¿Cómo y cuándo principió el final? Realmente lo ignoro; supongo que de muchas maneras fue el aburrimiento o la imposibilidad de continuar con una vida intensa. Al mismo tiempo inicié automáticamente la vida de nostalgias que temía…
Comienza así, trágico, dramático, El reino vencido, la desgarradora novela de René Avilés Fabila, obra que sin duda provocará en cada lector, como en cada nueva lectura, toda una gama de emociones y de sentimientos encontrados, derivados de las más diversas pasiones que se agitan y trepidan al compás vibrante de las páginas de esta novela que ocupará, sin duda, un lugar fundamental dentro de la literatura hispanoamericana.
En algún momento habrá quien al encuentro de El reino vencido, sucumba a la magnífica fluidez de la narrativa que caracteriza a la obra de Avilés Fabila, y así pueda considerar que es factible irse adentrando en él, capítulo a capítulo, historia a historia, al grado de suponer que esta novela es una suma de cuentos. A mi modo de ver, nada más alejado de la concepción estructural que presenta esta obra, pues más allá del embrujo que pueda ejercer en el lector cada uno de los pasajes de vida que impregnan el macrouniverso humano que cobra realidad en ella, sólo la cuidadosa lectura global, aquélla que trascienda ese multifacético y atomizado caleidoscopio vital, permitirá una mejor valoración de la profundidad a la que ha llegado la obra de creación artística avilesfabiliana.
El reino vencido es una novela fascinante que exhibe al alma humana en todo su esplendor. Adentrarse en él es penetrar a un mundo cuyos innumerables personajes se suceden y coexisten envueltos lo mismo por el deseo y la lujuria que por la ternura y la compasión. Es ingresar a un mundo en el que priva la fatalidad, la decepción pero en el que hay también una elegía conmovedora de esperanza. De ahí la omnipresencia de la nostalgia, pues tal y como advierte la novela en sus últimas líneas: la nostalgia sobrevive, no muere. Nostalgia que revive –según destaca el narrador- a partir “de los cantares mexicanos que casi todos han olvidado y las nostalgias perdidas que de pronto, cada tanto, reaparecen en la cabeza en algún alma torturada”. En ello radica parte de su seducción, que despierta un universo inagotable de subjetividades en proceso permanente de transformación derivadas de su impacto y particular fusión con la propia subjetividad de la que es presa el lector.
Cabe entonces formularse las siguientes preguntas: ¿Qué es la vida? El reino vencido nos da su propia respuesta: es el flujo irrefrenable de diversos tiempos, summa cronológica que fusiona la existencia propia con la de los contemporáneos, y cada una de ellas, como síntesis a su vez de muchas otras más.
¿Qué es el tiempo? Nuevamente El reino vencido nos contesta: una relatividad que pervive a partir de la nostalgia. Es ese “principio del fin” como lo bautiza Avilés Fabila: lo que es y no es, pero que mientras se añore, habrá sido y por ende existirá.
De ambos inquietudes deriva una de las más importantes aportaciones de esta obra: el magistral manejo de la forma que realiza el autor a partir de la soberbia y novedosa conjunción en su discurso narrativo por el que fluyen, superpuestos, los diversos planos temporales a través de los que transcurre la vida.
En El reino vencido René Avilés Fabila reta al tiempo y lo vence gracias al poder de su fantasía y genio creador: juega con su diacronía y sincronía sin dejar de respetar la línea temporal de larga duración que, contundente, implacable, avanza en el fondo de la trama, convirtiendo a esta novela en la obra victoriosa de un escritor que hace frente a la mortalidad de la vida al exaltar la individualidad existencial de su protagonista: Emilio Medina Mendoza. Un hombre en la confluencia de los distintos ejes temporales. Un hombre que quedó atrapado en el tiempo y que se inconformó con aquél en el que le tocó vivir. No olvidemos sus propias palabras cuando asume su realidad de vida: “al parecer nunca estuve de acuerdo con lo que me tocó en suerte (mala, pensé), ver, oler, tocar, oír”, pero que a pesar de ello, gracias al influjo poderoso de su evocación logra remontar al materializar sus nostalgias que lo funden en el tiempo que más añora. Por esta razón el narrador omnisciente del que Avilés Fabila dota a la novela afirma categórico sobre Emilio: “no cometió ninguna hazaña, no fue una gran cosa. La historia no lo registraría.” Efectivamente. No quedaba a Emilio sino reconstruir su vida para mostrársela a sí mismo, había llegado el momento de la autorreflexión -embargado del poderoso deseo por saber si aquélla había tenido sentido o no-; aunque de algo estaba cierto, como advierte casi desde un inicio: “… estaba seguro de ser el último de una larga cadena de hombres y mujeres que recorrieron el planeta en busca de un final”.
Sí, porque en Emilio Medina Mendoza cobran presencia dos mundos culturales integrados en un pasado remoto. Pasado que, a través del espléndido tratamiento de la relatividad temporal que distingue a esta novela, enfrenta a Emilio al reencuentro de sus tradiciones a partir de una evocación nostálgica cada vez más recurrente conforme avanza la novela y en la medida en que Avilés Fabila impulsa al protagonista desde su tiempo presente no sólo hacia la búsqueda de un pasado próximo perdido, abigarrado y heterogéneo, sino al reencuentro de ese tiempo primero, en el que coexistieron sus ancestros, el tiempo que subyace y que cobra mayor significación, aquél en el que él mismo habrá de morir para así perpetuarse.
