El odio es una de las varias formas de establecer un vínculo radical con el mundo. A veces el sentimiento nace de la ira, de la búsqueda de la equidad o a través del reclamo. Durante la juventud la realidad puede ser odiosa y suscitar el encuentro de las pasiones. Uno es el territorio de lo posible y otro el que desearía construir una zona diferenciada, un cambio estructural, una suerte de limpia de lo que nos molesta. René Avilés Fabila en 1967 llevó a cabo un acto de odio y exorcismo al tratar de poner en claro las condiciones que surgían como vasos comunicantes entre el autoritarismo del PRI y el establecimiento de un grupo hegemónico de poder literario y artístico, bautizado como La mafia, el Clan en la novela Los juegos.
El poder es un laberinto. Tiene entradas y salidas, su distribución es clara para quien ejerce los mecanismos para otorgar o para frenar, para exaltar o para despreciar, para conjurar o para permitir la circulación en un ámbito determinado. Mientras más amplio sea el poderío más altos serán los muros y las posibilidades de perderse en esa construcción plagada de trampas y de elementos capaces de desorientar a cualquiera que sea ajeno al círculo cerrado de los encargados de controlar el orden. Avilés Fabila escribió Los juegos instalado en los territorios del odio, en el repudio para quienes se ostentaban como dueños de la cultura nacional. En los sesenta los mexicanismos eran parte de una actitud anacrónica del país, unos cuantos suspiraban por la imagen rural, con todo y caballitos en el paisaje y magueyes por doquier; en tanto que el cosmopolitismo era un legado que venía de la época de Miguel Alemán, con todos sus epicentros en una urbe que estaba a punto de convertirse en monstruo. La Mafia sentaba sus reales y ejercía su poder a través de los, para usar la expresión de Miguel Sacristán, “letratenientes”. Muchos de ellos hombres de talento, porque sería absurdo regatearles lo que era parte de su quehacer literario o plástico. El problema que plantea la novela de Avilés Fabila es otro: lo que está en la balanza son los usos del poder.
Los juegos transcurre en medio de una fiesta. Se bebe y se ejerce el erotismo, se habla y se discute en torno a las ideas. Los dioses del Olimpo bajados hasta una casona burguesa son quienes dictan los criterios de las letras y las artes, también inciden en la política y cuestionan los usos de la maltrecha Revolución Mexicana. El partido en el poder quiere ideólogos que le otorguen la legitimidad. La inteligencia nacional oscila entre la complacencia y el disimulo, las actitudes rebeldes son asimilables por el Estado, siempre y cuando queden resguardadas bajo la tónica de las meras recomendaciones. Avilés Fabila describe e imagina esa bacanal en la cual los discursos se atropellan y los poderes supremos del Clan son lo único verdadero de cuanto acontece.
El joven Avilés Fabila hace, en efecto, una crónica del odio. Su ironía, que según Lefebvre, es una de las formas que mejor definen la modernidad, está enfrentada con todos los riesgos que tiene. Se trataba de mostrar con el objeto de hacer evidente lo que era un hecho: el poder autoritario tiene aires fétidos. Era lógico que un joven de vocación izquierdista, con una incipiente carrera literaria, tratara de ir tras aquello que detestaba. Era la “conciencia rebelde”, de la que hablaba Georgy Luckacs y era una necesidad que rompía lo íntimo para internarse en el bosque de los asombros y de las decadencias.
En ese libro revelador que es “la verdad de la pintura” (Paidós, 2001), que por cierto va mucho más allá de un ensayo en torno al ejercicio pictórico, se lee el siguiente párrafo:
“Según las perspectivas (ciertos ángulos son privilegiados y forman familias de sub-tipos, de perfiles de perfiles). Pero la ley del desplazamiento se desplaza a la vez. ¿De acuerdo con qué verdad ordenar las diferentes vistas? Sólo hay perspectivas sin un referente fuera de perspectiva. ¿A qué llamaremos ‘frente’, ‘perfil’, desplome, arriba o abajo, izquierda o derecha, de un cenotafio?”
En Los juegos aparece una estructura fragmentaria que establece una perspectiva múltiple. El referente está fuera y dentro de la perspectiva, el escritor responde a una situación política que tiene en Díaz Ordaz a su representante inmediato. Es decir, la red que traza Avilés Fabila tiene las hendiduras por donde se cuela aquello que es real y que establece un diálogo con aquello que produce los elementos ficcionales. En efecto, podría decirse que esa multitud de ángulos que tiene la novela son necesarios para los propósitos del autor. Ubicar al Clan es instalarse en esa maraña de lecturas, de interpretaciones y de críticas virulentas en torno a la cultura mexicana. Es cierto que Avilés responde con vehemencia ante lo que cree una situación injusta, porque ya lo diría un hombre ligado a la mafia siciliana: “lo peor de la mafia es estar fuera de ella”. Avilés tampoco avizora una condición semejante, su texto tiene esos afanes que cercenan, que tocan desde afuera pero que inciden en el choque. Podría decirse que Los juegos fue una declaración de guerra y las contiendas se ganan en el campo de batalla o en el terreno de las editoriales o de la obra misma. Avilés Fabila establecía sus diferencias y dictaba la ley de lo externo, de lo que planteaba otra vía para acceder al territorio literario. Si algunos creían y otorgaban el poder de que el Clan decidiera, entonces lo ideal era pasarse por alto ese poder y violentarlo al descreer acerca de que ése fuera el único y el último camino de las letras y las artes nacionales.
Otros elementos que marca Derridason la presencia y la ausencia. En el caso de Los juegos los personajes tienen mucho de seres reales. Sin necesidad de un diploma en criptogramas está claro que Carlos Fuentes y Fernando Benítez están presentes; los García Ponce, Juan Ibáñez, Elena Poniatowska, entre los varios retratados. Unos más serán la combinación de otros convidados a esa crónica. En todos los casos está la presencia- ausencia, algo así como lo que intentó Elgar en la música con su Variaciones enigma; sólo que aquí lo enigmático tiene otros sellos; los involucrados traslucen su biografía y el escritor se coloca en el lugar privilegiado de quien convoca y de quien hace padecer a esos emisarios del Clan. La novela es un pliegue, una manera de encontrar y señalar un microuniverso. Por fortuna, algunos hechos descritos en la novela han perdido su vigencia original y se ha logrado desbordar a los caudillos culturales, pareciera que sus formas y estrategias han caído en el desuso. Incluso, un hecho afortunado es que el famoso pintor Culeid de la novela de Avilés Fabila, al paso de los años se convirtió en amigo entusiasta del propio Avilés Fabila. La validez de Los juegos radica en su carácter experimental y en ser, sin disimulos, un tratado del odio en torno a una situación que requería cambios sustanciales.