René Avilés Fabila (n. en 1940) es un caso singular en el proceso de nuestra más joven literatura: su nombre apareció sorpresivamente en letras de molde (y no frecuentemente para elogiarlo), a raíz de la publicación de su primera y hasta hoy única novela: Los juegos (1967): sátira demoledora contra el submundo sociocultural y político de nuestros días. Algunos, claro, dijeron que eso no era literatura ni era nada. Otros, pocos, la elogiaron; pero de todos modos (esto ya es lo mío), Los juegos fue un rompimiento radical con la “novela política” (la nota introductoria a la ironía y el desenfado se debe a Jorge Ibargüengoitia con Los Ralámpagos de agosto, Premio Casa de las Américas 1964), y aunque por sus valores literarios tal vez no haya obtenido la posteridad, es una novela decorosa, con aciertos brillantes, con un lenguaje depurado, con una fina ironía y un gran desenfado: un aire fresco en nuestra más o menos anquilosada literatura no se olvide que en el 66 había aparecido De perfil).
Su segunda obra fue un libro de cuentos: Hacia el fin del mundo (1968) con el que súbitamente se instala como uno de los más vigorosos narradores jóvenes: también sátira, pero ahora es la imaginación a prueba, la fábula, la alegoría, literatura que no abandona sino se sumerge en las verdades sencillas y terrenales para mostrarnos la realidad de nuestro propio ser.
Bien, ahora René Avilés nos entrega Alegorías (1963), pequeño libro que se publica bajo los auspicios del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana: libro pequeño, sintético, con “textos que apenas exceden los límites de la cuartilla convencional”, tiene, sin embargo como bien lo dice el solapista “parentesco cercano con las mejores tradiciones de la fábula y el bestiario, surgidos en los albores de la literatura y continuados en nuestro siglo por autores como Kafka, Cortázar, Borges y Arreola”.
Dividido en dos partes -Zoológico fantástico que abarca Once textos brevísimos, y cuatro cuentos cortos de la onda de su anterior libro- cumple su cometido: desembarazarnos del pesado lastre seudosolemne en el que de muchos modos estamos enfrascados.
Queden ahí, para los nuevos historiadores, los testimonios del zoológico fantástico, al lado, claro que sí, de la Zoología borgiana, el Bestiario de Arreola y el de Cortázar, y el Parque de diversiones de José Emilio Pacheco:
Las humanas bestias multiformes, la increíble veracidad de las imágenes utilizadas: quién no ha sentido la presencia de Briareo sin soportar sus cincuenta pares de ojos y ha bajado la vista temeroso y culpable de sí mismo sólo los niños, claro René, los niños sí podrían hacerlo y sin temor. O ese extraño visitante tan cercano a cada uno de nosotros aunque mitad sea gato y la otra mitad cordero, al que hemos extraviado definitivamente gracias a nuestra propia estupidez: “salí a la calle en ansiosa búsqueda. Se había esfumado. Mi conducta, vista con serenidad, fue idéntica a la de todos…” O bien los sátiros, antiguos compañeros de Baco: alguna vez nos hemos mirado en ellos, claro que sí, porque ellos “parece que no extrañan la libertad; mejor aún: se diría que nunca la conocieron”: ellos, los sátiros, viven apartados de la gente, pero no se sabe en qué momento los sátiros somos nosotros mismos: “Aunque los guardias que rodean la jaula permanecen rígidos, inmóviles, tienen la misión de impedir que el público acepte invitaciones de los sátiros. No los culpe: obedecen órdenes. Vean ustedes el letrero puesto por la empresa del lugar y en el que pese a su decoloración todavía puede leerse: Estrictamente prohibido participar en la juerga y emborracharse con los residentes de esta jaula.
La segunda parte, ya lo dije, es más bien una prolongación de Hacia el fin del mundo: aquí la alegoría abandona el zoológico fantástico que "no es de leones sino de esfinges y de grifos y de centauros" (Borges), para adentrarse en el sitio verídico donde el fin del mundo, señores, se acerca: cuatro cuentos: “Más sobre trasplantes e injertos”, “La ejecución”, “El mosco” y “El vampiro fenece”: admirables las disquisiciones sobre trasplantes e injertos, verídica y clarísima conclusión del ancestral enfrentamiento entre religión y ciencia; la segunda parte del relato también lograda y bellísima: la joven anciana que con su nuevo corazón se enferma de irremediable amor. En fin, la mofa que René hace de nuestra vida social en “La ejecución” está muy bien hecha y dicha.
De fábulas y bestiarios podríamos hablar todo el tiempo y podrían escribirse gruesos volúmenes intentando reseñar el tema, pero baste por ahora decir que a pesar de su juventud (¿o gracias a ella?), René Avilés Fabila adquiere rápidamente una gran madurez literaria y que, al lado de José Agustín, es uno de los mejores narradores jóvenes de México.
René Avilés Fabila, Alegorías. Cuadernos de la Juventud, INJM 1963, México, 42 páginas.
* Aparecido en El sol de Toluca. Toluca, México., Viernes 29 de mayo de 1970.