René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Para jugar recio

Bernardo Ruiz

Volver la vista hacia Los juegos de René Avilés Fabila con 40 años de distancia resulta en extremo curioso. Es la sensación de quien regresa a México después de una larga estancia en el extranjero para, en efecto, confirmar que este país es la capital mundial del gatopardismo.

Sin embargo, no debe soslayarse un hecho adicional: la memoria en su funcionamiento tiende a introducir variantes extrañas que se sobreponen a la realidad objetiva de modo peculiar: no se recuerdan -señalan fisiólogos y neurólogos- con la calidad de una fotografía con millones de pixeles; sino a la manera de una suma conjugada de acercamientos y/o alejamientos que producen en el observador -sólo- una idea de la realidad. Al paso del tiempo, muchos de esos fragmentos se disuelven, editan o sencillamente desaparecen.

Tal viene a ser el valor de un testimonio plural, desde diversas ópticas, que establecen los numerosos personajes de la novela de René Avilés Fabila que nos ocupa.

Los juegos en la época de su publicación era una novela de fácil y rápida lectura: nos refería a un tiempo y a una serie de circunstancias a la vista, inmediatas, donde los lectores de inmediato reconocían su entorno. La obra tuvo una primera edición que se agotó con rapidez: venció sin dificultades los obstáculos que implica una edición de autor. Nuevamente, en 1968, una segunda edición –en la que baso mi lectura– fue publicada.

No era un volumen que circulara en las librerías que frecuentaba. Pero encontré en un cubículo de la Facultad de Filosofía y Letras parte del tiraje. El cubículo estaba entreabierto y los ejemplares estaban a la mano. En tanto Luis Chumacero me protegía las espaldas y vigilaba, tomé un par de libros. En menos de lo que redacto esta frase, la sustracción se había logrado exitosamente y, minutos después, el reparto del botín estaba cumplido. Con la paz de quien mucho hace por su educación, celebramos en la cafetería nuestro crimen. Ese fue mi primer contacto con la obra de René Avilés Fabila. Después compré El gran solitario de palacio y Tantadel y, conforme aparecían en mostradores, sus libros de cuentos. Por varias razones, nunca me remordió el hurto del volumen al que dedico este homenaje. La primera, porque leí el libro; la segunda: porque dudo que pocos lectores compulsivos resistan una tentación semejante, en especial cuando se trata de jóvenes estudiantes. Tercera, porque le dije a mi conciencia que era un robo promocional.

Con el tiempo, el robo prescribió. Con el tiempo, conocí a René y le confesé por qué conocía su obra –y tengo la impresión de que me absolvió de inmediato. “Claro, te lo volaste del cubículo de Margarita Peña, ella era mi agente en tu facultad”, me dijo. Por ello, finalmente, puedo hacer este comentario acerca del libro, que durante largo tiempo fue más bien una obra clandestina y perseguida en razón de lo que hoy puede describirse como una novela que no era políticamente correcta: se atrevía a señalar los males de la cultura, la mediocridad perversa de los políticos y las reglas de juego para ser alguien en el mundillo literario.

Regresemos a la segunda mitad del siglo XX: la muerte de Alfonso Reyes en 1959 desató una serie de contenidas pasiones. Reyes junto con Cossío Villegas eran la viva encarnación de la cultura en México. Y su presencia en la vida literaria nacional era en verdad fortísima. Todo un macho alfa. Con su fallecimiento muchos quisieron ocupar su lugar.

Agustín Yáñez y Jaime Torres Bodet tenían un amplio capital literario y político. Eran sus propias capillas. Los becarios del Centro Mexicano de Escritores eran escritores con permiso para matar: vivirlo era sinónimo de éxito. En la crítica, José Luis Martínez era un parteaguas definitivo, como Benítez en los suplementos de influencia. Muchos de los jóvenes de aquel momento se sentían relegados por los demás baluartes y fortines de las escasas editoriales comerciales. Sólo Bellas Artes tenía funciones de promoción y difusión junto con la UNAM; y si bien no eran muchos, los jóvenes eran más bien un estorbo. En esa época es cuando se forma la Mafia y hace de la Zona Rosa el paraíso de su geografía.

