Los animales prodigiosos (INBA/Ediciones Armella, 1990) de René Avilés Fabila es un recorrido entre irónico y divertido por el mundo zoológico de lo extraordinario. En sus palabras preliminares Rubén Bonifaz Nuño señala: “Con la minuciosa crueldad con el amplio desprecio que definen la raíz del auténtico humorismo, René Avilés Fabila, prácticamente en cada una de las páginas de este libro, va exponiendo, como de pasada, la naturaleza del animal que se considera a sí mismo dechado del mundo, que se siente poseedor legítimo de cuanto existe: su repugnancia hacia lo no rutinario, su curiosidad temerosa, su desconsiderada ambición, el menosprecio originado en la incompetencia, la mezquindad de la razón, la lujuria triste, la burla inconsistente, el ánimo explotador".
Ha dividido Avilés Fabila su libro en tres secciones: "Perversiones de la naturaleza", "Serpentario" y "Breviario mitológico”. Al prodigio que ya en sí mismos encierran estos seres, el autor les agrega una dosis extra de humor, fantasía y mordacidad. Tiene razón Bonifaz Nuño al hablar de crueldad; en el caso del humorismo que hay en Los animales prodigiosos; pero esta crueldad no es gratuita, tiene el propósito de destacar lo insólito en las características de esos animales que, quiérase o no, están deformados a imagen y semejanza del hombre. Sus deformaciones son más las aberraciones del hombre que los extravíos de los animales. El hombre ha puesto en estos seres mitológicos, fantásticos y prodigiosos sus muchos defectos, sus grandes equivocaciones y su a veces, insoportable sueño de grandeza.
Así describe Avilés Fabila a "El vandak es un animal velocísimo e inquieto. Nunca está en un mismo sitio. Va de un lugar a otro sin detenerse. Su organismo exige el desplazamiento perpetuo. Habita en las selvas del trópico húmedo, en donde la vegetación abunda y los intrusos escasean. Su presencia se hace sentir por medio de una corriente de aire que agita levemente el follaje. Come y bebe en movimiento, arrancando a su paso hojas tiernas y sorbiendo el rocío matinal. A causa de su extraordinaria rapidez, ningún ser humano lo ha visto, menos atrapado. Cuando ya viejo o enfermo le llega la hora de morir, el vandak simplemente se desmorona convirtiéndose de inmediato en restos de vegetación que a poco se confunden con el resto de la selva".
De la segunda sección del libro, citamos para el lector la curiosa historia de “La serpiente con pelo”: "En los desiertos fronterizos es posible encontrar una serpiente con pelo. Es herbívora y completamente inofensiva, llega a medir poco más de un metro de largo y su pelaje varía, del café al rojizo, según la época. A los forasteros les causa temor o desconcierto y en más de un caso repugnancia. Los nativos, en cambio, la aceptan sin que les parezca una aberración de la naturaleza: no la cazan ni la persiguen.
“Los niños, aceptando su sociabilidad, la tienen como mascota y juegan con ella. Sin duda recuerdan todavía que el México prehispánico poseía otras rarezas: abundaban los perros sin pelo y el gran dios Quetzalcoalt no era más que una serpiente emplumada".
De la tercera sección del libro, he aquí la versión humorística de Avilés Fabila sobre la “Esfinge de Tebas”: "La otrora cruel Esfinge, de Tebas, monstruo con cabeza de mujer, garra de león, cuerpo de perro y grandes alas de ave, se aburre y permanece casi silenciosa. Reposa así desde que Edipo la derrotó resolviendo el enigma que proponía a los viajeros, y que era el único inteligente de su repertorio. Ahora, escasa de ingenio, y un tanto acomplejada, la Esfinge formula adivinanzas y acertijos que los niños resuelven fácilmente, entre risas y burlas, cuando el fin de semana van a visitarla".
Algunos antecedentes ilustres tiene Avilés Fabila en esto del prodigio zoológico. Baste citar a Borges, nada más. En el fondo, el autor de Los animales prodigiosos ha querido divertirse con una escritura liberadora cuya única responsabilidad es el placer. Pienso que lo consigue a lo largo de casi todo el libro para entregar al lector momentos igualmente placenteros.
* Aparecido en El Universal. Cultura. Lunes 7 de mayo de 1990