En Los juegos (207 págs., Imprenta Manuel Casas; México, 1967) de René Avilés Fabila, aparecen muchos de los personajes reales del libro de Piazza, sólo que bajo nombres supuestos. Lo que Avilés Fabila cuenta de ellos es tán conocido, que es fácil identificarlos. En una forma obvia; por así decirlo, el autor los presenta con sus hechos y circunstancias. Sólo que únicamente con las circunstancias y los hechos que menos puedan favorecerlos, sin atenuante alguna, y sin el valor suficiente para aludirlos en forma directa. Más que una sátira, este libro es casi una difamación, en el sentido jurídico del término. Un documento del ambiente literario, político y artístico de México en los últimos años captado con paciencia, pero también con saña. Avilés Fabila ataca lo mismo a los mafiosos que a los antimafiosos. Tal vez con el ánimo de ser imparcial; pero con la resultante de una amargura honda que sólo se ve atenuada de cuando en cuando con párrafos de brillante ironía. Como aquél que habla del aspirante a una beca que jamás obtuvo, “La Revolución desde adentro” y algunos otros. Las frases con que José Agustín, desde la contraportada pretende librar a Avilés Fabila de posibles represalias, no convencen. Dice: “Los Juegos refleja un medio intelectual anodino, pero no mediante la parodia de presuntas celebridades que en sí mismas son una parodia, sino a través del manejo equilibrado de ciertos hechos que se mezclan con la creación de verdaderos personajes vivos literariamente y cuya vida permite una cruel resemblanza con nuestra vida intelectual y política. De esa manera nadie puede, aventurar que tal protagonista de la novela es tal personaje real”. La verdad es que esos “ciertos hechos” fueron realizados por personajes reales; esos ciertos hechos son narrados en la novela; luego, los personajes que ahí aparecen son personajes reales. Todo lo demás: “vivos... cuya vida... nuestra vida…” es tautología pura. Por otra parte, ¿por qué las presuntas celebridades son en sí mismas una parodia? Son, quiérase o no, célebres. Y lo son en virtud de su obra. Puede ésta ser objetada, criticada con rigor, pero también con fundamento. Pretender desvalorizarla, difamando a su autor, es el peor de los recursos. La obra sigue ahí. Intacta: Porque en todos los tiempos la vida de un artista ha sido independiente de su obra. Aquélla puede haber sido irregular, dolorosa, ridícula. El artista, puede haber sido un neurótico, un vicioso. Su obra, si es buena, perdura.