Quien haya tenido la curiosidad de leer el libro de Luis Guillermo Piazza al respecto, La mafia, encontrará que retrata el espejo de los egos culturales de aquel entonces, y la causa de la encendida iconoclastia que René Avilés Fabila codifica en Los juegos.

Reducir al solo fenómeno de la vida literaria Los juegos no tiene sentido. Su tema es la realidad nacional: la famosa cortina de nopal donde una capital centralista y ñoña cuya dialéctica se resumía en letreros “Cristianismo, sí; comunismo, no” aplastaba el libre albedrío. El más mínimo tufillo a izquierda atentaba contra los valores nacionales; y la disidencia se pagaba con cárcel, represión o la muerte.

La violencia era ejercicio cotidiano en una ciudad que se sentía tranquila, segura y tempranera, como imagen del canal 2, como película de Alberto Vázquez y la novia de México, Angélica María.

Así como era conveniente pertenecer a una capilla, había que tener pandilla y cuidarse de muros y de porros por igual. Como ahora, se podía hablar mal del gobierno; pero era riesgoso oponerse a las estructuras de poder, todas piramidales. La frase de que no se movía ni una hoja sin permiso del presidente era verdaderamente todo el catecismo por aprender.

Quizá el traslado de Tláloc a la entrada hacia el museo de Antropología sea significativo: el monolito en el acceso de Reforma fue un esfuerzo técnico del México de entonces: la historia artística y el testimonio antropológico del país custodiada por una obra enorme y densa, cuyo traslado ocupó las planas de los diarios capitalinos durante días. Así eran, también, custodios el PRI, sus gobernantes y la ideología. Inamovibles de no ser por la mera voluntad del poder.

No es de extrañar que los jóvenes, atentos a otra música, a otras lecturas, a un teatro que evolucionaba, a las propuestas de un cine crítico como el italiano, el sueco, el inglés o el francés, se sintieran ahogados e insatisfechos. Palpitaba en ellos un ánimo trasgresor. Deseaban con urgencia ser reconocidos, tener un sitio, sentir las posibilidades de una existencia menos oprimida y vigilada. En Los juegos está la crónica de esas frustraciones, de ese afán por cambiar y romper con los límites donde estaban confinados.

Dos distintos grupos se distinguieron literariamente en los sesenta: los poetas de La espiga amotinada, y los discípulos de Juan José Arreola alrededor de Mester. Heraclio Zepeda, Óscar Oliva, Jaime Labastida, Juan Bañuelos y Jaime Augusto Shelley decidieron romper con los esquemas tradicionales de la poesía y apostar por la posibilidad de la propuesta política en su obra. En tal medida, Ocupación de la palabra y la obra con que se distingue a estos escritores, La espiga amotinada formularon una distinta propuesta estética.

Casi simultáneamente José Agustín, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, René Avilés Fabila, Parménides García Saldaña y otros autores a través de la narrativa o el teatro se rebelan contra el status quo del México sesentero con escándalo por un lado y aplausos por el otro.

A ellos, junto con Gustavo Sáinz y Juan Tovar el desmantelamiento del equipo de Arnaldo Orfila en el FCE ocurrido a causa de la publicación de Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis les beneficia: Neus Espresate abre la editorial Era, Emanuel Carballo crea Diógenes, y el propio Orfila logra echar a andar Siglo XXI. Joaquín Díez Canedo arranca la editorial Joaquín Mortiz que acepta apostar por ellos. Un amplio número de escritores dejan de ser los clientes de las editoriales Botas y Costa-Amic que imprimían ediciones de autor, y aprenden la posibilidad de compartir en el catálogo de las colecciones su nombre junto con el de creadores de otros países y los del propio.

