En México las calles no están empedradas, como observó un crítico colonial, de poetas, sino de cuentistas. La mitad de la producción literaria nacional pertenece al género cuento. Salvo muy contadas excepciones los escritores mexicanos han comenzado su carrera con un libro de cuentos: los tienen don Justo Sierra, don José Vasconcelos, generales como Francisco L. Urquizo; ministros, como José Manuel Puig Casauranc; pintores, como Gerardo Murillo; patriarcas como don Manuel Ignacio Altamirano; políticos activistas como José Revueltas; y el que no escribe cuentos, se lanza al mundo de las letras con una antología de los ajenos. Hay quien interprete este cuentismo como falta de aliento y de fuerzas para esa empresa mayor que es la novela. Probablemente no se trate de eso, pues el cuento no es nada más un proyecto de novela, o una novela desnutrida; el cuento no es el tercer mundo de la novela. Inmensos escritores europeos, novelistas insignes, como León Tolstoi y Fedor Dostoievski, cuentearon también. Y un gigante italiano, Luigi Pirandello, que sólo una novela escribió, dejó en cambio trescientos sesenta y cinco cuentos (y además un gran número de grandes obras de teatro); el doctor Anton Chéjov, autor de cuatro o cinco obras maestras del teatro, y de unas cuantas más pequeñas, también prefirió el cuento a la novela, sin que podamos afirmar que lo hizo por falta de alas para volar hasta ella; Gilbert Keitt Chesterton, en Inglaterra, también fue sobre todo cuentista, ¡Y de qué tamaño! Y Oscar Wilde, la mayor gloria literaria de Irlanda, a cambio de una novela única completó muchos cuentos magistrales; los tiene también, bellísimos, su paisano James Joyce, que teatro tiene muy poco, y novelas una excelente, y dos que son famosísimas, pero que todavía después de tantos años de escritas, resultan duras de tragar. Francia, en su gran siglo, que es el diecinueve, junto a novelistas monumentales, muchos, tienen pocos cuentistas comparables con ellos: Guy de Maupassant el más notable; Marimée, Daudet, detrás. España, cuyo Siglo de plata también tiene novelistas colosales, puso en segundo término, con respecto a la novela, el cuento, del que Pereda es un maestro. Publicaciones como "La novela semanal": otras por el estilo, ya en este siglo impulsaron un género intermedio, que es de novela corta, que ocupó durante largos años a muchos genios.
México, y en general el continente americano, ha dado grandes novelistas, sobre todo desde el "boom"; pero mayor número de cuentistas; en los Estados Unidos desde Washington Irving hasta Ernest Hemingway, el cuento no se ha quedado atrás de la novela y en la América del Sur, desde el sabrosísimo don Ricardo Palma, u Horacio Quiroga, hasta Borges, Bioy Casares o Cortázar, a veces ha brillado más que la novela misma.
De todo el aluvión de libros de cuentos que las prensas mexicanas lanzan a la circulación cada año pocos nombres sobreviven es cierto; son escasos los volúmenes cuentísticos que alcanzan varias ediciones, y nuestros narradores más célebres y exitosos: Luis Spota y Carlos Fuentes, claramente son más novelistas que cuentistas, como lo son también Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán; pero la nómina de los cuentistas de dos o tres libros de una sola edición es extensísima. Hubo un tiempo en que la crítica partió en dos a la literatura mexicana poniendo a cada mitad un Papa o caudillo, cuentistas; se dividió la huesta en dos bandos: el rulfismo y el arreolismo; esto fue perfectamente injusto, pues había muchísimos cuentistas más; al paso del tiempo Juan Rulfo novelista, el de Pedro Páramo, acabó por imponerse sobre el cuentista, el de El llano en llamas (prácticamente los dos únicos libros de este genio, que también escribió películas); en aquel1os tiempos había un Rafael F. Muñoz espléndido, un Efrén Hernández delicioso, un Edmundo Valadés importantísimo; una Raquel Banda Farfán, una Lupita Dueñas, y muchísimos escritores más que en el género alcanzaban la calidad en mucho mayor medida que el éxito de venta.
