René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

El amor es infinito mientras dura*

Antonio Castañeda

El amor ha sido el tema luminoso de la literatura y del arte de todos los tiempos y todas las culturas. Del amor todo se ha dicho y todo está por decirse. Para Dante, el amor mueve al sol y a las demás estrellas. Para Orson Wells, ese genio inmenso de nuestro tiempo, el amor es lo que más nos acerca a la ilusión de que no estamos solos.

Las historias de amor son las que más nos conmueven y las que recordamos con mayor intensidad.

Cuentan que en una ocasión, Alfred Hitchcock, ese otro genio de la narrativa cinematográfica, pidió a uno de sus mejores guionistas le escribiera una gran historia. Éste, después de asegurarle al cineasta inglés que lo haría, le comentó que algunas noches soñaba grandes historias que de inmediato le hacían despertar; pero que al día siguiente, ya las había olvidado. El mago del suspenso sugirió al guionista que durante la noche tuviera a la mano papel y lápiz para escribir, en el primer despertar, el sueño reciente. A los pocos días el guionista fue en busca de Hitchcock y en la total euforia le dijo: "¡Ya tengo la gran historia". Escúchala:"Un día, una mujer y un hombre se encuentran y enamoran".

Quienes hemos tenido la inmensa fortuna de vivir la magia irrepetible del encuentro amoroso, casi siempre fortuito, sabemos de la carga de misterio que éste lleva. Por eso en la literatura, en el cine y en otras artes, las grandes historias son las de amor. El beso de Rodin, más que una escultura, es la materialización de un instante de una gran historia de amor. La canción Vida voluptuosa, interpretada por el saxofonista John Coltrane, es una de las historias de amor más intensas que he escuchado. Y esta noche, lo que aquí nos reúne, es un libro de historias de amor. A su autor, todos lo conocemos: René Avilés Fabila.

El título del libro que las contiene y cuya aparición celebramos: Todo el amor. Amenos y sugerentes textos escritos entre 1970 y 1995, publicados en una bellísima coedición Aldus-UAM.

Cuando me invitaron a participar en esta mesa, me dio un gusto especial y me sentí con todo el derecho para estar en la celebración, porque mi amistad con René se inicia cuando él empieza a escribir sus primeros cuentos y yo mis primeros poemas.

Eso fue hace un buen número de años en una preparatoria particular de mala muerte donde ambos estudiamos. En esos días ya distantes, en los descansos entre clase y clase, René y yo nos leíamos nuestros primeros textos. Recuerdo muy vívidamente una mañana en que René me leyó un cuento suyo en el que su personaje era un pajarero que recorría las calles de la ciudad de México con sus jaulas a cuestas.

Yo, inmediatamente después, ataqué a René con la lectura de un poema mío que hablaba de la luna ultrajada por los malvados astronautas. En esos descansos entre clases, también hablábamos de las historias de amor que habíamos vivido respectivamente. Pero eso sí, el tema recurrente era la literatura. Nuestros condiscípulos, personajes casi patibularios, nos hacían ruedita, totalmente desconcertados, ante el desarrollo de nuestras conversaciones.

René, a los pocos meses de estar en ese siniestro plantel, que además tenía fama de vender certificados de estudios, cartillas, constancias de buena salud y pasaportes falsos, decidió sensatísimamente irse a la Prepa uno, donde conoció a Rosario, ahora su esposa y al muy joven José Agustín, quien también se iniciaba en la literatura.

Yo también, al poco tiempo dejé esa escuela nefasta y me inscribí en una academia de pintura. Ahí, conocí a una alumna, excelente retratista, ya en ese tiempo, con la que unos años después me casé. En ese lugar entablé amistad con un extraño personaje, al que le decían "El Francés", notable por su feroz sentido critico. Se trataba de Felipe Cazals, ahora uno de nuestros escasos buenos directores de cine.

Él me relacionó con su grupo de amigos. Todos ellos gente inteligente, sensible y de una gran capacidad de indignación ante la estupidez y la insolencia de la clase media mexicana de ese tiempo y la criminalidad del sistema político mexicano y sus gobernantes.

Esta gente, y mi amigo René, a quien le perdí la pista, y que fue mi primer interlocutor literario, fueron definitivos en una parte de mi formación y en mi nueva manera de ver el mundo. Ahora lo digo con muchísimo agradecimiento.

Una mañana, caminando por 5 de Mayo, me topé con mi amigo René, el de la preparatoria, quien iba en compañía de un señor adusto, su padre. Brevemente hablamos de lo que habíamos hecho en esos tres años de distanciamiento. Yo ya me había casado y René me dijo que él se casaría en unas semanas.

Comentamos que seguíamos escribiendo. Intercambiamos teléfonos y direcciones. En ese tiempo yo vivía en la colonia del Valle y la nueva casa de René estaría a unas cuadras de la mía.

Al poco tiempo René y yo empezamos a frecuentarnos y descubrimos otra cosa en común, ambos habíamos sido alumnos de Juan José Arreola. René en el taller que el maestro tenía, creo que en su casa, y yo en la Universidad. Hace ya tiempo, Alejandro Aura, también alumno de Arreola, me dijo algo muy cierto, que con el maestro habíamos tenido el mejor de los aprendizajes, el aprendizaje de la pasión. Lo entendí claramente, el aprendizaje de la gran pasión por la literatura, por la mujer y por la vida.

Y ese aprendizaje se advierte claramente en la obra narrativa de René Avilés Fabila, quien ya traía lo suyo. De aquel tiempo de la colonia del Valle, en el que vivimos cosas memorables -casi siempre entre copa y copa- recuerdo cuando René, Gerardo de la Torre y yo- nos reuníamos una vez por semana a leer nuestros textos y a comentarlos por escrito. De los tres el más prolífico sin duda era René, quien siempre que iba a mi casa llevaba un cuento nuevo para leerme. Desde ese tiempo René ya tenía un estilo propio y las vertientes de su narrativa, estaban definidas.

Ahora, al releer los cuentos de René, reunidos en Todo el amor, veo con nuevo asombro el mundo tan rico que el autor ha creado.

En Todo el amor hay desde cuentos extensos y abiertamente encaminados a la reflexión, como "Emma" o muy breves y de un gran poder de sugerencia como "Cursi amor eterno" o de fino humorismo como "Los viejos amorosos" o aquellos inspirados en personajes entrañables, como King Kong o "Dulces sueños", texto digno de una gran antología de Ciencia Ficción o "La mujer del sol", con esa rara belleza que sólo se encuentra en las leyendas antiguas.

Todo el amor es un hermoso libro de cuentos, que como algunas fábulas, tiene para los lectores un recordatorio y una petición.

El recordatorio: El amor no es eterno, cambia para convertirse en desencuentro y luego en desamor.

La petición: Que el amor sea infinito mientras dure.

* Texto leído el 2 de marzo en el Palacio de Minería, México D.F. y publicados en el suplemento cultural del Excélsior, El búho. Domingo 17 de marzo de 1996.