René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

René Avilés Fabila, un nostálgico irredento*

Adriana Morán

“Me reúno en la nostalgia con el famoso filme del Ciudadano Kane que, finalmente, también es eso: el tipo que muere que tiene nostalgia por su niñez. Yo creo que es ese paraíso perdido que uno nunca sabe con exactitud qué es”: René Avilés Fabila.

Yo no he vuelto al pasado, vivo en el pasado.
El pasado en que yo vivo es un pasado anterior
a mi propia existencia: Juan José Arreola

“El epígrafe de Arreola da una de las claves, cuando dice que uno es un nostálgico irredimible. Me encontré esa frase recientemente, intuía que Arreola era un hombre de nostalgias pero no me había identificado plenamente con esa idea, porque yo he sido un hombre muy del presente, lo he vivido muy intensamente, lo sigo viviendo muy intensamente.., pero siempre tuve nostalgias por lo que no conocí y ahora, en la vejez, se me juntan las nostalgias por mi juventud perdida, por mi niñez perdida junto con esas nostalgias de unas épocas que no conocí”, señala René Avilés Fabila, escritor multifacético, al hablar de su sexta novela El reino vencido -producto de tres años. Algo que no perdió y alimentó desde que era profesor de historia universal de la FCPyS de la UNAM, “era una clase que me gustaba muchísimo porque me ponía en contacto con épocas que yo imaginaba magníficas. Por eso me reúno en la nostalgia con el famoso filme del Ciudadano Kane que, finalmente, también es eso: el tipo que muere y que tiene nostalgia por su niñez. Yo creo que es ese paraíso perdido que uno nunca sabe con exactitud qué es”.

El reino vencido son las memorias del escritor Emilio Medina Mendoza, ahí hace el recuento del mundo idílico que era Ciudad Jardín, en donde creció él, su familia y en donde vivió aventuras entrañables con sus amigos, en ese reino también descubre recuerdos maravillosos, escandalosos y lúbricos que lo formarán. Sin embargo, la novela, cuenta con historias que pueden leerse independientemente unas de otras, “cada capítulo tiene una dinámica, como un relato, un principio, un desarrollo y un final con frecuencia sorpresa. Esta tendencia me viene de que soy un cuentista nato. Soy un novelista a fuerza. De pronto me llega una historia más larga y me tengo que volcar a la novela, pero yo disfruto hacer más cuento. De alguna manera las novelas mías son como un libro de cuentos con un tema central”, de tal manera que la novela “a veces está contada en primera persona, otras por un narrador omnisciente y otras más queda en boca de los personajes que invariablemente se enlazan.

Tintes autobiográficos
René Avilés no teme, tampoco, al señalar que el gran personaje de sus novelas es él “todas tienen esa idea autobiográfica. Sigo insistiendo, me cuesta trabajo decirlo porque encuentro como respuesta el sarcasmo, yo sólo he encontrado una forma de ver la vida: a través de mí mismo, he escrito 40 libros sobre mí, ahí está mi mamá, mi padre, cambiados, modificados. Ahí están mis abuelos, mis amigos, ahí están las mujeres que amé de niño, a la edad media… pero todo sufrió muchas modificaciones. Yo creo que ningún personaje se identifica de los que aún viven, salvo Lilia Prado, espero que no la lea, pero qué mejor homenaje a Lilia Prado que un montón de niños masturbándose frente a su casa”, ¿incluido tú?, “yo me resistí a eso, yo sólo veía a los niñitos”, y reímos a mandíbula batiente.

Al preguntarle sobre las historias reales escondidas señala: “Yo creo que la mayor parte de ellas parten de una situación real, es decir, Pelayo existió... El Rata existió, Moza existió…, pero los dejé de ver a los 19 años o 20, Quizá la historia más cercana sea la de Roberto El Flaco Guzmán, quizá, incluso titubée mucho antes de dejarla, o por lo menos cambiarle el nombre pero pensé que a Roberto le hubiera gustado mucho -Chuchín le decíamos en la colonia cuando éramos niños-, pensé que a él le hubiera gustado que la dejara tal cual... No sé que pasó con Moza, la última vez que la vi fue a los 18 años, no sé que pasó con Atala porque murió muy pronto. Son personajes que sufrieron profundas modificaciones a causa de la imaginación. Yo quería poner muchos personajes que tuvieran una niñez encantadora o dorada y que terminaran en un fracaso total”. Así pasa, parece que el único que se salva es él y señalamos que parece porque Emilio “habla de ese México pequeño, romántico, lleno de esperanzas, hay un sentimiento de impotencia”.

En busca de la semilla
En la novela “prevalece ese sentimiento de cierto fracaso, de reino vencido, lo digo con toda sinceridad, yo siento que estoy pagando la manera que he sido... Todo esto impregna un poco a Emilio, esa sensación de soledad, de búsqueda, de vacío, de acomodo en una época determinada y finalmente, aunque él ha triunfado totalmente, él sí ha triunfado totalmente, hay una sensación de fracaso muy fuerte. Quizá por eso está recordando y reconstruyendo algo, y buscando y hurgando, en la historia algo que le haga más habitable el México que él ve”. René señala que aborrecía a la gente cuando decía que los tiempos de antes eran mejores y que ahora lo corrobora porque, dice, había menos gente, más esperanza de vida, de trabajo, de cambios políticos y sociales pero que no ha pasado nada.

Emilio Medina cuenta sus múltiples amoríos, su enamoramiento del pasado, de sus amigos, de sus aventuras, de la religión, de los 50 y 60 que era México, de su música, su cine, su lenguaje y de la soledad habitada de fantasmas que no se van.

En la historia, con intermitentes flash backs, Emilio habla con los fantasmas del pasado porque no se siente a gusto con el presente que le tocó vivir “es donde se abre la puerta para que él busque el pasado, el problema es que al buscar en el pasado llega a lo que él considera el paraíso perdido, que era el mundo prehispánico, llega a un imperio azteca que está en plenitud o grandeza y en ese momento también han llegado los españoles. El infortunio de Emilio Mendoza es total: desaparece de su época para reaparecer en una en la que irremisiblemente se hundiese para siempre”.

* Publicado en la revista Boca literaria. Viernes 28 de octubre de 2005.