Hoy ha brotado un cuentista que no puede pasar inadvertido, y que viene a probar que hay más que Rulfo y que Arreola en el cuento mexicano: es el joven (sólo ha cumplido cincuenta años) René Avilés Fabila, infatigable, con más libros ya que sexenios de vida; y que acaba de publicar uno más que no podrá ser ignorado ni ninguneado ni por los más empedernidos ninguneadores: ese libro nuevo se llama Todo el amor, y desde ahora lo separo de mis libreros para tenerlo en cuenta para cuando, como hace cada año, me pregunte Tony Haas a quién será bueno dar el premio "Mazatlán" al mejor libro del año, y a veces me hago bolas para opinar porque confundo las fechas; la de Todo el amor es enero de 1991, Universidad Autónoma Metropolitana; con él se inaugura la colección "Araucaria", y no solamente es el primer gran libro del año, sino tiene muchas probabilidades de ser el mejor.
René Avilés Fabila no es una sorpresa; no es "donde menos se piensa salta la liebre"; le avala ya una serie de libros de narrativa de muy diferentes tamaños, desde novelas formales hasta viñetas de media página. Ha sido importante funcionario cultural en la Universidad Nacional, y en el periodismo ocupa un sitio de gran significación, como director de uno de los suplementos culturales de mayor peso en nuestra vida nacional (y no digo el mejor por respe¬to a mis amigos queridos, tan acremente rivales entre sí, Margarita Michelena y Paco Ignacio Taibo 1, que dirigen otros); ya se ha hecho notar antes René por su ingenio, por su desparpajo, por su buen humor; a veces por su cinismo o la intransigencia de su posición (oposición) ante el establecimiento; pe¬ro es que en su nuevo libro lo reúne todo y todo lo sublima y lo decanta, para lograr un diamante de muchas facetas, todas ellas resplandecientes; es, en algunos de sus relatos, un realista, y en otros incide en lo fantástico; en la mayor parte de sus relatos (el libro contiene veintinueve, de tamaños muy diversos) centellea el humor, en el que René es el maestro de la actual generación (Hugo Argüelles reclama ese honor solamente para el teatro); pero en otros se desliza hasta la ternura, que es algo de lo que, conociéndolo personalmente, tal vez no lo creíamos capaz (el cuento "Emma" es el que más me ha conmovido, y creo que con él podría hacerse una bella película, aunque no es para mí la de ser filmable la más alta de las cualidades de la literatura). "Tres tiempos del amor en la política mexicana" es otro cuadro admirable, de aguda e impecable crítica, y de estilo personal y pulidísimo. El libro entero chorrea whisky (a veces vodka, o ron) y no dejan de apare¬cer media docena de carrujos de la hierba maldita; y, desde luego, tónica general del volumen, hay sexo, (con menos variante que en la enología) en todas sus páginas, abundantísimo, obsedente, y sólo en muy pocas ocasiones edificante o ejemplar; no es un libro de buenas costumbres, ni lo recomendaríamos para premio en las escuelas de monjas; como pocos libros hacen, refleja en cada relato, en cada página, en cada renglón, la personalidad del escritor, que es el más joven, el más vital y el más pujante de los quincuagenarios que conozco, con su arco tendido siempre para disparar flechas de alegría, de fuerza y de inge¬nio; y el más despreocupado, el más independiente y el más libre de los cerebros juzgantes del mundo en el que estamos inmersos; una vez más prueba, con este libro, René Avilés Fabila, que el humor es la corona de la literatura, de todo el arte, y de la vida toda; pero no un humor ácido, que excluya la piedad, la tolerancia, y, como el título mismo de la obra declara, "todo el amor"; no nada más el del hombre por la mujer (en especie, no en individuo) que le obsede (y por eso la portada la ha dibujado ese artista afín suyo que es José Luis Cuevas), sino el amor en general, el amor a vivir, aunque nos engañe, o trate de hacerlo, fingiéndonos que confunde el vivir con el beber. Podría pasar este libro de Avilés como espejo de la vida contemporánea, como cuadro demostrador de lo que son las costumbres del final del siglo XX (y pertenecen al hoy desaparecido, o por lo menos desapareciente, mundo de los hippies, muchos de los personajes y algunas de sus historias). Pero al perder el respeto al amor romántico, de novela rosa, al involucrar en él a mujeres de edad avanzada, como ocurre en "De trasplantes e injertos", en "La noche de un día difícil o la transformación de Lady Madona" y en algún otro cuento, René deja entrar en sus páginas situaciones realistas, posibles, vistas desde un ángulo de ácida crítica. Las variantes eróticas no son muchas: pero sí las bastantes para crear un caleidoscopio fascinante, al que no es en realidad la temática lo que da unidad, sino el estilo. Un estilo ya conseguido, ya consumado, que es el de un maestro, y que tiene la virtud suprema de la autenticidad más acendrada.
* Publicado en la revista Siempre! Número 1973 Abril 17 de 1991.