Desde que, hace más de diez años, leí Tantadel y El gran solitario de palacio, siempre he creído que René Avilés Fabila es uno de los narradores más originales, más cáusticos y, si utilizamos el término a la manera de Italo Calvino, más ligeros dentro de nuestro mundo literario. Su dedicación al periodismo -una dedicación que le valió el Premio Nacional en 1991-, los certeros ataques que ha dirigido contra las papillas cultural y -hay que decirlo- su propia arrogancia, han provocado que su contribución a la literatura se pasen por alto o, incluso, se pierdan de vista. Creo, por lo tanto, que la reedición que acaban de hacer las editoriales Aldus y Molinos de Viento de sus cuentos resulta una buena oportunidad para revalorar a este escritor.
Bajo el nombre de Todo el amor, la nueva compilación reúne trabajos publicados desde 1970 hasta 1995 y gira alrededor de las más curiosas manifestaciones de la locura, la lujuria, el romanticismo tardío y las formas más inimaginables de la pasión amorosa. Así, en “Mirabel”, un orate asesina a su esposa creyendo que es una bruja; en “Afrodisíacos”, un exótico té de Tanzania no produce más efectos que los de querer orinar; en “Cita telefónica”, un tipo fatuo consigue lo que merece, y en “Canción de cuna”, la maternidad y el erotismo se confunden en una mezcla de tragedia y ridiculez.
Algunos de los cuentos de René Avilés son largos y otros tan cortos como una sola frase. Algunos son intrincados rompecabezas y otros, como “Acabar con la soledad”, auténticos ejercicios de pirotecnia narrativa. También varían las estructuras y los estilos, como si el autor quisiera demostrarnos su fácil dominio de unas y otros. En lo que todos los cuentos parecen coincidir no obstante, es en sus finales inesperados, en la compleja simplicidad con la que están concebidos -la ligereza de Calvino- y en la soledad, en la tristeza y, a veces, en la amargura que ocultan detrás del ingenio o la ironía.
Los personajes de Avilés se encuentran, casi siempre, extraviados en los edificios multifamiliares, en las oficinas públicas, en los bares solteros o en la casa de los adúlteros que pueblan la ciudad de México. Todos están insatisfechos consigo mismos y con sus parejas, ya sean éstas ocasionales o permanentes. Muchos de ellos viven del recuerdo y lamentan en lo más profundo de su ser haber dejado escapar a una persona, una oportunidad o, quizás, la misma juventud. Todos están perdidos en su frivolidad o en sus descomunales egos y no hallan la salida, a menos que busquen explorando la política, el arte o la acción social, sobrepasando, en suma, esa frivolidad, esos egos. Aunque no debió proponérselo, Avilés revela en cada línea sus convicciones éticas, sus compromisos y, parapetado tras la fábula, retrata con singular agudeza lo que le ocurre a aquellos que son capaces de renunciar, de entregarse, y lo que le sucede a los otros, a los que nunca han experimentado ya no digamos todo el amor sino ni siquiera los espejismos del cariño.
* Aparecido en el periódico Novedades. Martes 16 de abril 1996, p. 10.