Desde la segunda mitad del Siglo XX, la modernidad le puso más obstáculos a la memoria y el legado de los escritores. Uno de ellos, muy importante en esta época de lectura vertiginosa y pantallas fugaces que están prefigurando nuevos modos de acceder al conocimiento, está vinculado al trabajo que el escritor ha realizado en vida en favor de la cultura más allá de la constancia material (o inmaterial si consideramos la naturaleza binaria del almacenamiento gráfico y textual) de su propia obra.
Puedo decir, porque yo he participado en este proceso constructivo a lo largo de unos años de su vida, que René Avilés Fabila, RAF, ha realizado una labor incansable que yo le reconozco ampliamente a favor de escritores, pintores, periodistas y músicos. Lo último que supe es que la fundación que lleva su nombre estaba realizando una rifa para reunir fondos para ayudar a un pintor a que mejorara la visión que las cataratas le habían obnubilado. Antes estas acciones que han sido constantes y que tampoco lo han distraído de su labor literaria, académica y periodística, cabe preguntarse: ¿qué pudo haber motivado en un escritor con un marcado ADN narcisista, incursionar en el ingrato (porque está lleno de piedras y mal agradecidos), terreno de la promoción cultural? Una de las claves podemos encontrarla justamente en la novela que hoy nos reúne Los Juegos.
En primer lugar celebro que las autoridades universitarias le rindan homenaje a un maestro con una larga trayectoria institucional tanto en la academia como en la administración universitaria, particularmente en la ligada con el impulso a proyectos culturales.
Los Juegos es una novela que René Avilés escribió cuando tenía veintiseis años, en 1967, y un año antes del emblemático 68. La escribió a solicitud de un editor con criterio de ordeña vacas, como lo calificaría más tarde el propio autor. Se trataba del español Rafael Giménez Siles, dueño de la entonce muy importante cadena de Librerías de Cristal. Cuando el librero editor vio terminado el libro, casi se va de espaldas y se negó a publicarlo. Lo que obligó a su creador a recorrer el camino de la autopublicación, hoy más accesible gracias a la masificación de los programas de autoedición y al competido mercado de la impresión que amplía los horizontes de la oferta.
¿Pero qué podía contener Los Juegos, una novela escrita a pedido, para que quien la solicitó se negara a imprimirla? Nada menos que una ácida y demoledora crítica a la mafia cultural que durante los cincuenta y antes del sesenta y ocho, dominaba el panorama intelectual del México de entonces; mafia que en el sexenio de Echeverría se volvió priísta, acompañó al presidente en sus fastuosos viajes por el mundo y quedó inmortalizada por una frase que acuñó uno de sus integrantes, revelando, sin proponérselo, el poder de cooptación del otrora partidazo de Estado: “Echeverría o fascismo”.
El periodista Humberto Mussachio, compañero de RAF en el ya desaparecido Partido Comunista, escribió a propósito de Los Juegos: “es una bomba que explota en medio del ambiente intelectual mexicano: todos los que han alcanzado algún renombre son satirizados sin clemencia en un libro divertidísimo que reprocha a nuestra inteligencia la vida entre cocteles interminables que son un concurso de alabanzas mutuas mientras un líder campesino [Rubén Jaramillo] es asesinado con toda su familia en una humilde choza [a pesar de haber depuesto las armas] y un dirigente sindical ferrocarrillero se pudre en la cárcel.”
Lo cierto es que ni siquiera fue la crítica a la llamada mafia el detonador de la censura, sino las referencias sarcásticas al intocable, es decir, al presidente de la república.
René dice en el prólogo de esta edición conmemorativa de Los Juegos que los mafiosos siguen siendo los mismos, yo discrepo, no porque muchos de ellos estén vivos y algunos todavía adheridos a la cada vez más flaca y menos generosa “ubre del Estado”, sino porque ya no operan como mafia, sería imposible y ridículo dadas las dimensiones del país y la proliferación de diversos ámbitos en los que la cultura se abre paso.
Lo que sí hay, y esta tesis me parece que también la comparte RAF, son grupos con intereses comunes que operan con reglas del juego afines para abrirse espacios literarios o periodísticos. Aunque tampoco se puede soslayar que en los ochenta y parte de los noventa, predominaron dos grupos hegemónicos, Nexos y Vuelta (hoy Letras Libres) que se disputaron los favores del Estado a través de puestos en el gabinete o realizando jugosos negocios con el poder federal a cambio de legitimar la conducción sexenal en turno. Durante el sexenio de Salinas, el de Zedillo e incluso en la gestión del poco ilustrado Vicente Fox, esta relación de mutuo interés resultó evidente. Negocios con la impresión de libros, becas, recomendaciones para ingresar en las televisoras, jugosos contratos por servicios editoriales, fueron algunos de los aspectos que han salido a la luz y que vinieron a confirmar lo que resultaba más que obvio: la existencia de una intelectualidad orgánica más diestra que un Samurai en el manejo del sable.
