René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Tanto amor y no poder nada contra la muerte*

Bernardo Ruiz

Producto de una juventud que no tuvo héroes con nombre, más allá de algunos músicos de rock and roll, e incontables pérdidas afectivas, la generación de René Avilés Fabila tuvo pocos motivos para conciliar, su historia con la realidad. De este modo, la cotidianidad y la rutina fueron para ellos desdeñables motivos de pesadilla, el Maëlstrom donde jamás quisieron perecer.

Mejor, la vida como un thriller, como la aspiración de lo inefable, a quien no debía nombrarse, como ocurre en un rito mágico, para poder capturar con aspiración fáustica, con pantagruélica ansia, la intensidad total sobre cualquier precio.

¿Por qué aceptar que no se es inmortal, cuando a diario se es inmortal? ¿Por qué creer que no se es un dios, cuando a diario vemos derrumbarse ídolos de todas proporciones? ¿Por qué negarse a un exceso siempre y cuando el exceso sea el supremo símbolo del vértigo y el clímax de la impensable aventura?

Visto a la distancia, este ideal pareciera producto de la dionisiaca inspiración de las ménades., Sin embargo, la literatura de la generación 40-50 debiera estudiarse desde la perspectiva de una nueva novela de caballerías, surgida de una realidad esperpéntica donde, desde dos extremos claves, Galaor de Hiriart, y Tantadel, de Avilés Fabila, se enuncian las condiciones de esta búsqueda, verdad, conocimiento, libertad y fantasía son los valores puestos en crisis a través de ambas novelas, donde el amor es el más inaprehensible y asediado término de la circunstancia humana.

Ciertamente, la crítica ha visto siempre desde la óptica de una moderna picaresca los trabajos de Avilés, -de De la Torre, de José Agustín o de Sáinz, ignorando que la devaluada hidalguía de la clase media es la, cuna de una prosa donde no la sed de opulencia o riqueza son motivo para sus personajes, sino la suma de ideales que la sociedad veta, contemporáneamente.

Así, estos jóvenes, estos eternos jóvenes protagonistas de la “narrativa de la onda”2 han encontrado en verdad la fuente de la juventud, y añoran el perdido reino de Calafia o el secreto encuentro, con Urganda la desconocida.

Surgen estas reflexiones a partir de la reedición de Todo el amor, de René Avilés Fabila, y de los juicios y comentarios que a lo largo de cinco años he escuchado acerca del volumen.

Ciertamente, los escritores de la generación formada o influida por Juan José Arreola han sido grandes lectores, con gloriosas excepciones. No obstante su silencio crítico, es notorio el efecto de sus lecturas en sus sucesivas obras. De todos ellos, el más influido por la veta de lo fantástico, es Avilés Fabila, quien con este bagaje se dio el lujo de sortear los arrecifes del realismo mágico; junto con otras modas. Asimismo; René -por derecho propio- tiene su trono entre los más altos santos de los altares de la iconoclastia, y ha hecho de la pasión Literatura.

No es peyorativo, entonces, calificar de prosa de excesos la de Avilés. En particular, cuando selecciona en Todo el amor las historias, más representativas de su obra. .

Se habían narrado ya las hazañas de los caballeros andantes que salían al mundo a desfacer entuertos, y se habían impreso hasta el cansancio leyendas donde tecnificados caballeros andantes defendían los imperios y los grandes capitales entre el abrazo de una dama y la siguiente. Y en el último cuarto de siglo de la centuria que vivimos, las doncellas soñaban todavía, como a un imperativo categórico, que un príncipe o un noble caballero llegara a salvarlas. Avilés Fabila, en contraparte, publicó La lluvia no mata las flores.

Stanislav Lem había explicado en su delirante novela El congreso de futurología que el destino de un mundo pauperizado era sobrevivir en medio de una neblina, narcótica el éxtasis de un orbe rico, bello y opulento. RAF prescinde de la neblina, y contempla la ciudad y sus habitantes como el fruto de una tierra yerma, donde una distante sensibilidad puede escenificar el rito de la seducción y evocar el paraíso.

Hay, sin embargo, una subrepticia alianza: los protagonistas de Avilés son atormentadores de si mismos. Una constante insatisfacción los asedia; nunca hay un máximo, ni un total placer. El mundo como su frustración, a la manera del dictum del filósofo, define su tránsito.

Las tramas llevan siempre a la conciencia del límite: el humor se transforma en ironía, la ironía en decepción. Amantes y amados intentan una y otra vez la escena con el secreto deseo de que esta vez sí, satisfechos de pasión, pudieran encontrar el amor.

Una y otra vez, como el personaje central del Vathek, de William Beckford, el destino es preciso: se ansiaba la suma de los placeres, y se recorría el peregrinaje hasta el inmenso palacio subterráneo donde todos los placeres se conjugan: el infierno.

He mencionado excesos e iconoclastias. La gran aventura literaria consiste -para un autor- en cerrar el ciclo que dejó abierto otro escritor. Vuelve a narrar René Avilés historias maravillosas, donde cenicientas y bellas durmientes cumplen su metamorfosis en mujeres cargadas de años y delirios. Como en el chiste de cantina, las hechiceras se transforman en brujas; se cubren de orín las espadas y las armaduras; y los brebajes mágicos de la leyenda son un brandy o un ron de marca libre.

Devela RAF la historia de celos e infidelidades más allá del “se casaron y vivieron muy felices”, que se cumplen puntúales en la era de la felicidad comercial y tecnológica, como única herencia de la edad de desencanto que le tocó padecer a esta generación. Y no vislumbramos, todavía, el horizonte de nuevos mundos. Como aquel matrimonio cautivo en Longjumeau que encontró siempre obstáculos o impedimentos para salir de viaje -a punto de salir de viaje-, vivimos en un mundo que no tiene más perspectivas que aguardar las esperanzas, aún ocultas en el cofre de Pandora. René no lo ignora.

Celebremos, entonces, nuestra afinidad cómplice con los dioses y ángeles caídos de la literatura de Avilés, que cumplen puntuales la travesía de Fausto, que en realidad sólo quisiera a Magarita o a Rosario la idea que gobierna el trabajo de Avilés en Todo el amor.

Se agotan, deseamos que se agoten, las formas de la desdicha o de la aparente felicidad, para que al término se nos entregue la nostalgia de toda gran literatura: el amor ausencia, la inacabable compañía, el fantasma con que RAF concluye su volumen, suavemente, como la añoranza del eco de la sin par y bella Oriana que extrañaba el Amadís.

l. Para que también pensemos en Gabriel Celaya y en César Vallejo, llenos de mundo.

* Publicado en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Domingo 14 de julio de 1991.

2. Cualquier cosa que esto signifique.