Hace poco apareció un insólito e irritante volumen, Nueva narrativa mexicana, “compilación que no antología”, como sabiamente se nos advierte, que incluía a “jóvenes escritores que oscilan entre los veinte y los treinta años”. El propósito primero y último (esperemos que último) que animaba a este curioso libro era, indudablemente, y como su nombre lo indica, ofrecer al mundo entero un panorama de la que es, actualmente, la “narrativa joven de México”; esto es: lo que escriben aquellos autores nacidos entre 1938 y 1948, aquellos que no han alcanzado “la peligrosa edad del gran viraje”, que no pueden ser calificados todavía “por los más jóvenes con el desdeñoso epíteto de treintón, aunque algunos se acercan a esa edad clave, edad en la que las hormonas vitales se transforman y avejentan los estímulos, edad en la que se aposentan la claudicación al tiempo que apunta /¡exageremos!/ el vientre abultado y la pata de gallo” —según afirma Margo Glantz.
Curioso e irritante volumen, hemos dicho, pero en el fondo de toda compilación o antología producen similares estímulos y respuestas: el juicio crítico que anima al compilador o antólogo (en el caso de que lo tenga) siempre obligan a controversias, discusiones y protestas; no faltan razones inquietantes acerca del porqué de la presencia o la ausencia de determinados autores y de la calidad de los textos incluidos, o de qué manera esos textos representan cabalmente la actitud, el estilo, la temática y etcétera de los compilados u antologados. Pero Nueva narrativa mexicana, a mi juicio, sobrepasa todos los límites posibles de discusión o controversia: en él hallan cabida lo bueno, lo interesante; lo prometedor, lo inquietante, lo mediocre, lo malo, lo ridículo y lo abominable. Así, sin ton ni son, obedeciendo a no sé cuál criterio crítico. Si, en verdad, se trataba de reunir a escritores nacidos entre 1938 y 1948, me resulta inadmisible, entre otras la ausencia de José Emilio Pacheco (1939), acaso mejor poeta que narrador, si se quiere, pero de todas formas más importante que la mayoría de los todavía no treintones aquí presentes. Lo afirmo pensando en las narraciones de El viento distante, en cuya segunda edición aparecen otra e, inéditas, y más que nada en Morirá lejos. Un mínimo fragmento de esta novela otorgaría una mejor idea al mundo entero de lo que efectivamente es la “nueva narrativa mexicana” ¿O acaso se tiene a Pacheco como escritor “de otro tiempo” a pesar de que su fecha de nacimiento, se inscribe en el lapso que ordena el volumen? Otro caso seria el de Ulises Carrión (1941), cuyo libro de relatos La muerte de Miss O (ERA, 1966) nos muestra a un escritor que efectivamente tiene cosas que decirnos (y nos las dice), además de que sabe escribir muy bien.
Pero, en fin, y como obviamente subrayábamos antes, toda compilación u antología provoca simpatías y diferencias. Ahora bien: si este libro intentaba reunir solamente a aquellos escritores no treintones que están en la “onda”, no me explico la ausencia de Gustavo Sáinz, como tampoco la presencia de Juan Ortuño, Manuel Farill y Eduardo Naval, jóvenes escritores de Punto de partida, incluidos “con dolo y parcialidad”, según nos dice la doctora y profesora Margo Glantz, únicamente porque ella es la directora de esa revista. En todo caso, y repito, en mi muy personal opinión, este libro aterrador queda como testimonio, en primer lugar, de lo que no es exactamente la nueva narrativa mexicana, y en segundo y último de la formación de un nuevo y supuesto clan, decidido a agruparse para atacar a un otro clan treintón y que en pocos meses será puesto en entredicho por la Nueva Narrativa Joven de México que incluirá a autores que sólo cuentan entre cinco y quince años de edad.
De los presentes escritores que pueblan la fauna de este volumen me interesan (opinión muy personal) René Avilés Fabila, José Agustín, Juan Tovar, Gerardo de la Torre y Roberto Páramo, todos por distintas razones y a pesar de las respuestas que dan al formulario presentado por Xorge del Campo, “responsable” de la compilación u antología, verdadero catálogo de un diccionario de lugares comunes que hubiera añorado un Flaubert de nuestros días, y a pesar de lo que acerca de ellos —y de los otros— dice en su sorprendente, estupefaciente prólogo, la profesora y doctora Margo Glantz (quien, entre paréntesis, apunta, rasguñándolas, las características comunes de esta generación: antisolemnidad obtenida mediante formas coloquiales de lenguaje, una burla de sí mismos, el acercamiento a los temas sexuales con una gran naturalidad pero dentro de una actitud puramente epidérmica (“podríamos decir que es la ‘onda’ que se define por el ‘ligue’); utilización de diagonales y paréntesis o de ciertos signos tipográficos y muchísimas cosas más que no encontramos precisamente en el momento de leer las muestras recogidas por Xorge del Campo, quien además de ser compilador parece ser que incursiona también por los terrenos de la narrativa y la poesía. Así sea).
