
We are on the road to nowhere, come on inside.
TaIking Heads
I
Por ejemplo David Byrne, el gran Talking Head, ha llevado el rock hasta la frontera difusa en donde se juntan los fierros de Nueva York con la madera de los paraísos tropicales. Algo así como viajar en taxi amarillo encima de Park Avenue, con un chofer portorriqueño que oye salsa, y que, instalado en otra frontera difusa, medio olvidó el español antes de aprender el inglés. Pero lo interesante de este sonido no es la combinación que se ha logrado múltiples veces, sino la calidad de la combinación, que deposita el experimento en una esfera nueva, de altísima tecnología sonora. En vez del taxi en Park Avenue podríamos tocar la música de Byrne en la oficina que utilizó Michael Douglas en el filme. Wall Street: de diseño high tech, de formas derivadas, dirigidas y recirculadas de la alta tecnología. La combinación sería explosiva: dos altas tecnologías juntas, dos deformaciones de la realidad produciendo una tercera. Después de todo la alta tecnología es, debido a que pocos la tienen, una visión distinta de la realidad. Al taxista portorriqueño tendríamos que desaparecerlo con todo y salsa e inglés precario.
Francis Ford Coppola produjo una película High-tech, que dirigió Gosfrey Reggio y que se llamó Koyaanisqatsi, que quiere decir, en buen lenguaje Hopi: la vida fuera de balance, o sea, lo que sucede en el mundo desde otro punto de vista, desde la perspectiva del cambio de velocidad. Por ejemplo: las nubes aceleradas arrastrándose en las crestas de una montaña, el tráfico revolucionado en Park Avenue, la gente caminando rapidísimo en los andenes del metro (todo esto montado en la música que Philip Glass fabricó expresamente para las imágenes de esta película), o viceversa: todo lo anterior enlentecido. Koyaanisqatsi= vida fuera de balance: como el Mirmecoleón, que bien podría ser, por una parte, la antítesis, del high-tech, pero por otra, por aquello de la vida desbalanceada, su pariente: animal con cabeza y pecho de león completado con culo y extremidades de hormiga. O la Serpiente Falo, que anda sorprendiendo mujeres dormidas que quieran montarse en su inacabable largometraje, o el iluso buscador que se abandona al canto de las sirenas y se deja atrapar en una cuevita marina y luego se da cuenta de que las sirenas tienen unas piernas aturdidoras pero unos pechos escamosos, unos ojos saltadores, unas aletas que dan abracitos enfermizos y unas branquias que liberan, cada vez que se abren, el insufrible aroma de las marismas. O cualquiera otro de Los Animales Prodigiosos de René Avilés Fabila. Que bien podría musicalizar David Byrne, o leer Michael Douglas en su aventajada oficina, o ignorar el taxista que rueda encima de Park Avenue.
II
Hay una colección de libritos empastados en rojo, del tamaño de un misal conservador, que editó Aguilar (creo) hace algunos años. El tema era fundamentalmente la poesía española. Mi hermano compró la colección, que satisfacía, en sus partes correspondientes, su afición por la poesía y por los toros. El eje de sus preferencias era el Poeta en Nueva York de Lorca, que venía como todos empastados en rojo y con las medidas de un misal conservador. Una vez, viajando hacia Nueva York, se sacó de la bolsa de la chamarra uno de los libritos rojos y me dijo que tendríamos que leer el Poeta en Nueva York completo debajo del puente de Brooklyn.
Compramos una botella de Manzanilla, cogimos el Subway y nos instalamos después de inconfesables dificultades debajo del puente. Le bajamos un pedazo a la botella y Juan sacó de la chamarra su librito rojo. El agua helada que nos golpeaba la cara estuvo especialmente humillante: el libro rojo que venía cargando desde México no era el Poeta en Nueva York sino Tauromaquia de Pepeillo. Nada más inadecuado para leer debajo del puente Brooklyn. O encima de Park Avenue, en donde rueda, el taxista aficionado a la salsa.
III
Koyaanisqatsi, o la vida fuera de balance, sería algo así como verle otras cosas a las cosas y luego implantarlas en una realidad alternativa. Como lo hizo Godfrey Regio en su película, o Michael Douglas en su oficina triple, o David Byrne al aplicarle alta tecnología a la música del trópico, o el taxista portorriqueño cuando rueda en un coche ajeno, exiliado del Caribe. O Los Animales Prodigiosos de René Avilés, que bien podrían andar saltando encima de este texto: el Minotauro de la Minotauromaquia, abajo del puente de Brooklyn en las naftalínicas páginas de Pepeillo, la serpiente con Pelo funcionando como estola en el cuello de la esposa del insaciable financiero y la Serpiente Falo rellenando ausencias. El Mirmecoleón, con su inconciliable cuerpo, haciendo coreografías, para la alta tecnología del gran Talkngi Head. El infeliz que se quedó atrapado con las sirenas invertidas, podría, en compensación, besarles apasionadamente las rodillas.
* Publicado en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Domingo 18 de marzo de 1990.