A mediados de los años setentas, en la secundaria cuatro, Moisés Sáenz, el profesor de español, Manuel Altamirano, que no Ignacio (Manuel Altamirano) recordaba con gratitud que su padre no le hubiese puesto Ignacio, ya que él detestaba, que a su hijo le llamaran, Nacho, pues le parecía que era un hipocorístico, de juego, de llevarse entre iguales, y el padre que era un profesor solemne de enseñanza media, también en español, con frecuencia repetía, que era doloroso que a quien tuviera hijos les llamasen con los nombres igualitos a los de los héroes de la cultura nacional, que eso era una jugarreta, le parecía de mal gusto gatérrimo (término utilizado por él y que el diccionario Larousse de aquellos años se refería a: juego de mal gusto de ponerse apodos entre dos o más personas. Y decía mi profesor, con el enfado de la mano en el corazón, ¡haber a quién de ustedes le agradaría llamarse! Doroteo Arango, Leona Vicario o Porfirio Díaz, y que les dijeran, Dorito, Leonita o Porfis. Confieso que para los setentas, nos hubiera gustado a los alumnos de la secundaria, llamarnos John Lennon, Bob Dylan, Jim Morrison, ya de jodido Mike Jagger y por lo menos a las chavas, les hubiera encantado que les gritaran esa mi Janis Joplin. Esto evidentemente rompía con la solemnidad de mi profesor de secundaria.
Y qué curioso, fue mi profesor solemne Manuel Altamirano, quien nos dejó como lectura del mes Los juegos de René Avilés Fabila. El titulo de la novela me pareció provocador, a esa edad de secundaria, no piensas más que en los juegos sexuales, y me dije, la tendré que leer ha de ser una exquisita novela erótica. Pero no, estaba totalmente equivocado. La novela inicia con juegos literarios, por ejemplo decías, El retrato de Dorian Gray, y sobre eso habría que dar ideas de lo general a lo particular, yo como lector incurio, no sabía si decir que Wilde, era hombre, mujer-hombre, o los dos combinados, ¿qué podía yo decir sobre él? Juro por los óleos de Cabrera que no sabía si Los juegos era una sátira política, un melodrama de poder, un humor negro sesentero o una tragicomedia de avanzada.
Lo que si sé de cierto es que una tarde, por mera coincidencia del Oráculo y justo cuando leía el libro, en casa, mi padre putativo Jesús Sotelo Inclán platicaba con Rafael Solana, y precisamente sus habladurías eran sobre Los juegos de un escritor rebelde y rockero, bueno, hoy el autor es un buen ruckero, o así se ve (en fin así lo llamaron Solana y mi papá) y recuerdo con efervescencia, que se preguntaron, ¿ya leíste su novela, dijo el primero al segundo?, yo no. ¿Y tú? dijo el segundo al primero (silencio, silencio, las miradas de los dos escritores se enfilaron hacia los lomos de los libros de la biblioteca. Por fin, dijo Sotelo Inclán, yo fui amigo personal del papá de René el rockero, su padre escribía bien, bastante bien. Pero te confieso Palacio Maderna, que su hijo no lo hace nada mal, sobre todo hablando literariamente. Juro por segunda o tercera vez, que me sorprendí por aquello que ellos llamaban literariamente bien hecho y escrito. Don Rafael asentía las palabras del profesor Sotelo Inclán, y de pronto le preguntó y ¿cómo llegó el libro a tus manos? El profesor Sotelo Inclán, esculcó debajo de unos libros viejos (tal vez ahí lo guardaba para asustar a sus amigos solemnes, pues era muy bromista) sacó Los juegos y contestó; he recibido opiniones telefónicas de buen gusto literario de Emma Godoy y Javier Rojas, que son mis vecinos, y de Andrés Henestrosa, e inclusive de Elías Nandino, y quién de veras avala el libro, es List Arzubide. A él le parece por demás provocador y vanguardista, así que yo tuve que leerlo, y por cierto, me lo regaló hace tiempo, Javier Rojas, y coincidimos en que es una novela que causaría escándalo. Yo conocía algunos amigos de mi padre, creo que decían comentarios oportunos, sobre Los juegos y desde entonces les creí; Los juegos debía ser una buena novela sobre los abusos del poder, que no del poder erótico, me equivoqué, lo confieso ahora que soy cuarentón. Después de tres noches y tres whiskis, leí la novela, me faltaron referentes para entenderla, por completo, subrayé lo que no entendía, al fin tendría a mi padre, para que la comentáramos, y como cada mes, que se