René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Todo el Amor*

Luis G. Basurto

Hay libros (novela, poesía, teatro) que se leen de un tirón, y no se puede dejar el hilo de su trama, especialmente en la narrativa. Entre ellos están, para mí, que soy lector cotidiano impenitente los escritos por René Avilés Fabila. Su estilo, que afortunadamente escapa de las clasificaciones a que tan afectas son las amas de llaves de la literatura, es siempre original y siempre parece diferente, de acuerdo con los temas que trata y, sobre todo, con el espectro mágico y poético que se esconde tras ellos. Y he aquí lo que hace necesario no leer una sola vez, sino dos o tres, las obras de este escritor al que si me atreviera a calificar de algún modo, me gustaría llamar “enamorado del amor”. Del amor en todas sus formas, matices y coloquios, gritos y susurros, crueldad y ternura, sexo transparente o sórdida pasión muchas veces llena de luz. Pero en fin, no voy a hacer “literatura” a costa de la auténtica que ejercita Avilés, cuyos eróticos relatos, además de una forma original, propia, ajena a lugares comunes y a convencionalismos de moral o antimoral, nos hacen traspasar el muro sutil que separa a la forma de su contenido más íntimo, de ése que he llamado espectro poético.

A pesar de que no faltará quien o quienes piensen que “Todo amor” es preferentemente sexo, ajeno a otros sentimientos y a otras motivaciones (incluso románticas), yo creo que su valor estriba precisamente en su amplia libertad emotiva, no coartada en ningún momento, sino fortalecida por la medida estética que el autor brinda a sus criaturas y a los lazos que las unen y las oponen. Por eso dije antes que René es un enamorado del amor, en sus más bellas y sorpresivas formas de vida y de muerte, de apasionada búsqueda o de reencuentro con el pasado.

Sin pretender mostrarse como iconoclasta en materia amorosa, sin desdeñar el aliento poético que se impone en su oficio literario, sin alardes de vanguardismo exhibicionista, René Avilés Fabila va descubriendo, paso a paso, a través de sus páginas, el amor que consume, purifica o degrada, eleva o destruye, a casi todos los amores. Pero también nos transmite su vital importancia en este misterio de existir y, especialmente, de existir sin amor. Porque al “contrario sensu”, como diría un jurista, nos asomamos al drama de vivir sin amor, es decir al desamor, cuyo fantasma también se trasluce en estas páginas editadas de manera excelente por editorial Premiá, el año pasado.

Hablé de las amas de llaves de la literatura. Son como las que, domésticamente rigurosas, ordenadas, hasta sabias si se quiere en su quehacer de clasificación, colocan en sus sitios, insustituibles, los chiles, las cebollas, el azúcar, etcétera. Todo en su lugar, invariable y exacto. Se parecen también a las amas bibliotecarias, cuya exigencia en materia de épocas, estilos, nacionalidades, llega a ser exasperante en su perfeccionismo. Recuerdo, respecto a éste, las palabras de Manuel Rodríguez Lozano, gran pintor de México: “El arte es imperfecto como la vida, como Shakespeare y como el mar”.

Avilés Fabila, como otros escritores del mundo actual, se escapa de esas clasificaciones y de esos perfeccionismos, aunque sea riguroso con su propia norma, variada y diferente, ya lo dije; en cada una de sus obras.

No podrían resumirse como simples anécdotas, los relatos de Todo al amor. Es preciso leerlos más veces: una para interesarse, otra para pensar y sentir su carga de amor.

* Aparecido en Excélsior. Jueves 16 de abril de 1987.