Hoy tenemos al autodenominado grupo del crack, cuyos miembros los podemos ver incrustados en nóminas federales o estatales. A uno de sus integrantes, Pedro Angel Palau, le llovieron las críticas en la Universidad de las Américas (UDLA) porque en su calidad de rector despidió, según La Jornada de Oriente y sin que mediara justificación alguna, a una decena de maestros con una larga trayectoria en la institución y censuró manifestaciones estudiantiles que reprobaban los anteriores nexos del rector con el trístemente célebre, “góber precioso”.
Hace veinte años dos suplementos culturales, entre una oferta mayor, ofrecían desde sus páginas un amplio mosaico crítico del quehacer cultural en México. Sábado (dirigido por Huberto Batis) y El Búho, dirigido por RAF. Como grupos cohesionados ninguno de los dos suplementos tenía planteado desempeñar papeles de trabajo corporativo con el Estado. Por el contrario, en El Búho se le dieron cabida a una buena cantidad de colaboraciones que resultaron particularmente críticas de la política cultural de Salinas y Zedillo y de sus intelectuales orgánicos más conspicuos.
Pero ni Sábado, hasta donde sé, ni el El Búho, y eso sí me consta, pretendieron funcionar como grupos de poder. No veo en RAF proclividad a legitimar lo que ha combatido a lo largo de su vida, sin programa ni planeación porque parte del éxito de El Búho fue su carácter anarquista influido obviamente por su director. Bajo esa perspectiva la labor de RAF más que gremial o corporativista, ha sido formadora.
Si no mal recuerdo, dos lustros atrás, Enrique Serna publicó una novela de tintes policiacos que tituló El miedo a los animales. Yo la leí, me divirtió mucho y hasta la reseñé en El Búho. Algunos se referían a ella como la primera novela que criticaba desde las entrañas al pestilente mundo cultural. Lo cierto es que trienta años antes René cambió en la ventanilla del banco un cheque con el que completaría la suma necesaria para realizar una edición de autor de Los Juegos, esa sí, la primera novela fársica, por lo menos en la segunda mitad del siglo pasado, que criticaba desde las entrañas al pestilente mundo cultural.
Decía yo que René también es un incansable promotor cultural. Empezó por él mismo, pero ha abierto espacios y formado a muchos periodistas y escritores, entre ellos, por cierto, a Rodolfo Bucio, quien contribuyó con su trabajo a dignificar la Casa del Tiempo a lo largo de muchos años. Cuando conocí a René en una en su casa de Zacatépetl, recién estrenada, estaba a punto de convertirse en el fundador de El Búho. En el trabajo que desarrolló en Excélsior pude aprender muchos aspectos del oficio editorial que ahora agradezco porque me han resultado invaluables en mi formación profesional. Entre bromas y tragos, porque como buen periodista René también se da su tiempo para departir bajo el influjo de Baco, aprendí varios aspectos que el aula no enseña, sobre todo, a defender uno de los principios fundamentales del periodismo crítico: la libertad de expresión.
Después de El Búho vino la revista, Universo de El Búho, trabajo al que actualmente René, y sobre todo Rosario Casco, su compañera de toda la vida, le dedican tiempo y en el que se están formado nuevos escritores que publican al lado de otros ya reconocidos; trabajo que ya va para los ocho años y realizado con esfuerzos verdaderamente inusitados que aún así han sido objeto de algunas ingratas suspicacias.
Hay una anécdota que me parece oportuno comentar aquí y con la que quisiera finalizar esta participación. Pocos años después de la desaparición de El Búho, el Sábado, de Huberto Batis (quien me publicó un cuento incestuoso siendo yo colaborador de El Búho) corrió una suerte parecida después de haber pasado por uno o dos directores. El hecho es que una de las más asiduas colaboradoras, Martha Batiz, buena amiga mía y compañera del también desaparecido Centro Mexicano de Escritores, publicó un crítica furibunda condenando el hecho. René le dio cabida a la crónica en las páginas de Universo de El Búho. Lo anecdótico se dio durante la presentación de La última taza de café, un libro de Martha que recopilaba sus mejores trabajos en Sábado. El último texto del libro lo conforma la crónica que le publicamos en la revista, de la cual es ahora colaboradora. Entre los presentadores del libro se encontraba obviamente Huberto Batis. Cuando habló se quedó treinta minutos pegado al micrófono y pasó revista por muchos personajes del mundo cultural, político y periodístico. Demás está decir que cuando llegó a René escuché los inevitables lugares comunes que le propinan sus enemigos y que a mí me dan una flojera espantosa. Pero Batis tuvo un gesto poco frecuente para quienes nos encontramos inmersos en estas lides a veces completamente absurdas (¡Batis y RAF le profesan la misma repulsión a los mismos personajes!). El ex direcor de Sábado hizo una pausa y dijo con cierto aire de indulgencia: pero hay algo que debo reconocer de Avilés Fabila, es un señor que sabe respetar la libertad de expresión.
Los Juegos, y el peregrinar de su autor en busca de publicación, son la radiografía perfecta del mundo cultural mexicano que, visto desde esta perspectiva y a la distancia, efectivamente, poco ha cambiado.