Para lograrlo el autor emplea un recurso estremecedor, introduce como leitmotiv “el espejo humeante”, un espejo evanescente, en muchos momentos inexorable, que acompaña a Emilio a lo largo de toda la novela y que le permite asomarse periódicamente a ese tiempo perdido que no le correspondió vivir pero que le pertenece porque sus raíces están allí. Un tiempo al que va en busca y que nos comparte porque de alguna forma le es propio, el tiempo por el que al final de la novela opta, aunque sea por un breve lapso, antes de perecer.
El reto para el autor es grande. Son varios los niveles de la narración que se impone manejar a fin de consolidar esa superposición de distintos tiempos en los que se conjuga la acción y que dan un sello tan original y cautivador a la novela. De ahí que gran parte de la importancia y trascendencia de El reino vencido radique en que su autor nos atrapa en la narración del suceso, en la descripción detallada y al mismo tiempo sutil del instante mágico, plagando la obra de historias de vida en las que se dan cita las de innumerables personajes de muy diversa naturaleza e índole, siempre en torno a la central del protagonista, pero impidiéndonos detener en alguno de ellos porque los cursos cronológicos siguen.
El tiempo de la vida de Emilio Medina Mendoza se impone, y al ritmo perpetuo y dolorosamente frenético de sus recuerdos nos comparte esa nostalgia del tiempo ido que revive a través de la añoranza, adquiriendo con ello nueva existencia y razón de ser. El tiempo de una vida que, a pesar del manifiesto desamor y de los constantes desencuentros, hace consciente poco a poco a Emilio de no encontrarse solo en medio de la pertinaz soledad que le acompaña, porque se sabe que procede de un linaje, de dos tradiciones, de dos herencias culturales que, a pesar del embate que sufre una frente a la otra, esto no ha implicado la desaparición de ninguna de ellas. Al contrario, su marcha continúa, firme, insondable, como en una especie de mar subterráneo, al que Emilio nos asoma a través de la ventana temporal de “el espejo humeante” y que hace acto de presencia recurrente en la vida que transcurre y que el narrador nos relata. De esa vida cuyo tiempo rompe la relatividad del mismo para acceder a una dimensión que no tiene más límite que el proveniente de la propia nostalgia.
Al término de la novela, pese a todo, Emilio Medina Mendoza se encuentra solo. No cuenta con nadie, no tiene amigos ya, ni mujeres, ni familiares. Todos están muertos. El tiempo, su tiempo: acabó. Si pudo o no reconocer al amor, ya no importa, el amor pasó de largo por su vida. En todo caso, él mismo no se permitió retenerlo. ¿Por temor? Muy probablemente, por ese mismo temor que tenía de la vida de nostalgias a las que a pesar de ello enfrentó con valor, restándole tan sólo recuerdos y más recuerdos. Tal era su mayor tesoro, tesoro que dejaba en un legado: El reino vencido. Novela que deja inconclusa, a diferencia de la novela de René Avilés Fabila que concluye con un final pletórico de grandeza, apoteótico, digno de ese personaje épico encarnado en Emilio Medina Mendoza.
El reino vencido de Avilés Fabila es una obra profunda, y no sólo en lo literario, sino también desde diversos ángulos, uno de ellos, la perspectiva filosófica. Hay una vida central que se engarza con una multiplicidad de vidas sobre un sustrato que conjuga lo mítico y lo legendario con lo registrado por las fuentes históricas, una vida que rescata en otro tiempo las tradiciones de dos mundos enfrentados siglos atrás: el indígena y el hispano. Pero en El Reino vencido hay también música, porque a través de la sensibilidad que emana de la pluma del autor, se advierte la armonía que priva en el desarrollo de la novela, cuya integración refuerza la aparición periódica del “espejo humeante”. Obra polifónica, multitonal, cíclica y polirrítmica, en la que impera como tema principal, la melodía estrujante que nota a nota encarna Emilio.
En suma, toda una odisea artística.
Hoy la literatura se ha enriquecido con esta novela vanguardista. La prueba de ello es que cada vez que abramos y leamos las páginas de El reino vencido, surgirá el efluvio en cascada de la vida del hombre que quedó en el tiempo: Emilio Medina Mendoza. Evocarlo y compartir sus nostalgias, será volver a ese movimiento perpetuo y al mismo tiempo fugaz del tiempo sin tiempo. A partir de ese momento surgirá el prodigio, pues la realidad efímera propia de la literatura, como lo es también de la música, y como lo es de la propia vida, gracias a la obra creadora de su autor, habrá roto las barreras de la realidad, entre las que se ubican los frenos inclementes que ostenta el tiempo.
El escritor René Avilés Fabila se atrevió a retar al tiempo y triunfó, y con ello la narrativa hispanoamericana ha quedado impregnada con tintes de eternidad.
Noviembre 15 de 2005