René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Testigo de cargo*

Gerardo de la Torre

Tiene este libro de René Avilés Fabila la característica fundamental de ser variado, rico y en ocasiones, contradictorio. Y por fuerza tenía que fabricarse de este modo, porque así es el amor: hecho, diríase, de sustancias extrañas y maravillosas que se combinan de muy diferentes maneras.

Pero no se limita Avilés a mostrarnos las múltiples facetas de la pasión amorosa, que van del dulce y satisfactorio encuentro a la ruptura y el odio erótico. Más allá, la búsqueda y el hallazgo se extienden a las maneras de narrar el amor: cómo acercarse al asunto, inventar una anécdota, trazar la estructura, diseñar ciertos personajes. Y es aquí donde el talento, el oficio y la astucia narrativa del autor se despliegan de manera brillante.

Porque René Avilés aborda este tema, uno de sus predilectos, lo mismo desde la más directa aproximación realista (como en “La lluvia no mata las flores” o en “Alicia”) que se interna con soltura en las veredas de lo fantástico, de lo que son ejemplo los textos titulados “Acabar con la soledad” y “La otra dimensión o la dama del cuadro".

Muy presentes también, y entrometiéndose indistintamente en la veta realista o en la fantástica, se hallan el juego humorístico y la ironía, que a veces se resuelven en una flagrante ternura. Pero, ternuras aparte, en otros momentos el cuento amoroso se transforma en una sátira feroz. Baste citar los “Tres tiempos del amor en la política mexicana”, donde se narran las aventuras eróticas de un alto funcionario público.

A más del ingrediente realista, el fantástico y el humorístico, hay que reivindicar en los textos de Avilés Fabila uno más: el político, que bien podría creerse ajeno a los temas amorosos. No es así. La política, por vocación y decisión del autor, está muy presente en este volumen de cuentos, no sólo como crítica del sistema y de quienes lo sostienen y lo aprovechan, sino también como critica de una izquierda que vive el éxtasis en su aproximación al martirio, y acaba renunciando a tal éxtasis para idolatrar al sistema que antiguamente combatía. Véanse textos como “El triángulo perfecto”, “Emma”, “Antesala de la muerte”, “Los amantes” y sobre todo “Tres tiempos del amor en la política mexicana”.

Por último; una característica que; debe señalarse en los cuentos de Todo el amor, es que en buena parte de ellos se realizan hasta las más destacadas fantasías eróticas o sencillamente sexuales en que todos nos hemos involucrado, aunque en algunos casos el despertar resulte muy amargo.

Así, Gabriela, en “Regreso a casa”, sufre primero un acoso que la asusta, en seguida deja de ofrecer resistencia y, tras ver cumplido el sueño del príncipe azul, cae de la nube a los más bajos estratos de la sexualidad.

En este sentido, el universo amoroso creado por Avilés es un ámbito en que todo puede suceder. Un amante asiste a la curación de una joven atacada, por la poliomielitis, sólo para enterarse de que, a cambio de la rehabilitación física, la mujer ha perdido toda espiritualidad; otro viaja y se enreda en la relatividad del tiempo; un tercero se desliza a lo largo de una línea telefónica para caer en brazos de la mujer elegida.

René ha sido lector cuidadoso de Freud y de Marx. Los cuentos reunidos en este libro revelan que también lo es de Chéjov, Wilde y Henry Miller. Pero no se trata de rastrear influencias, sino de invitar al disfrute de los textos que integran Todo el amor: juegos de ingenio y de imaginación, parajes de la plenitud amorosa o del choque brutal con el desencanto, la ruptura y la pérdida.

* Publicado en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Domingo 14 de julio de 1991.