Fue un gran respiro para mí ver en la lista de invitados a esta mesa a mi amigo Sebastián; no tanto por lo amigo, que sabe serlo, sino porque él no es un escritor de oficio; al menos al descubierto para mí; Sebastián no es un oficiante profesional del lenguaje literario. En este sentido, los otros compañeros obligan tanto que no me habría atrevido a meterme entre las patas de los caballos cuya estampida, presiento, se lleva por delante a quien se atreva a hablar de libros sin ser un escritor. Me siento ahora como la primera vez que me subí al podio: me tiembla todo. No sé si la invitación para venir aquí a hacer lo que en este momento hago nació de la malevolencia de René, o de su legítimo deseo de tomar venganza: él ha asistido a varios conciertos míos. En verdad, no lo creo; la malevolencia de René igual que el agrio grito de su voz no son tejidos opacos como él cree sino que son como van a ser, ya lo verán, nuestros próximos comicios: transparentes. Su vitriolo encubre añeja y griega miel y su rabia es sólo amor; por eso escribe de amores y de amor. El título del libro del que hablamos es: Todo el amor. Ni más ni menos, René no es de medias tintas: Todo el amor.
No recuerdo reunión de amigos donde René no haya extendido en la mesa los mapas de las geografías que han dado tierra y grande mar a sus hazañas de amor. En su confronto, el pobre veneciano de los tiempos de la ilustración queda en un minicasanovita de utilería teatral. En los 68 títulos miembros de este volumen encontramos desde el casi aforismo hasta la casi novela. No puedo, ni tengo la temeridad de intentarlo, hacer aquí ni en otra parte alguna un análisis literario; no soy escritor ni crítico ni lingüista. Puedo sí, decir, que estos relatos me atrapan y ponen muy variadas muecas en mi ánimo; no podría aplicar aquí aquel avilesfabilano comentario de Voltaire acerca de La nueva Eloísa de Juan Jacobo. Dijo más o menos: “Este libro después de concluido se prolonga 5 tomos”. No, en los textos de René la proporción acuerda bien con la densidad de la materia: no nos causa cojera ni fatiga. De todo hay como en botica; escribe amor con H y sin H, encontramos brujería equívoca: “Maribel”. Idiotez “Los amantes”. Odio: “La muerte del misántropo”. Degradación: “La noche de un día difícil”. Hay frustración en veinte títulos, varios matices de la frustración. Hay fantasía romántica: “La bailarina”. Fantasía quirúrgica: “Amor eterno”. Resabios chinos: “Cursi amor eterno”. Hay crítica social; obsesiva crítica política. Hay humor de chile, de dulce y de manteca; cibernético, musical, ideológico. Hay obviedad: “Adán existe porque existe Eva”. No podía faltar el Marqués de Sade: La libertad en el amor como camino a la esclavitud (nada hay que tengas que no tenga). Hay también el soplo de trascendencia, por ejemplo, amor y tiempo en “La amante nocturna”. Amor y muerte: “Erika”. Usaré una palabra que le recuerde a René sus antros de París; hay “boutades”: “de tres bon boutades”. En fin, también hay el amor hueco: a cama como causa y como efecto, aquel amor que hace del hombre una manguera y de la mujer un tinaco.
Y luego, los dos últimos relatos: “La otra dimensión o la dama del cuadro”; un leve flotar de aliento mágico, que devuelve al amor, a la mujer su joya más deseada, la más noble: su vida ideal. Y, título final: “Miriam”: algo como el ser y el tiempo. La muerte, fin e inicio; muerte creadora; un shopenhaueriano acto de la voluntad: de Juan Pablo, el regresar a la obra que fatalmente ha de existir y ha de hacerlo real. De Miriam, cumplir una misión percibida y determinar su propia muerte, donde reside el encuentro que ha de ser su eternidad.
Huelga decir que esta palabrería no es sino la viruta de mi lectura personal.
Si no se ama demasiado no se ama lo suficiente, escribió La Rochefocould. A lo ancho de sus años, los auguramos anchísimos, René escribe y escribe de amor. Abarca desde el sinuoso y mórbido Cantar de los cantares, hasta zonas de Fausto y Werther, Casanova y Don Juan, madame De la Fayette y Stendhal, la real Ninon y la inventada Naná, Margarita Gautier y Mimí; la tuberculosis como suspiro, la tisis como arquetipo del romanticismo: la Emma de René recibe de su enfermedad un toque de lo ideal; su salud, en cambio, da a su realidad el rasgo de lo vulgar. Se añaden las sombras de Oviedo en clásico y en cínico; Alberoni clasificando; Fromm y Freud en su manía de analizar lo inefable y el picarísimo Juan Ruiz. Muchos, infinitud de amores en la pluma de Avilés muchos amores que aquí en esta tierra, en René Avilés Fabila es uno sólo: un solo objeto y un solo abrevadero: Rosario: Rosario la de Avilés. Un Rosario, una cadena de angélicos eslabones donde, como fantaseó en la inmóvil dama del cuadro, René coloca a escondidas una piedra roja que se asemeja al rubí. No hay duda: es posible crear cada día una más bella forma de amar.
Les recuerdo: el viejo Teócrito nos contó: un día, el dios Amor, Cupido, pega un grito porque lo pica una abeja. Su madre le dice de qué te quejas, ¿acaso no te asemejas a las pérfidas abejas? ¡Vaya llaga que dejas cada vez que hieres con tu arpón!
René parece decir en su verba y en su apasionado vivir: ¡por favor, sigue hiriéndonos amor.
* Aparecido en El Búho del periódico Excélsior. México, DF. Domingo 16 de junio de 1996.