René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

El libro y la vida - Los juegos de personas cultas*

Gerardo de la Torre

Los juegos es el título de la primera novela de René Avilés Fabila. En ella, el autor ofrece la imagen caricaturesca del estrato intelectual del país que se autonombra mafia; desnudando sin compasión a sus integrantes: ese conglomerado de seres que persisten en creerse inteligentes y monstruosos, geniales y devastadores, y que a la postre resultan marionetas, movidas por su propia con¬dición, que juegan juegos a veces inocen¬tes, a veces estúpidos, abyectos o trágicos.

La novela (haciendo a un lado el pequeño preámbulo que fija su titulo, mismo que se explica y aclara a lo largo de sus páginas) se inicia con una conferencia a cargo del personaje central: Ruperto Berriozábal: as intelectual, escritor internacionalmente publicado, jefe de la mafia. La pintura de este auténtico mitin literario sirve al autor para presen¬tar el retrato (narrado por él mismo) de Berriozábal, al mismo tiempo que: pergeña una serie de personajes que a lo largo de la novela irán mostrando sus, repulsivas y mezquinas, reconditeces.

Avilés, en flash-backs interpolados al correr de una fiesta, dolchevitesca con que se agasaja al conferencista, pasa re¬vista a los hechos de armas de cada uno de los concurrentes. Primero los separa y los etiqueta, distribuyéndolos, en cuatro grupos: I.- Los intelectuales talentosos; II.- La pandilla de esnobs que fijan su prestigio en el escándalo; III.- Cierto ti¬po de políticos con pretensiones culturales; y IV.- Los jóvenes que han irrumpido victoriosamente en las letras nacionales. En cada uno de los grupos, a la par que se bebe, se van mostrando los verdaderos intereses y pasiones que animan a los distintos personajes.

A casi todos los protagonistas los une un común denominador: su desmesurada ambición: fama, fortuna o placer. Se salvan de la quema Ruperto Berriozábal, que sin dejar de ser un pavo real lleno de ínfulas, tiene al menos una sólida prepa¬ración y una obra coherente respetable; Pedro Guía, el joven escritor, que se esfuerza en creer que se puede sobrevivir en ese medio, conservando al mismo tiempo la honestidad; y la cuentista-entrevistadora que sin ser una lumbrera posee talento.

Son destrozados, de manera implacable: Rosicler, el intelectual argentino de sexta, que aquí, gracias a su imponderable esnobismo, a sus relaciones, ha logrado colocarse como intelectual de tercera, y que, aprovechando su posición en casas editoriales, lanza a muchachitos hermosos que satisfacen sus pasiones; Culeid, el pintor que ha derribado los mitos pictóricos nacionales valiéndose no del pincel, sino de una incontenible verborrea y una aparatosa autopublicidad; Cafarel, escritor que plagia inteligente y pacienzudamente y que termina por montar una agencia especializada en redactar prólogos y solapas para las grandes editoriales; Regueiro, viejo escritor, mediocre y amargado, a quien sólo queda el recurso de soñar que la posteridad reconoce sus méritos literarios; Riveroll, humorista por antonomasia, genial teó¬rico de la antisolemnidad, que aumenta sus ingresos escribiendo discursos para políticos incultos; Rex Cótex, junior y crítico enganchado al prestigio de Ruperto; periodistas alcohólicos y corrompidos; líderes estudiantiles vividores; y muchos más, una larga lista de personajes que traen inmediatamente a la memoria los nombres que se barajan en nuestro deteriorado mundillo intelectual.

Desfilan por este mosaico todas las situaciones risibles y dolorosas que acontecen en la ensalada cultural del país. La concesión amañada de premios literarios. Las desentrenadas batallas, de salón, que se libran para ganarse un viaje con gastos pagados. El lanzamiento de incipientes genios. Los meneos y revolcones de quienes andan tras un premio literario o una beca. La autopublicidad, el ma¬rihuanismo, la ingestión de alucinógenos (para entenderte mejor, ¡oh irrealidad! el camp, la trivia, el pop, los tecanastas, la pederastia, el exclusivismo de los suplementos culturales, la parcialidad de la crítica. Y todo esto en el marco de las principales contradicciones que aquejan al país.

El ojo atento de René Avilés registra, condenando con tono satírico, burlón, incisivo, que trae reminiscencias de Twain, de Sinclair Lewis, de Mrozek. Basta, para demostrarlo, el precioso relato de la batalla que sostienen los intelectuales cosmopolitas y los folkloristas por la posesión de la Zona Rosa. Ahí se deja ver, sin interferencias, el talento humorístico del autor, su capacidad para percibir, en perspectiva y en detalle, la bufonería que encierran las actitudes de los Grandes Mafiosos. Sin embargo, al terminar el libro nos queda una visión trágica de nuestra realidad cultural. Todo se reduce a juegos, como el de los párrafos literarios que abren la novela; como los repugnantes, casi escatológicos, que se juegan en las orgías y francachelas de las luminarias de la cultura; como los juegos dolorosos de aquellos que, habiendo sido lanzados a la cumbre por un golpe publicitario, se ven enfrentados a sí mismos, a su soledad, a su incapacidad creadora. Y finalmente el juego de las esperanzas perdidas: mientras esto, mientras lo otro, mientras Berriozábal huye a Europa, asqueado del ambiente. Mientras los chicos y las chicas gogocean alegremente, mientras cada quién juega su jue¬go. ¿Hasta cuándo?

René Avilés ha logrado una novela compacta, una buena novela. No importa que en algunas páginas desboque su indignación, abandonando el cauce de la novela. Lo importante de la novela es que tiene una densidad específica, cala profundamente donde se lo propone, y aprovechando debidamente los materiales que la integran, expone las preocupaciones fundamentales de su autor.

Los juegos, novela satírico-social, vinculada estrechamente con la picaresca, representa el advenimiento de un novelista que sabe conjugar lo trágico con lo humorístico, que está al tanto de las técnicas contemporáneas y ha sabido asimilar sus influencias y que, por ello mismo, debe llegar rápidamente a manos del gran público.

* Publicado en el periódico El Día. Miércoles 6 de diciembre de 1967.