Así, los alumnos de Arreola comienzan a ser editados junto con su maestro, y con los exbecarios de CME. Es la oportunidad de alcanzar a hacerse de un público.

¿Cuál es, no obstante, una de las mayores obsesiones de los personajes de Los juegos? El juego de la fama por encima del de la calidad. Esa es la gran carrera de los 100 metros que tiene su versión más difícil en la maratón. Muchos de los personajes de la novela quieren ser escritores; otros tantos lo son, varios no. Mas su urgencia es el reconocimiento. La gloria de ser leídos. No les interesan en exceso los premios: todos están trucados. Desean fama. No importan los medios o el precio. Están dispuestos a pagarlo. Por ello la literatura de Avilés Fabila se vuelve molesta. No es posible para ese medio darse distancia del sarcasmo e ironía con que se les retrata o parodia. Saca a flote sus vicios y procedimientos. Su ambición, sus deseos de lucro; sus pasiones y perversiones son enumerados sin que ninguno sea soslayado. Su mayor carga son contra Rosicler, Regueiro, Domínguez y Culeid; contra el mercado de los escasos premios y contra la superficialidad de las posiciones de izquierda de cada uno de ellos.

El plagio, la imitación, los favores sexuales, el tedio, la promiscuidad se muestran sin censura. Y, en apariencia ficticios, los nombres se cambian, y tal vez ciertos escenarios, también. Pero hay gestos y muecas distintivas, inocultables, que permiten identificar al autor de tal o cual vicio o debilidad. Avilés Fabila y su flota contra los mafiosos. Una novela de antihéroes.

Las sociedades gazmoñas y los hipócritas no tienen sentido del humor. Los juegos es un reclamo a cada uno de ellos, o a cada uno de sus actos. No recuerdo en el conjunto ningún acto de nobleza, ningún gesto generoso se registra en el libro. El momento climático es el asesinato de Rubén Jaramillo y su familia. El único rostro auténtico de una época.

Los favores son intercambios o un mero acto de seducción cuidadosamente calculado. Más que un deseo de superación, encontramos el rito innoble del canibalismo como triunfo sobre el más débil. Una gran ansia de acumulación de poder tras el pretexto del arte y la creación.

Culpa colectiva: el caldo nutricio es una sociedad que favorece esas circunstancias bajo el pretexto de los propios valores nacionales manipulados por el gobierno y el discurso partidista. Nadie y todos son cómplices de esa mezquindad. Mientras nada rasguñe la superficie, mientras no se haga brotar el pus de tanta podredumbre. Aquí no ha pasado nada, aquí no sucede nada. El triunfo de la entropía. Todos los actos se diluyen.

Y si bien algunos escenarios o personajes de la obra ya no son o no importan porque han sido olvidados o se pueden confundir con muchos otros semejantes, todo sigue igual o peor tras el siniestro cambio de membretes, inferimos. Los juegos es una novela del desencanto.

Motivo de este homenaje es el retorno al pasado. El ciclo se ha cerrado o está por consolidarse. Todo cambió para que no sucediera nada: todas las situaciones siguen repitiéndose o vuelven a escena ligeramente alteradas o maquilladas. Esa es la tragedia. Quizá la diferencia se da a través de un nuevo factor: la perdida beligerancia de los creadores actuales: la ausencia de ideología, la incapacidad contestataria.

Después de 40 años las cosas no han dejado de ser como antes. Y si bien en este periodo el mundo cambió, nosotros no lo hicimos. En un mundo que vuelve a imponer la sinrazón de la derecha, de la represión y la violencia extremas como constante, y sólo acepta la presencia de la ley como una forma de proteger sus intereses, Los juegos sigue siendo un espejo revelador. Ese es el aplauso que le debemos. Lo demás será pagar la cuenta.

Muchas gracias
Palacio de Bellas Artes, 20 de mayo de 2007