurrió, y entonces a la Lady Madona parece que la conocemos, que ¡claro, es aquélla! y Martha pues sí, la de la universidad, ¿no te acuerdas? Y Yolanda y Lourdes, qué va, casi como si nosotros hubiéramos estado ahí, precisamente ahí, y qué antojo de conocer a Miriam y de que La Dama del Cuadro fuera real. Y entonces vamos descubriendo la ironía, ese burlarse de sí mismo de quien nos está contando, ese humor donde nos sonreímos pero al mismo tiempo nos va reflejando un modo, un tiempo, una época, una desesperanza.

Nos fuimos a tomar un whisky con Giner de los Ríos, una nada más, teníamos que irnos volando a mostrar nuestros libros a los familiares, a los amigos, a quien fuera para que vieran que nos habían publicado, así que un whisky nada más, apenas casi para que por propia boca de René supiera que le decían el Águila Negra. Y al mismo tiempo que parecía quejarse lo aprovechaba para ironizar a su costa. Y como no hay una segunda oportunidad para dar una primera impresión; desde entonces me quedo ésta, la de que Avilés Fabila siempre iba a querer burlarse de sí mismo, que era la mejor manera de burlarse de sus lectores por medio de la ficción, en ese convertir las mentiras en verdades. (Después, al paso del tiempo, supe que alguien de los de La Mafia para bromear con su nombre le decía Bebé ah vil es Fabila, o algo por el estilo, y Bernardo Ruiz le puso en una ocasión El Capitán Lujuria. Y todo, cualquier chascarrillo, situación o apodo le ha servido a Avilés Fabila para ir conformando parte de la literatura, algunos de sus cuentos y viñetas, como uno puede leer en el cuento "El capitán lujuria", o en "Mis amores literarios", por ejemplo, donde produce juegos que van de la realidad a la ficción y luego rebotan en la realidad y hacen chuza en la fantasía, porque después de todo la verdadera y única biografía de un escritor son sus obras).

Él, René, retomo, dicen que pertenecía al grupo de La Onda que se rebelaba contra La Mafia (pertenecía a una generación anterior a la mía por publicaciones y edad: una generación que al igual que a la mía no le interesó agruparse, y que durante mucho tiempo se le ha intentado desconocer por medio del ninguneo, apropiándose de ése "ni los veo ni los oigo ni existen". Y su generación y la mía se fueron juntando finalmente, formando una, pluralista, con cada quien en sus influencias y sus estilos, en sus trincheras y soledades, porque no existía nada más un camino y uno de los verdaderos chistes de la literatura, como la vida, es el de abrir nuevas compuertas).

Y después de ese whisky inicial nos hemos bebido algunos otros y en diversos lugares (casi por el azar, pues no soy escritor de cocteles y creo que Avilés Fabila tampoco, ni pertenecemos al club de los halagos mutuos), hemos sido jurados en algún concurso de provincia, participando juntos en algunas mesas redondas, comido junto a otros compañeros escritores y hemos encontrado amigos comunes lo mismo en la ciudad de México y en provincia o Buenos Aires, España y Estados Unidos -como Dionicio Morales, Bernardo Ruiz, Norma Klahn, Mempo Giardinelli. Yo, por supuesto, lo he seguido leyendo, y de vez en cuando, ante alguna reseña de uno de sus libros y de algún despistado que sigue considerándolo de La Onda, me sonrió extraliterariamente, pues sin duda Avilés Fabila ya va por otros derroteros, como también ocurrió con los otros personajes de ese grupo.

Ese abrir compuertas y conquistar lectores y admiradoras, Avilés Fabila lo ha hecho a su modo, por medio de la ironía en el relato fantástico y en los temas amorosos, y se ha hecho un hombre y un camino bien cimentado. Es un terrible autor prolífico, semana a semana produce breves textos que en rápidas pinceladas nos divierte y cuestiona, y casi año con año sale un nuevo libro para nuestro deleite de lectores: Lejos del Edén, la tierra; Los oficios perdidos; Fragmentos de la bitácora de Noé; Fantasías en carrusel, son, algunos de sus libros de cuentos. Tantadel y La canción de Odette algunas de sus novelas, sin olvidarnos de Réquiem por un suicida, esa novela donde fue penetrando en un estilo que me llamó mucho la atención, a mi y a tantos lectores, entre la novela y el ensayo y el reportaje periodístico que tan bien le sale, porque semana a semana aboga, sigue abogando por la cultura y la educación y por el respeto por la vida -como en el titulo de su primer libro de ensayos-, y no a toro pasado como acostumbran nuestros valientes críticos de la vida cotidiana, sino de frente y en el momento lanza sus criticas hacia la incompetencia del gobierno, lo mismo en el tiempo de Salinas como ahora en el de Zedillo y en su momento en el de De la Madrid y en el de López Portillo y en el de Echeverría y en el de Díaz Ordaz, y seguro lo hará con los que vienen si es necesario, y una lectura paralela entre sus páginas editoriales de los sábados y domingos en Excélsior y sus cuentos sería un buen proyecto para un -crítico literario capaz, pues estos textos no se oponen sino que se complementan, ya que si en sus notas periodísticas, bien pensadas y lúcidas, Avilés Fabila critica la corrupción y la incapacidad de un(os) gobierno(s) y en su editorial dominical de El Búho los desatinos de los funcionarios culturales (y con justa razón, pues un gobierno que cada vez intenta hacer prescindible a la cultura, sólo puede terminar por ser prescindible), en sus textos de ficción revive, entre líneas, en el subtexto, la condición humana en su vida cotidiana y la desolación y la insatisfacción de la pareja amorosa. Entonces, testimonio y creación, rebeldía y fantasía. Así, para Avilés Fabila, lo amoroso es aquello que nos puede salvar de la vida en estos tiempos de insatisfacción política, pero quizá debido a la falsedad de nuestro medio social es por lo que toda pareja estará entonces condenada al fracaso, sin importar que en la creación de la ficción -aun cuando proceda de la realidad- intervenga, lógicamente, la imaginación, esa "loca de la casa", pues la literatura, como dijo Vargas Llosa, "nos dice lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos, e incluso aquello que nunca llegaremos a ser”, y con ello Avilés Fabila, mi cuate, ha conseguido unas excelentes narraciones que ahora se agrupan en este volumen de coedición entre la editorial Aldus y la colección Molinos de Viento de la Universidad Autónoma Metropolitana que vuelve a llamarse Todo el amor (1970-1995).

Enhorabuena por este hecho, por este libro por esta recopilación. Pero también porque sabemos que todavía vendrán otros apodos, otros whiskys, otras aventuras reales o imaginarias y por supuesto muchos otros libros.

* Texto leído el 2 de marzo en el Palacio de Minería, México D.F. y publicados en el suplemento cultural del Excélsior, El búho. Domingo 17 de marzo de 1996.