Me ocupo ahora de René Avilés (Fabila) con motivo de la aparición de su libro de cuentos Hacia el fin del mundo. René Avilés “juega a ser el biógrafo de una generación de zona rosa y fáciles meneos”, nos advierte la doctora y profesora Margo Glantz en su prólogo a Nueva narrativa mexicana; en el sitio que le corresponde, el autor confiesa que concibe la literatura o su profesión de literato “como un medio de combate, como un arma”. No sé quién tenga razón si el autor o la prologuista. Lo cierto es que su novela Los juegos (1967) “editada, distribuida y vendida” por el propio Avilés, no dejó de provocar cierto escándalo. “Sátira política novelada”, como se le ha llamado, Los juegos fue vista como libro escrito “en clave”, sólo para iniciados y que, entre otras cosas, criticaba y hasta ridiculizaba a ciertos personajes del supra y sub mundos intelectuales fácilmente identificable para algunos cuantos (sepan cuántos). Si a eso se circunscribiera, Los juegos sólo alcanzaría una vida efímera: poco tiempo después, otra novela estriptizaría a aquellos intelectuales que (entonces) todavía no alcanzaban la peligrosa edad del “gran viraje”. Vuelta a leer en su segunda edición (1968), Los juegos puede seguir siendo vista como una relación de los hechos, pero además como otra cosa: por ejemplo, la visión desenfadada y ácida de un tiempo concreto y real que se prolonga y ramifica y contamina en nuevos escenarios, en sitios de acción que sólo cambian en virtud de que son otros los actores que los viven; ya no como un mero “testimonio sino como una estricta novela, en la que se intercambian sucedidos reales con imaginarios y que, ambos, alcanzan, un alto destino; en fin, como la aparición de un autor que se encamina, encanallándose, por tránsitos dominados por un lenguaje que, a primera vista, podría ser calificado de “fácil”, “facilón”, “ondesco” y de “gran ligue”, “meramente periférico”, pero que hoy, en Hacia el fin del mundo alcanza —por la gracia de haberse “redescubierto”— otra, más trascendente dimensión.
El juego continúa en Hacia el fin del mundo. Sólo que la ferocidad que animaba a la novela de Avilés se convierte ahora en la presencia y aceptación de un espectáculo todavía más atroz que, acaso, podría resumirse en la deshumanización del arte. Infinitamente más cuidado, más elaborado, más juicioso, más crítico, el lenguaje empleado en Los Juegos resulta ahora un tatuaje, una herida en el exacto punto vulnerable que era el motivo de la supuesta “diversión” del autor. Ante la presencia de Borges, de Arreola, de un cierto Cortázar, Avilés se doblega, se humilla, se engrandece. Las palabras se resuelven en sí mismas y las imágenes, de irreales, se convierten en actualidad que ya no va a conocer temporalidad mediata o inmediata.
No otra cosa son, creo, la reinvención de algunos mitos, la vida escapada a través de fábulas de animales que terminan. con moralejas clásicas que aplicadas al mundo de hoy alcanzan el rango del horror y la locura; la posibilidad de la autofagia y de provocar milagros televisados; la distancia —entre cercana e infinitamente distante— de ser partícipes de un mundo publicitario presidido por cancerberos, sirenas y arpías; de ordenar y satisfacer apetitos culinarios a base de literatura; de perseguir y ser eternos perseguidores de los que acechan, asaltan, se apoderan de casetas telefónicas y hacen de ellas catedrales únicas y últimas, en las que sólo la santificación puede ser posible; de asistir a la descendencia de ratas que una vez, en otro tiempo, en ese otro tiempo que es el de ayer, de hoy y de mañana, provocarán déficits y no solicitarán ayuda alguna para su exterminación completa.
En Hacia el fin del mundo de René Avilés (Fabila) no se solicita la participación o la ayuda de autoridades terrenales o divinas. El hombre, el autor, el lector tú y yo y todos nosotros que somos tú y yo y todos nosotros, sólo tenemos la obligación y el derecho de “aceptar el imperativo de trabajo que la época nos impone”. Y esa orden estricta, ese implacable mandato de Dios, ese infinito castigo, se resuelve en una cierta, horrible, funesta, manera de ser felices: nuevamente se hace la imagen y la imagen —de manera maravillosa como la luz— empieza a hacer, se hace, se hizo, no se apaga.
Margo Glantz y Xorge Campo: Narrativa joven de México. Siglo XX
René Avilés Fabila: Hacia el Fin del Mundo. Fondo de Cultura Económica.
* Publicado en Revista Siempre! Suplemento No. 396. La cultura en México.