juntaban en casa o la de Javier Rojas en la Santa María la Ribera, estaba seguro que la entendería si les preguntaba; no fue necesario, algunas ocasiones hablaron de ella, como lo hacían de otros libros. Y yo, por lo menos en mi lectura solitaria, haría un juicio que sólo un adolescente de secundaria podría tener al estilo bukowskiano. Y es justo aquí donde comienzo mi historia con Los juegos, muchos años después, a cuarenta años de la publicación de Los juegos, con un par de escoceses, he leído y releído. Los juegos de RAF. Como digo insolentemente, ha trascendido a la intemporalidad política, a lo magmático del discurso oficial, pero sobre todo, a la discrepancia de los grupúsculos alternos "democráticos de la cultura oficialista". La obra de RAF, anticipa a otros espléndidos libros El gran solitario de palacio y Memorias de un comunista. Insisto Los juegos es una novela, que hasta mis hijos que no tengo ni tendré podrían leer y, seguro, les parecería post-moderna, post-intercultural, o post-contracultural o post-como le quieran llamar, y como dicen los avezados, es una novela globalizadora y estratégicamente anticipadora, no pierde su vigencia, antes durante y después. Los juegos marca por generaciones la insatisfacción de genealogías violadas. La obra de RAF, no es un desatino al desconcierto de nuevas o lúgubres generaciones, es una provocación (como todo él) a la exasperación del decir lo que uno quiere en cuanto al juego descartiano, sin ser un filosofo narrativo-poético, RAF le apuesta a la búsqueda y reconstrucción del lenguaje, no por la búsqueda del poder, sino cómo ese poder, al estilo de la Iliada o la Odisea, se puede perpetuar sin que lo notemos, en el sentido del compromiso de la independencia, la algarabía prudente y el alejamiento de la inmolación mediática de la búsqueda y el encuentro del lenguaje. La novela de Avilés Fabila es un anti-recetario político y cultural, que tanta falta le hace al país, más allá de la receta tónica, la narrativa de René en Los juegos, es una apertura, para que analicemos los lectores en qué categoría, renglón o sintaxis estamos en este momento del desafío cultural, podría parafrasear a grandes pensadores, filósofos, escritores, incluyendo a los psicólogos o psiquiatras, entre ellos algunos amigos y ex-amigos de René, claro, posteriores a la publicación de Los juegos, pero ¿para qué? eso no tiene sentido cuando se disiente en las ideas y René defiende las suyas a ultranza. Hoy y después de releer la novela, comprendí que no necesito asistir a ninguna terapia como lector, las terapias son para los hombres sin servicio de voluntad, prefiero las terapias noveladas, ésas que son para los hombres que se rifan leyendo una novela espléndida, que a cuarenta años de su aparición, es vigente, como empieza y termina la novela, casi nada ha cambiado, excepto que algunos intelectuales afectos al poder político han muerto. A René le importan los lectores más cercanos a la verdad de los juegos (por ejemplo los docentes), los idos llevaron su propia historia de certitudes, la historia de la novela no termina de manera hagiográfica, más bien, replantea ideas de búsqueda: ¿cuál es la distancia entre un juego literario y un juego de los grupúsculos del poder? No lo sé de cierto, lo que si sé, es que hoy muchos lectores hemos roto con todos los partidos políticos, y no nos importan los políticos que no leen, tendríamos que volver a replantearnos, como dice la docencia reflexiva, el paradigma actual de los docentes, ¿cómo empecé, cómo lo hice, y cómo lo veo hoy y por qué pasó lo que pasó en esa mala distribución de los grupúsculos de poder? De acuerdo al mundo de significaciones de los lectores, una de las vías de entendimiento para acercamos a una realidad inmediata, sería leer o releer Los juegos, una novela que no juega con nuestra imaginación, sino que nuestra imaginación aprende a jugar con una realidad inacabada, de ruptura, como lo dicen Sotelo Inclán, Rafael Solana y creo que hasta Liszt Arzubide, Los juegos son de todos y de nadie mientras son un movimiento intercultural, apto para los malos lectores tristes de cualquier grupúsculo cultural de nuestro país. Gracias.
* Publicado en la Revista Universo de El Búho. Número 90 Octubre 2007.